Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 6. El Candil invertido
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6. El Candil invertido

Subastas Mayrit tenía una voz de recepcionista que parecía grabada en un estudio: amable, neutra y completamente impermeable.

—Lo siento muchísimo, señora, pero no podemos facilitar información sobre los lotes de nuestros clientes.

—No le pido información sobre el lote. —Olvido estaba sentada en el banco de piedra de la plaza de la iglesia, con el móvil en una mano y un bocadillo de tortilla a medio comer en la otra.

Era su descanso. La Tila, a su lado, miraba el bocadillo con un interés científico—.

Le pido que me confirme que el lunes por la mañana le llegó a don Laureano Cueto, en Cabo Candil, un certificado suyo. Lo entregué yo.

—Si usted lo entregó, ya sabe que llegó.

Era un argumento impecable. Olvido lo apreció como se aprecia un buen punto y coma.

—El señor Cueto ha muerto —dijo—. Lo encontraron el martes. Y el documento que venía en ese sobre no aparece.

Hubo un silencio al otro lado. Luego una música de espera, un vals que sonaba como si lo tocaran dentro de una caja de galletas, y después una voz distinta, de mujer, más grave y más lenta.

—Soy Inés Arrieta. Llevo el departamento de filatelia. Me dicen que ha fallecido el señor Cueto.

—Sí. Lo encontré yo. Soy la cartera del pueblo.

—Lo siento mucho. Era un caballero. —La voz se detuvo un momento—. Le hablé por teléfono hace dos semanas, cuando nos envió el lote. Estaba muy ilusionado. Quería vender la colección entera para restaurar el faro de su pueblo, me dijo. Que era lo último que le quedaba por hacer.

—¿El faro?

—El faro. Me lo contó con mucho detalle.

Que su padre lo había visto apagarse una noche de temporal de joven y que nunca lo había olvidado.

—Otra pausa—. No puedo contarle el contenido de nuestro informe.

Es confidencial, y además tendré que hablarlo con sus herederos y, si procede, con la Guardia Civil.

—Lo entiendo.

—Pero puedo confirmarle que el viernes pasado le enviamos por correo certificado un informe de expertización.

—¿Sobre qué?

Inés Arrieta suspiró, y en el suspiro había algo que no era profesional.

—Sobre el lote principal. El que él llamaba «el Candil». El Candil invertido de 1931. —Y luego, más bajo—: Dígale al sargento que me llame. Hay cosas que conviene que sepa.

—¿El Candil invertido? —La abuela soltó la cuchara de palo sobre el borde de la cazuela, como si le hubieran nombrado a un pariente lejano—. ¡Madre de Dios! Hacía años que no oía eso.

Eran las dos y media. En la cocina de la casa de la calle de la Fuente olía a fabes, a laurel y a pimentón.

La abuela cocinaba los jueves para toda la semana, con una seriedad litúrgica, y Olvido sabía desde niña que la mejor manera de que le contara algo era sentarse a la mesa de la cocina sin decir nada y esperar.

—Cuéntamelo.

—Eso era de antes de la guerra. —La abuela bajó el fuego—.

En el 31 hubo un temporal muy malo. Se perdió una lancha, la Santa Olaya, con seis hombres.

Seis hombres de aquí, del pueblo. Uno era el abuelo de Benigno, mira tú.

Y la cofradía quiso comprar una lancha de salvamento, que entonces no había, y para sacar dinero hicieron unas viñetas benéficas.

Como sellos, pero sin valor de correo. Se pegaban en las cartas, al lado del sello de verdad, y con lo que pagabas por ellas se compraba la lancha.

—¿Y lo de invertido?

—Las imprimieron en Luarca, en una imprenta pequeña.

Llevaban el faro de Cabo Candil, con sus rayos, y debajo ponía «Cofradía de Pescadores — Pro Salvamento».

Y en un pliego, uno solo, el impresor metió el papel al revés en la máquina, o algo así, y el faro salió boca abajo.

