2. Martes, a las doce y diez
El martes, la Tila no estaba en la moto.
Olvido lo notó antes de abrir la oficina, desde la esquina, con el paraguas a medio cerrar: el baúl amarillo tenía la tapa levantada y el cojín del faro, vacío, se iba humedeciendo bajo el orbayo.
Se sorprendió de lo mucho que le molestaba.
Había pasado un solo día con aquella gata y ya le parecía mal que no estuviera.
—Hoy no ha venido —dijo Maribel, que tenía el don de contestar a preguntas que nadie le había hecho—. Alguna vez pasa. Se queda a dormir donde le dan mejor cena.
—¿Y dónde le dan mejor cena?
—En media docena de casas. Este pueblo está lleno de gente que dice que no le gustan los gatos y les compra bonito del bueno.
Olvido clasificó el correo en el casillero de madera, por calles, como le había enseñado Maribel el día anterior, y descubrió con cierta vergüenza que disfrutaba.
Era parecido a corregir: todo tenía un sitio, y si algo no lo tenía era porque alguien se había equivocado.
El Candilín, la calle del Muelle, la cuesta de la iglesia, el barrio de arriba.
Villa Esperanza tenía hoy un paquete pequeño y rectangular, envuelto en papel de estraza, de una casa de material filatélico de Valladolid. Pedía firma.
—Otra vez a casa de don Laureano —dijo en voz alta.
—Ese hombre recibe más correo que el ayuntamiento —contestó Maribel—. Y lo agradece menos.
La ruta del martes era la misma que la del lunes, pero ya no era nueva, y Olvido empezó a ver cosas que el primer día se le habían escapado.
La señora que preguntaba si estaba casada tenía una galería llena de geranios que regaba con una tetera.
El perro que la odiaba en la calle del Muelle no la odiaba a ella, sino a la moto, y se callaba en cuanto apagaba el motor.
En la cuesta de la iglesia había un buzón particular con forma de casa de indianos, con su palmera y todo, pintado a mano.
En el Candilín, Celsa le sirvió un café que Olvido no había pedido.
—¿Sin gata hoy?
—Sin gata.
—Pues mira, mejor. Así no te deja el asiento lleno de pelos. —Celsa se quedó mirando por la ventana un momento, hacia la ladera—. Qué raro. ¿Te has fijado? Don Laureano no ha encendido el mirador.
—Es de día.
—Ya, pero lo deja encendido siempre. De día no se nota, pero desde aquí se ve si está la bombilla. —Celsa entornó los ojos—. Tengo la vista de un milano para lo que no me importa.
Olvido miró. La torre de cristal de Villa Esperanza era, a esa distancia, un cubito brillante que solo reflejaba el cielo gris. No se veía ninguna bombilla. Pensó en las 20:14 de la noche anterior y no dijo nada, porque todavía no sabía que aquello fuera algo que decir.
La mesa del fondo estaba vacía. El crucigrama del periódico seguía doblado sobre la barra, sin empezar.
—Nino no ha bajado —comentó Celsa—. Ese es otro que tiene sus horas. A lo mejor anda resfriado. Con este tiempo, quien no anda resfriado anda mintiendo.
A las doce y diez, Olvido aparcó delante de la verja de Villa Esperanza.
Llamó al timbre. Esperó. Volvió a llamar. Sonaba lejos, en el fondo de la casa, un timbre antiguo de dos notas que parecía pedir perdón por molestar. Nadie abrió.
En el buzón de la verja seguía el periódico de la mañana, enrollado y con la goma puesta.
Olvido lo miró y sintió una pequeña incomodidad, de esas que no tienen nombre todavía.
Un hombre que se quejaba de que el cartero llegaba veinticinco minutos tarde no dejaba el periódico en el buzón hasta mediodía.
Iba a dejar el aviso de llegada cuando oyó el maullido.
Venía de arriba. Muy arriba. Olvido levantó la cabeza y vio, detrás del cristal del mirador, una mancha blanca, naranja y negra que se movía de un lado a otro, se paraba, levantaba una pata contra el vidrio y maullaba otra vez, con la boca muy abierta, un maullido que desde abajo no se oía entero,
solo a trozos.
—¿Tila?
La gata la vio. Se quedó quieta, con la pata en el cristal. Después volvió a maullar, más fuerte.
Olvido empujó la verja, que no tenía echado el cerrojo, subió la escalinata y llamó a la puerta con los nudillos.
Luego con la mano abierta. Luego dijo «¿Don Laureano?»
con una voz que le salió más fina de lo que habría querido.
La puerta principal estaba cerrada. Las persianas de la planta baja, bajadas a medias.
Rodeó la casa por el jardín, entre hortensias secas y un banco de piedra cubierto de musgo, siguiendo los maullidos.
