Señas (Vestuario 3) 37. Tie-break
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37. Tie-break

A las cuatro y media, en el vestuario, Yaiza me vuelve a atar las zapatillas.

El cordón del tobillo me lo ha cambiado esta mañana, en El Toscal, antes del café. Por el otro del par. El de anoche lo he tirado, hecho una bola. Ahora toca lo de siempre.

Se arrodilla delante del banco.

—Pie.

Me lo apoya en su muslo. Los cruces. El doble nudo. Los dos golpecitos en el tobillo.

—Lista, mi niña.

Alrededor nadie habla. Chus se hace y se deshace la coleta tres veces. Thaís reza. Tami da saltitos con los cascos. Las del filial miran el suelo. Se oye el pabellón a través de la pared, como un mar.

Massimo entra.

Se queda en la puerta. No dice nada en mucho rato.

Luego dice:

—Doce.

Nos cuenta con el dedo. Una, dos, tres. Hasta doce. Asiente.

—Enteras.

Y se va.

Tami se quita los cascos.

—Este hombre es un poeta —dice.

Y nos reímos todas, por primera vez en todo el día.

San Benito no cabe.

Hay gente sentada en las escaleras, de pie en los pasillos, colgada de la barandilla del primer piso. Dicen después que entraron novecientas personas en un pabellón de seiscientas. Hace un calor espeso, de final de mayo, de cuerpos.

Y en la grada, detrás de nuestro banquillo, hay cuatrocientos abanicos.

Los veo en el calentamiento. Abanicos de madera, todos iguales, moviéndose a la vez como un campo de trigo. Los tiene la gente de la grada. Las chicas de las caras pintadas. Los señores mayores. Los niños.

Y en el centro, de pie, repartiendo los últimos de una caja de cartón, está mi madre.

Con mis tías. Con la prima Lorena. Con la pancarta de la Copa, la de las letras verdes, ALBA FERRER, ORGULLO DE ALBORAYA.

Me quedo parada en mitad de la pista con un balón en la mano.

Mi madre me ve. Levanta un abanico. Lo abre.

Tiene pintadas, a mano, una A y una J.

Se encoge de hombros. Como diciendo: lo que está pagado, está pagado. Y se pone a abanicarse.

Me echo a reír. En mitad del calentamiento. Sin poder parar.

Yaiza viene a mi lado.

—¿Qué pasa?

—Mi madre.

Mira a la grada. Ve los abanicos. Ve a mi madre. Ve las letras.

—Tu madre está loca —dice.

—Ya.

—Me encanta tu madre.

Al otro lado de la red, calentando, Dácil nos está mirando.

El primer set lo ganamos 25-22.

Yaiza me pone todas. Todas. Como dijo. Alta, por delante, a medio metro de la antena. Desde la cuatro, desde la dos, desde la segunda línea. El bloqueo del Iruna sabe dónde va el balón y da igual, porque llego antes que ellas.

Dácil me bloquea una. Una sola.

El segundo lo perdemos 23-25.

Dácil empieza a hablar.

En la red, en cada punto, por debajo del ruido. Cosas pequeñas. A mí. Bonitas zapatillas. Qué bien te las ata. ¿Te da también los golpecitos? A Yaiza no le dice nada, solo la mira, y eso es peor.

En el 20-21, en la red, mientras esperamos el saque, me dice muy bajo:

—¿Ya te ha contado lo del uno?

La miro. A un palmo, a través de la red. La trenza negra. Los ojos.

—Sí —le digo—. Y lo del dos.

Se le cambia la cara. Un segundo.

No sé si lo entiende. Pero algo entiende.

El tercero lo perdemos 20-25. Fallo dos remates seguidos. Uno fuera. Uno a la red. El pabellón se queda en silencio. Los abanicos dejan de moverse.

En el cambio de campo, Yaiza me coge de la camiseta. Me acerca.

—Mírame.

La miro.

—Me da igual —dice—. Me da igual lo que falles. Te la voy a poner igual. Todas. ¿Me oyes? Aunque falles cien.