—La abuela se rio—. Dicen que el cura de entonces dijo que era un mal presagio, un faro patas arriba, y mandó quemar el pliego.

Pero se salvaron tres. Tres viñetas con el faro al revés.

Una se la llevó un señor de Madrid, otra dicen que está en un museo y la otra…

—La otra la tenía don Laureano.

—La otra la tenía Laureano. Era su orgullo.

—La abuela removió las fabes con mucho cuidado, sin romperlas—.

La tenía en una página sola del álbum, con su cristalito.

Me la enseñó una vez, en una fiesta, hace mil años.

Tu abuelo decía que era una cosa de lo más fea, un faro torcido en un papelito amarillento, pero que por eso valía tanto: porque estaba mal hecha.

—Se volvió hacia ella—. Valía mucho dinero, hija.

Mucho. Hace unos años salió en el periódico.

Un experto de Gijón vino a mirarla y dijo que era auténtica, que había que ponerla en un banco.

—¿Un experto de Gijón?

—Ablanedo. Un señor con bigote, muy fino, con un abrigo de esos de pelo de camello. Lo trajo Laureano a la fiesta del faro y nos lo presentó a todos. —La abuela se quedó pensando—. Eso fue… antes de que operaran a Laureano del corazón. 2009. Sí, 2009, porque fue el año que se murió tu abuelo.

Olvido sintió un pequeño escalofrío. No por la fecha, sino por la forma en que encajaba: Ablanedo había certificado la viñeta como auténtica en 2009.

Ablanedo, que según la carta anónima había estado en Villa Esperanza el lunes a las cinco.

Ablanedo, que decía que no pisaba el pueblo desde la primavera.

—¿Por qué te interesa tanto eso del Candil? —preguntó la abuela.

—Porque el informe que se perdió era sobre él.

La abuela se quedó muy quieta, con la cuchara en el aire.

—¿Tú crees que a Laureano lo mataron por un sello?

—No lo sé.

—Lo matarían por menos. —La abuela apagó el fuego—. Hija, he vivido ochenta y dos años y he visto pelearse a hermanos por una linde de dos metros. Por un sello que vale lo que vale un piso en Oviedo, ¿qué no harán?

Por la tarde llovió de verdad, no orbayo.

Una lluvia gruesa, ruidosa, que bajaba por las cuestas en regueros y convertía los tejados en tambores.

Olvido terminó el reparto empapada hasta los huesos, con la saca protegida debajo del chubasquero y la Tila refugiada dentro del baúl con la tapa medio cerrada, asomando solo la nariz.

Pasó por el cuartel a devolver el sello de la cabo Iglesias, seco y planchado entre las páginas de un diccionario. Iglesias lo recibió con una solemnidad divertida y lo pegó en la tira con un dedo.

—El sargento quiere verla —le dijo—. Está en el despacho. Viene de hablar con la sobrina. Quería que estuviera usted delante, pero ella ha pedido hablar a solas.

Fano tenía el pelo mojado y una taza de café entre las manos. Le señaló la silla sin decir nada y Olvido se sentó.

—Nieves Cueto dice que llegó ayer por la mañana en el autobús de las nueve —dijo él—.

Le he preguntado por el lunes y ha dicho que el lunes estaba en Oviedo, en su casa, sola.

Le he dicho que hay un testigo que la vio bajar del autobús de las ocho cuarenta.

Se ha puesto blanca y ha dicho que necesitaba pensarlo.

—¿Pensarlo?

—Eso ha dicho. Que mañana me lo explica. —Fano dejó la taza—. ¿Usted qué cree?

Olvido lo pensó. Recordó a Nieves en el umbral, con el cigarrillo, diciendo «a veces sí».

—Creo que vino a pedirle dinero y que le da vergüenza.

—Puede ser. —Fano la miró—. Y también puede ser que vino a pedirle dinero, él se lo negó, discutieron en el mirador y lo empujó.

