Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 4. El buzón del hogar
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4. El buzón del hogar

Genaro contestó al cuarto tono, con la voz de un hombre que lleva dos semanas mirando el techo.

—¿Quién es?

—Olvido Barcia. La que le sustituye.

—¡La nieta de Reme! —El tono cambió de golpe, como una radio que encuentra la emisora—. Ya me han contado. Lo de Laureano. Madre mía, qué cosa. ¿Y tú cómo estás, rapaza? Encontrarlo tú, el segundo día. Eso no es empezar, eso es tirarse de cabeza.

—Estoy bien. —Llevaba dos días diciendo esa frase y empezaba a sonarle a fórmula de cortesía, como «atentamente» al final de una carta—. Le llamaba por la ruta. Nino me dio su número.

—Nino, pobre. Ese sí que estará mal. Eran uña y carne, Laureano y él, aunque se pasaran la vida peleando.

—Hubo un ruido de muelles: Genaro cambiaba de postura en algún sofá—.

Pregunta lo que quieras. Aquí me tienes, con la pierna como un jamón, viendo concursos.

Ayer acerté la palabra final. «Escribano». Me la sabía de sobra.

Olvido le preguntó por la ruta, por los perros, por las casas donde había que llamar dos veces y las casas donde no había que llamar nunca.

Genaro contestó a todo con una precisión que la dejó admirada: sabía qué buzones tenían la cerradura rota, qué vecinas preferían que les dejaran las cartas debajo de la maceta y qué viudo del barrio de arriba guardaba un perro que no mordía pero lo parecía.

Era un mapa entero del pueblo, hecho de costumbres.

—¿Y la Tila? —preguntó al final.

—¡La Tila! —Genaro se rio—. ¿Te ha elegido ya?

—Eso parece.

—Es lista como el hambre. Va donde le dan de comer y no le debe nada a nadie.

Lunes, casa de Laureano. Martes, la de Celsa.

Los jueves se va a la rula a robar caballa.

—Bajó la voz, por si la gata andaba cerca—.

Y lo de los papeles, ¿ya lo has visto? Que roba papelitos.

Picos de sobre, sellos, la etiqueta de un paquete.

Los esconde en algún sitio. Yo nunca encontré dónde.

Lo busqué, ¿eh? Un día me faltó un acuse de recibo y lo busqué por todo el pueblo. Nada.

—¿Y las cartas sin remite de don Laureano? ¿Usted sabía de quién eran?

Genaro tardó en contestar.

—Llegaban siempre el primer día del mes, o el segundo. Sobre bueno, letra inglesa, de la de antes. —Una pausa—. Me sonaba la letra, ¿sabes? Nunca supe de qué. A veces uno ve una letra tantos años que deja de verla.

A las nueve, Olvido salió con la moto y con la Tila en el baúl, sentada sobre el cojín del faro, fresca como una lechuga.

El orbayo había dejado paso a un cielo blanco, de algodón sucio, que no prometía nada pero tampoco amenazaba.

El pueblo estaba raro. No en silencio, porque Cabo Candil no conocía el silencio, sino con un rumor bajo, constante, como de colmena.

En cada portal había dos o tres personas hablando.

Al verla llegar se callaban, la saludaban con mucha cortesía y retomaban la conversación en cuanto se alejaba.

Olvido descubrió que no le molestaba tanto como esperaba. Era el mismo murmullo de las redacciones cuando alguien de arriba había tomado una decisión y todavía no se había comunicado: todos sabían algo, nadie sabía lo bastante.

En el Candilín, Celsa la recibió con un café y una noticia.

—La sobrina ha llegado.

—¿Nieves?

—Nieves. Esta mañana, en el autobús de las nueve, con un maletón y unas gafas de sol que no le hacían falta. —Celsa bajó la voz—. Pero te voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie.

—Celsa, tú siempre…

—Esta vez es verdad. —La miró muy seria—. Esa chica estuvo aquí el lunes por la noche.

Olvido dejó la taza.

—¿El lunes?

—El lunes. La vi bajar del autobús de las nueve menos veinte, el último.

Con un bolso rojo. Yo estaba cerrando la persiana y la vi cruzar la plaza hacia la cuesta de Villa Esperanza.

Y luego, a los veinte minutos o media hora, la vi bajar otra vez, a paso ligero, y subirse al autobús de vuelta, que sale a las nueve y cuarto.

—Celsa cruzó los brazos—. Yo no digo nada.

Pero esta mañana, en la parada, le dijo a Paquita que no venía al pueblo desde el verano.

—¿Se lo has contado al sargento?

