Señas (Vestuario 3) 34. La seña de verdad
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34. La seña de verdad

No hay ninguna mentira que preparar. No hay ningún portal donde quitarse la cadena. Aparco delante de la puerta verde, en la calle de detrás de la catedral, con el coche medio subido a la acera, como aparca ella. Y llamo con la aldaba.

Dos golpes.

Me abre descalza, con una camiseta vieja del Alisio y el pelo mojado. Me mira la cara. Me mira las manos. Me mira la bolsa que traigo al hombro.

—¿Y eso?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—Luego.

Sonríe de lado. Esa sonrisa.

Y me deja pasar.

Cenamos en el patio. Papas arrugadas con mojo que ha hecho ella y un queso de cabra que le ha traído su madre de Tacoronte. Con una vela encima del pozo, porque la bombilla del patio se ha fundido y no la ha cambiado.

Le cuento lo de mi madre. Lo del armario. Lo de «que coma».

Yaiza se ríe tanto que se atraganta con una papa.

—¿Eso te dijo?

—Que estás en los huesos.

—Tu madre me quiere matar.

—Mi madre te quiere cebar. Que es peor.

Se ríe otra vez. Y luego se queda callada. Mirando la vela.

—¿Y qué más te dijo?

—Nada. «Ya.»

—«Ya» —repite ella—. Igual que yo en Valencia.

—Igual.

Asiente despacio. Se le ponen los ojos brillantes. No dice nada más.

Pero me coge la mano por encima de la mesa. Y no la suelta en toda la cena.

Más tarde, en la cama de hierro, con la colcha de la abuela revuelta a los pies y la ventana abierta a la calle vacía, le pregunto.

No pensaba preguntárselo hoy. Pero está tumbada boca arriba, desnuda, con la cabeza en mi tripa, y me está dibujando cosas con un dedo en la pierna, y no sé por qué me sale.

—¿Qué le hacías a Dácil?

Su dedo se para.

—¿Qué?

—La seña. Ella me dijo que también le hacías esa. En el partido. En la red.

Yaiza no se mueve.

Luego se incorpora. Se sienta en la cama, de cara a mí, con las piernas cruzadas. Me mira muy seria.

—Ella no sabe cuál es la tuya —dice—. No la ha visto nunca. Las señas se hacen a la espalda, Alba. Para que no las vea el rival.

—Pero me dijo…

—Te dijo lo que sabía que te iba a doler. Que yo le hacía una seña. Eso es verdad. —Se encoge de hombros—. Le hacía el uno.

Levanta un dedo. El índice. Detrás de la espalda, por costumbre. Luego lo pone delante, para que lo vea.

—El uno es la rápida por delante. La primera tempo. La que se hace con la central. Está en el libro, Alba. Es la seña más vieja del voleibol. Se la hacen todas las colocadoras del mundo a todas las centrales del mundo.

Baja el dedo.

—Ella decía que era nuestra. Que cuando se la hacía, se la hacía de otra manera. Y a lo mejor sí. A lo mejor se la hacía de otra manera. —Se queda callada un momento—. Pero era una seña que existía. Que podía ver cualquiera que se pusiera detrás. Nunca le hice una que no existiera.

Me quedo mirándola.

—¿Y la mía?

—La tuya no existe.

Me coge la mano. La derecha. La de rematar.

Me dobla los dedos, uno a uno, como hice yo en Bajamar. Me deja dos estirados.

—Esto —dice— en el libro no significa nada. En pista no. Pero en playa sí. En vóley playa, cuando haces dos dedos a la espalda, significa diagonal. Que bloqueas la diagonal. Que te pones en la diagonal.

Me mira.

—¿Dónde juega la opuesta?

Lo sé desde los catorce años. Lo sabe cualquiera que haya jugado al voleibol.

—En la diagonal de la colocadora.

