Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 8. Rellamada
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8. Rellamada

El sábado amaneció limpio, con un cielo de un azul tan rotundo que parecía recién pintado, y Cabo Candil, como todos los pueblos del norte después de una semana de lluvia, se comportó como un convaleciente: salió a la calle a tomar el sol con cara de no creérselo.

Las galerías tenían las ventanas abiertas.

En los tendederos ondeaban sábanas. En el puerto, los jubilados del banco de piedra se habían quitado la boina.

Olvido subió a pie la cuesta de Villa Esperanza, sin moto y sin saca, y se sintió extrañamente desnuda. La Tila la acompañaba a unos metros, por el borde de los muros, saltando de uno a otro con una precisión de funambulista.

Fano la esperaba en la verja, de paisano. Llevaba un jersey azul marino y unos vaqueros, y parecía otra persona: más joven, menos rígido, un poco perdido, como un actor al que han sacado del escenario con el disfraz a medio quitar.

—Buenos días.

—Buenos días. —Olvido lo miró de arriba abajo—. No le había reconocido.

—Es mi día libre. Técnicamente. Pero no he podido quedarme en casa. Iglesias está de guardia en el cuartel por si llega Ablanedo antes de hora.

Nieves les abrió la puerta. Tenía mejor cara que el miércoles, aunque seguía con ojeras, y llevaba un chándal gris y el pelo recogido en una coleta.

—Pasen. —Se apartó para dejarles entrar—. Sargento, antes de nada. Lo que me preguntó el jueves.

—La escucho.

Nieves miró a Olvido, luego a Fano, y respiró hondo.

—Vine el lunes. Por la noche. En el autobús de las ocho cuarenta.

—Hablaba deprisa, como quien se tira al agua fría—.

Vine a pedirle dinero. Debo cuatro meses de alquiler en Oviedo y me han dado un plazo.

No se lo había dicho a nadie. Mi tío y yo no nos hablábamos mucho, y pensé que si me presentaba aquí, sin avisar, no podría decirme que no por teléfono.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Ese es el problema. Que no pasó nada.

—Nieves se cruzó de brazos—. Subí la cuesta, llamé al timbre a las nueve menos diez, más o menos.

No abrió nadie. Volví a llamar. Nada. La casa estaba toda a oscuras, toda.

Hasta el mirador. Eso me extrañó, porque él siempre deja el mirador encendido, de toda la vida, desde que yo era niña.

Pensé que se había acostado pronto, o que me había visto por la ventana y no quería abrirme.

—Se le quebró la voz—. Pensé eso. Que no quería abrirme a mí.

Me enfadé tanto que me fui sin insistir más.

Cogí el autobús de las nueve y cuarto y me volví a Oviedo llorando de rabia.

Fano escribió en la libreta.

—¿Por qué me mintió?

—Porque cuando me llamaron el martes para decirme que estaba muerto, pensé que a lo mejor estaba vivo cuando yo llamé al timbre.

Que a lo mejor se había caído y estaba en el suelo, y si yo hubiera insistido…

—Nieves se tapó la boca con la mano—. Y además había venido a pedirle dinero.

¿Cómo queda eso? Una sobrina que viene a pedir dinero la noche que se muere su tío. Me dio pánico.

Olvido pensó en la torre apagándose a las 20:14. Pensó en el autobús de las 20:40, en el timbre de dos notas sonando en una casa en la que ya no quedaba nadie que pudiera abrir.

—No habría cambiado nada —le dijo a Nieves, en voz baja—. Cuando llamaste, él ya había muerto.

Nieves la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la luz del mirador se apagó a las ocho y catorce. Yo lo vi.

El despacho estaba exactamente como Olvido lo recordaba, salvo por el hueco en el suelo al pie de la escalera de caracol, que ahora era solo suelo, unas tablas de castaño un poco más claras en un rectángulo donde alguien había frotado una mancha.

Los álbumes seguían abiertos en la mesa larga. La lupa, las pinzas, el flexo apagado.

—Usted dirá —dijo Fano.

Olvido recorrió la habitación despacio. Los álbumes: once, con lomos de piel granate, numerados en dorado.

El de la mesa era el siete. El nueve estaba abierto también, al otro lado, por una página casi vacía: una sola hoja de cartulina negra con un único hueco en el centro, rectangular, enmarcado con una fina orla dorada y una tira transparente vacía.