—Al sargento le cuento lo que me pregunta. —Celsa se encogió de hombros—. Y no me ha preguntado.

La recogida del buzón del hogar del jubilado era a la una en punto. Lo decía una placa esmaltada clavada en la pared, al lado de la boca del buzón: Última recogida: 13:00 h. Debajo, alguien había añadido con rotulador: y Genaro llega a las 13:15.

Olvido llegó a la una menos dos minutos. Abrió el buzón con la llave pequeña del llavero, la de latón con un cordón rojo, y vació el contenido en la saca.

No había mucho. Una postal para Argentina. Tres sobres con ventanilla de la Seguridad Social, devueltos por algún error administrativo. Una carta para Valencia con una dirección escrita en mayúsculas temblorosas. Un sobre azul para una residencia de Oviedo.

Y un sobre blanco, alargado, sin remite.

Lo miró, al principio, solo porque le llamó la atención el franqueo.

En lugar de un sello normal, de los que se compraban en el estanco o la oficina, llevaba tres sellos distintos, pegados en fila con mucho cuidado, perfectamente alineados con el borde del sobre.

Eran sellos conmemorativos antiguos, en euros, de los primeros años: uno con un faro blanco y rojo, otro con un cuadro de un pintor cuyo nombre no recordaba y otro con una flor de montaña.

En la esquina de uno de ellos se leía el año: 2004. En otro, 2005.

Olvido hizo la suma de cabeza, por reflejo. Los tres juntos daban, céntimo arriba o abajo, la tarifa exacta de una carta ordinaria.

Nadie compraba sellos así. Nadie que no los tuviera guardados.

La dirección estaba escrita en mayúsculas, con bolígrafo azul, con una letra cuidadosa, demasiado cuidadosa, la letra de alguien que no quiere parecerse a sí mismo:

SR. COMANDANTE DEL PUESTO DE LA GUARDIA CIVIL CABO CANDIL

Ni calle, ni número, ni código postal. En Cabo Candil no hacía falta. El cuartel estaba al final de la calle del Muelle, en una casa de dos plantas con la bandera desteñida por el salitre, y todo el mundo sabía dónde.

Olvido sostuvo el sobre un momento entre los dedos. Sabía lo que tenía que hacer: meterlo en la saca, llevarlo a la oficina, clasificarlo y entregarlo. Una cartera no abre cartas, no las huele, no las mira al trasluz. Una cartera no pregunta.

Pero una correctora sí. Y Olvido llevaba catorce años siendo lo segundo y tres días siendo lo primero.

No lo abrió. Lo guardó aparte, en el bolsillo interior de la saca, y en lugar de esperar a clasificarlo en la oficina, se lo llevó directamente al cuartel.

Le abrió la cabo Iglesias, una chica de veintitantos años con el pelo recogido en un moño tan apretado que parecía doler. Dentro, el cuartel olía a café recalentado, a papel y a estufa de butano.

—El sargento está al teléfono —dijo Iglesias—. Con Oviedo. Por lo de la autopsia. ¿Es urgente?

—Es una carta para él.

—Déjamela, si quieres.

—Prefiero dársela en mano.

Iglesias la miró con curiosidad, pero no discutió. Olvido se sentó en una silla de plástico junto a la mesa de la entrada, sobre la que había un archivador, un calendario de una ferretería y un plato de cerámica con clips, gomas y una tira de sellos sueltos para el correo oficial.

La Tila, que la había seguido desde la moto sin que nadie la invitara, saltó a la mesa con un movimiento limpio, olisqueó el calendario, olisqueó el plato de cerámica y, con una delicadeza de carterista profesional, despegó con los dientes un sello de la tira y bajó al suelo con él.

—¡Eh! —dijo Iglesias.

—Lo siento. Es una manía. —Olvido se agachó, pero la gata ya estaba debajo de un radiador, fuera de su alcance, con el sello en la boca y la expresión de quien no sabe de qué le están hablando—. Lo repondré. Se lo prometo.

—Déjala —dijo Iglesias, que de pronto parecía encantada—. Es la gata de Genaro, ¿no? Genaro decía que algún día iba a encontrar dónde guarda las cosas y que iba a montar un museo.

Fano salió del despacho del fondo un cuarto de hora después. Traía la cara seria y una libreta en la mano.

—Señorita Barcia.

—Olvido. —Se levantó y le tendió el sobre—. Estaba en el buzón del hogar del jubilado. Lo he recogido a la una. Va dirigido a usted.

Fano cogió el sobre por una esquina, con dos dedos, y lo miró por delante y por detrás. Vio la dirección en mayúsculas. Vio la ausencia de remite. Vio los sellos.

