Señas (Vestuario 3) 38. 14 de junio
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38. 14 de junio

La parra tiene hojas.

Es lo primero que veo cuando el taxi para delante de la alquería. En febrero eran troncos retorcidos, secos, como manos viejas agarradas a la fachada. Ahora es un techo verde. Entero. Con racimos pequeños, duros, que todavía no son uvas. Le da sombra a medio patio.

—¿Esa es la parra? —pregunta Yaiza.

—Esa es.

—En la foto no tenía nada.

—Era febrero.

Se queda mirándola con la bolsa en la mano.

Se ha puesto un vestido. Es la primera vez en seis años que la veo con vestido.

Azul, de tirantes, por la rodilla. Se lo compró ayer en la calle Colón, conmigo, en una tienda que está a tres portales de la de Mari Carmen.

Pasamos por delante y no dije nada. Ella tampoco. Pero me apretó la mano.

Lleva los rizos mojados, peinados con los dedos. Y está nerviosa. Lo noto en cómo le da vueltas a la pulsera de la muñeca.

—Tu madre me odia —dice.

—Mi madre te ha sentado en la mesa uno.

—Para tenerme vigilada.

—Puede ser.

—Alba.

—Qué.

—Que no me ayudas nada.

Es lunes. Catorce de junio. Mi madre eligió un lunes hace once meses porque era más barato, y porque los sábados de junio estaban todos cogidos, y porque así no tenía que esperar. Mi madre es así.

Hoy me tenía que casar.

Lo pienso así, con esas palabras, cruzando el patio de tierra. Hoy me tenía que casar. Aquí. Debajo de esta parra. Con un vestido que ahora está en una percha, en el cuarto de la plancha de mi madre, con una funda de plástico, esperando a que alguien lo quiera comprar de segunda mano.

Y no siento nada malo.

Siento el sol en los hombros. Siento la mano de Yaiza en la mía. Siento el olor de la leña, que viene de detrás de la casa, donde el señor del pueblo lleva desde las nueve de la mañana con el fuego.

Hay mesas debajo del algarrobo. No cuarenta. Siete. Redondas, con manteles de lino blanco, los que mi madre eligió por audio en octubre. Con los abanicos de la A y la J encima de cada plato, abiertos, como pájaros.

Y hay gente.

Muchísima. Más de la que esperaba. Mis tías, Rosario y Pepa, con los mismos vestidos que se iban a poner para la boda, porque ya los tenían.

Mi tío Vicente, con corbata, con calor, quitándosela ya.

La prima Lorena con su marido y un carrito.

Las vecinas de mi madre. El panadero. La mitad de Alboraya, que sabía que la nena de Amparo se casaba en junio con un canario, y que ahora sabe otra cosa, y que ha venido igual.

Porque mi madre ha llamado a todos, uno por uno, y les ha dicho lo mismo.

Que la boda no hay. Que la comida sí.

Y en la mesa siete, debajo del algarrobo, entre Chus y una botella de vino que ya va por la mitad, Tami. Con un sombrero de paja enorme, con gafas de sol, con una marca reciente en la rodilla, recuerdo de la final.

Se levanta cuando nos ve. Levanta la copa.

—¡Las novias! —grita.

Medio patio se gira.

Yaiza se pone roja. Roja de verdad, hasta las orejas. Nunca la había visto así. Ni en la pista, ni en la cama, ni en el vestuario con Massimo dentro.

—Te mato —le dice, sin voz, desde lejos.

Tami se ríe y se vuelve a sentar.

Thaís, a su lado, aplaude. No sabe por qué. Aplaude igual.

Mi madre sale de la cocina.

Con un delantal encima del vestido. Con la cara roja del fuego. Con un cucharón de madera en la mano. Nos ve. Se queda quieta un segundo en la puerta, con el cucharón levantado.

Luego viene.

Me da un beso. Le da un beso a Yaiza. Le mira el vestido. La mira a ella.

—Sigues en los huesos.

—Han pasado dos semanas, Amparo.

—Pues en dos semanas se engorda. —Se gira hacia la mesa uno—. Sentaos. Que el arroz no espera.

El arroz.

Lo ha dicho otra vez. Arroz. No paella. Toda la vida discutiendo por eso, desde que tengo uso de razón, y mi madre ha dicho arroz dos veces en dos semanas.

Me mira. Sabe que lo he oído.

—No te acostumbres —me dice.

Y se vuelve a la cocina.

La mesa uno está debajo de la parra.

Es la de los novios. La que en el PDF tenía dos sillas de respaldo alto, con lazos, y un centro de flores blancas. No hay lazos. No hay flores blancas. Hay un jarrón de cristal con buganvillas moradas del huerto de la vecina y tres sillas normales, de madera, de las de toda la vida.

Una para mi madre. Una para mí. Una para Yaiza.

Yaiza la mira. La silla. Su nombre en un cartón, escrito a mano con la letra redonda de mi madre.

Yaiza.

Sin apellido. Como si no hiciera falta.

Se sienta despacio. Como si la silla fuera a romperse.

Y entonces sacan el arroz.

Lo traen entre el señor del pueblo y mi tío Vicente.

Una paellera enorme, de más de un metro, negra por debajo de la leña, con el arroz brillando, con el pollo y el conejo y el garrofó y la ferraura, con el socarrat pegado al fondo que se oye crujir cuando lo mueven.

La dejan en el centro del patio, encima de unos ladrillos.

Huele a todo. A domingo. A la casa de mi abuela. A ser pequeña.

Y luego otra. Y otra. Y otra.

Siete paelleras. Una por mesa. El banquete contratado en octubre para cuatrocientas personas, servido ahora a setenta y tantas.