—Siempre —dice—. En todas las rotaciones. Da igual dónde esté yo. Tú estás siempre en mi diagonal. Siempre enfrente de mí. Seis años. Si yo estoy en la uno, tú en la cuatro. Si yo estoy en la dos, tú en la cinco. Siempre. Por reglamento.

Me aprieta los dos dedos.

—Dos dedos es eso. Tú. Mi diagonal.

Se me cierra la garganta.

Y luego me cierra la mano. Despacio. El puño.

—Y esto —dice, con la voz más baja— en playa significa que no bloqueas. Que no saltas. Que te quedas abajo, quieta, en tu sitio. —Me envuelve el puño con las dos manos—. Que no me muevo. Que me quedo aquí.

No puedo hablar.

—Tú, mi diagonal —dice—. No me muevo de aquí.

Se le caen las lágrimas. A las dos.

—Por eso es también el puño para parar —dice, riéndose un poco, limpiándose la cara con el dorso de la mano—. En las muñecas. Cuando te até. Si cierras el puño, me quedo quieta. No me muevo. Me pareció bonito. Me pareció que era lo mismo.

—¿Cuándo la inventaste?

—Hace tres años.

—¿Tres?

—En Gran Canaria. En un partido en el Centro Insular.

—Se le escapa una risa pequeña—. Era el primer año después de lo de Dácil.

Yo no me reía. No me reía de nada. Tami me llevaba a casa en coche porque no podía conducir.

Y en un tiempo muerto dijiste una tontería.

No me acuerdo de qué. Algo de las gradas, de un señor con un tambor. Y me reí.

Me mira.

—Me reí por primera vez en meses. Por ti. Y volví a la pista y te miré, en tu sitio, en mi diagonal, y pensé esa seña. Esos dos dedos y ese puño. Y no te la hice.

—¿Por qué?

—Porque tenías novio. Porque eras de mi equipo. Porque tenía una norma. —Se encoge de hombros—. Porque me daba un miedo que me moría. Me la guardé tres años. Hasta Corralejo. Hasta que no pude más.

Me quedo mirando mi mano. El puño, envuelto en las suyas.

Tres años.

Tres años en su diagonal sin saberlo.

Me incorporo. Le cojo la cara.

Y la beso.

Despacio. Mucho rato. Con las lágrimas de las dos en la boca.

Luego me separo. Me levanto de la cama. Voy hasta la bolsa, que he dejado en la silla de la esquina.

Y saco los cordones.

Los cordones. Blancos, largos. Un par nuevo. Los compré esta tarde en la tienda de deportes de la plaza del Adelantado, y el dependiente me preguntó qué zapatillas eran.

Yaiza los ve.

Se le borra la risa.

—Alba.

—Hoy coloco yo.

Me mira. Desde la cama. Desnuda, con las piernas cruzadas, con la luz de la lámpara del pañuelo rojo dándole en la piel.

—Tú no sabes colocar —dice. Pero le tiembla la voz.

—Enséñame.

Se queda muy quieta.

Lo veo en su cara. El miedo. No miedo a mí. Miedo a otra cosa. A no estar encima. A no estar mirando. A ser la que espera el balón y no la que lo pone.

Seis años poniendo balones.

Toda la vida, a lo mejor.

—Nunca… —empieza. Y se calla.

—Ya lo sé.

—Nadie me ha…

—Ya lo sé.

Me acerco a la cama. Me pongo de rodillas en el colchón, delante de ella.

—¿Te fías de mí?

Es su pregunta. La de enero. La que me hizo con unos cordones como estos en la mano, en esta misma cama.

Yaiza traga saliva.

Mira los cordones. Me mira a mí.

—Sí.

—Si quieres que pare, el puño. Cualquier mano. Cierras la mano y paro. Al momento.

—Ya lo sé —dice. Con un hilo de voz—. Me lo inventé yo.

Se tumba.

