Señas (Vestuario 3) 35. Semifinal
88%

35. Semifinal

La semifinal es contra el Cantábrico, al mejor de tres.

Si ganamos, estamos en la final.

A las cinco y media me siento en el banco.

En el hueco de siempre, al lado de la taquilla de Yaiza.

El vestuario huele a reflex y a nervios.

Chus se hace y se deshace la coleta tres veces, siempre tres.

Thaís reza en portugués con los ojos cerrados.

Tami da saltitos en el sitio con los cascos puestos.

Yaiza llega.

Se arrodilla en el suelo, delante de mí. Sin preguntar.

—Pie.

Se lo doy. Le apoyo la zapatilla en el muslo.

Me desata las zapatillas y me las vuelve a atar desde abajo, cruce a cruce.

Primero la izquierda. Luego la derecha. Tirando de cada cruce para que apriete, despacio.

Más despacio que nunca. Como si tuviera todo el tiempo del mundo y seiscientas personas no estuvieran esperando al otro lado de la pared.

Doble nudo. Y cuando termina, no se levanta.

Se queda ahí, de rodillas. Me mira desde abajo.

Y me da los dos golpecitos. Dos dedos en el tobillo, por encima del calcetín.

Luego me pasa el pulgar por el tobillo. Despacio. Subiendo un poco por el gemelo.

—Lista, mi niña.

Me tiembla todo.

Levanto la vista. En el banco de enfrente, Tami se ha quitado los cascos. Nos está mirando. Ha visto los dos golpecitos. Ha visto el pulgar.

No dice nada.

Se vuelve a poner los cascos. Y sonríe. Con toda la cara. Mirando al suelo, dando saltitos.

San Benito está a reventar.

Hay gente de pie en los pasillos, en las escaleras, en la puerta. Las chicas de las caras pintadas han traído una pancarta nueva, enorme, que ocupa media grada: un dibujo de dos manos haciendo una seña que no saben qué significa. Dos dedos y un puño. Lo han sacado de alguna foto. De algún vídeo.

Massimo la ve en el calentamiento y ya no se pone rojo. Se encoge de hombros.

Primer punto del partido.

Saca el Cantábrico. Recibe Tami, perfecta, alta, a la cabeza de Yaiza.

Y yo corro.

Corro sin mirar.

No lo decido. Me sale. Tres pasos, como me enseñó ella en septiembre con las manos en mis caderas. Uno, dos, tres. Salto. Armo el brazo. Abro la boca.

No miro el balón.

No me hace falta.

Está ahí.

Alto. Por delante. A medio metro de la antena. Exacto. Donde yo estoy. Donde voy a estar antes de saberlo.

Lo mato.

El balón bota en el tres metros del Cantábrico y se va a la grada como un disparo. Y el pabellón se viene abajo. Seiscientas personas, y las de los pasillos, y las de la puerta, gritando a la vez, golpeando las gradas con los pies, como un terremoto.

Caigo.

Me giro.

Yaiza tiene las manos todavía arriba. Y me está mirando. Con la boca abierta. Con los ojos brillando.

No dice nada.

Se toca el pecho con el puño. Un segundo. Delante de todo el mundo.

Y se da la vuelta para el saque.

Ganamos 3-0.

25-18, 25-21, 25-16. Hago veintidós puntos. El mejor partido de mi vida. Me pone balones que no sabía que podía rematar. Rápidas por la dos. Balones por detrás. Una segunda línea desde la seis que me sale sin pensar y que hace que Massimo se lleve las manos a la cabeza.

Y en todos, todos, está donde yo estoy.

Como si no se le hubiera olvidado nunca.

En el último punto, cuando el balón del Cantábrico se va fuera, Tami se me tira encima. Luego Chus. Luego Thaís. Luego todas. Acabamos en el suelo, en un montón, con las del filial saltando encima, gritando, llorando.

Yaiza está debajo de todas. Pegada a mí. Con la cara contra mi cuello.

—Lo sabía —me dice al oído, entre los gritos—. Lo sabía, joder. Me acordaba.

Massimo dice «bene» tres veces en el vestuario.

Tres. Con la carpeta debajo del brazo, en la puerta. Luego dice algo en italiano que nadie entiende, se le quiebra la voz, y se va.

Iballa entra detrás con el móvil. Nos hace una foto a todas, en bragas y sujetador, con el champán barato que ha traído Chus. Nos dice que la va a subir con la cara tapada. Nadie la cree.

