32. Bajamar
Desde el sofá de Tami, que es mi cama desde el domingo. Con una manta de cuadros encima y el pijama de Tami, que me queda corto de piernas y de mangas. Tami está en su cuarto, con la puerta cerrada y la música baja, haciendo como que no existe.
Abro el chat de Yaiza.
Una mano con dos dedos. Un puño.
Los copio. Los pego.
Y debajo escribo: «Bajamar. Las piscinas. A las once y media».
Lo envío antes de pensarlo.
Se queda en un tic. Luego en dos.
No se pone azul.
Me levanto. Me pongo los vaqueros, la sudadera del club, las zapatillas. Cojo una toalla del baño de Tami. Cojo las llaves del coche.
Tami abre la puerta de su cuarto cuando ya estoy en el pasillo. En pijama, con el móvil en la mano.
Me mira. Mira la toalla.
—Abrígate —dice. Solo eso.
Y cierra.
Las piscinas de Bajamar están al final del pueblo, debajo del paseo, metidas en el mar.
Son dos. Grandes, de cemento, con el agua del mar dentro. Las separa del océano un muro de piedra, alto, negro, que en invierno las olas saltan como si no estuviera. Por el día están llenas de niños, de abuelas con gorro, de chicos tirándose de cabeza. A estas horas no hay nadie.
Hay luna. Media. Y las farolas del paseo, arriba, que llegan amarillas y cansadas.
Y el ruido.
El ruido es lo primero. Las olas rompen contra el muro, al otro lado, con un golpe sordo que se te mete en el pecho. Y luego el agua salta por encima. Una cortina blanca que sube, se queda un segundo en el aire y cae dentro de la piscina grande, como lluvia.
Me siento en el borde de cemento, con los pies colgando. Con la toalla en las rodillas.
Son las once y veinte.
Las once y media.
Las doce menos cuarto.
No viene.
Las olas rompen. El agua salta. Cae. Rompen otra vez.
A las doce menos diez oigo un coche en el paseo. Un motor que conozco. Una puerta que se cierra.
No me giro.
Oigo sus pasos en la escalera de cemento. Despacio. Parándose a mitad, como si se lo pensara. Siguiendo.
Se queda detrás de mí. A dos metros.
—No he venido a esto —dice.
—Ya.
—He venido a decirte que no me escribas esas cosas. Que no me mandes eso. —Se le rompe la voz—. Que eso era mío, Alba. Lo hice yo. No puedes usarlo cuando te dé la gana.
Me levanto. Me giro.
Está en la escalera, con una sudadera gris y el pelo revuelto. Con los ojos hinchados. Con las llaves del Polo apretadas en el puño, tanto que se le marcan los nudillos.
Levanto la mano derecha.
Delante de su cara. Con los dedos abiertos. Como en el cañizo.
Ella mira la mano. Ve la marca blanca en el anular. Ya no se borra. Ya no tiene que borrarse.
—Ya lo sé —dice—. Ya lo sé que te lo quitas. Te lo quitas para jugar y te lo quitas para venir a mi casa y luego te lo pones en el coche…
—No está en el coche.
Se calla.
—No está en ningún sitio —digo—. Está en una encimera, en un piso del Auditorio. Al lado de una planta. Lo dejé allí el domingo.
Yaiza no se mueve.
—Se lo he dicho, Yaiza. Todo. Con tu nombre. Le he dicho que me he enamorado de ti.
Se le abre la boca.
Las olas rompen. El agua salta por encima del muro y nos moja a las dos, una lluvia fría, salada, de golpe. Ninguna se aparta.
—No —dice. Muy bajo—. No. Dime que no lo has hecho por mí.
—No lo he hecho por ti.
—Dímelo otra vez.
—No lo he hecho por ti. —Me acerco. Un paso—. Lo he hecho por mí. Porque no podía más. Porque me caso con él y me muero. Lo he hecho aunque tú no vuelvas a ponerme un balón en tu vida. Aunque me ates las zapatillas con nudo simple el resto de mi vida.
Saco los cordones del bolsillo de la sudadera.
Blancos. Largos. Enrollados con una goma.
Se los pongo en la mano.
—Los encontré debajo del banco el sábado.
Yaiza se queda mirándolos.
Y luego se gira hacia el muro. Echa el brazo atrás. Como cuando saca en salto.
Y los tira.
Por encima del muro. Al mar. Los veo volar un segundo con la luna y desaparecer en la espuma.
Se queda de espaldas. Respirando fuerte. Con los hombros subiendo y bajando.
—Te odio —dice. Al mar.
—Mentira.
—Te odio, Alba. Tres semanas. Tres semanas atándote las zapatillas sin tocarte el tobillo.
Tres semanas poniéndote balones de mierda y llegando a casa y vomitando.
Tres semanas sin saber dónde estabas. Se me olvidó dónde estabas.
¿Sabes lo que es eso? Seis años sabiéndolo con los ojos cerrados y se me olvidó.
