Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 7. El cenicero de plata
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7. El cenicero de plata

Pilar Bango vivía en el barrio de arriba, en una casa baja de dos ventanas con la fachada pintada de un verde pistacho que se había ido desvaneciendo con los años hasta quedarse en el color de una hoja de lechuga vieja.

En el alféizar había una fila de macetas de aspidistras, y en la puerta, un felpudo con un gato dibujado que ponía Bienvenidos con una falta de ortografía que Olvido decidió, por caridad, no ver.

Tenía para ella una carta de la residencia de mayores de Luarca. Sobre con ventanilla, membrete impreso. Olvido sabía, sin necesidad de abrirla, lo que era: una factura.

Pilar abrió la puerta con un trapo en la mano y los ojos hinchados.

—Ay, hija. Pasa, pasa, que te mojas.

No llovía, pero Olvido pasó. La cocina estaba limpísima, con esa limpieza obsesiva de las personas que limpian para no pensar.

Olía a lejía y a café de puchero. Sobre la mesa de formica había un plato de magdalenas caseras y una foto en un marco de plata: una mujer muy mayor, sonriente, con una rebeca de punto, en un jardín con columpios.

—Mi madre —dijo Pilar, siguiendo su mirada—. Está en la residencia de Luarca desde marzo. Tiene la cabeza perdida. Los martes y los jueves no me conoce. Los lunes, a veces sí.

—Lo siento.

—¿Quieres una magdalena? —Pilar empujó el plato sin esperar respuesta—. Las hice anoche. No podía dormir. Cuarenta años limpiando casas y la de don Laureano era la única donde me trataban como a una persona.

Olvido cogió una magdalena para no hacerle el feo. Le tendió la carta.

Pilar la abrió delante de ella con un cuchillo de mesa, la leyó y se le arrugó la cara.

—Doscientos euros más al mes —dijo—. Desde enero.

Por la dependencia. —Dejó la carta sobre la mesa, boca abajo, para que pesara menos—.

Don Laureano me iba a ayudar, ¿sabes? Me dijo que no me preocupara, que él me adelantaba lo de la residencia hasta que me saliera la ayuda. Me lo dijo hace un mes. Y ahora…

No terminó la frase.

Olvido miró la cocina por no mirar a Pilar.

En la estantería de encima del fregadero, entre un tarro de azúcar y una lata de pimentón, había un objeto que no pegaba con nada: un cenicero de plata maciza, ovalado, con el borde labrado y dos letras grabadas en el centro, entrelazadas en una caligrafía antigua.

L. C.

Pilar vio que lo miraba. Se le encendió la cara de golpe, del cuello a la frente, como una lámpara.

Ninguna de las dos dijo nada durante un rato largo. En el reloj de la pared, un gato de plástico movía los ojos a un lado y a otro, tic, tac.

—Lo cogí el lunes —dijo Pilar al fin, con una voz muy pequeña—.

Por la mañana. Antes de que pasara nada.

Lo tenía en el aparador del despacho y no lo usaba nunca, que dejó de fumar en el noventa y ocho.

Pensé… pensé que podía llevarlo a una tienda de Oviedo y que me darían algo.

Lo de la residencia. Y que él ni se iba a dar cuenta.

—Pilar…

—Ya lo sé. Ya lo sé. —Se tapó la cara con el trapo—. No he robado nada en mi vida. Ni un caramelo. Y el único día que lo hago, se muere. Llevo tres noches sin dormir pensando que Dios me ha castigado con eso. Que si no lo hubiera cogido…

—No lo mataste tú por coger un cenicero.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé. —Olvido lo dijo con más firmeza de la que sentía—. ¿Qué hiciste el lunes por la noche?

Pilar levantó la cara, sorprendida.

—¿Por la noche? Estuve con mi madre. En la residencia.

Los lunes voy siempre, que a veces me conoce.

Cogí el coche de mi cuñado a las siete menos cuarto y estuve allí hasta las nueve, que es cuando cierran las visitas.

Firmé en el libro de la entrada, como siempre.

—Se secó los ojos—. ¿Por qué me lo preguntas así? ¿Es que no se cayó?

Olvido no contestó a eso.

—Devuélvelo —dijo en cambio—. El cenicero. Dáselo a la sobrina, o al sargento. Di que te lo llevaste para limpiarlo, si quieres. O di la verdad. Pero devuélvelo.