La final es contra el Iruna. Ganaron su semifinal ayer, en Pamplona, 3-1.

Contra Dácil.

Al mejor de tres. El primero en Pamplona, el próximo sábado.

El segundo aquí, el miércoles. Y si hace falta, el tercero también aquí, el sábado 29 de mayo.

Tendría que ser en Pamplona, porque ellas han acabado primeras.

Pero su pabellón tiene un concierto ese fin de semana, y la federación le ha dado la vuelta al orden.

Alguien lo dice en voz alta y se hace un silencio de un segundo.

Luego Chus abre otra botella y se acaba el silencio.

Se van yendo.

Más despacio que nunca. Con abrazos en la puerta, con gritos por el pasillo. Thaís con su novio, que ha bajado al vestuario sin permiso. Las del filial, en grupo, cantando. Chus, con los niños, que la esperan fuera con la cara pintada de verde.

Tami es la última.

Se cuelga la bolsa. Se para en la puerta. Nos mira a Yaiza y a mí, sentadas en el banco, todavía con la ropa del partido, todavía sin duchar.

—Me he dejado las rodilleras en el radiador —dice.

Yaiza se pone roja.

Yo me tapo la cara con las manos.

—Es broma —dice Tami—. Las llevo puestas. Mirad.

Se levanta el pantalón. Las lleva. Se ríe, esa risa de Gran Canaria, alta, que se oye en todo el pasillo.

—Cerrad la puerta, anda —dice—. Que hay llave.

Y se va.

Nos quedamos solas.

En el vestuario. Con las doce duchas, las taquillas, los bancos de madera, el espejo largo encima de los lavabos. El mismo vestuario. Las botellas de champán vacías en el suelo. El olor a reflex.

Yaiza se levanta.

Va hasta la puerta. Saca la llave de su bolsa. La de capitana.

Y cierra.

Dos vueltas. Clic. Clic.

Se gira. Apoya la espalda en la puerta.

—Seis años sin cerrar esta puerta —dice—. Porque si cierras, es raro.

—Ya.

—Ahora que piensen lo que quieran.

Abre las doce duchas.

Todas. Una por una, de la una a la doce, girando los grifos. El agua sale fría y luego caliente. El vapor empieza a subir. El ruido llena el vestuario, doce chorros a la vez, como lluvia fuerte.

Se quita la camiseta del partido. Empapada de sudor, con el número siete en la espalda. Se quita el pantalón. Las rodilleras. Todo.

Y se queda desnuda en medio del vapor.

—Ven, Ferrer.

Me desnudo. Despacio. Mirándola. La camiseta con el diez. El pantalón. El sujetador de deporte, que se me pega a la piel y me cuesta, y ella se ríe y viene a ayudarme y me lo saca por la cabeza.

Y no me suelta.

Me besa ahí. En medio del vestuario, con el vapor alrededor. Me besa como en Bajamar pero sin rabia. Con hambre. Con la boca abierta, con la lengua, con las manos en mi culo, apretándome contra ella.

Nos metemos en la once. La de aquel jueves.

El agua caliente nos cae encima. Le lava a ella el sudor del partido. Me lo lava a mí.

Yaiza me empuja contra los azulejos. Me coge los pechos con las dos manos, con las palmas abiertas, y me pasa los pulgares por los pezones, mojados, una vez, otra, hasta que se me ponen duros contra sus dedos.

—Veintidós puntos —me dice.

—Veintiuno.

—Veintidós. Los he contado. —Se agacha. Me pasa la lengua por un pezón. Despacio. Lo rodea. Lo chupa—. Uno por cada uno.

Y empieza a contar.

Uno. Me chupa el pezón izquierdo, fuerte, con la boca entera, y lo suelta.

Dos. El derecho.

Tres. Me muerde el izquierdo. Suave.

—¿Así hasta veintidós? —digo. Con la voz rota.

—Así hasta veintidós.

Cuatro. Cinco. Seis.

Me tengo que agarrar al grifo. Gimo con cada número. No puedo evitarlo. El vestuario tiene eco y el eco me devuelve los gemidos, y ella se ríe contra mi pecho y sigue contando.

Siete. Ocho.

En el nueve baja la mano. Me roza entre las piernas. Me encuentra empapada, y no es el agua.

—Joder, Alba. ¿Desde cuándo?