Despacio. Boca arriba. Con la cabeza en la almohada, con los rizos negros contra la tela blanca. Y levanta los brazos. Por encima de la cabeza. Hasta el cabecero de hierro.

Junta las muñecas.

Se las cojo. Están calientes. Le noto el pulso, rápido, debajo del pulgar.

—Mano —le digo.

Se le escapa una risa nerviosa. Y luego no.

Empiezo a atar.

Cruce a cruce. Como ella. Como las zapatillas. Le paso el cordón por las muñecas, una vuelta, otra, tirando de cada cruce para que apriete, y el cordón hace ese ruido seco que hemos oído mil veces en el vestuario. Le paso el pulgar por encima, alisándolo. Paso el cordón por el barrote. Dos vueltas.

Doble nudo. Despacio. A un milímetro de su piel.

Y le doy dos golpecitos en la muñeca, con dos dedos. En el pulso.

Para que no se suelte.

Yaiza cierra los ojos. Se le arquea un poco la espalda. Se le pone la piel de gallina en los brazos, en los pechos, en la tripa.

—Listo, mi niña —le digo.

Y se le escapa un gemido. Solo con eso.

Me quedo mirándola.

Nunca la he visto así. Atada a su propia cama, con los brazos por encima de la cabeza y el cuerpo entero abierto delante de mí, sin poder taparse, sin poder tocarme, sin poder colocar nada.

Respirando rápido. Con los pezones duros, de punta, oscuros, sin que los haya tocado.

Con las piernas apretadas, como si así pudiera esconder algo.

—Abre las piernas —le digo.

Tarda.

Las abre.

Está mojada. La veo brillar con la luz roja. Mojada solo de esto. De los cordones. De los dos golpecitos.

—Seis años —le digo— poniéndome balones y mirándome saltar. Hoy te miro yo.

Empiezo por la boca.

La beso despacio. Sin dejar que me bese ella. Me aparto cuando levanta la cabeza para buscarme. Le beso el cuello, la oreja, la clavícula, la cicatriz del codazo, la de los doce puntos.

Bajo.

Le cojo un pecho con la mano. Lo aprieto. Le paso el pulgar por el pezón, despacio, en círculos, como me lo hace ella a mí. Una vez. Otra. Hasta que se le pone tan duro que le tiembla.

—Alba…

Me lo meto en la boca.

Se lo chupo. Despacio. Con toda la lengua. Y luego más fuerte, chupando de verdad, y ella gime y tira de las muñecas y el cabecero suena contra la pared. Le muerdo el pezón. Suave. Luego no tan suave.

—Joder. Joder, Alba.

Me cambio al otro. Igual. Lo chupo hasta que lo tengo brillante, hinchado, y ella está arqueada en la cama buscando mi boca con el pecho.

Bajo la mano por su tripa. Por el drago. Por el vello corto.

La rozo. Por fuera. Un segundo.

Y la quito.

—No —dice—. No, no, no…

—Todavía no.

Es su frase. Se la devuelvo. Y ella lo sabe, y se ríe y se desespera a la vez, con la cabeza hacia atrás, contra el hierro.

—Eres mala —dice.

—Tuve buena maestra.

Saco el juguete de la bolsa. El negro. El de Corralejo. Lo cogí de su mesilla antes de cenar, cuando fue al baño.

Lo enciendo. El zumbido.

Yaiza abre los ojos de golpe.

Se lo pongo encima. Justo ahí. Un segundo. Dos.

Se le arquea todo el cuerpo. Tira de las muñecas con tanta fuerza que el cordón cruje contra el hierro. Gime alto, muy alto, un gemido que sube por la casa de doscientos años.

Y lo quito.

—Alba. Alba, por favor.

—¿Por favor qué?

No contesta. Se muerde el labio.

Le paso el juguete por la parte de dentro del muslo. Despacio. Apagado. Por la ingle. Por la tripa. Se lo paso por un pezón, todavía mojado de mi boca.