—A las ocho cuarenta y la luz se apagó a las ocho y catorce.

Fano se quedó callado. Luego sacó la libreta negra y la abrió.

—Eso es verdad —admitió, a regañadientes—. Si su luz es lo que usted dice que es.

—Es lo que digo que es. —Olvido se inclinó hacia delante—. He llamado a Mayrit.

Le contó lo de Inés Arrieta. Lo del faro, lo del informe de expertización, lo del Candil invertido.

Le contó lo que le había contado la abuela, el temporal de 1931, la lancha perdida, las tres viñetas, Ablanedo en 2009 con su abrigo de pelo de camello.

Fano lo escuchó todo sin interrumpirla, tomando notas con su letra apretada.

—Esa mujer quiere que la llame —dijo cuando terminó.

—Sí.

—La llamaré mañana a primera hora. —Fano se recostó—.

He hablado otra vez con Ablanedo esta tarde.

Le he preguntado si estuvo el lunes en Cabo Candil.

Me ha vuelto a decir que no. Que estaba en su tienda, toda la tarde, que puede preguntar a su empleado.

Le he preguntado por el Candil invertido y se ha puesto muy nervioso.

Dice que él lo certificó en 2009 y que era auténtico, que pone la mano en el fuego, que tiene el certificado y las fotos.

—Y la carta anónima dice que estuvo allí.

—Y las cámaras de la gasolinera me llegan mañana. —Fano tamborileó con el bolígrafo—. Si pasó por la entrada del pueblo, saldrá su coche. Tiene una berlina vieja, verde oscuro, de las grandes. No hay muchas por aquí.

Olvido notó que sonreía.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada. Que ha dicho «berlina».

—¿Y qué tiene?

—Que en este pueblo se dice «un coche verde de esos de rico». —Se levantó—. Se nota que es de Zamora.

Fano soltó una risa breve, sorprendida, que le cambió la cara entera. Duró un segundo. Luego volvió a ser el sargento.

—Váyase a casa, Olvido. Está empapada.

Esa noche dejó de llover hacia las once.

Olvido se asomó a la galería con una manta sobre los hombros.

El pueblo goteaba en la oscuridad: canalones, ramas, toldos, un rumor de agua por todas partes que poco a poco se iba apagando.

El faro barría el mar cada doce segundos.

En la ladera, la torre de Villa Esperanza seguía apagada.

Pensó en don Laureano contándole a una desconocida de Madrid, por teléfono, que quería vender sus sellos para restaurar el faro.

Pensó en un faro patas arriba en un papel amarillento.

Pensó en la frase que le había dicho en la puerta, el lunes, con el informe doblado en la mano: Hay noticias que no deberían poder mandarse por correo.

¿Qué noticia puede recibir un coleccionista sobre su pieza más querida que le haga quedarse así, quieto, como las cosas que están a punto de caerse?

Solo una, pensó Olvido. Que no es lo que creía.

Y si no era lo que creía, la pregunta no era qué ponía en el informe. La pregunta era desde cuándo.

Abrió el cuaderno y, debajo del punto trece, escribió:

14. Mayrit: informe de expertización sobre el Candil invertido. Él quería venderlo para el faro. 15. Ablanedo lo certificó como auténtico en 2009. 16. Si ahora no lo es, alguien lo cambió. ¿Cuándo? ¿Quién tuvo los álbumes?

La Tila saltó a la barandilla de la galería, con un equilibrio insolente, y se quedó allí, mirando también hacia la torre apagada. Tenía el pelo de la cola erizado por la humedad.

—Tú estuviste allí —le dijo Olvido en voz baja—. Tú lo viste todo.

La gata giró la cabeza hacia ella. En la oscuridad, los ojos le brillaron un instante, verdes, como dos pilotos de un barco lejano.

Luego bostezó, bajó de la barandilla y se fue a dormir.