36. La víspera
El primer partido de la final lo perdemos en Pamplona.
Lo sabe.
Uno a uno.
El que gane, gana la liga.
El viernes por la noche, la víspera, Massimo nos reúne en el centro de la pista vacía después del último entrenamiento. Nos sienta en el suelo, en corro. Él de pie.
No dibuja nada. No habla de bloqueos.
—Mañana a las cinco aquí —dice—. Comed pasta. Dormid. —Nos mira a todas. A Yaiza. A mí—. Dormid, he dicho.
Tami se ríe por lo bajo.
Massimo la mira. Ella se calla.
—Lo que hagáis esta noche no lo quiero saber —dice él—. Pero mañana a las cinco quiero doce jugadoras enteras.
Y se va.
Chus se tapa la cara con las manos para no reírse. Thaís pregunta qué ha dicho. Nadie se lo traduce.
Yaiza viene a mi casa.
Es la primera vez que duerme en El Toscal. Hasta ahora siempre he ido yo a La Laguna, a la cama de hierro, a la casa de doscientos años. Pero esta noche dice que quiere ver el estudio. Que quiere ver la azotea. Que quiere ver dónde vivo.
Sube los cuatro pisos detrás de mí. Llega arriba sin aire, riéndose.
—Tú estás loca. Cuatro pisos. La víspera de una final.
—Te dije que no vinieras.
—Me dijiste que viniera.
—Te dije que había escaleras.
—Eso no es decirme que no viniera.
Le abro la puerta.
Mira el estudio. La cama nueva, que compré el lunes, de matrimonio, con una colcha blanca. El armario de mi madre, con el cartón debajo de la pata. La cocina de la esquina. Mis medallas encima de una caja que todavía no he deshecho.
Mira la foto. La de Corralejo. La de la orilla. La he puesto en la pared, al lado de la cama, con dos chinchetas.
Se queda mirándola mucho rato.
—Me estás mirando —dice.
—En la foto.
—En la foto me estás mirando. —Se gira hacia mí—. Y yo me estoy riendo como una idiota.
—Te estás riendo de algo que dijo Tami.
—No. —Sonríe—. Me estoy riendo porque sabía que me estabas mirando.
Subimos a la azotea.
Es de noche. Hace calor, el primer calor de verdad del año. La buganvilla se derrama sobre la barandilla. Abajo, por encima de los tejados de El Toscal, el puerto está encendido entero, con las grúas iluminadas, con los barcos, con el ferri a Gran Canaria saliendo despacio, todo luces.
Yaiza va hasta la esquina.
La de puntillas.
Se pone de puntillas. Mira.
—Ahí está —dice.
El Auditorio. Blanco. Iluminado. La ola que no rompe.
Me pongo a su lado. Me pongo de puntillas yo también.
Y lo miro.
Por primera vez desde que vivo aquí. Lo miro entero. La ola blanca. Las luces. El mar detrás.
Y no me duele.
Me duele un poco. Pero no como antes. Como duele algo que ya está curado y que te acuerdas de que estuvo roto.
Yaiza no dice nada. Me coge la mano.
Nos quedamos así un rato. De puntillas las dos, en la esquina de una azotea, mirando un edificio que se parece a una ola.
Luego ella baja los talones.
—Vamos dentro —dice—. Que te quiero atar las zapatillas.
Me sienta en la cama. En el borde.
Ella se sienta delante, en el suelo, con las piernas cruzadas. Coge la caja que tengo al lado de la puerta. La de las zapatillas nuevas. Las de la final. Verdes, sin estrenar, con los cordones todavía sin pasar, enrollados dentro, en una bolsita de plástico.
—Mano.
Se la doy.
No es lo de siempre. Lo de siempre es el pie. Me la coge entre las dos suyas. Me la mira. La palma. Los dedos. Las durezas de seis años de rematar. Las uñas cortas. La marca blanca del anular, que ya no se va a ir nunca.
Me besa la marca.
Luego me suelta la mano. Me coge el pie derecho, descalzo, y me lo apoya en su muslo. Me pone la zapatilla. Y empieza a pasar el cordón.
Despacio.
Muchísimo más despacio que en el vestuario. El primer cruce, abajo, junto a los dedos. Y antes del segundo se inclina y me besa el pie. Ahí. Donde se cruza el cordón. Con los labios.