—En la pista —le digo— cuando quieres un balón, ¿qué dices?

Me mira. Con los ojos negros muy abiertos. Lo entiende.

—No —dice. Y se pone roja. Ella, que no se pone roja nunca.

—¿Qué dices?

—Alba…

—Cántala. Como en la pista.

Cierra los ojos. Le tiembla la boca.

—Mía —dice.

Muy bajo.

—No te oigo.

—Mía.

—Más alto. Como en un quinto set.

—¡Mía!

Lo grita. Al techo de madera. A la casa entera. Y se le escapa la risa y el llanto a la vez, con la cara roja y las muñecas atadas al hierro.

Enciendo el juguete.

Y se lo meto.

Despacio. Hasta el fondo. Mirándola. Y con la otra mano la toco por fuera, en círculos, como me enseñó ella en Corralejo con la luna haciendo rayas en la pared. Y bajo la cabeza y le chupo un pezón.

Las tres cosas.

Yaiza grita.

—Así. Así, Alba. Fóllame así. Con eso. Hasta el fondo, Ferrer.

La follo. Con el juguete, despacio y luego no. Hondo. Con la muñeca, como cuando remato. Con la boca en su pecho, mordiendo, chupando. Y ella se mueve contra mí, contra el juguete, contra mi mano, atada, sin poder agarrarse a nada más que al hierro.

—Mírame —le digo.

Me mira.

—Ahora —le digo. Como me lo dice ella desde la red—. Ahora es tuya.

Y se corre.

Se corre gritando. Con los ojos abiertos, mirándome, con las muñecas tirando del cordón y el cabecero golpeando la pared. Se corre tanto tiempo que pienso que no va a acabar nunca. Se le tensan los muslos alrededor de mi brazo. Me aprieta el juguete dentro. Le late todo contra mis dedos.

Y no paro.

No paro, como no paró ella en enero. La sigo. La llevo más lejos. Y se corre otra vez, encima de la primera, con un sonido que no le he oído nunca, roto, largo, que se le acaba en un sollozo.

Apago el juguete.

Lo saco despacio. Ella gime.

Y me tumbo a su lado. La abrazo. Con su cuerpo temblando entero contra el mío.

Está llorando.

No como en Bajamar. Esto es otra cosa. Llora con la boca abierta, sin taparse, porque no puede taparse, con las muñecas todavía atadas al barrote. Llora y se ríe.

—Seis años —dice. Con la voz rota—. Seis años poniéndote balones.

—Ya lo sé.

—Y es la primera vez que me lo pones tú a mí.

Le beso la frente.

Le beso los ojos, mojados. La boca.

Luego me incorporo. Le cojo las muñecas.

Y hago lo que me hizo ella en enero.

Busco con los dientes el nudo. La miro desde arriba. Con sus ojos negros mirándome desde la almohada.

Y tiro.

Despacio. El nudo cede con un ruido pequeño, de cuerda. Y con cada vuelta que deshago, mi boca baja un poco por su muñeca. Una. Otra. Otra. Hasta que se suelta del barrote. Hasta que se le sueltan las manos.

Escupo el cordón en la palma, hecho un lío.

—Partidazo, mi niña.

Yaiza se tapa la cara con las manos libres.

Y se ríe. Se ríe tanto que tiembla la cama.

Más tarde, mucho más tarde, cuando ya se está haciendo de día detrás de la celosía y se oyen los primeros coches en la calle de la catedral, Yaiza está dormida.

De lado. De cara a mí. Con la boca un poco abierta y una marca roja en cada muñeca. Finas. Paralelas.

Las mismas que tuve yo en enero.

Le cojo la mano. Con cuidado, para no despertarla.

Le doblo los dedos. Le dejo dos.

Luego el puño.

Y se lo dejo así, cerrado, encima de la almohada, entre las dos.

Cuando se despierte, lo va a ver.

Mi diagonal.

No me muevo de aquí.