—Vale.

—Dilo.

—Me la vas a poner igual.

Me suelta. Y me da un golpe en el culo, como en septiembre, como en todos los vestuarios del mundo.

El cuarto es una guerra.

Punto a punto. 10-10. 15-15. 20-20. Massimo pide los dos tiempos muertos. No dibuja nada en ninguno. Solo nos mira.

En el 23-24, con el Iruna con punto de campeonato, Dácil remata desde el centro una rápida que va al suelo. A la línea. Imposible.

Y Tami la saca.

No sé cómo. Nadie sabe cómo. Se tira en plancha, con el cuerpo entero en el aire, con las rodilleras por delante, y mete un brazo debajo del balón a un centímetro del suelo. El balón sube. Alto. Muy alto. Yaiza lo coge en el aire, de espaldas a la red, sin mirar.

Y me lo pone.

Lo mato.

24-24.

El pabellón ruge. Los abanicos vuelan, literalmente: la gente los tira al aire.

Tami sigue en el suelo, boca arriba, con los brazos abiertos, riéndose. Le sangra la rodilla.

Ganamos el set 26-24.

Dos a dos.

Tie-break.

El quinto set es a quince puntos. Con dos de diferencia. En un pabellón que ya no grita: que retumba. Hay gente llorando en la grada antes de empezar.

Vamos punto a punto otra vez. 3-3. 6-6. En el 8-7 cambiamos de campo. 10-10. 11-12. 12-12.

13-13.

Saca el Iruna. Recibe Tami, perfecta. Yaiza la pone por la cuatro, a Chus. Chus la mata.

14-13.

Punto de campeonato.

Massimo no pide tiempo muerto. Se queda de pie en la banda, con los brazos cruzados, sin moverse. Como si no quisiera tocar nada.

Saco yo. El Iruna recibe. Ataca. Dácil, por la cuatro.

Tami defiende, de rodillas, con la rodilla sangrando, y el balón sube y lo coge Chus y lo devuelve, alto, sin peligro, y el Iruna construye otra vez, y otra vez ataca, y otra vez defendemos.

Una jugada larga. Larguísima. El pabellón entero conteniendo el aire.

Hasta que el balón del Iruna se queda corto. Lo pasan de cualquier manera. Un balón fácil, alto, que cae en nuestro campo.

Free ball.

Tami flexiona las rodillas y recibe de antebrazos. El balón sube limpio hacia Yaiza.

Yaiza está en la cuatro. En la red. De espaldas a la grada, de cara al Iruna.

Yo estoy en la uno. Atrás. En su diagonal.

Siempre en su diagonal.

Y antes de que el balón llegue a sus manos, en el medio segundo que tarda en bajar, Yaiza se pone las manos a la espalda.

Encima del culo. Donde las ve su equipo. Donde no las ve el rival. Donde la cámara de la televisión, que está detrás de nuestro fondo, la enfoca entera.

Dos dedos.

Luego el puño.

Delante de novecientas personas.

Delante de Tami, que la ve desde atrás y se le escapa un grito. Delante de mi madre, en la tercera fila. Delante de una cámara que la saca en el videomarcador, en grande, por encima de la red, para que la vea el pabellón entero.

Delante de Dácil, que no la ve. Que es la única que no la ve.

Tú, mi diagonal.

No me muevo de aquí.

Y corro.

No miro.

Desde la uno. Detrás de la línea de tres metros. Una segunda línea, como en la semifinal. Tres pasos. Uno, dos, tres. Salto desde detrás de la línea, con el brazo armado, con la boca abierta.

No miro el balón.

No me hace falta.

Está ahí.

Alto. Por delante. Un metro por delante de la línea, en el sitio exacto donde va a estar mi mano. Me lo pone sin mirarme, de espaldas, con los ojos en el bloqueo del Iruna.

El bloqueo llega. Dácil. Sus brazos enormes, como una pared, delante de mí.

Pero yo estoy un metro más atrás. En mi sitio. Donde ella sabe que estoy.