Segundo cruce. Otro beso. Un poco más arriba.
Tercero. Otro. En el empeine.
Luego el tobillo. Un cruce. Un beso. Dos. Un beso. Tres. Por los últimos ojales, por el hueso, por donde me late.
Luego la otra. Igual. Cruce a cruce. Beso a beso. Subiéndome por el empeine hasta el tobillo, hasta que tengo la piel de las dos piernas de gallina y me tengo que agarrar al borde de la cama.
Me mira desde abajo. Con los ojos negros, quietos.
—Seis años haciendo esto —dice— y hoy es la primera vez que te lo hago sin prisa.
Doble nudo. Tira de las dos lazadas, fuerte, para que no se suelte.
Dos golpecitos en el tobillo.
Y no dice «lista, mi niña».
Dice:
—Te quiero, Alba.
Así. Sin que se le escape. Sin que se quede rígida después. Sin taparse la boca. Me lo dice mirándome, desde el suelo, con mi pie todavía en su muslo, la víspera de la final, en un cuarto piso de El Toscal.
—Te quiero —le digo yo.
Y esta vez no hay ningún «no me lo digas».
Luego me las quita. Deshace los dos nudos, despacio, y me saca las zapatillas una a una y las deja en la caja, juntas, con la punta hacia la puerta.
En el fondo de la caja hay un par de cordones de repuesto. Verdes también. Coge uno.
Me lo ata al tobillo derecho. Una vuelta. Otra. Doble nudo. Dos golpecitos.
—Para mañana —dice.
—Mañana me atas las zapatillas.
—Mañana te ato las zapatillas. —Me pasa el pulgar por el nudo—. Esto es para que no se te olvide hasta entonces.
Me desnuda despacio.
Como en Valencia. Como si estuviera desenvolviendo algo que se puede romper.
Me quita la camiseta. Me quita el pantalón corto.
Me quita las bragas. El cordón no. Me besa cada trozo de piel que va quedando al aire.
Los hombros. Las costillas. La tripa. Las rodillas, donde ya apenas queda rastro de los raspones de Bajamar.
Me tumba en la cama. Se desnuda ella. Se tumba encima.
Despacio. Con todo su peso. Piel con piel.
Y no tenemos prisa.
Por primera vez, no tenemos ninguna prisa. No hay martes que se acaben. No hay mentira que volver a contar. No hay un coche en doble fila ni una puerta sin cerrar ni un avión que sale mañana. Hay una cama nueva, una ventana abierta al puerto y una noche entera.
Me besa mucho rato. Solo eso. Besarme. La boca, la cara, el cuello. Despacio.
Luego baja.
Me besa los pechos. Me los coge con las manos, con las palmas abiertas, como si los pesara. Me pasa la lengua por un pezón, tan despacio que casi no la noto. Una vuelta. Otra. Hasta que se me pone duro debajo de su lengua.
Me lo chupa.
Suave. Muy suave. Y luego un poco más fuerte. Y luego suave otra vez. Sin prisa. Como si tuviera toda la noche para eso solo.
Gimo bajito.
Le meto los dedos en el pelo. La mano derecha. La de rematar.
Ella nota las durezas en la nuca. Levanta la cabeza. Se ríe.
—Tócame con esa —dice.
—¿Con esta?
—Con la de rematar. Con la que me vas a ganar la liga mañana.
Se tumba a mi lado. De lado. De cara a mí.
Y le bajo la mano por el cuerpo. La de rematar. Por el cuello. Por el pecho. Le rozo un pezón con las yemas, con las durezas de seis años, y ella se estremece entera.
—Qué áspera —dice—. Es como si fuera otra persona.
—Soy yo.
—Ya lo sé. —Cierra los ojos—. Sigue.
Sigo.
Bajo por la tripa. Por el drago. Le paso las yemas por encima, despacio, apenas, como si no quisiera tocarla. Y luego más. Con toda la mano.
Ella abre las piernas.
Está mojada. Entera. Le paso los dedos por encima, arriba y abajo, arriba y abajo, y ella gime y se muerde el labio y me agarra la muñeca.
—Ahí —dice—. Así. No cambies.
No cambio.
La toco así mucho rato. Despacio. Con el pulgar rozándola por arriba, en círculos, y el dedo corazón dentro, apenas, en la entrada, y luego más. Ella se mueve contra mi mano, despacio, al mismo ritmo, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Y a la vez me toca ella a mí.
