Sin remite (Misterios de Cabo Candil 1)
© inepub.com
1. Lunes, con gata
El primer lunes de noviembre, Olvido Barcia descubrió tres cosas antes de las ocho de la mañana: que el orbayo asturiano no es lluvia sino una opinión, que la moto amarilla de la oficina solo arrancaba si se le hablaba con cariño y que en el baúl trasero, encima de la saca, había una gata.
No era una gata cualquiera. Era tricolor —blanca, naranja y negra, como si la hubieran pintado tres personas que no se habían puesto de acuerdo— y estaba sentada con la dignidad de quien ha pagado su billete.
—Esa es la Tila —dijo Maribel desde la puerta de la oficina, con el café en una mano y la llave del buzón en la otra—. Iba con Genaro. Todas las mañanas.
—¿Con Genaro? ¿En la moto?
—En la moto. Él le puso un cojín. —Maribel señaló el baúl con la barbilla—. Ahí lo tienes.
Olvido miró el cojín, azul, estampado de faritos blancos y cubierto de pelos naranjas. Miró a la gata. La gata la miró a ella con unos ojos verdes que no pedían permiso.
—Yo vengo a sustituir a Genaro, no a heredarle la gata.
—Pues díselo a ella.
Olvido tenía treinta y siete años, un contrato de interinidad de tres meses y un pasado reciente como correctora de estilo en una editorial de Madrid que había decidido, en una reunión de veinte minutos, que las comas podían ponerlas las máquinas.
Había vuelto a Cabo Candil con dos maletas, la caja de diccionarios que no fue capaz de dejar junto a un contenedor y la vaga intención de quedarse «una temporada» en casa de su abuela.
Que la temporada incluyera repartir el correo del pueblo había sido idea de su abuela, por supuesto.
Remedios Cuervo, viuda de Baldomero Barcia, cartero de Cabo Candil durante veinticinco años, sostenía que no había mejor cura para la tristeza que subir cuestas.
Y Cabo Candil tenía muchas cuestas. Era un pueblo pequeño que trepaba desde el puerto para ver mejor el mar: casas azules, verdes, color mostaza y color salmón, con galerías acristaladas y macetas de hortensias que en noviembre ya eran bolas secas del color del papel viejo.
Arriba del todo, en el cabo, el faro. Y a media ladera, presumiendo de palmera, Villa Esperanza, la casona de indianos de don Laureano Cueto, con su torre mirador de cristal, que por las noches se encendía como un segundo faro, más pequeño y más vanidoso.
—Arranca suave —le aconsejó Maribel—. La PDA es para los certificados: firma aquí, foto si no hay nadie, aviso en el buzón. Si alguien te ofrece café, aceptas. Si alguien te ofrece orujo antes de las once, dices que vas en moto.
—¿Y si alguien me ofrece una gata?
—Ya te la han ofrecido.
La moto arrancó a la tercera, con un gruñido. La Tila no se movió del cojín. Ni cuando Olvido tomó la primera curva demasiado abierta, ni cuando frenó en seco para no atropellar a un señor con boina que cruzaba con una barra de pan y el aire de dueño de la calle desde 1950. Probablemente lo era.
La primera parada era el Candilín: bar, tienda de ultramarinos, oficina de objetos perdidos y, según su abuela, el único periódico del pueblo que salía todos los días y a cualquier hora.
Celsa Prendes, la dueña, secaba vasos detrás de la barra con un trapo de cuadros y la expresión de quien sabe algo y está decidiendo si contártelo.
—¡La nieta de Reme! —anunció, para que se enterara el bar entero, que eran cuatro personas y un perro—. ¿Qué tal el primer día?
—Llevo veinte minutos.
—Eso aquí ya es un día. ¿Y la Tila? —Celsa se asomó a la puerta—. Mírala, qué contenta. Cuando Genaro se rompió la pierna, estuvo una semana sentada en la moto, esperándolo. Daba pena verla.
Olvido dejó sobre la barra el correo del bar: dos facturas, un catálogo de menaje y una postal de Tenerife con una playa de arena negra.
Por costumbre, por deformación profesional, leyó la dirección en diagonal.