—Desde el primer punto.

Se le escapa una risa ronca.

—Desde el primer punto —repite. Y me mete dos dedos—. Diez.

Y deja de contar.

Ya no puede. Ni yo. Me folla contra los azulejos de la once, con los dedos hondos, curvados, buscando el sitio y encontrándolo, siempre encontrándolo, como encuentra dónde estoy en la pista. Con la otra mano en mi pecho. Con la boca en mi cuello.

—Así —le digo. Me sale sin pensarlo—. Así, Mendoza. Fóllame así. Como me la has puesto hoy.

Me mira. Le brillan los ojos debajo del agua.

—¿Cómo te la he puesto?

—Alta. Por delante. Donde estaba.

—Donde estabas —dice. Y me la pone otra vez.

Me corro gritando su apellido.

En el vestuario cerrado con llave. Con las doce duchas abiertas. Con el eco devolviéndome el grito una vez y otra. Me corro con la espalda contra los azulejos y su boca en mi pezón y sus dedos dentro, latiendo alrededor de ellos, sin taparme, sin miedo, sin nadie al otro lado de ninguna puerta.

Ella me sostiene.

Y luego me lleva al banco.

Al banco de madera. El de siempre. El hueco al lado de su taquilla. Donde me ata las zapatillas antes de cada partido.

Me sienta. Mojada. Desnuda. Con el agua de las duchas cayendo detrás.

Y se arrodilla delante de mí.

Como cuando me ata las zapatillas. Ella abajo. Yo arriba.

Me abre las piernas con las manos.

—Seis años de rodillas delante de ti en este banco para atarte las zapatillas —dice—. Seis años con tu pie en mi muslo. Mirándote desde abajo cada vez que te deshacía el nudo.

Me mira desde abajo.

Desde ahí. Desde donde me ata los cordones.

—Seis años queriendo hacer esto aquí.

Y me pone la boca.

Me agarro al banco. A la madera. Echo la cabeza atrás contra su taquilla, contra el metal frío. Me lame despacio, de abajo arriba, entera, y luego me chupa donde más me duele, y yo gimo y le meto los dedos en los rizos mojados y la aprieto contra mí.

—Chúpame —le digo. No me lo creo ni yo—. Chúpame así, Yaiza. Toda.

No para.

Me chupa y me mete los dedos a la vez, y yo me muevo contra su boca en el banco de madera del vestuario de San Benito, donde llevo seis años sentándome antes de cada partido sin saber lo que pasaba.

Y me corro otra vez.

Con su boca. Con su nombre. Con las piernas temblando a los lados de su cara y la espalda contra su taquilla.

Luego le toca a ella.

Me arrodillo yo. En el suelo mojado, delante del banco. La siento a ella donde estaba yo. Le abro las piernas. La miro desde abajo, como me ha mirado ella.

Tiene los pezones duros. Le caen gotas por ellos. Se los chupo primero, uno y otro, de rodillas, estirándome, mientras ella me agarra la cara con las manos.

Y luego bajo.

Y se la como así. En el banco. Despacio y luego no. Con la lengua y con los dedos. Hasta que gime tan alto que el eco se lo devuelve, y se ríe, y vuelve a gemir.

—Alba. Alba. Mía…

Se corre diciendo eso.

Mía.

Como en la pista. Como cuando pide el balón.

Nos quedamos en el suelo del vestuario, después, sentadas contra el banco, desnudas, con las doce duchas todavía abiertas porque ninguna de las dos tiene fuerzas para levantarse a cerrarlas.

El vapor lo llena todo. El espejo largo de los lavabos está empañado entero. Entero, esta vez. Sin franja.

Yaiza tiene la cabeza en mi hombro.

—Tami —dice.

—¿Qué?

—Lo de las rodilleras.

Me río. Ella también. Nos reímos tanto que nos duele la tripa, en el suelo mojado, con el agua corriendo hacia los sumideros.

Luego se queda callada.

—Contra Dácil —dice.

—Contra Dácil.

—En la final.

—En la final.

Me coge la mano. Luego el pie. Me lo pone encima de su muslo. Como antes de cada partido.

—Te voy a poner todas —dice—. Todas. Que lo vea.

Le aprieto la mano.

Y en el espejo empañado, con un dedo, despacio, sin decirle nada, dibujo dos rayas y un círculo.

Ella lo ve.

No lo borra nadie.