—Aquí estaba el Candil —dijo Nieves, acercándose—. Lo tenía siempre en esa página, sola. Le había mandado hacer el marco a un orfebre de Oviedo. Decía que era la catedral de la colección.

—Está en Madrid —dijo Fano—. En Mayrit. Hablé ayer con la señora Arrieta. Se lo mandó hace dos semanas para que lo tasaran, con el resto de la colección buena.

—¿Y qué le dijeron?

Fano dudó. Miró a Olvido. Luego a Nieves.

—No me lo quiso decir por teléfono. Dice que me manda una copia del informe al cuartel, firmada, por mensajería. El lunes, como muy tarde.

Olvido siguió mirando. En el aparador, un hueco sin polvo, ovalado: el sitio del cenicero de plata.

Pilar había cumplido su palabra; Fano lo mencionó de pasada, sin darle importancia, y Nieves dijo «pobre Pilar» de una manera que dejaba claro que el asunto estaba zanjado.

En la papelera ya no estaba el sobre de Mayrit; se lo había llevado la Guardia Civil. La estilográfica tampoco.

En una mesita auxiliar, junto a la ventana, había un teléfono fijo. Un aparato beis de los años noventa, de teclas grandes, con una pantallita gris de cristal líquido y un cable rizado que se había ido estirando con los años hasta medir casi un metro.

—¿Usaba este teléfono? —preguntó Olvido.

—Era el único que usaba —dijo Nieves—. Odiaba los móviles. Tenía uno que le regalé yo, pero lo guardaba en un cajón sin batería. Decía que una persona tiene derecho a no estar localizable.

Olvido se acercó al aparato. En la pantalla gris no había nada; tenía la batería del identificador agotada. Pero en el teclado, a la derecha, había un botón con una flecha curva y una palabra en letras blancas casi borradas por el uso: Rellamada.

Miró a Fano.

—¿Puedo?

Fano asintió y se acercó.

Olvido descolgó el auricular, que pesaba como un ladrillo, y pulsó el botón. El teléfono marcó solo, una serie rápida de tonos, una melodía corta y desafinada de once notas. Después, el silencio de la línea. Un tono. Dos. Tres.

Al cuarto tono saltó un contestador. Una grabación antigua, con un ligero siseo de cinta, una voz de mujer mayor, cálida, con un acento muy de aquí:

Hola, has llamado a casa de Nino y Gloria. Ahora no podemos ponernos. Deja tu recado después de la señal y te llamamos. ¡Gracias!

Pitido.

Olvido colgó con cuidado, como quien deja un vaso lleno. Tenía la boca seca.

—Gloria era la mujer de Nino —dijo Nieves, que lo había oído todo desde la mesa—. Murió hace seis años. Nino nunca ha cambiado la grabación. —Sonrió con tristeza—. Mi tío decía que eso era lo más bonito y lo más tonto que había hecho Nino en su vida.

Fano ya estaba escribiendo en la libreta.

—Lo último que marcó su tío desde este teléfono —dijo, sin levantar la vista— fue el número de Saturnino Llamedo.

—Pero eso puede ser de cualquier día —dijo Nieves—. Igual lo llamó la semana pasada.

—Puede ser —concedió Fano—. He pedido el registro de llamadas a la compañía. Me lo mandan esta tarde.

Olvido se apoyó en el borde de la mesa larga. Le temblaban un poco las piernas, igual que el martes. Pensó en Nino en el Candilín, con las tiritas en la mano: En la Virgen de agosto. Habíamos tenido unas palabras por una tontería.

—Nino me dijo que no se veían desde agosto —dijo en voz alta—. Que estaban enfadados.

—Una llamada no es verse —respondió Fano.

—No. No lo es.

Ramón Ablanedo llegó al cuartel a las doce menos cinco, con un abrigo de pelo de camello que olía a naftalina y un abogado joven que hablaba demasiado deprisa.

Olvido no estuvo presente, claro. Pero estaba en la terraza del Candilín, que daba a la calle del Muelle, cuando Ablanedo salió, a la una y veinte, solo y sin el abogado, y se quedó un momento en la acera con las manos en los bolsillos mirando el mar.

Tenía unos cincuenta y cinco años, el pelo gris peinado hacia atrás, un bigote fino muy cuidado y unos ojos de hombre que se ha pasado la vida mirando cosas pequeñas con lupa.

Al ver a Olvido en la terraza, la reconoció —en Cabo Candil, a los seis días, todo el mundo la reconocía— y, para su sorpresa, se acercó.

