Señas (Vestuario 3) 38. 14 de junio #2
100%

38. 14 de junio #2

Cogemos el sendero. El de tierra y piedra. El faro. El volcán. La gente quedándose atrás. Una hora. Dos. El sol pegando. Las mismas rocas negras y rojas y marrones.

Y la cala.

Ahí abajo. Entre las dos lenguas de roca negra. La media luna de arena blanca, del tamaño de una habitación.

Sin una huella.

—Sigue aquí —dice Yaiza.

—Es una cala. No se va a ir.

—Ya lo sé. —Se encoge de hombros—. Pero tenía miedo de que no estuviera.

Bajamos por las piedras. Calientes como una sartén. Esta vez voy yo delante. Esta vez le doy yo la mano en el último tramo.

Y no se la suelto.

Nos desnudamos en la arena.

Esta vez sí lo decidimos. Esta vez nos miramos. Ella se quita la camiseta y el bañador mirándome a mí, y yo me lo quito mirándola a ella. Despacio. A pleno sol. Sin nadie.

Me mira el pecho.

No los pechos. El pecho. El centro. Donde estaba la cadena.

Ahí tengo una marca. Muy fina. Más blanca que el resto de la piel, porque en Corralejo, y en todas las playas de este año, la cadena me tapaba ese trozo del sol. Una línea pálida, del cuello al esternón, como un hilo.

Yaiza se acerca. Me la pasa con el dedo. Desde la clavícula hasta abajo. Hasta el final de la línea. Hasta entre los pechos.

—Esto se va a ir —dice.

—En un verano.

—Pues que se vaya. —Me besa ahí. En el final de la línea—. Este verano la quiero morena entera.

Nos metemos en el agua.

Fría. Me corta la respiración un segundo y luego no. Nado hasta el centro, donde no se hace pie. Me tumbo boca arriba. Floto. Con los brazos abiertos y los ojos cerrados al sol.

Ella se pone a mi lado.

Su mano busca la mía debajo del agua.

Nos quedamos así. Flotando. El mar meciéndonos.

—Yaiza —le digo. Sin abrir los ojos.

—Qué.

—Nada. Solo quería decirlo.

Se ríe. Oigo la risa con los oídos debajo del agua, rara, lejos, como si me llegara desde otro sitio.

Y entonces se da la vuelta y me abraza.

Nos hundimos. Salimos tosiendo. Nos besamos con la boca salada y el pelo pegado a la cara, moviendo las piernas para no volver a hundirnos, y nos volvemos a hundir.

—A la orilla —le digo.

Nado delante. Hasta donde se hace pie. Hasta donde el agua me llega por el pecho y el fondo es de arena fina.

Me pongo de pie.

Y esta vez la cojo yo.

Por la cintura. La levanto. En el agua no pesa nada. Ella me rodea la cintura con las piernas, me pasa los brazos por el cuello, se me pega entera. Los pechos contra los míos. Los pezones duros del frío, rozándome. El drago de su cadera debajo de mi mano.

—Mira quién me levanta ahora —dice.

—Calla.

—Ferrer. —Me muerde el labio—. Que te estoy diciendo que sí.

La beso. Le bajo la boca por el cuello. Por la clavícula, salada. La sujeto con un brazo por el culo, fuerte, y con la otra mano le cojo un pecho y me lo llevo a la boca.

Le chupo el pezón.

Frío, del agua. Y luego no. Caliente en mi lengua. Se le pone más duro todavía. Se lo chupo despacio, y luego fuerte, y luego le paso los dientes, apenas, y ella gime. Alto. Sin taparse nada. Con la cabeza echada atrás y los rizos mojados pegados a la nuca.

El gemido rebota en las rocas. Vuelve.

—Otra vez —me dice—. El otro.

Le chupo el otro.

Y el mar nos mueve. Como la otra vez. Cada ola pequeña que entra en la cala nos levanta y nos baja. Nos pega. Y ella se mueve conmigo, contra mi tripa, buscándome.

—Fóllame —me dice al oído—. Aquí. Como me lo hiciste en Bajamar. Pero sin rabia.

Le bajo la mano. Por su culo, por debajo, entre sus piernas abiertas alrededor de mi cintura.

Está mojada. Distinto del agua. Caliente. Resbaladiza.

Le meto dos dedos.

Ella se agarra a mi cuello. Fuerte. Me clava las uñas en la nuca.

Y la follo así. Despacio. Con las olas. Dejando que el mar me empuje la mano dentro de ella y la saque y la vuelva a meter. Con su pezón otra vez en mi boca. Con sus gemidos en mi oreja, en mi pelo, en las rocas.

—Alba. —Con la voz rota—. Alba, Alba.

—Mira —le digo.

Le giro la cara. Con la mano libre. Hacia fuera. Hacia el mar abierto.

Fuerteventura al fondo. Las dunas, blancas, pequeñas como un dibujo. Y más allá, la sombra en el horizonte que no sé si es Lanzarote o una nube.

Ella mira.

Y la noto apretarse entera alrededor de mis dedos.

—La otra vez me dijiste que me acordara de esto —le digo. Muy bajo. En su oído—. Cuando estuviera con él.

—Ya.

—Me he acordado todos los días.

Se le escapa algo. Un sollozo. Una risa. No sé.

—Ahora no te tienes que acordar —dice—. Ahora me lo puedes hacer mañana.

Y se corre.