Con su mano. Con la yema dura del pulgar. Me encuentra empapada y se le escapa una risa pequeña.
—Desde la azotea —digo, antes de que lo pregunte.
—Desde la azotea —repite.
Nos tocamos así. De lado. Cara a cara. Mirándonos. Con las piernas enredadas y las manos cruzadas, cada una dentro de la otra. Con el cordón de mi tobillo rozándole la pantorrilla cada vez que me muevo. Despacio. Muy despacio.
No es como el Teide, con risa y frío y cristales empañados. No es como Bajamar, con rabia. No es como las muñecas, con el borde y el «todavía no».
Es otra cosa.
Es lo de Valencia. Pero sin llorar.
—Fóllame despacio —me dice. Muy bajo. Con la frente pegada a la mía—. Toda la noche. Que no se acabe.
—No se acaba.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Le meto dos dedos. El corazón y el índice. Con el pulgar por fuera, encima, rozándola en círculos. Y ella me mete dos a mí.
Y nos follamos así. Despacio. Hondo. Sin prisa ninguna. Con los ojos abiertos todo el rato. Con su respiración en mi boca y la mía en la suya.
Tardamos mucho.
No queremos llegar.
Cada vez que una está cerca, la otra para. Se queda quieta. Espera. Y luego vuelve a empezar. No es un juego, como en las muñecas. Es que no queremos que se acabe. Es que mañana hay una final, y una red, y Dácil, y seiscientas personas, y esto, esto de ahora, es lo único que es solo nuestro.
—Ahora —dice ella al fin. Con la voz rota—. Ahora, mi niña. Conmigo.
—Contigo.
Nos corremos juntas.
Sin gritar. Con la boca de una en la boca de la otra. Con los dedos dentro, latiendo, con mi mano mojada de ella hasta la muñeca. Despacio, largo, como una ola que llega muy lejos a la orilla y se queda ahí, sin volver.
Nos quedamos así.
Encajadas. Sin movernos. Con los dedos todavía dentro.
Fuera suena la sirena del ferri. Larga, grave, desde el puerto.
—Huelen a nuevas —dice Yaiza.
—¿El qué?
—Las sábanas. Esta cama es nueva. La has estrenado conmigo.
—La he comprado para eso.
Se ríe contra mi cuello.
Y luego me besa. Y luego otra vez.
No la suelto en toda la noche.
Lo hacemos otra vez a las dos. Ella encima, despacio, con mis manos en sus caderas, clavándole los dedos un poco en la piel, y mi tobillo enganchado al suyo, con el cordón entre las dos.
Le chupo los pezones mientras se mueve, uno y otro, sin prisa, y ella gime mirando la foto de la pared, la de Corralejo, la de la orilla.
Y otra vez a las tres, casi dormidas, de lado, yo detrás, con la mano entre sus piernas y la boca en su nuca, en sus rizos, en el drago de la cadera.
A las tres y media se queda dormida.
De lado. De cara a la foto. Con mi mano todavía en su tripa y mi tobillo, con el cordón, entre los suyos.
Yo no duermo enseguida.
Me quedo mirándola. La peca debajo del ojo. Las pestañas rectas. La boca un poco abierta. Las marcas de las muñecas, ya casi borradas.
Y pienso que hoy, dentro de trece horas, voy a estar en la red. En mi sitio. En la cuatro, o en la dos, o en la uno. Da igual. En su diagonal.
Le cojo la mano. La doblo con cuidado. Dos dedos. El puño.
Ella, dormida, aprieta.
Me quedo dormida así.
A las seis y media suena la alarma.
Tres horas. Massimo nos va a matar.
Yaiza abre un ojo. Me mira. Me mira el tobillo, el cordón, que sigue ahí, retorcido, húmedo, con el doble nudo apretado de toda la noche.
Se ríe.
—Te lo tengo que volver a atar —dice—. Este no vale. Este lo has gastado.
—¿En qué?
—En mí.
Y me besa. Con la boca de recién despierta.
Por la ventana entra la luz del sábado 29 de mayo. Sin nube. Un cielo azul, limpio, enorme, encima del puerto.
Hoy no hay panza de burro.
Hoy se ve todo.