Estaba bien escrita, pero el código postal tenía los dos últimos números cambiados de sitio.
Era el tipo de error que solo veía ella; lo había perseguido durante catorce años de pruebas de imprenta: la errata que nadie ve hasta que el libro ya está impreso.
—Te ha llegado de milagro —dijo, señalándolo.
—Aquí todo llega de milagro, hija. Y si no, llega por Genaro.
En la mesa del fondo, junto a la ventana, un hombre mayor resolvía el crucigrama del periódico con una estilográfica. Llevaba una chaqueta de punto verde, gafas de media luna y el pelo blanco peinado con raya, como en las fotos de comunión. Levantó la vista y sonrió.
—Saturnino Llamedo —se presentó—. Nino. Fui el boticario hasta que mi hija me jubiló a la fuerza. Ahora me dedico a cosas inútiles: crucigramas, barcos dentro de botellas y criticar el tiempo.
—Olvido.
—Lo sé. Tu abuela me gana al tute todos los lunes y luego me lo cuenta todo, a modo de consuelo. —Golpeó el periódico con la pluma—. «Persona que no olvida». Ocho letras.
—Rencoroso —dijo Olvido sin pensar.
—Iba a poner «memorioso», que es más bonito —dijo Nino, y lo escribió en los cuadritos—. Pero me temo que el tuyo cabe mejor.
Celsa se inclinó sobre la barra y bajó la voz, que en ella significaba hablar como una persona normal.
—Hoy subirás a Villa Esperanza.
—Hay un certificado para don Laureano Cueto. —Olvido consultó la PDA—. De Madrid.
—Otro más. —Celsa cruzó una mirada con Nino—. A ese hombre le llega una carta sin remite todos los meses desde hace años. Sobres buenos, letra bonita y ni un nombre por detrás. Genaro decía que eran de una novia de Cuba. Paquita, la del estanco, dice que es un chantaje. Yo no digo nada.
—Celsa siempre dice que no dice nada —intervino Nino— justo antes de decirlo todo.
—Pues esta vez no digo nada.
—Laureano es un hombre de costumbres —dijo Nino, doblando el periódico—.
Y de cosas por escrito. Si te invita a pasar, no toques nada de su despacho: tiene los álbumes de sellos abiertos encima de la mesa como otros tienen el pan.
Y si te pregunta por tu abuelo, cuéntale lo que quieras, pero cuéntale algo.
Le gusta hablar de los viejos tiempos. Últimamente, más.
—¿Por qué últimamente?
Nino se encogió de hombros. En el dorso de la mano derecha tenía las manchas de la edad y una vieja quemadura de laboratorio, lisa y brillante como una moneda.
—Porque nos hacemos viejos, hija. Y los viejos repasamos cuentas.
A las doce y diez, después de cuarenta y tres buzones, dos perros que la odiaron a primera vista y una señora que le preguntó si estaba casada antes de firmarle un paquete, Olvido aparcó delante de la verja de Villa Esperanza.
De cerca, la casona era todavía más exagerada: rosa salmón, con balcones de hierro blanco, una escalinata de piedra y la palmera, enorme, ligeramente inclinada hacia el mar, a la escucha. El mirador era un cubo de cristal sobre el tejado, rematado por una veleta en forma de barco.
La Tila saltó del baúl antes de que Olvido apagara el motor. Cruzó la verja, subió la escalinata y se sentó delante de la puerta, con la cola enroscada sobre las patas.
—¿También es tu ruta? —le preguntó Olvido.
La puerta se abrió antes de que llamara. Don Laureano Cueto era alto, de huesos grandes, con un bigote blanco recortado a tijera y una bata de cuadros escoceses encima de la camisa y la corbata. Tenía setenta y dos años y la voz de alguien que ha dado muchas órdenes y echa de menos darlas.
—Llega usted tarde —dijo—. Genaro llegaba a las doce menos cuarto.
—Genaro sabía dónde estaba todo. Yo todavía no.
Él la miró de arriba abajo, sin descortesía, como quien examina un sello a contraluz.
—Barcia —dijo—. Usted es la nieta de Baldomero.