En la parte de atrás había una puerta de cocina con una gatera de plástico en la parte de abajo y una ventana con visillos de ganchillo.
Olvido la empujó sin pensarlo mucho, más por hacer algo que porque esperara que cediera.
Cedió. No estaba cerrada con llave, solo encajada.
—¿Don Laureano? Soy la cartera. Olvido. La nieta de Baldomero.
La cocina olía a café frío y a lejía. Sobre la mesa había una taza con un cerco seco en el fondo, un plato con dos trozos de bonito en aceite que nadie había tocado y, al lado, la cajita de lata donde, supuso, se guardaba el bonito para la gata.
Olvido se fijó en eso: la cena de la Tila, servida y sin comer.
Cruzó un pasillo con baldosas hidráulicas, un recibidor con un perchero del que colgaba la bata de cuadros escoceses y subió las escaleras principales. Los maullidos se oían mejor. En el primer piso, a la derecha, una puerta entreabierta daba a una habitación llena de luz gris.
El despacho.
Lo primero que vio fueron los álbumes. Estaban en una mesa larga de caoba, abiertos, con las hojas de cartulina negra y las filas ordenadas de sellos protegidos con tiras transparentes.
Había una lupa, unas pinzas de punta plana, una lámpara de flexo encendida con la luz amarillenta de las bombillas viejas.
En la pared del fondo, una escalera de caracol de hierro subía hacia el techo y desaparecía por un hueco cuadrado: el camino al mirador.
Arriba, al final de la escalera, se adivinaba una puerta de cristal, cerrada, y detrás de la puerta, la Tila, con la nariz pegada al vidrio.
Lo segundo que vio fue a don Laureano.
Estaba al pie de la escalera de caracol, en el suelo, de lado, con un brazo doblado debajo del cuerpo y el otro extendido hacia los primeros peldaños, como si hubiera querido agarrarse a algo en el último momento.
Llevaba la camisa y la corbata del día anterior.
Tenía los ojos entreabiertos y la cara de un color que Olvido no había visto nunca en una persona viva.
No gritó. Se sorprendió de no gritar. Se quedó en la puerta con el paquete de Valladolid apretado contra el pecho y oyó su propia respiración, muy rápida, y por encima, los maullidos de la gata, que ahora le parecían otra cosa: una alarma,
un aviso que llevaba sonando toda la noche y que nadie había oído.
Se acercó. Le tocó la mano. Estaba fría, de un frío completo, sin remedio.
—Lo siento —dijo, y no supo a quién se lo decía.
Llamó al 112 con unos dedos que no le obedecían bien. Dio la dirección dos veces. Le preguntaron si respiraba y dijo que no, que estaba frío, que llevaba muerto mucho tiempo, y al decirlo en voz alta se le doblaron las piernas y tuvo que sentarse en una silla de rejilla junto a la puerta.
Le dijeron que no tocara nada.
Mientras esperaba, hizo lo único que sabía hacer cuando estaba nerviosa: mirar con atención.
En catorce años de corregir había aprendido que los textos mienten menos cuando los lees despacio, letra a letra, sin dejarte llevar por lo que crees que pone. Una habitación no era tan distinta.
La estilográfica de don Laureano estaba en el suelo, a medio metro de su mano, sin la capucha.
Una gota de tinta se había secado en la madera formando una lágrima negra.
Las gafas de leer estaban en el tercer peldaño de la escalera, plegadas, intactas.
En la papelera de mimbre, junto a la mesa, había un sobre vacío, grueso, de papel verjurado, con el membrete de Subastas Mayrit.
Olvido lo reconoció enseguida: era el certificado que ella misma le había entregado el día anterior.
El sobre estaba abierto por arriba con abrecartas, limpio, como lo abriría un hombre que abría sobres desde hacía sesenta años.
Pero el informe grapado, el de varias páginas con fotografías, no estaba en la papelera.
Tampoco estaba sobre la mesa, entre los álbumes. No lo vio por ninguna parte.
Se dijo que podía estar en un cajón. Que podía haberlo guardado en la caja fuerte, si tenía caja fuerte. Que no era asunto suyo.
Se lo dijo tres veces y no se lo creyó ninguna.
Arriba, la Tila había dejado de maullar. Se había sentado detrás del cristal y la miraba fijamente.
—Ya voy —le dijo Olvido—. Ahora vienen.
Pero no esperó. Subió la escalera de caracol pegada a la pared, sin rozar a don Laureano, con el corazón en la garganta y la absurda sensación de estar cometiendo una falta de ortografía gravísima.
La puerta del mirador tenía un picaporte de latón.
Estaba cerrada, sin llave. Desde dentro, una gata no podía abrirla; desde fuera, cualquiera.