Y le pego por encima.

El balón pasa por encima de las manos de Dácil a un centímetro. Cruza el campo del Iruna en diagonal. En diagonal.

Y bota en la línea de fondo.

En la línea.

El árbitro tarda un segundo. Un segundo que dura un año.

Y señala dentro.

15-13.

No oigo nada.

Eso es lo raro. Que no oigo nada. Hay novecientas personas gritando y yo no oigo nada. Solo veo. Veo a Tami en el suelo, con las manos en la cara. Veo a Chus de rodillas. Veo a Thaís saltando. Veo a Massimo en la banda, con los brazos todavía cruzados, sin moverse, con la cara llena de lágrimas.

Veo a las del filial invadiendo la pista.

Veo los abanicos en el aire. Cuatrocientos. Con una A y una J. Cayendo como hojas.

Y veo a Yaiza.

Viene hacia mí. Corriendo. Con los brazos abiertos. Con la cara rota.

Me salta encima. Como en el 22-20 contra el Turia, en septiembre. Con las piernas alrededor de mi cintura. Delante de todos.

Me caigo. Nos caemos. Al suelo de la pista, las dos, ella encima de mí.

Y entonces oigo. Todo de golpe. El ruido. El pabellón. Novecientas personas.

—Te la he puesto —me dice. Gritando. A un palmo de mi cara—. Te la he puesto, Alba. Te la he puesto.

—Ya lo sé.

—Delante de todos.

—Ya lo sé.

Se incorpora. Se me quita de encima. Se arrodilla a mis pies, en mitad de la pista, en el suelo pegajoso de sudor.

Me coge el pie derecho. La zapatilla verde. Me lo apoya en su muslo.

Busca el doble nudo con los dedos.

Y lo deshace.

Despacio. En mitad de la pista. Delante de las cámaras. Mirándome desde abajo. Como el primer día de liga, en septiembre, cuando me lo deshizo en el vestuario mirándome desde abajo y se me doblaron las rodillas.

Dos golpecitos en el tobillo.

—Partidazo, mi niña.

Y yo me incorporo. Me siento. Ella sigue de rodillas, entre mis piernas, con la mano en mi tobillo. Cara a cara.

Y le hago la seña.

No a la espalda.

De frente. Delante de su cara. A la vista de todos. Con la mano todavía temblando del último remate.

Dos dedos.

Luego el puño.

Las señas se hacen a la espalda para que no las vea el rival.

Esta no.

Esta la ve todo el mundo.

Yaiza se queda mirando mi mano. Se le llenan los ojos. Le tiembla la boca.

Y la beso yo.

En mitad de la pista de San Benito. Delante de novecientas personas, de cuatrocientos abanicos, de una cámara de televisión, de mi madre, de Massimo, de Tami, de Dácil.

Le cojo la cara con las dos manos y la beso en la boca.

Un beso largo. De verdad. Con sabor a sudor y a sal y a lágrimas, no sé de cuál de las dos.

Al principio no se mueve. Ni respira.

Luego me rodea el cuello con los brazos. Y me devuelve el beso.

No sé cuánto dura. No sé qué hace el pabellón. Me da igual.

Cuando nos separamos, Tami está de pie a nuestro lado. Con la rodilla sangrando. Llorando y riéndose a la vez.

—Dos dedos y el puño —dice—. ¿Te acuerdas? En Valencia te dije que eso no existía.

—Me acuerdo.

—Pues ahora sí existe. —Se limpia la cara con la camiseta—. Ahora lo ha visto media España.

Y se tira encima de las dos.

Detrás viene Chus. Y Thaís. Y las del filial. Y acabamos otra vez en un montón, en el suelo, todas, gritando.

En el saludo, las del Iruna pasan por debajo de la red.

Dácil es la última.

Llega a mí. Se para. Me da la mano.

No la aprieta. No tira de mí. Me la da, solo. Como se da la mano en una final.

Y luego mira a Yaiza, que está a mi lado.