33. La mudanza
No por mí. Por Chus, que remata como si se le fuera la vida, y por Tami, que defiende balones imposibles tirándose al suelo hasta que se le abre la rodilla. Yo remato lo que me llega.
Pero me llega más cerca.
En el primer set, Yaiza me pone los balones a un metro de la antena. En el segundo, a ochenta centímetros. En el tercero, uno, solo uno, a medio metro. Alto. Por delante. El mío.
Lo mato.
Y al caer, la busco. Y ella ya me está mirando. Con las manos todavía arriba. Con la boca un poco abierta, como si se hubiera sorprendido a sí misma.
No dice nada. Se da la vuelta y se coloca para el saque.
Pero en el siguiente tiempo muerto, en el banquillo, mientras Massimo dibuja, noto sus dedos en la espalda. Un segundo. Dos dedos. Luego el puño.
El tercer partido lo jugamos el martes en San Benito. Ganamos 3-0. Estamos en semifinales.
Massimo, en el vestuario, dice «bene» dos veces. Una más que de costumbre.
El jueves voy a la calle Castillo a por mis cosas.
Jonay no está. Me lo dijo por mensaje, el único que me ha mandado en diez días: «El jueves no estoy. Las llaves en el buzón. Cuídate».
Cuídate.
Subo los tres pisos con Tami y con Chus, que ha pedido el día en el trabajo y ha traído la furgoneta de su cuñado.
Abro la puerta.
Y me quedo parada en la entrada.
Están hechas. Las cajas. Todas. Apiladas en el salón, contra la pared, al lado del sofá de la manta de cuadros. Diez, doce cajas de cartón, cerradas con precinto marrón.
Con su letra.
ALBA – ROPA INVIERNO. ALBA – ROPA VERANO. ALBA – LIbrOS. ALBA – ZAPATILLAS (LAS BUENAS ARRIBA). ALBA – BAÑO. ALBA – MEDALLAS Y FOTOS (CUIDADO, CRISTAL).
Me lo ha hecho él. Todo. Me ha guardado la vida en cajas, con letra de ingeniero, con cuidado de no romper el cristal.
Chus me pone una mano en el hombro.
Tami no dice nada. Coge la primera caja y empieza a bajar.
En la cocina, encima de la mesa, hay una nota. Una hoja de cuaderno, doblada en dos.
«Las fotos de Corralejo que me mandaste están en la caja de las medallas. No las he mirado. J.»
Doblo la nota. Me la guardo en el bolsillo.
Y bajo una caja.
El estudio está en El Toscal.
Es el barrio viejo de Santa Cruz, el de las casas bajas de colores, con las calles estrechas y las ventanas de madera y las abuelas sentadas en las puertas. Lo encontró Tami en una aplicación el lunes. Lo vi el martes por la mañana. Firmé el martes por la tarde, antes del partido.
Es pequeño. Muy pequeño. Una habitación con una cocina en una esquina y un baño detrás de una puerta corredera que no cierra del todo. Un cuarto piso sin ascensor.
Pero tiene una azotea.
Una azotea de verdad, para mí sola, con el suelo de baldosas rojas y una cuerda de tender y una buganvilla morada que se sale por el muro. Y desde la azotea, por encima de los tejados, se ve el puerto.
Y si te pones de puntillas, en una esquina, se ve el Auditorio.
No me pongo de puntillas.
El viernes por la mañana, a las once, me llama mi madre.
—Estoy en Los Rodeos.
Casi se me cae el móvil.
—¿Qué?
—Que estoy en el aeropuerto. En Tenerife. He cogido el de las siete de Manises. —Oigo ruido de maletas detrás, un altavoz—. ¿Dónde vives ahora? Que el taxista no entiende lo que le digo.
Le digo la dirección.
Llega a la una. Sube los cuatro pisos con una maleta de ruedas y una bolsa de una pastelería de Alboraya. Llega arriba sin aire, roja, con el pelo recién cortado.
Se para en la puerta.
Me mira.
No me abraza.
Mira el estudio. Las cajas. El colchón en el suelo, sin cama. La cocina de una esquina. El baño de la puerta que no cierra.
—Esto —dice— es más pequeño que mi cocina.
—Ya, mamá.
—Y huele a humedad.
—Es una casa vieja.