Abrió. La Tila salió disparada entre sus piernas, bajó los peldaños de dos en dos —o lo que hagan los gatos que se parezca a eso— con algo blanco en la boca, un trozo de papel, y desapareció escaleras abajo.
Olvido no la siguió. Ya sabía, desde el lunes, que aquella gata robaba papeles.
Le pareció casi un alivio que hubiera cosas que seguían siendo normales.
El mirador era un cuadrado de cristal de unos tres metros por tres, con un sillón de orejas, una mesita con un catalejo de latón y una vista de todo Cabo Candil: el puerto, los tejados de colores, el faro sobre el cabo, el mar color pizarra.
En la pared de madera, junto a la puerta, había un interruptor antiguo de porcelana, de los de palanca.
Estaba bajado. Apagado.
Olvido se quedó mirándolo. «Laureano no la apaga nunca», había dicho su abuela. Pensó en las 20:14. Pensó en la luz apagándose de golpe, como una idea.
No tocó el interruptor. Bajó la escalera muy despacio y volvió a sentarse en la silla de rejilla, y allí la encontró, veinte minutos después, el sargento Fano.
El sargento Rubén Fano era alto, con el pelo muy corto y una cara de rasgos rectos que parecía haber sido dibujada con regla. Llevaba el uniforme mojado por los hombros y una expresión de hombre que lleva siete meses destinado en la costa y todavía no se ha perdonado haber pedido ese destino.
Se agachó junto al cuerpo sin tocarlo, miró la escalera, miró las gafas en el peldaño, miró la estilográfica. Después miró a Olvido.
—¿Usted es la cartera nueva?
—Interina. Olvido Barcia.
—La nieta de doña Remedios. —No era una pregunta. En Cabo Candil nada era una pregunta—. ¿Ha tocado algo?
—La mano. Para ver si estaba vivo. —Dudó—. Y la puerta del mirador. Estaba la gata encerrada arriba.
—¿La gata?
—La Tila. La gata de Genaro. Bueno, de nadie. Estaba maullando detrás del cristal. Por eso entré. La puerta de la cocina estaba encajada, no cerrada con llave.
Fano anotó algo en una libreta pequeña, de tapas negras, con una letra apretada que Olvido no alcanzó a leer.
—Un hombre de setenta y dos años, solo, de noche, una escalera de caracol de hierro —dijo, más para sí mismo que para ella—.
Bajaba del mirador con las gafas en la mano, se le enganchó el pie…
—Señaló las gafas en el tercer peldaño—.
Lo veo cada invierno. Escaleras, bañeras, alfombras.
Las casas viejas matan más que las carreteras.
—La luz del mirador está apagada.
Fano levantó la vista de la libreta.
—Es de día.
—Ya. Pero él no la apagaba nunca. Lo dice todo el pueblo. Y anoche, desde casa de mi abuela, vi cómo se apagaba. A las ocho y catorce.
—¿Lo miró en el reloj?
—En el móvil. Por costumbre. —Se sintió ridícula—. Fui correctora. Apunto cosas.
—¿Y por qué le interesaba a usted la luz de don Laureano a las ocho y catorce?
—No me interesaba. Simplemente la vi apagarse.
El sargento la miró un segundo más de lo necesario. Luego volvió a la libreta y escribió algo breve.
—Hay otra cosa —dijo Olvido—. Ayer le entregué un certificado. De una casa de subastas de Madrid. El sobre está en la papelera, pero el informe que venía dentro no lo veo por ninguna parte.
—Lo habrá guardado.
—Puede ser.
—Un hombre guarda sus papeles en su casa, señora Barcia. No es un delito.
—Señorita —corrigió, por reflejo, y enseguida se arrepintió, porque sonaba a otra cosa—. Da igual. Olvido.
Fano hizo un gesto vago que podía ser un asentimiento o la forma que tenía de quitarse el agua de la nuca.
Por la escalera principal subían voces: la médica del centro de salud, la cabo Iglesias, alguien del juzgado al que habían avisado desde Luarca.
La casa empezó a llenarse de pasos y de ese murmullo serio que acompaña a la muerte en los pueblos, cuando todos saben ya lo que ha pasado y nadie lo ha dicho todavía en voz alta.
—Puede irse —le dijo Fano—. Si necesitamos algo, ya sabemos dónde vive. Aquí lo sabe todo el mundo.
Olvido bajó la escalinata con el paquete de Valladolid todavía en los brazos. No había firmado nadie. Lo miró, sin saber qué hacer con él, y lo volvió a meter en la saca.
En el baúl de la moto, enroscada sobre el cojín del faro, mojada y con los ojos medio cerrados, la esperaba la Tila.
—Así que ahora sí vienes —le dijo.
La gata abrió un ojo verde, lo volvió a cerrar y no contestó.