—Usted es la cartera —dijo—. La que lo encontró.

—Sí.

—¿Puedo sentarme un momento? Me tiemblan las piernas.

—Se sentó sin esperar respuesta y pidió un café solo con un gesto a Celsa, que se lo trajo a toda velocidad para no perderse nada—.

Les he contado la verdad. Que estuve el lunes.

Que vine a las cinco. Que mentí por teléfono porque me entró miedo.

Un viejo muere después de echarme de su casa a gritos y yo, que era el último que lo había visto…

—Removió el café sin azúcar—. Fui un cobarde. Lo reconozco.

—¿Por qué le echó?

Ablanedo la estudió un momento. Medía cuánto podía decir.

—Porque yo quería comprarle la colección antes de que saliera a subasta.

Le ofrecí un buen precio. Más de lo que le iban a dar en Madrid, después de comisiones.

Y él me dijo que no, que no me vendería ni un sello usado.

—Bebió—. Y me dijo algo más. Me dijo que yo le había certificado una falsificación.

Olvido no movió un músculo.

—¿Una falsificación?

—El Candil. Me dijo que Mayrit le había mandado un informe diciendo que su Candil era falso.

Me acusó de haberle engañado en 2009. Me gritó.

—Ablanedo dejó la taza en el plato con un ruido seco—.

Pero yo no le engañé. Yo examiné ese Candil en 2009 con mis propios ojos, con luz ultravioleta, con el dentado medido con calibre, con la tinta comparada con las otras dos piezas que se conocen.

Era auténtico. Era tan auténtico como usted y como yo.

Tengo el certificado, tengo las fotos, tengo las mediciones.

—Entonces…

—Entonces si ahora es falso, como dicen en Madrid, es que alguien lo cambió.

Después de 2009. —Ablanedo se levantó y dejó un billete de cinco euros sobre la mesa—.

Eso es lo que le he dicho al sargento. Y eso es lo que le dije a Laureano el lunes, a gritos, en el pasillo de su casa, antes de que me echara.

Que mirara a ver quién había tenido sus álbumes en las manos después de 2009. Porque yo no.

Se abrochó el abrigo, saludó a Olvido con una leve inclinación de cabeza, una cortesía antigua, y se fue calle abajo hacia el aparcamiento del puerto, donde le esperaba la berlina verde oscuro.

Celsa se acercó a recoger la taza con la cara de alguien que acaba de recibir un regalo de Reyes.

—¿Lo has oído?

—Lo he oído.

—Una falsificación —murmuró Celsa—. Madre mía. Ni en las novelas.

Olvido no contestó. Se había quedado mirando el mar.

Que mirara a ver quién había tenido sus álbumes en las manos después de 2009.

Fano la llamó a las seis.

—Ha llegado el registro de llamadas —le dijo, sin saludar—. El lunes, a las seis y cuarenta de la tarde, una llamada desde el fijo de Villa Esperanza al fijo de Saturnino Llamedo. Duración, tres minutos y doce segundos.

—Tres minutos —repitió Olvido—. Eso no es un contestador.

—No. Alguien lo cogió.

Hubo un silencio.

—He ido a hablar con él esta tarde —siguió Fano—.

Con Nino. Le he preguntado por la llamada.

Me ha dicho que sí, que Laureano le llamó el lunes a esa hora para invitarle a cenar el domingo del magüestu, para hacer las paces.

Que le dijo que no, que todavía estaba dolido.

Y que se arrepiente con toda su alma. —Fano hizo una pausa—. Se ha echado a llorar.

—¿Y usted le cree?

—Es posible —dijo Fano—. Es completamente posible.

Olvido miró por la ventana de la cocina. En la galería, la Tila dormía al sol del atardecer, enroscada sobre una silla de mimbre, con una pata sobre los ojos.

—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Olvido—. Lo de la llamada. El martes, en el Candilín, dijo que no se veían desde agosto. No dijo nada de que hubiera hablado con él la víspera.

—Me ha dicho que no le preguntaron por llamadas. Que le preguntaron cuándo lo vio.

—Eso es verdad —dijo Olvido—. Eso es exactamente lo que le preguntó mi abuela.

Las dos cosas eran verdad a la vez. Y Olvido, que se había pasado catorce años desconfiando de las frases que eran técnicamente correctas, sintió por primera vez que aquella le hacía daño.