Mirando el mar. Con mis dedos dentro y mi boca en su pecho y sus piernas apretándome la cintura hasta dejarme sin aire. Se corre largo, temblando, con mi nombre, gimiendo tan alto que una gaviota sale volando de las rocas.

Me quedo quieta.

La sujeto.

No la suelto.

Después nos tumbamos en la roca.

La misma. Negra, lisa, enorme. Caliente como un animal dormido.

Me tumba ella. Boca arriba. Se pone encima.

—Ahora tú —dice.

Y me come.

Despacio. Empezando por la boca. Bajando por la línea blanca de la cadena, entera, con la lengua, desde la clavícula hasta el esternón, como si quisiera borrarla.

Luego los pechos. Me chupa un pezón y me pellizca el otro, y yo gimo y arqueo la espalda contra la roca caliente. Luego la tripa. Luego más abajo.

Me abre las piernas con las manos.

Y me la chupa. Con la lengua plana, despacio, de abajo arriba. Con la sal. Con el sol en mis párpados cerrados, rojo, y su boca en mí, y el mar sonando abajo, entrando y saliendo de la cala.

Le meto la mano en el pelo.

Le pido más. Con las caderas. Con la voz.

—Chúpame así. Así. No pares.

No para.

Me mete los dedos mientras me lame. Dos. Y los curva. Y yo me agarro a la roca con la otra mano, a la piedra, y me corro con la cara al sol, gritando, sin que haya nadie en toda la isla que me pueda oír, o con que me oiga la isla entera, me da igual.

Luego sube. Se tumba a mi lado. Me pone la cabeza en el hombro.

Nos comemos los bocadillos. Queso y tomate. Aplastados en la mochila. Saben igual que la otra vez.

Mejor.

Nos quedamos dormidas al sol.

Me despierta su mano.

En la mía. Moviéndome los dedos.

Abro los ojos. Ella está de lado, apoyada en un codo, mirándome. Con la sombra de los rizos en la cara. Con la peca debajo del ojo.

Me coge la mano derecha. Me abre los dedos. Me los mira, como en El Toscal, la víspera. Las durezas. Las uñas cortas. La marca del anular, blanca, que todavía no ha desaparecido.

Me suelta.

Y levanta su mano.

Delante de mí. No a la espalda. No escondida detrás de la cintura, encima del culo, para que no la vea el otro equipo. Delante de mi cara. Al sol. Donde la puedo ver entera.

Dos dedos.

Luego el puño.

No dice nada.

No hace falta que diga nada. Me lo dijo una vez, en La Laguna, en la cama de hierro, con mi puño envuelto en sus manos. Tres años esperando para hacérmela. Seis años teniéndome enfrente.

Levanto mi mano.

Dos dedos.

El puño.

Ella cierra los ojos. Se le mueve algo en la boca.

Y se vuelve a tumbar. En mi hombro. Con el puño todavía cerrado, encima de mi tripa.

Volvemos en la última barca. A las cinco y media.

En la proa. Con las piernas colgando. Quemadas. Con sal en el pelo.

La barca va llena. Familias. Niños. Una pareja de alemanes con los hombros rojos. Un grupo de chicas de Madrid con una nevera.

Yaiza me tiene la rodilla pegada a la mía.

Corralejo se va haciendo grande delante. Los bungalós blancos. Las dunas. El puerto.

Espero.

Espero que algo se me cierre en el pecho, como la otra vez. Que ella apriete la mandíbula. Que despegue la rodilla cuando empiece a haber gente.

No pasa.

La barca entra en el puerto. Hay gente en el muelle. Hay gente en la barca. Hay gente en todas partes.

Y Yaiza no despega la rodilla.

Enfrente, en el banco de la otra borda, hay un niño. Siete u ocho años. Con unas gafas de bucear subidas a la frente y una camiseta del Alisio que le queda enorme.

Nos está mirando. Mucho rato. Con la boca abierta.

Le da un codazo a su madre. Le dice algo al oído. Nos señala.

La madre nos mira. Se le pone cara de reconocernos. Sonríe. Le dice que no señale.

El niño no deja de mirar.

Y entonces levanta la mano.

Dos dedos.

El puño.

Torpe. Con los dedos pequeños, con el puño medio abierto. Lo ha visto en la tele. Lo ha visto en la pancarta de las chicas de las caras pintadas, o en el videomarcador, o en algún vídeo de alguna red. No sabe lo que significa. Nadie se lo ha dicho. Le ha parecido bonito y lo copia.

Yaiza se ríe.

Se ríe tan fuerte que los alemanes se giran.

Y le devuelve la seña. Al niño. Delante de toda la barca.

Yo también.

El niño se pone rojo. Se esconde detrás de su madre. Asoma un ojo.

La barca toca el muelle.

Bajamos.

Yaiza salta primero. Se gira. Me tiende la mano.

Se la cojo.

Y cuando estamos las dos en el muelle, en mitad del puerto de Corralejo, con la gente pasando, con los turistas, con las familias y los niños y las neveras, no me la suelta.

No vuelve a ser mi capitana.

Lo será en agosto, en la pretemporada, en San Benito, delante de Massimo. Con el pito y la carpeta.

Ahora no.

Ahora es Yaiza.

Vamos andando por el muelle de la mano. Despacio. Hacia los bungalós de puertas azules. Hacia la cena. Hacia mañana, que también es nuestro.

Detrás, el niño sigue haciendo la seña. A nadie. Al aire. A los barcos.

Que la haga.

Que la haga quien quiera.

Ya no es secreta.

Ahora la ve todo el mundo.

Y solo la entendemos nosotras.