Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 5. Lo que dice Oviedo
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5. Lo que dice Oviedo

El despacho del sargento Fano era una habitación pequeña con una ventana al puerto, una mesa metálica, dos sillas que no hacían juego y un mapa del concejo clavado en la pared con chinchetas de colores.

En una esquina había un paragüero con tres paraguas rotos, que Olvido interpretó como el registro honesto de siete meses de lucha contra el clima.

—Siéntese.

Ella se sentó. La Tila no había entrado. Se había quedado en el baúl de la moto, en la puerta del cuartel, vigilando la calle del Muelle con aire de portera.

Fano dejó sobre la mesa una fotocopia y, al lado, en una funda de plástico transparente, el sobre blanco con los tres sellos.

—Lo de Oviedo primero —dijo—. La autopsia es preliminar, el informe completo tardará. Murió por la caída: un golpe en la cabeza contra el último escalón y una fractura en el cuello. Hora aproximada, entre las siete de la tarde y las nueve de la noche. Ya no es entre las seis y las diez. Han afinado.

—Entre las siete y las nueve —repitió Olvido.

—Y hay un hematoma en el antebrazo izquierdo.

Reciente, de pocas horas antes de la muerte.

La forense dice que es compatible con un agarre.

Cuatro marcas en un lado y una en el otro.

—Fano levantó la mano y la cerró en el aire, alrededor de un brazo invisible—.

Como si alguien lo hubiera sujetado con fuerza.

Olvido sintió que algo se le asentaba en el estómago, algo frío y pesado, como una piedra en el fondo de un vaso.

—Entonces no se cayó.

—Se cayó. La pregunta es si se cayó solo.

—Fano se frotó la frente—. Podría haberse hecho el hematoma de otra manera.

Agarrándose él mismo a algo, un pasamanos, una puerta.

Podría habérselo hecho otra persona por la tarde, en una discusión, y caerse luego por su cuenta.

Podría ser muchas cosas. Pero ya no puedo tratarlo como un accidente sin más. Así que he abierto diligencias.

—¿Y la carta?

Él empujó la fotocopia hacia ella.

Estaba escrita en las mismas mayúsculas cuidadosas del sobre, con bolígrafo azul, en una hoja cuadriculada arrancada de una libreta:

AL SR. COMANDANTE DEL PUESTO

EL LUNES A LAS CINCO DE LA TARDE EL ANTICUARIO DE GIJÓN RAMÓN ABLANEDO FUÉ A VILLA ESPERANZA Y DISCUTIÓ CON DON LAUREANO. LE DIÓ VOCES. LE QUERÍA QUITAR LOS SELLOS. ESE HOMbrE NO ES TRIGO LIMPIO. PREGUNTEN EN GIJÓN.

UN VECINO QUE NO QUIERE LÍOS

Olvido la leyó una vez de corrido. Luego la leyó otra vez despacio, como leía las pruebas, letra a letra, sin dejar que el sentido le tapara la forma.

—¿Qué ve? —preguntó Fano.

—Que el que la escribe no quiere que se le reconozca la letra.

Por eso las mayúsculas. Pero las mayúsculas cuidadas también son una letra.

—Señaló la hoja—. No hay ni una falta. Ni una tachadura.

Pone las comas donde van. «No es trigo limpio», «no quiere líos»: es alguien que habla bien y que quiere parecer un vecino cualquiera. Y luego está esto.

Puso el dedo sobre «FUÉ». Después sobre «DIÓ».

—Tildes —dijo Fano.

—Tildes que no van. «Fue» y «dio» no llevan tilde desde 1959. Mucha gente mayor siguió poniéndolas toda la vida, porque así se lo enseñaron en la escuela. Mi abuelo las ponía. Alguien de cuarenta años, o de cincuenta, no las pone. Ni sin querer. Es lo primero que te corrigen.

Fano miró la hoja, luego a ella.

—Alguien mayor.

—Alguien mayor que coleccione sellos, o que los haya pegado con cuidado toda la vida. —Señaló la funda de plástico—. Mire cómo están puestos. Paralelos al borde, con la misma separación entre uno y otro. Eso no se hace con prisa.

