37. Tie-break #2
Se quedan mirándose mucho rato. Cuatro años.
—Esa no me la hiciste nunca —le dice Dácil.
No es una pregunta.
Yaiza niega con la cabeza.
—No.
Dácil asiente. Despacio. Se le mueve algo en la cara. No sé si es pena o es otra cosa. Algo que se suelta.
Y abraza a Yaiza.
Un abrazo corto. Fuerte. Con los ojos cerrados. Le dice algo al oído que no oigo.
Se separa. Me mira a mí una última vez.
—Cuídala —me dice—. Que es muy tonta.
Y se va con su equipo, con la trenza moviéndose en la espalda.
Yaiza se queda mirándola irse.
—¿Qué te ha dicho? —le pregunto.
—Que lo siente —dice—. Que lo sintió siempre.
Me coge la mano.
—Y que se casa en septiembre. Con la de Bilbao.
Mi madre baja de la grada.
No sé cómo pasa la barandilla. No sé cómo se cuela entre los de seguridad, entre las cámaras, entre la gente que invade la pista. Pero de pronto está ahí, delante de mí, con un abanico en la mano y el rímel corrido.
Me abraza. Fuerte. Me deja la cara llena de laca.
—Nena —dice—. Nena, nena, nena.
No dice nada más. Me abraza.
Luego se aparta.
Y mira a Yaiza.
Yaiza se pone recta. Como una niña delante de una profesora. Con la camiseta empapada y el pelo pegado a la frente y los ojos rojos.
Mi madre la mira de arriba abajo.
—Estás en los huesos —le dice.
Yaiza abre la boca. No le sale nada.
—El 14 de junio —dice mi madre—. Lunes. En Alboraya. La alquería está pagada y el arroz también. —Le pone el abanico en la mano. Uno con la A y la J—. Mesa uno. Y no me falles, que ya me fallaste una vez.
Yaiza mira el abanico. Me mira a mí.
Se le escapa una risa. Y luego se echa a llorar.
Mi madre le da un beso en la mejilla. Como en la Copa.
Y se va otra vez hacia la grada, abanicándose, sin girarse.
En el vestuario, Massimo entra.
Otra vez. Ya ni llama.
Se queda en el centro, con la carpeta en la mano. Nos mira a todas. Empapadas, llorando, con el champán, con la copa de la liga encima del banco de madera.
Luego nos mira a Yaiza y a mí.
—En abril os dije que no sabía lo que pasaba —dice—. Y que no quería saberlo.
Se hace un silencio.
—Ahora sí lo quiero saber. —Se le mueve la comisura. Por fin. Una sonrisa de verdad—. Pero mañana.
Y se va.
Y el vestuario entero se viene abajo.
A las doce de la noche, cuando ya se han ido todas, cuando el conserje ha apagado las luces de la pista y el pabellón está vacío y huele a champán y a sudor y a abanicos de madera, Yaiza saca su llave.
La de capitana.
—Ven —me dice.
Subimos al primer piso. Por el pasillo oscuro. Hasta el fondo.
La sala de vídeo.
Abre con la otra llave. Enciende el proyector. No enciende las luces.
En la pantalla, enorme, congelado, está el último punto.
Lo ha descargado de la televisión después del partido. El proyector lo había dejado preparado esta tarde, antes de saber cómo iba a acabar.
Yo, en el aire. Detrás de la línea de tres metros. Con el brazo armado. Con la boca abierta.
Y abajo, en la red, de espaldas, ella. Con las manos a la espalda.
Dos dedos.
—Lo preparé por si ganábamos —dice—. Y por si perdíamos.
—¿Y si perdíamos?
—Lo iba a ver igual.
Se sienta en la butaca. La del medio. La de febrero.
Me siento encima.
Esta vez de frente. Mirándola a ella, no a la pantalla. Con las rodillas a los lados de sus caderas, en la butaca de cine vieja que cruje.
La luz azul del proyector nos da en la espalda.
Le quito la camiseta. Ella me quita la mía. No llevamos nada debajo. Nos hemos duchado con prisa, en el vestuario, entre las demás, y nos hemos vestido sin ropa interior, porque no la encontrábamos, porque daba igual.
Le cojo los pechos. Le paso los pulgares por los pezones, despacio. Se le ponen duros enseguida.
—Campeona —le digo.
—Campeona tú.
Bajo la cabeza. Le meto un pezón en la boca. Se lo chupo. Fuerte. Luego el otro. Ella gime y echa la cabeza atrás contra el respaldo y me agarra el culo con las dos manos.
—Alba.
—Qué.
—Fóllame aquí. Con eso delante. —Mira por encima de mi hombro, a la pantalla, a mí en el aire—. Quiero verte saltar mientras me follas.
Le meto la mano entre las piernas. Está empapada. Le meto dos dedos.
Y me muevo encima de ella. Despacio. Y luego no. Ella se mueve debajo, contra mi mano, con los ojos clavados en la pantalla, en el último punto, en el balón que va a salir de sus manos y que va a llegar a las mías.
Me mete ella los dedos a mí. Con la otra mano me pellizca un pezón, fuerte, y luego el otro, y gimo contra su boca.
Y nos follamos así. En la butaca. Con la liga ganada y el pabellón vacío y la pantalla iluminándonos la cara. Con mis pezones en su boca y los suyos en mis dedos. Con ella gimiendo mi nombre y yo gimiendo el suyo.
—Ahora —me dice. Mirando la pantalla—. Ahora va a saltar. Mírala.
No miro.
La miro a ella.
—Ya sé cómo acaba —le digo.
Y nos corremos.
Las dos. A la vez. Con la frente de una contra la de la otra. Con mi foto enorme detrás, en el aire, congelada, a punto de rematar. Sin terminar de rematar nunca.
Nos quedamos así mucho rato.
Luego ella alarga la mano. Coge el mando del suelo.
Y le da al botón.
Clic.
En la pantalla, detrás de mí, salto. Remato. El balón pasa por encima de las manos de Dácil. Bota en la línea.
Dentro.
Yaiza apaga el proyector.
Y nos quedamos a oscuras.
Campeonas.