Mi madre sale de la cocina. Se queda de pie al lado de la primera paellera. Sin delantal ya. Con una copa de vino en la mano.

Se hace un silencio. Uno de esos silencios de pueblo, que llegan solos, que no hace falta pedir.

Mi madre levanta la copa.

—Lo que no se devuelve —dice—, se come.

Una carcajada. Todo el patio. Mi tía Pepa se atraganta. El tío Vicente aplaude. Tami se pone de pie encima de la silla y Chus la tiene que bajar.

Mi madre no se ríe. Me mira a mí. Luego mira a Yaiza.

Bebe.

Y se sienta en la mesa uno, a mi lado.

Comemos del centro. Como se come el arroz de verdad, cada uno con su cuchara, cada uno en su trozo, sin plato. Yo le enseño a Yaiza. Que no se pasa al trozo de la otra. Que el socarrat se rasca con la cuchara del revés, desde el borde. Que se come despacio.

—En Canarias esto es un delito —dice ella, con la boca llena.

—¿El qué?

—Comer todos del mismo sitio.

—Aquí es lo normal.

—Ya. —Rasca el socarrat. Se lo come. Cierra los ojos—. Vale. Me caso con tu madre.

Mi madre, que lo ha oído, le pone más pollo en su trozo.

—Come.

Yaiza come.

Hacia la mitad, mi madre se inclina hacia mí. Muy bajo. Sin mirar a Yaiza, que está hablando con mi tía Rosario de no sé qué de los rizos.

—¿Y esta en qué juega?

—Colocadora.

—¿Eso qué es?

—La que me las pone.

Mi madre mastica. Despacio. Mira a Yaiza un rato largo.

—Ya —dice.

Luego se limpia la boca con la servilleta de lino.

—Pues que te las siga poniendo.

Y se levanta a por más vino.

No dice nada más en toda la comida. No hace falta. Es mi madre. Las cosas importantes las dice así, de una vez, mientras hace otra cosa, para no tener que mirarte.

A las seis sacan los fartons y la horchata.

Mi tío Vicente se ha quitado la corbata y los zapatos. Tami y la prima Lorena han descubierto que odian a la misma cantante y no paran de gritar. Thaís le está enseñando a bailar samba a mi tía Pepa debajo del algarrobo, y mi tía Pepa, que tiene setenta años y la cadera de titanio, se deja.

Me vibra el móvil.

Lo saco del bolso.

Jonay.

Me quedo mirando el nombre. No hemos hablado desde las cajas. Desde la nota. Desde las etiquetas con su letra de ingeniero, ALBA – LIbrOS, MEDALLAS Y FOTOS.

Abro.

No hay texto.

Hay una foto.

La planta. La de la calle Castillo. La que se nos estaba muriendo. La que se llevó a la avenida de Anaga, al noveno, a la pared verde. La de la isla de la cocina, con tres hojas nuevas, al lado de la que dejé el anillo y la llave.

Está en el balcón. El de cuatro metros. Al sol. En el mismo tiesto de barro.

Y ya no son tres hojas.

Son muchas. Pequeñas, de un verde casi amarillo, saliendo por todas partes de unos tallos que hace un año eran palos. Brillantes, como si las hubieran regado esa misma mañana.

Nada más. Ni una palabra. Ni un emoji.

Hoy. A las seis de la tarde. El día que nos teníamos que casar.

Me quedo mucho rato mirándola.

Yaiza me mira mirarla. No pregunta. Me pone la mano en la rodilla, por debajo del mantel. Espera.

Le enseño el móvil.

Ella mira la foto. Mira las hojas. Me mira a mí.

—Está viva —dice.

—Está viva.

—¿Le vas a contestar?

No sé qué contestarle. No hay nada que se pueda escribir. Ni lo siento, ni gracias, ni me alegro. Todo eso es poco, o es mucho, o es mentira.

Levanto el móvil.

Le hago una foto a la parra. Desde abajo. Desde la mesa uno. Con el sol pasando entre las hojas, con los racimos verdes, con el techo entero que en febrero no existía.

Se la mando.

Sin texto.

Dos ticks. Azules.

No contesta.

No hace falta.

Guardo el móvil en el bolso. Yaiza no me quita la mano de la rodilla.

* * *

El 16 de junio teníamos que estar en Bali.

Quince días. Del 16 al 30. Con oferta.

Estamos en la proa de una barca, en el puerto de Corralejo, con las piernas colgando por la borda y un permiso impreso en el bolsillo de la mochila.

Yaiza lo pidió el domingo después de la final. A las ocho de la mañana. Con tres horas de sueño y la medalla todavía al cuello. Me lo enseñó en el móvil, en la cama, en El Toscal, sin decir nada. Isla de Lobos. Dos personas. 16 de junio.

—¿Por qué allí? —le pregunté.

—Porque la última vez que fuimos volviste en la barca con una piedra en el pecho. —Bloqueó el móvil—. Y quiero volver sin la piedra.

La barca arranca.

El mismo ruido de motor. La misma espuma blanca. La misma agua, turquesa, tan clara que se ve el fondo, la arena, las sombras de los peces. Lobos delante, marrón, baja, con el volcán a un lado.

Me toco el cuello.

Lo hago sin darme cuenta. Llevo dos meses haciéndolo. Me toco el esternón, por encima de la camiseta, buscando algo que ya no está. La cadena. El anillo, frío, pegado a la piel.

No hay nada.

Solo piel. Caliente, del sol.

Yaiza me ve. Me coge la mano que tengo en el pecho. Me la baja. Me la deja en su muslo, encima del bañador.

—Ahí —dice—. Ahí mejor.

En la laguna de la entrada están las familias, los niños con gafas de bucear, las neveras. Como la otra vez.

Nosotras no.