Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1) 3. El pueblo opina
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3. El pueblo opina

A las seis de la tarde, Cabo Candil entero sabía que don Laureano Cueto había muerto, y la mitad sabía también quién lo había encontrado.

Olvido terminó el reparto con una obstinación que no reconocía como suya.

Entregó facturas, recetas, una carta de la pensión, dos paquetes de ropa y un catálogo de semillas, y en cada puerta alguien le decía «ay, hija, qué mal trago» con la boca, mientras con los ojos le pedía detalles.

No dio ninguno. Firmaban en la PDA, ella daba las gracias y la Tila, desde el baúl, miraba a todo el mundo con la misma cara de juez.

Cuando llegó a casa, su abuela la estaba esperando en la puerta con el abrigo puesto.

—Te vienes conmigo al Candilín.

—Abuela, no tengo ganas de ver a nadie.

—Por eso mismo. Si no vas, hablarán de ti.

Si vas, hablarán delante de ti, que es mucho mejor, porque puedes corregirlos.

—Remedios Cuervo tenía ochenta y dos años, un metro cincuenta de estatura y la convicción, inquebrantable desde 1962, de que el mundo funcionaba mejor si ella estaba presente—. Además, te sentará bien un culín.

—No quiero sidra.

—Pues un caldo. Pero vienes.

El Candilín, a las seis y media de un martes de noviembre, tenía más clientela que en agosto.

Había pescadores que acababan de llegar de la rula con las botas todavía mojadas, mujeres que no pisaban el bar desde la última boda, el cura, que fingía estar allí por casualidad, y una mesa de jubilados que jugaban al dominó sin mirar las fichas.

Celsa iba y venía detrás de la barra con una energía de catástrofe.

Cuando Olvido entró, se hizo un silencio de dos segundos exactos. Luego todos volvieron a hablar a la vez, un poco más alto que antes.

—Aquí, aquí —dijo Celsa, despejando un trozo de barra con el trapo—. Siéntate, hija. ¿Un caldo? Te pongo un caldo.

La teoría más votada, se enteró Olvido en los diez minutos siguientes, era la de la escalera.

Don Laureano tenía setenta y dos años, unas rodillas que ya no eran lo que habían sido y la costumbre de subir al mirador todas las noches, a ver los barcos, con una copa de coñac en la mano.

Alguien aseguró que la copa estaba en el suelo, rota.

Alguien más dijo que no, que era de anís.

Olvido, que no había visto ninguna copa, se mordió la lengua.

La segunda teoría tenía que ver con las cartas.

—Las cartas sin remite —dijo Paquita, la del estanco, que había llegado con un paraguas de flores y la cara de quien ha estado esperando ese momento durante años—. Yo lo dije. Lo dije siempre. Eso era un chantaje.

—Tú dijiste que era una novia —objetó un pescador.

—Una novia que le chantajeaba. Las dos cosas. Las cartas llegaban todos los meses, todos, sin un nombre por detrás. ¿Quién manda cartas así? Alguien que no quiere que se sepa quién es. Y al final pasa lo que pasa.

—Lo que pasa es que se cayó por la escalera, Paquita.

—Eso dicen.

Olvido se encontró escuchando con una atención que la avergonzaba un poco. No era morbo. Era otra cosa: la misma sensación que tenía cuando un capítulo no le cuadraba y no sabía todavía por qué. Pensó en el sobre de Mayrit en la papelera, abierto con abrecartas, y en el informe que no estaba.

Desde la puerta, alguien dijo una frase en voz demasiado alta.

—Pues mira, que Dios me perdone, pero la palmera esa ya no me va a levantar más el muro.

Era un hombre de setenta años, ancho, con un jersey de lana gruesa y unas manos enormes de pescador. Se hizo un silencio incómodo.

—Benigno —le reprochó Celsa—. Ese hombre está todavía caliente.

—Frío, está —dijo Benigno—. Y a mí me debe un muro. Tres veces se lo dije. Tres. Que las raíces de su palmera me están reventando el patio. Y él, que era patrimonio. Patrimonio. —Escupió la palabra—. El patrimonio que me arregle la pared.

Nadie le contestó. Benigno pidió un vino, se lo bebió de un trago y se fue dando un portazo que hizo temblar las botellas.

—Siempre ha sido así de bruto —le explicó la abuela a Olvido, bajito—. Pero no mata ni una mosca. Si matara moscas, el bar estaría más limpio.

Nino llegó a las siete.

Entró despacio, con la chaqueta de punto verde abrochada hasta el cuello y una bufanda gris, y la gente se apartó para dejarle pasar con una delicadeza que Olvido no había visto en todo el día. Tenía los ojos enrojecidos. Celsa le sirvió un orujo sin preguntarle.