—Sí.
—Su abuelo tenía la mejor letra de todo el concejo. Escribía los avisos de llegada con plumilla. Los guardo. —Hizo una pausa—. Algunos.
Olvido le tendió el certificado: un sobre grueso, de papel verjurado, con el membrete de Subastas Mayrit, Madrid.
La PDA pitó, y don Laureano miró el lápiz de plástico como si le hubieran ofrecido firmar con una salchicha.
Sacó del bolsillo de la bata una estilográfica, la contempló, suspiró, volvió a guardarla y garabateó en la pantalla una firma que, aun así, tenía rúbrica.
Abrió el sobre allí mismo, en la puerta.
Era un informe de varias páginas, grapado, con fotografías.
Olvido no miró —una cartera no mira—, pero vio cómo él leía la primera página, y luego la volvía a leer, y cómo la mano que sujetaba el papel se quedaba muy quieta, de esa manera en que se quedan quietas las cosas que están a punto de caerse.
—¿Va todo bien, don Laureano?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, no la miraba a ella, sino al mar.
—Hay noticias que no deberían poder mandarse por correo. —Dobló el informe por la mitad, con cuidado de no hacerse daño—. Disculpe. No es culpa suya. Usted solo la trae.
A sus pies, la Tila soltó un maullido breve y autoritario.
—Ya voy, ya voy, señora. —La voz de él cambió por completo. Se agachó con esfuerzo y sacó del otro bolsillo un paquetito envuelto en papel de cocina: dos trozos de bonito en aceite—. Los lunes cena aquí. A mediodía solo viene a pedir un adelanto. Es de costumbres, como yo. Por eso nos entendemos.
La gata comió con modales de duquesa y luego, con la misma delicadeza, le robó del bolsillo la esquina de un sobre que asomaba y salió escaleras abajo con ella en la boca.
—¡Ladrona! —dijo él, y por primera vez se rio—. Lo colecciona: papeles, picos de sobre, sellos despegados. Genaro decía que tiene un escondite en algún sitio. Nunca lo encontró.
—Se lo devolveré si lo encuentro.
—No se moleste, era el sobre de la luz. —Don Laureano se irguió y volvió a ser alto—. Señorita Barcia, ¿usted sabe guardar un secreto?
—Fui correctora catorce años. Sé guardar muchos. La mayoría, de autores que no sabían usar el punto y coma.
Él la miró un momento más. Tenía algo importante en la punta de la lengua. Luego negó con la cabeza.
—Otro día. Hoy tengo que hacer una llamada que no quiero hacer.
Y cerró la puerta.
Esa noche, a las ocho y cuarto, Olvido estaba sola en la galería de la casa de su abuela, con una manta sobre las rodillas y un libro abierto que no leía.
La Tila se había bajado del baúl al terminar el reparto, en la cuesta de la iglesia, y se había ido calle arriba con la cola tiesa, sin despedirse, como quien tiene una cita.
La abuela estaba en el hogar del jubilado, en su partida de tute de los lunes, defendiendo un título que nadie le había dado oficialmente pero que nadie se atrevía a discutirle.
Desde la galería se veía el pueblo entero: las luces amarillas del puerto, el haz del faro barriendo el mar cada doce segundos y, a media ladera, la torre de cristal de Villa Esperanza, encendida como siempre, como una lámpara puesta en la ventana para que alguien encontrara el camino de vuelta.
Olvido pensaba en la voz de don Laureano al decir «una llamada que no quiero hacer» cuando la luz del mirador se apagó.
No parpadeó ni fue apagándose poco a poco. Se apagó de golpe, como se apaga una idea.
Miró el móvil por costumbre: las 20:14.
—Laureano no la apaga nunca —le diría su abuela una hora después, quitándose el abrigo en el pasillo—. Desde que se le murió la mujer. Dice que es por los barcos. Yo creo que es para no subir a oscuras.
Olvido no le dio importancia. Era su primer día, estaba cansada, y en un pueblo pequeño las luces se encienden y se apagan por mil motivos.
Al día siguiente, a las doce y diez, le daría toda la importancia del mundo.