Se gira.
Tiene la cara mojada. De mar. De lo otro.
—Te odio por hacerme eso.
Y viene.
No es un beso.
Es un golpe. Me agarra la sudadera con los dos puños y me besa como si me pegara, con los dientes, con rabia, y me empuja hacia atrás, y yo doy un paso, y otro, y el tercero ya no tiene suelo.
Nos caemos a la piscina.
Las dos. Vestidas.
El agua está fría. Muy fría. Abril en el Atlántico. Me corta la respiración, me entra por la nariz, por la boca, por dentro de la ropa. Salgo a la superficie tosiendo. Ella sale a mi lado, con los rizos pegados a la cara, escupiendo agua.
Nos miramos.
Y no nos reímos.
Me vuelve a besar. Aquí, con el agua por el pecho, con los pies buscando el fondo, que está ahí, justo, de puntillas. Me besa con la boca llena de sal y yo le muerdo el labio hasta que noto el sabor de la sangre.
—Quítatela —dice. Tirando de mi sudadera.
Me la quito. Pesa como una piedra, empapada. La tiro al borde. Ella se quita la suya. No lleva nada debajo.
La luna le da en los pechos mojados. Tiene los pezones duros del frío, oscuros, de punta. Le cae el agua por ellos.
Me agacho y le meto un pezón en la boca.
Está helado. Sabe a mar. Lo chupo fuerte, sin cuidado, con hambre, como si llevara tres semanas sin comer, y ella gime y me agarra el pelo y me aprieta la cara contra su pecho.
—Más —dice—. Más fuerte. Muérdemelo.
Se lo muerdo. Grita. Me aparta la cara y me la lleva al otro.
—Este también. Que me duela.
Le chupo el otro. Le muerdo el otro. La tengo agarrada por la cintura, con el agua moviéndonos, y ella me desabrocha los vaqueros debajo del agua, a tirones, y no puede, porque la tela mojada no cede.
—Joder. Joder, Alba. Quítatelos.
Me los quito. Es imposible. Me hundo. Salgo. Me río por fin, tosiendo, con los vaqueros enredados en un tobillo. Ella me los arranca del pie y los tira fuera, al cemento, donde caen con un ruido de trapo mojado.
Me quedo desnuda en el agua. Ella también. Sus pantalones de chándal flotan un momento a nuestro lado y se van hacia el muro.
Rompe una ola. El agua salta por encima. Nos cae encima como un cubo.
Y Yaiza me coge.
Por debajo del culo, con las dos manos, como en Lobos. Me levanta. En el agua no peso nada. Le rodeo la cintura con las piernas.
Pero esto no es Lobos.
En Lobos me tocó despacio, mirando el horizonte. Aquí me mete dos dedos de golpe, sin avisar, desde abajo, hasta el fondo. Y me quedo sin aire.
—¿Para esto me escribes? —me dice en la boca—. ¿Para esto me haces venir a las doce de la noche?
—Sí.
—Dilo.
No tengo que pensarlo. Ya no me da vergüenza. Ya no tengo nada que esconder.
—Fóllame.
Le cambia la cara.
Nunca se lo había dicho. Nunca. Desde Corralejo siempre ha sido ella la que hablaba, la que pedía, la que me hacía decirlo. Hoy lo digo yo. Lo digo alto, por encima del ruido de las olas.
—Fóllame, Yaiza. Aquí. Que lo oiga el mar.
Y me folla.
Con rabia. Con los dedos curvados, fuerte, rápido, con el agua chapoteando entre las dos.
Me sujeta con un brazo y me folla con la otra mano, y yo me agarro a su cuello y le clavo las uñas en la espalda y gimo contra su boca, alto, sin taparme, porque aquí no hay nadie más que el mar y el mar hace más ruido que yo.
—Más.
—¿Más?
—Tres.
Me mete otro. Tres dedos. Me abre. Me duele un poco y es lo mejor que he sentido en tres semanas.
—Así —dice. Con la voz rota, con los ojos clavados en los míos—. Así. Toma. Tres semanas. Toma tres semanas.
Me corro enseguida.
No me da tiempo. Llego de golpe, como una ola que salta el muro sin avisar, y me corro gritando su nombre con la cabeza hacia atrás y la luna en la cara, apretándole los dedos dentro de mí, una vez, otra, otra.
Y ella no para. No para. Sigue moviendo la mano, más despacio, y me lleva otra vez arriba sin dejarme bajar.
—Otra —me dice—. Otra, mi niña. Que me debes tres semanas.
Me corro otra vez. Más fuerte. Mordiéndole el hombro.
Me deja caer en el agua. Me sostiene. Me quedo colgada de su cuello, temblando, con el agua fría por todas partes y el cuerpo ardiendo por dentro.
Y entonces la empujo.
Hacia el muro.
Despacio. Andando por el fondo, de puntillas, con el agua por el pecho. Ella se deja. Hasta que la tengo de espaldas contra la piedra.