—¿Y por qué alguien así iba a escribir una carta anónima para acusar a un anticuario?

—No lo sé. —Era verdad, y le costó decirlo—. Pero sabe lo de las cinco. La hora exacta.

Fano se recostó en la silla. Por la ventana se veía el puerto, ya casi a oscuras, y las luces de dos barcas que salían.

—Ramón Ablanedo existe —dijo al fin—. Tiene una tienda de filatelia y antigüedades en Gijón, cerca del puerto deportivo.

Lo he llamado esta tarde, antes de que llegara usted.

Dice que no ha pisado Cabo Candil desde la primavera.

Que don Laureano era un cliente antiguo y que hace meses que no hablaban.

—Entonces miente uno de los dos. Él o la carta.

—O los dos. —Fano tamborileó sobre la mesa—. Mañana pido las cámaras de la gasolinera de la entrada del pueblo. Si su coche pasó el lunes, saldrá.

Olvido asintió. Pensó en la libretita de Nino, en la hoja arrancada, en la tilde de «dió». Abrió la boca. La volvió a cerrar.

«No es nada», se dijo. «Muchísima gente mayor escribe así». Y además, la hoja de Nino era de una libreta de rayas, no cuadriculada. Se agarró a ese detalle como a una barandilla.

—¿Qué pasa? —preguntó Fano, que la estaba mirando.

—Nada. Estaba pensando en Benigno. El de la palmera.

—Benigno Valdés estuvo en la mar el lunes desde las seis de la tarde hasta pasadas las once, con su sobrino, en el Rosa del Cabo.

Lo tengo en el registro de la cofradía y lo ha confirmado medio puerto.

—Fano hizo una pausa—. Sé lo que dijo ayer en el Candilín.

Me lo han contado cuatro personas. Es un bocazas, no un asesino.

—Y Nieves.

—Con Nieves hablaré mañana. —La miró con algo que casi era una sonrisa—. ¿Quiere venir?

—¿Yo?

—Usted estuvo en ese despacho antes que nadie.

Vio cómo estaba. Si falta algo o hay algo que no estaba, quizá lo note.

Y la sobrina parece fiarse más de usted que de mí.

Me lo ha dicho ella misma: que habló con usted en la puerta y que fue la única persona que no le dio el pésame como quien da los buenos días.

—Me preguntó si sufrió.

Fano bajó la vista.

—Ya.

Salió del cuartel a las ocho y media. La calle del Muelle estaba vacía y brillante, con el empedrado lavado por el orbayo, y olía a algas y a gasóleo.

La Tila seguía en el baúl, sentada, con los ojos medio cerrados.

Cuando Olvido se acercó, la gata abrió uno, lo cerró y bostezó con una boca enorme, rosa y llena de dientes.

—Ya lo sé —le dijo Olvido—. No me mires así.

Empujó la moto hasta la oficina. No tenía ganas de arrancarla. Le apetecía caminar.

En el puerto, delante de la rula cerrada, se sentó un momento en el banco de piedra donde se sentaban los jubilados por la mañana a criticar las maniobras de los barcos.

Desde allí se veía la ladera entera: las casas de colores con las galerías iluminadas, la iglesia, el barrio de arriba.

Y Villa Esperanza, con la palmera recortada contra el cielo oscuro y la torre de cristal apagada.

Llevaba tres días en Cabo Candil y la torre apagada ya le parecía una herida.

Pensó en Madrid. En la editorial, en la quinta planta de un edificio de oficinas con moqueta gris y plantas de plástico.

En la reunión de veinte minutos. En la directora editorial, que le había dicho «no es nada personal, Olvido, es que el mercado» mientras le enseñaba en la pantalla un programa que corregía cuatrocientas páginas en once minutos.

Había estado a punto de preguntarle cuántas erratas dejaba el programa en esas cuatrocientas páginas.

No lo hizo. Se levantó, dio las gracias —siempre daba las gracias— y bajó en el ascensor con una caja de cartón en los brazos que contenía un diccionario de dudas, una taza con un punto y coma dibujado y catorce años.