—Ya veo que es una casa vieja. —Deja la maleta en el suelo. Deja la bolsa de la pastelería encima de una caja—. Fartons. Que sé que aquí no hay.
Y se echa a llorar.
No me deja abrazarla. Me aparta la mano cuando lo intento.
Llora de pie en mitad del estudio, con el bolso todavía colgado del hombro, y entre lágrimas me lo dice todo. Todo lo que lleva diez días aguantándose por teléfono.
Que la alquería no devuelve la señal. Que son cuatro mil euros.
Que el vestido está pagado, entero, y que Mari Carmen dice que se puede vender de segunda mano pero que no es lo mismo, que nunca es lo mismo.
Que los cuatrocientos detalles están en su casa, en el cuarto de la plancha, en ocho cajas, cuatrocientos abanicos de madera con una A y una J pintadas a mano.
Que mi tía Rosario ya había comprado el billete.
Que la mitad de Alboraya sabe que la nena de Amparo se casaba en junio con un canario.
Que qué le dice ella a la gente.
—No lo sé, mamá.
—¡No lo sabes! —Se limpia la cara con la mano—. Nunca sabes nada. Te vas a una isla con veintiún años sin saber nada. Te prometes sin saber nada. Y ahora lo dejas todo sin saber nada. Y yo, ¿qué? ¿Yo qué?
No le contesto.
Porque tiene razón. Y porque no es eso lo que me está preguntando.
Se sienta en el colchón. Encima de una sábana que no he puesto bien. Con el bolso en las rodillas.
—Jonay me llamó —dice.
Me quedo quieta.
—El lunes. Me llamó él. Para que no me enterara por otro. Para decirme que no te lo tuviera en cuenta, que no habías hecho nada malo, que esas cosas pasan. —Se le rompe la voz—. Él. Me lo dijo él. El pobre chico. Llorando por teléfono y diciéndome a mí que no me enfadara contigo.
Él me dijo que no podía llamar a Amparo. Que no podía. Y la llamó.
Me siento a su lado. En el colchón.
No la toco.
Nos quedamos así mucho rato. Las dos en el colchón, en el suelo, en un estudio de El Toscal que huele a humedad, con las cajas de Jonay alrededor y la bolsa de fartons encima de ALBA – LIbrOS.
—Bueno —dice al fin.
Se levanta. Se quita el bolso. Se quita la chaqueta. Se remanga.
—¿Qué es eso?
Señala un paquete enorme, plano, apoyado contra la pared. Un armario. De esos que vienen en piezas, con un librito de instrucciones con dibujos de un señor sonriendo.
—Un armario.
—¿Y por qué está en el suelo?
—Porque no sé montarlo.
Mi madre suspira. Un suspiro largo. El suspiro de toda mi vida.
—Trae un destornillador.
Montamos el armario.
Bueno. Lo monta ella. Yo le paso las piezas. Ella lee las instrucciones con las gafas en la punta de la nariz, le da la vuelta al papel, dice «este dibujo está mal», lo hace a su manera y le sale bien.
—Tu padre no sabía ni colgar un cuadro —dice, con un tornillo en la boca—. Todo esto lo hacía yo. La cuna tuya la monté yo, embarazada de siete meses, mientras él leía el periódico en el sofá diciéndome que la estaba montando al revés.
Me río.
Ella no se ríe. Pero se le mueve algo en la boca.
Atornilla una bisagra. La aprieta. La prueba.
Y sin mirarme, mirando la bisagra, dice:
—Yo me casé con tu padre sin saber si lo quería.
Dejo de pasarle piezas.
—Tenía veintitrés años. Era bueno. Trabajaba. Mi madre decía que era un partidazo. Y yo pensé: pues ya está, pues esto será. —Aprieta otro tornillo—. Y lo aprendí. A quererlo. Con los años. Lo quise mucho, nena. Mucho. Cuando se murió pensé que me moría yo.
Me mira por encima de las gafas.
—Pero lo aprendí. No lo sabía. Y eso no se lo deseo a nadie. —Vuelve a la bisagra—. Y a ti menos.
Me quedo sentada en el suelo, con una balda en las manos.
No sé qué decir.
Ella tampoco dice nada más.
Terminamos el armario a las seis. Es blanco, con dos puertas y un espejo. Está un poco torcido porque el suelo del estudio está torcido. Mi madre le mete un cartón doblado debajo de una pata y se queda recto.