—Sesenta y cinco años —dijo Nino, mirando el vaso—.

Desde el colegio. Empezamos juntos con los sellos, ¿sabéis?

Teníamos diez años. Su padre le había traído de La Habana una caja de zapatos llena de sobres viejos y nos pasamos un verano entero despegándolos con vapor en la cocina de su madre.

—Sonrió, y la sonrisa le salió torcida—.

Él se quedaba con los buenos. Yo con los repetidos. Así fue siempre.

Se llevó el vaso a la boca. Al levantar la mano derecha, Olvido vio que tenía el dorso cubierto con dos tiritas, y debajo, asomando por el borde, unas líneas rojas, finas, paralelas.

—¿Qué te ha pasado en la mano, Nino? —preguntó Celsa, que también lo había visto.

—Las zarzas de la huerta. —Nino se miró la mano con extrañeza, una mano prestada—. Me puse a limpiar ayer por la tarde, que llevaba tiempo sin hacerlo. A mi edad no debería meterme con las zarzas. Ganan ellas.

En ese momento, la Tila, que se había colado en el bar detrás de Olvido y llevaba un rato instalada en el taburete de al lado, se puso de pie, arqueó el lomo y soltó un bufido largo, ronco, que sonó como un neumático pinchándose.

Todo el mundo se volvió a mirarla.

—¡Tila! —dijo Olvido—. ¿Qué te pasa?

La gata bajó del taburete, se metió debajo de la barra y desde allí siguió mirando a Nino con las pupilas convertidas en dos rayas.

—No le caigo bien a los gatos —dijo Nino, con una risa cansada—. Huelo a farmacia. Cuarenta años entre alcanfor y mentol, eso no se quita nunca.

—Pues ayer por la mañana no te bufó —observó Olvido, sin pensarlo.

—Ayer por la mañana yo no tenía el día tan malo. Los animales lo notan.

Olvido no insistió. Pero se le quedó la imagen: la gata con el lomo arqueado y Nino con las tiritas en la mano.

—¿Cuándo lo viste por última vez? —le preguntó la abuela, poniéndole una mano en el brazo—. A Laureano.

Nino tardó en contestar.

—En la Virgen de agosto. En la procesión. —Movió la cabeza—. Habíamos tenido unas palabras por una tontería, una de esas cosas de viejos, y ninguno de los dos quiso dar el primer paso. Ahora ya no lo dará nadie.

La abuela le apretó el brazo. Celsa le rellenó el vaso. Y Olvido, por primera vez desde que había llegado al pueblo, sintió algo parecido a la ternura por aquel hombre con chaqueta de punto que resolvía crucigramas con estilográfica.

Fue Celsa quien le sacó lo de la luz. No lo hizo con mala intención: era su forma de existir.

—Tú lo encontraste, ¿verdad? Cuéntanos. Que aquí se dice cada cosa…

—No hay mucho que contar.

—¿Estaba la copa rota?

—No vi ninguna copa.

—¿Ves? —le dijo Celsa a Paquita, triunfal—. Ni copa ni nada.

—Lo que sí había… —empezó Olvido, y se detuvo. Pero ya era tarde: cinco cabezas se habían inclinado hacia ella—. Nada. Que la luz del mirador estaba apagada. Y que anoche la vi apagarse, desde casa. A las ocho y catorce.

—¡Si te lo dije esta mañana! —Celsa dio un golpe en la barra con el trapo—. Que no estaba la bombilla. Que lo vi.

—Y el certificado que le llevé ayer —siguió Olvido, porque las palabras le salían solas, como ocurre a veces cuando uno ha estado callado demasiado tiempo—, el de Madrid. El sobre estaba en la papelera, pero lo de dentro no aparecía.

Hubo un murmullo. Paquita abrió mucho los ojos. Alguien dijo «¿lo ves?» sin aclarar qué había que ver.

En el extremo de la barra, Nino había dejado el vaso. Estaba muy pálido.

—Perdonadme —dijo, levantándose—. Estoy muy cansado. A mi edad, estas cosas…

—¿Te acompaño? —ofreció la abuela.

—No, Reme. Gracias. —Se abrochó la bufanda.

Antes de irse, sacó una libretita del bolsillo de la chaqueta, arrancó una hoja y escribió algo con la estilográfica, apoyándose en la barra.

Se la tendió a Olvido—. El teléfono de Genaro.

Por si quieres preguntarle por la ruta. Está en casa con la pierna en alto, aburrido como una ostra. Le vendrá bien que le llames.

Olvido no recordaba habérselo pedido. Cogió la hoja.

Genaro: 684 21 70 93. Le dió por subirse a la escalera a por manzanas. Paciencia con él.