—Gracias —dijo. No lo abrió delante de ella.

—Los sellos —empezó Olvido.

—¿Qué les pasa a los sellos?

—Son antiguos. De 2004 y 2005. No se venden desde hace muchísimo tiempo. Quien los ha puesto los tenía guardados y ha hecho la suma exacta para que den la tarifa. Eso no lo hace cualquiera. Lo hace alguien que colecciona sellos, o alguien que lleva toda la vida pegándolos.

Fano levantó una ceja.

—¿Eso lo ha visto usted en los cinco minutos que ha tardado en venir del hogar?

—Lo he visto en el primer segundo. Lo demás ha sido pensarlo. —Hizo una pausa—. Y hay otra cosa. La sobrina de don Laureano. Nieves. Dice que ha llegado hoy, pero Celsa la vio bajar del último autobús el lunes por la noche y subir hacia la casa.

Fano la miró un largo momento.

—¿Algo más?

—No.

—¿Seguro? —Había algo que no era exactamente enfado en su voz—. Porque ayer no tenía nada que contarme, y hoy me trae una carta anónima, una lección de filatelia y una testigo.

—Ayer no sabía nada. Hoy sé tres cosas.

—Ya. —Fano se guardó el sobre en el bolsillo de la guerrera—. Lo de Nieves Cueto lo hablaré con ella. Y con Celsa, que por lo visto no me cuenta las cosas a mí. Gracias, Olvido.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre sin que ella le corrigiera. Olvido se dio cuenta al salir.

A las cinco de la tarde, el paquete de Valladolid seguía en la saca. Olvido lo había intentado entregar otra vez a primera hora, sin éxito, y ahora, con la sobrina en el pueblo, volvió a subir la cuesta de Villa Esperanza.

Le abrió Nieves Cueto.

Era una mujer delgada, de treinta y pocos, con el pelo teñido de un rubio caro y un jersey de cachemir con una mancha de café en la manga. Tenía las ojeras de quien no ha dormido y una forma de mirar de lado, de quien teme que haya alguien más detrás.

—¿Sí?

—Soy la cartera. Traigo un paquete para don Laureano. Lo siento mucho.

—Gracias. —Nieves cogió el paquete, lo miró sin interés y lo dejó en el aparador de la entrada—. Más sellos, supongo. Esta casa está llena de sellos. No sé qué voy a hacer con todo esto.

Olvido le tendió la PDA para que firmara. Nieves firmó con un garabato rápido, sin apoyar la muñeca.

—Usted es la que lo encontró, ¿no? —dijo, devolviéndole el aparato—. Me lo ha dicho el sargento.

—Sí.

—¿Sufrió?

La pregunta la pilló desprevenida. Olvido pensó en la cara de don Laureano, en el brazo extendido hacia los peldaños.

—No lo sé —dijo, con sinceridad—. Creo que fue rápido.

Nieves asintió. Por un momento pareció que iba a echarse a llorar, pero no lo hizo. Encendió un cigarrillo en el umbral, sin preguntar.

—Hacía meses que no venía —dijo, mirando el jardín—. Desde el verano. Mi tío y yo no nos llevábamos muy bien. Él pensaba que yo solo venía cuando necesitaba algo.

—¿Y era verdad?

Se le escapó. Olvido se arrepintió en el acto. Nieves la miró con una mezcla de sorpresa y de algo parecido al respeto.

—A veces —contestó—. A veces sí.

Le dio una calada al cigarrillo y cerró la puerta sin despedirse.

Olvido bajó la cuesta con la moto en punto muerto, dejando que la pendiente hiciera el trabajo. En el baúl, la Tila iba mirando hacia atrás, hacia la casona, con las orejas tiesas.

En el bolsillo del chubasquero, Olvido encontró el papel de Nino con el teléfono de Genaro. Lo sacó en un semáforo que no existía, en la curva de la iglesia, donde todos los vehículos de Cabo Candil se detenían por costumbre, y volvió a mirar la tilde sobre la o.

Le dió por subirse a la escalera.

Pensó en los tres sellos del sobre anónimo, alineados con una precisión de relojero. Pensó en unas manos que llevaban toda la vida pegando sellos con cuidado.

Volvió a guardar el papel. No era nada. Muchísima gente mayor escribía así. Su abuelo escribía así.

A las siete y diez sonó el móvil. Era un número fijo que no conocía.

—Olvido —dijo la voz de Fano—. ¿Puede pasarse por el cuartel? Ha llegado lo de Oviedo. Y quiero que vea la carta.