La piedra del muro es negra, volcánica, áspera. Llena de agujeros pequeños. Está viva de mar, con algas y conchas pegadas. Las olas rompen al otro lado, a medio metro de su espalda. Notamos el golpe en el cuerpo. La piedra tiembla.
—Aquí no —dice—. Alba, aquí no, que pica…
—Calla.
Le levanto los brazos. Por encima de la cabeza. Le sujeto las muñecas contra la piedra con una mano. Como me las sujetó ella al barrote, con los cordones.
Se queda quieta.
Me mira. Con los labios abiertos. Con el pecho subiendo y bajando. Con los pezones de punta, mojados, a un palmo de mi cara.
—¿Qué haces? —dice.
No contesto.
Le chupo los pezones. Uno. Otro. Despacio, esta vez. Con la lengua plana. Dando vueltas. Hasta que se arquea contra la piedra y gime y las algas le dejan marcas verdes en la espalda.
Luego bajo la mano libre.
Está empapada. Y no es el mar. El mar está frío y ella está caliente, resbaladiza, abierta. La toco por fuera, despacio, con dos dedos. En círculos. Como sé. Como me enseñó ella en una cama pequeña de Corralejo con la luna haciendo rayas.
—Alba.
—Dime.
—Alba, por favor.
—Dímelo tú ahora.
Se muerde el labio. Tira de las muñecas. No la suelto.
—Fóllame —dice.
Se le rompe la voz al decirlo.
—Fóllame, Ferrer. Como me lo has dicho tú. Contra el muro.
Se la meto. Dos dedos. Hasta el fondo.
Y la follo así. De pie, en el agua, contra la piedra, con sus muñecas sujetas por encima de la cabeza y su cuerpo arqueado hacia mí. Rápido. Fuerte. Con todo el brazo, como cuando remato. Con la boca en su cuello, en sus pezones, en su boca.
Rompe una ola. El agua salta el muro y nos cae encima, en la cabeza, en la cara, fría, salada. Ella grita. No sé si por el agua o por mí.
—Sigue. Sigue, joder, que viene otra.
Viene otra. Nos empapa.
—La boca —dice—. Ahí. Mientras me follas.
Bajo la cabeza. Le chupo un pezón mientras la follo con los dedos, y ella gime tan alto que tapa a las olas.
Y se corre.
Contra el muro. Con las muñecas en mi mano y mis dedos dentro y mi boca en su pecho. Se corre temblando entera, de los pies a la cabeza, con un grito largo que se le rompe por la mitad. Me aprieta los dedos tan fuerte que no puedo moverlos. Le tiemblan las piernas. Se le doblan.
La suelto.
Se escurre por la piedra hasta que el agua le llega al cuello. Me abraza. Me abraza tan fuerte que me hace daño.
Y llora.
Llora contra mi hombro, con el agua por el cuello y la espalda arañada de piedra y algas. Llora como lloré yo en Valencia. Con todo el cuerpo. Con hipo.
La sostengo.
No digo nada. No hace falta.
Rompen las olas. Salta el agua. Cae.
Estamos en el borde, al final, envueltas en la toalla de Tami. Una sola toalla para las dos. Sentadas en el cemento, con las piernas dentro de la toalla y los pies en el agua.
Yo tengo las rodillas raspadas. Ella tiene la espalda llena de arañazos finos, rojos, y una marca verde de alga en el hombro. Tengo el labio partido, donde me mordió al principio.
La ropa está tirada por el cemento, empapada. Sus pantalones de chándal no están. Se los ha llevado el mar.
—Voy a tener que volver a casa en bragas —dice.
—No llevas bragas.
—Pues peor.
Me río. Ella también. Un poco.
Luego se queda callada.
Mirando el muro. Cómo rompen las olas. Cómo salta el agua.
—Se te ve más —dice.
—¿El qué?
—La marca. La del anillo. —Me coge la mano, debajo de la toalla. Me pasa el pulgar por el anular—. Antes, cuando te lo quitabas, se iba borrando un poco con el sol. Ahora no se va a borrar nunca. Ahora es tuya.
No digo nada.
—No lo has hecho por mí —dice.
—No.
—Vale. —Asiente. Despacio—. Vale. Eso está bien. Eso es lo único que está bien de todo esto.
Se me apoya en el hombro.
—No sé si sé ponértela todavía —dice muy bajo—. La pelota. El sábado, en Logroño. Se me olvidó dónde estás. No sé si me acuerdo.
La miro.
Tiene los ojos cerrados. La luna en la cara. La boca hinchada de besos.
Le cojo la mano. La levanto, delante de nosotras, por encima de la toalla.
Le doblo los dedos uno a uno. Le dejo dos estirados.
Luego se los cierro. El puño.
—Ya te acordarás —le digo.
Abre los ojos. Mira su propia mano, haciendo la seña, sujetada por la mía.
Y no dice nada.
Pero no la suelta.