Lo leyó dos veces, por costumbre. La letra era clara, inclinada, de las que se aprendían con cuadernos de caligrafía. Y en «dió», sobre la o, una tilde pequeña y firme, que no tenía que estar allí desde hacía más de sesenta años.

Olvido sonrió sin querer. Era una errata vieja, de las que tenía todo un abuelo: la tilde de los que habían aprendido a escribir antes de las normas de 1959 y no habían visto ningún motivo para dejar de ponerla.

Su abuelo Baldomero había escrito «fué» y «dió» hasta el día de su muerte, con plumilla, en los avisos de llegada.

Guardó el papel en el bolsillo del chubasquero.

Fano entró a las ocho menos cuarto, se sacudió el agua de la gorra y fue directo hacia ella. No pidió nada.

—¿Podemos hablar un momento? Fuera.

En la puerta del bar, bajo el toldo, con el orbayo cayendo en hilos finos a la luz de la farola, el sargento la miró con una expresión que estaba a medio camino entre el enfado y el cansancio.

—Me han dicho que ha estado usted contando lo de la luz.

—No lo he contado. Me lo han sacado.

—En este pueblo es lo mismo. —Suspiró—. Mire, señorita Barcia…

—Olvido.

—Olvido. Mañana todo Cabo Candil estará diciendo que a don Laureano lo mataron.

Y probablemente no lo mataron. La médica dice que la muerte fue entre las seis de la tarde y las diez de la noche, y las lesiones encajan con una caída.

Le harán la autopsia en Oviedo, porque es el protocolo, no porque haya nada raro.

—¿Y el informe?

—No lo hemos encontrado. Lo cual no significa nada. —Fano se pasó una mano por la cara—. Su sobrina llega mañana. Ella sabrá dónde guardaba sus cosas.

—De acuerdo.

—No le estoy pidiendo que se calle. Le estoy pidiendo que, si ve algo, me lo cuente a mí antes que a la barra del Candilín.

Olvido pensó en la tilde sobre la o, en las tiritas, en el bufido de la Tila. Ninguna de esas cosas era algo. Eran, como mucho, erratas. Así que no dijo nada.

—De acuerdo —repitió.

—Gracias. —Él se puso la gorra. Dudó—. ¿Está bien? Encontrar a alguien así no es…

—Estoy bien.

—Ya. —No parecía creerla, pero tampoco insistió. Se fue calle abajo con las manos en los bolsillos, un hombre de Zamora que no había aprendido aún a caminar bajo la lluvia sin encoger los hombros.

En casa, la abuela le preparó una tila de verdad, de las de sobre, y se la puso delante con una ironía que ninguna de las dos comentó.

—Tu abuelo decía que Laureano era el hombre más solo que había conocido —le contó, sentada al otro lado de la mesa de la cocina, con las manos alrededor de su propia taza—.

Desde que se le murió Amelia, más. Tenía dinero, tenía la casa, tenía los sellos.

Y subía al mirador todas las noches a mirar los barcos como si esperara que volviera alguno.

—¿Por qué era amigo del abuelo?

—Porque tu abuelo le llevaba el correo. Y porque tu abuelo era el único que no le pedía nada. —La abuela sonrió—. Laureano le guardaba los avisos que escribía. Los de plumilla. Decía que era la última letra bonita del concejo.

—Me lo dijo ayer.

—¿Ves? —La abuela asintió—. Ese hombre no te habría contado eso si no quisiera contarte algo más.

Esa noche, Olvido no pudo dormir. La Tila se había instalado a los pies de la cama sin pedir permiso, con la naturalidad de quien vuelve a su casa, y roncaba bajito, un ronquido de gata satisfecha que a ratos se convertía en un ronroneo.

A la una de la madrugada, Olvido encendió la lámpara, sacó una libreta de tapas negras y escribió en la primera página, con letra pequeña, lo que escribía siempre al final de cada prueba de imprenta: Fe de erratas.

Debajo hizo una lista.

1. La luz del mirador se apagó a las 20:14.

Él no la apagaba nunca. 2. El informe de Mayrit no está.

El sobre sí. 3. La Tila estaba encerrada arriba.

La puerta se abre desde fuera. 4. La cena de la Tila, servida en la cocina y sin tocar.

5. Nino no veía a don Laureano desde agosto.

6. Nino: arañazos en la mano derecha. «Las zarzas».

Ayer por la mañana no los tenía. 7. La Tila le bufó.

Miró la lista un rato largo. Los puntos cinco, seis y siete le parecieron injustos, casi crueles, y estuvo a punto de tacharlos. No lo hizo. Una correctora no tacha lo que ha visto porque le resulte incómodo. Lo marca y sigue leyendo.

Apagó la luz. A los pies de la cama, la Tila suspiró en sueños.