Lo llenamos. Abrimos las cajas de Jonay una a una. Mi madre dobla la ropa como la doblaba en Alboraya, en tres, con las mangas hacia dentro, y me riñe porque tengo camisetas con agujeros.
En la caja de MEDALLAS Y FOTOS está todo envuelto en papel de periódico. Las medallas. Los trofeos pequeños. Las fotos enmarcadas. La de mi padre, con la gorra, en la playa de la Patacona.
Y debajo, en un sobre, las fotos de Corralejo. Impresas. Las que mandé al grupo del equipo en diciembre. La duna. El atardecer en las dunas. El partido en la arena.
Y una en la que salimos Yaiza y yo. En la orilla. Con los bikinis de entrenamiento. Ella tiene la cabeza echada hacia atrás, riéndose de algo. Y yo la estoy mirando a ella.
No a la cámara. A ella.
Mi madre la coge.
La mira mucho rato.
No dice nada. La deja encima del montón, boca arriba.
Y sigue doblando camisetas.
Cenamos en la azotea.
Pizzas de una pizzería de la calle de la Rosa, en las cajas, encima de una toalla en el suelo de baldosas. Con dos cervezas. Con la buganvilla encima de nosotras y el puerto abajo, con las luces encendidas.
Mi madre no se pone de puntillas en la esquina. Pero mira hacia allí. Hacia donde se ve el Auditorio.
—¿Es bonito el piso? —pregunta.
—¿Cuál?
—El de Jonay.
Lo pienso.
—Sí —digo—. Es precioso. Tiene una pared verde.
Mi madre asiente.
—Ya.
Se come la corteza de la pizza, que a mí no me gusta y siempre me la ha comido ella. Desde pequeña.
—Ya veré qué hago con el 14 de junio —dice—. La alquería. Lo que está pagado, está pagado. No me lo devuelven.
—Lo siento, mamá.
—Ya lo sé que lo sientes. —Se limpia las manos en la servilleta—. No lo digo para que lo sientas. Lo digo porque ya veré.
Al día siguiente la llevo a Los Rodeos.
Llueve. La panza de burro, baja, gris, encima de La Laguna. Mi madre la mira por la ventanilla del coche con cara de desconfianza.
—Esto no es Canarias —dice—. En Canarias hace sol. Esto es Galicia.
—Es La Laguna, mamá.
—Pues eso.
Aparco en la puerta de salidas. Le saco la maleta. Le doy la bolsa con los fartons que no nos hemos comido, que dice que se los va a llevar porque aquí se ponen malos con la humedad.
Me abraza.
Por fin. Fuerte. Como en la tienda de la calle Colón, con la cara en mi hombro, porque soy más alta que ella desde los catorce años.
Huele a ella. A colonia de nenuco y a la laca de siempre.
Se aparta. Me coge la cara con las dos manos. Me mira.
Y me pregunta:
—¿Es la capitana?
No me lo esperaba.
O sí.
Me lo esperaba desde la tienda de la calle Colón. Desde la Copa, desde que la vi darle un beso en la mejilla a Yaiza y decirle que era un sol. Desde la foto de la orilla, encima del montón, boca arriba.
Podría decir que no. Podría decir que no es nadie, que es una cosa mía, que ya hablaremos.
Mi madre me mira. Con los ojos de cuando tenía siete años y me caía de la bici en la huerta y ella sabía antes que yo si me había roto algo.
—Sí, mamá —digo—. Es la capitana.
Mi madre no se mueve.
No dice nada. No suelta mi cara.
Pasa un avión por encima. Un altavoz anuncia un vuelo a Madrid. Un taxista pita detrás de nosotras porque estoy mal aparcada.
Y mi madre cierra los ojos un segundo. Y los abre.
—Ya —dice.
Solo eso. Ya.
Igual que dijo Yaiza en el hotel de Valencia. Como si lo hubiera entendido todo.
Me da un beso en la frente. Coge la maleta. Coge los fartons.
Y se va hacia la puerta de salidas sin girarse.
A mitad de camino, se para.
Se gira.
—Nena —dice, por encima del ruido—. Esa chica. Que coma. Que la vi en la Copa y está en los huesos.
Y entra.
Me quedo en la acera, con el taxista pitando, con la lluvia de La Laguna en la cara.
Riéndome.
Llorando.
Las dos cosas a la vez.