—¿Me vas a denunciar?

—Soy la cartera, Pilar. No denuncio a nadie. —Olvido cogió la segunda magdalena, porque estaba muy buena y porque le pareció que Pilar necesitaba verla comer—. Pero el sargento lo va a encontrar, porque están mirando todo lo que falta en la casa. Es mejor que lo lleves tú.

Pilar se quedó mirando el cenicero un rato. Luego se levantó, lo bajó de la estantería, lo envolvió en el trapo con mucho cuidado, como quien envuelve a un niño, y lo puso encima de la mesa, entre las dos.

—Lo llevo esta tarde —dijo.

Hablaron más. Pilar necesitaba hablar, y Olvido había aprendido en cinco días que escuchar era la mitad de su trabajo.

Le contó que llevaba once años en Villa Esperanza.

Que iba los lunes, los miércoles y los viernes por la mañana, y los lunes también por la tarde, de cuatro a seis, a planchar.

Que don Laureano era serio, maniático y muy educado, que le daba los buenos días de usted aunque la conocía desde niña y que le dejaba siempre un sobre en Navidad con más dinero del que debía.

—¿Y el lunes por la tarde? —preguntó Olvido—. ¿Estuviste planchando?

Pilar dijo que sí con la cabeza.

—Hasta las seis. —Dudó—. Vino un señor.

—¿Qué señor?

—Uno de Gijón. Ese de los sellos, el del bigote.

Ya había venido otras veces, hace años. Llegó a eso de las cinco, sin avisar.

Yo estaba en el cuarto de la plancha, que está al lado de la cocina, y oí el timbre, y oí que don Laureano lo hacía pasar al despacho y cerraba la puerta.

—Pilar bajó la voz, aunque estaban solas—. Al rato empezaron las voces.

—¿Qué decían?

—No lo sé. No se entendía. Don Laureano tenía una voz muy fuerte cuando se enfadaba, y el otro hablaba más bajo, como pidiendo calma.

Yo no quería escuchar. —Se mordió el labio—.

Bueno. Un poco sí quería. Pero no se oía bien.

Solo al final, cuando se abrió la puerta del despacho.

Eso sí lo oí, porque lo gritó en el pasillo: «¡Fuera de mi casa!»

. Y el otro se fue. Dio un portazo en la entrada que tembló la casa.

—¿A qué hora?

—Las cinco y media. Lo sé porque miré el reloj de la cocina. Pensé: «Me queda media hora y me voy, que este no es día».

—¿Y después?

—Después nada. Don Laureano se quedó en el despacho.

Yo terminé las camisas, recogí la tabla y, antes de irme, le subí un café, que siempre se lo subía a las seis.

—A Pilar se le quebró la voz—. Estaba sentado en la mesa con unos papeles en la mano.

Muy callado. Muy raro. Le dije: «Don Laureano, ¿está usted bien?»

. Y me dijo: «Váyase a casa, Pilar, que hoy le toca su madre».

Porque él sabía lo de los lunes. Lo sabía todo de todo el mundo, aunque no lo pareciera.

—¿Estaba bien? ¿Vivo, quiero decir, y entero?

—Vivo, sí. —Pilar la miró con extrañeza—. A las seis estaba vivo. Me fui y estaba vivo.

Olvido notó que tenía las manos frías. Se las metió en los bolsillos del chubasquero.

Ablanedo había estado allí, entonces. La carta anónima decía la verdad. Pero a las cinco y media Ablanedo se había ido, y a las seis don Laureano seguía vivo, sentado en su despacho con el informe de Mayrit en la mano.

—¿Se lo has contado al sargento?

—No me ha preguntado nadie. —Pilar se secó las manos en el pantalón—. Bueno, me llamó el martes para lo de la llave. Pero yo estaba tan nerviosa que no le conté nada. Solo lloraba.

Antes de irse, ya en la puerta, Olvido se acordó de algo.

—Pilar. Las cartas sin remite. Las que le llegaban todos los meses. ¿Tú sabes de quién eran?

Pilar se quedó mirándola con una expresión rara. Luego, por primera vez en toda la mañana, se rio. Una risa corta, sorprendida, con los ojos todavía rojos.

—¿Eso también lo dicen en el Candilín? ¿Que eran de una novia?

—Y de un chantajista. Las dos cosas a la vez.