Durante los meses siguientes se había sentido como una de esas palabras que se dejan de usar: correcta, precisa, perfectamente comprensible, y sin ningún sitio donde ponerla.

Y ahora estaba sentada en un banco del puerto pensando en tildes.

No era lo mismo. Pero tampoco era tan distinto.

Las tildes de la carta anónima no le habían importado por la ortografía; le habían importado porque decían algo de quien las había escrito.

Una errata es una huella. Eso lo sabía desde siempre.

Lo que no había sabido hasta esa tarde era que una huella pudiera servir para algo más que para corregirla.

Se levantó del banco. La Tila, que se había bajado del baúl sin que Olvido lo notara, la esperaba al pie de la cuesta, sentada en mitad de la calle con la cola enroscada.

—¿Me esperabas?

La gata echó a andar delante de ella, cuesta arriba, sin volverse. Llevaba algo en la boca.

—¿Qué tienes ahí?

Al llegar a la puerta de casa, la Tila dejó caer a sus pies un sello pequeño, mojado y un poco mordisqueado. Era el sello de la tira del cuartel. Olvido lo recogió y lo puso a secar sobre el radiador del pasillo.

—Gracias —le dijo, muy seria—. Mañana se lo devuelvo a la cabo Iglesias.

La Tila la miró con lástima y se fue directa a la cocina, donde la abuela, con el delantal puesto y la radio encendida, estaba friendo sardinas.

—Así que la Guardia Civil te ha llamado —dijo la abuela durante la cena, sin preguntar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te vio entrar la mujer del cabo de mar, que vive enfrente del cuartel, y se lo dijo a Celsa, y Celsa me llamó. —La abuela le sirvió otra sardina—. Hija, en este pueblo no te llama nadie sin que se entere todo el mundo. Lo que no sabemos es para qué.

—No puedo contarlo.

—Eso me parece muy bien. —La abuela asintió con aprobación—. Tu abuelo tampoco contaba nunca nada del correo. Ni a mí. Decía que era como el confesionario, pero con sellos.

Olvido sonrió. Por primera vez en todo el día, la sonrisa le salió entera.

—Abuela, ¿quién en el pueblo colecciona sellos?

—¿Quién? —La abuela se quedó pensando, con el tenedor en el aire—.

Laureano, el que más. Tenía la mejor colección de Asturias, decía él.

Luego los críos, alguno, de los que piden los sellos de las cartas de Argentina.

El cura, que tiene un álbum de sellos del Vaticano que nos enseña cada Navidad. Y Nino, claro.

—¿Nino?

—Nino tuvo colección de joven. Empezaron juntos, él y Laureano. Luego Nino se pasó a los barcos en botella, que dice que dan menos disgustos. Pero sabe de sellos más que nadie, después de Laureano. Cuando Laureano dudaba de algo, se lo preguntaba a él.

Olvido bajó la vista al plato. La sardina se le había quedado fría.

—¿Por qué lo preguntas? —quiso saber la abuela.

—Por nada. Curiosidad.

La abuela la miró por encima de las gafas con una expresión que Olvido conocía desde los seis años: la de quien sabe perfectamente que le están mintiendo y decide, por cariño, hacer como que no.

Esa noche, en el cuaderno, debajo de la Fe de erratas, Olvido añadió:

8. Hematoma de agarre en el brazo izquierdo.

Muerte entre las 19 y las 21. 9. Carta anónima: mayúsculas, ni una falta, «fué» y «dió» con tilde.

Alguien mayor. 10. Sellos de 2004 y 2005, tarifa exacta.

Coleccionista, o lo fue. 11. La carta sabe que Ablanedo estuvo allí a las cinco.

¿Cómo lo sabe? 12. Ablanedo dice que no estuvo desde la primavera.

13. Nieves dice que llegó hoy. Celsa la vio el lunes a las 20:40.

Se quedó mirando el punto once mucho rato. Después, muy despacio, al margen, escribió un nombre a lápiz. Y lo borró.