—Ay, Señor. —Pilar negó con la cabeza—. Esas cartas se las mandaba él.

—¿Él?

—Él mismo. A sí mismo. —Pilar se apoyó en el marco de la puerta—.

Lo vi hacerlo muchas veces. El último día de cada mes cogía un sobre de los buenos, le ponía un sello de los nuevos, de los que salían ese mes, escribía su propia dirección con la pluma y lo echaba al buzón del hogar al ir a misa.

Y luego, cuando le llegaba, no lo abría.

Lo metía tal cual en un álbum. Decía que era por el matasellos.

Que un sello sin matasellos es una foto, pero un sello con matasellos es un viaje.

—Sonrió un poco—. Cosas de coleccionistas. Yo no lo entendí nunca.

—¿Y por qué sin remite?

—Porque el remite y el destinatario eran el mismo, decía él. Ponerlo dos veces le parecía una falta de elegancia.

Olvido se quedó un momento en el umbral, con la carta de la residencia de Pilar todavía en la cabeza y el gran misterio del pueblo, el de las cartas mensuales, deshaciéndose delante de ella como un azucarillo en el café.

Un viejo que se mandaba cartas a sí mismo para que el sello viajara.

Le dio una pena inmensa, tan grande que tuvo que tragar saliva.

De vuelta en la oficina, con la sala vacía porque Maribel había salido a comer, Olvido sacó la PDA y buscó el historial de entregas del lunes.

Allí estaba, con su hora y su fecha: Certificado.

Destinatario: Cueto Arias, Laureano. Entregado.

12:10. Y debajo, en el recuadro gris, la firma que él había garabateado con el lápiz de plástico, con su rúbrica obstinada.

Después fue al casillero de Villa Esperanza.

Allí no quedaba nada; Nieves recogía ya el correo.

Pero en el archivador de devoluciones, debajo del mostrador, en la carpeta marrón donde Maribel guardaba los sobres que no se habían podido entregar en algún momento, Olvido encontró uno de agosto del año anterior: un sobre de papel crema, sin remite, dirigido a Don Laureano Cueto Arias,

Villa Esperanza, Cabo Candil, con una pegatina amarilla de «ausente» que Genaro había puesto una semana de agosto en que don Laureano estuvo en Oviedo.

Puso el sobre junto a la pantalla de la PDA.

La L mayúscula con su bucle abierto hacia atrás. La C de Cueto, cerrada en espiral. La misma inclinación, el mismo peso de la pluma. Eran la misma mano.

Me sonaba la letra, había dicho Genaro. A veces uno ve una letra tantos años que deja de verla.

Olvido dejó el sobre en su carpeta con mucho cuidado. Luego, sin saber muy bien por qué, se sentó en el taburete del mostrador y se quedó mirando la pared durante un rato, mientras en el baúl de la moto, fuera, la Tila se lavaba una pata con concentración absoluta.

El gran secreto de Cabo Candil, el que llevaba años alimentando las tardes del Candilín, era un hombre solo que se escribía cartas para que sus sellos tuvieran adónde ir.

Y alguien lo había empujado por una escalera.

Ya no tenía ninguna duda.

A las tres y media llamó a Fano. Le contó lo de Ablanedo a las cinco, el portazo, el «¡fuera de mi casa!»

a las cinco y media, el café de las seis.

Le contó lo de las cartas sin remite. No le contó lo del cenicero, porque Pilar había prometido llevarlo esa tarde, y Olvido pensó que había cosas que una persona tenía derecho a confesar por sí misma.

Fano escuchó en silencio. Al final dijo:

—Me acaban de llegar las imágenes de la gasolinera.

—¿Y?

—Una berlina verde oscuro, de las grandes, matrícula de Gijón, sale del pueblo el lunes a las seis menos diez. —Hizo una pausa—. A nombre de Ramón Ablanedo Prieto.

—Así que mintió.

—Así que mintió. Le he citado mañana a las doce en el cuartel. Si no viene, voy yo. —Otra pausa, más larga—. Olvido.

—¿Sí?

—Mañana a las diez voy a Villa Esperanza con la sobrina. Para hacer inventario del despacho. ¿Sigue en pie lo de venir?

—Mañana es sábado. No hay reparto.

—Por eso se lo digo.

Olvido no supo qué contestar a eso, así que dijo que sí.