Señas (Vestuario 3) 31. Jonay
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31. Jonay

Hay un sofá. Gris, enorme, todavía con el plástico puesto en los brazos. Lo trajeron el jueves, me dice Jonay en el ascensor, y lo subió él con el de la portería, Ramón, por la escalera, porque no cabía en el ascensor.

—Nueve pisos —dice, y se ríe—. Ramón tiene sesenta y cuatro años. Casi me lo mato.

Hay cajas. Muchas. Apiladas en el pasillo, con su letra recta de ingeniero en rotulador negro: COCINA. LIbrOS. BAÑO. ALBA – TROFEOS. Hay una mesa sin sillas. Hay una lámpara de pie, sin bombilla, en una esquina.

Y en la isla de la cocina, en un tiesto de barro nuevo, está la planta.

La de la calle Castillo. La que se nos estaba muriendo.

Tiene hojas nuevas. Pequeñas, de un verde muy claro.

—La he traído esta semana —dice Jonay—. Para ver si con más luz… Mira. Ha echado tres hojas en cuatro días. Aquí le da el sol toda la mañana.

Se acerca. Toca una hoja con la punta del dedo. Con mucho cuidado.

—Al final va a llegar viva —dice.

Me quedo en la puerta.

Con la bolsa del partido todavía al hombro, sin deshacer desde anoche. Con la cadena debajo de la sudadera. Con los cordones de recambio de Yaiza en el bolsillo de dentro de la bolsa, donde los metí anoche.

Jonay se gira. Me mira.

Y se le borra la sonrisa.

No sé qué me ve. No sé qué cara tengo. Pero se le borra despacio, como se borra el vaho de un cristal.

—Alba.

—Siéntate, Jonay.

—¿Qué pasa?

—Siéntate. Por favor.

Se sienta en el sofá. En el plástico. Cruje.

Yo no me siento. Me quedo de pie, delante de la ventana, con el Auditorio detrás. Blanco. La ola que no rompe.

Lo he ensayado. Toda la noche. En la cama, a su lado, oyéndole respirar. Lo he ensayado de diez maneras. Con rodeos, sin rodeos. Empezando por Corralejo, empezando por septiembre, empezando por perdón.

No me sale ninguna.

Me sale la verdad. Así, sin ensayar.

—Me he enamorado de otra persona.

Jonay no se mueve.

No dice nada. Se queda sentado en el sofá con el plástico, con las manos en las rodillas, mirándome. Como si no lo hubiera entendido. Como si lo hubiera dicho en otro idioma.

—De Yaiza —digo.

Cierra los ojos.

Los cierra despacio, igual que se le ha borrado la sonrisa. Y se queda así mucho rato. Con los ojos cerrados. Respirando por la nariz.

Fuera pasa un barco. Se oye la sirena, larga, grave, desde el puerto.

—No te voy a poner excusas —digo. La voz me tiembla, pero sale—. No te voy a decir que fue sin querer, ni que no sé cómo pasó. Lo sé. Te he mentido. Muchas veces. Los martes no había sesión de vídeo. La noche de Tami no fui a casa de Tami. El cumpleaños de Thaís no existía.

Jonay abre los ojos.

—Te he mentido desde diciembre —digo—. Y antes de diciembre, te mentía a ti y me mentía a mí. Y no te mereces ni una de esas mentiras. Ni una.

Me callo.

Él sigue mirándome. No llora. No grita. No se levanta.

Se mira las manos.

—¿Desde cuándo? —pregunta.

Muy bajo. Tan bajo que casi no lo oigo.

—Desde Corralejo.

Asiente.

—No —digo—. Eso es mentira también. Desde antes. Desde septiembre. Desde el primer entrenamiento. Desde antes, a lo mejor. No lo sé. Seis años, a lo mejor. No lo sabía. Te lo juro que no lo sabía.

Jonay asiente otra vez. Despacio. Como si estuviera apuntando algo en la cabeza. Como cuando le dan las medidas de una carga y las va sumando.

—La noche del masaje —dice—. En septiembre. Después del Turia. Cuando… —Se para—. Cuando gritaste.

No digo nada.

No hace falta.

Él asiente. Una vez más.

Luego mira hacia la isla de la cocina. A la planta. A las tres hojas nuevas.

—Te pregunté si te hacía daño —dice—. Aquella noche. En la cama. Te vi llorar y te pregunté si te hacía daño. Y tú me dijiste que no.

—No me hacías daño.

—Ya. —Se le quiebra algo en la voz, por primera vez—. Ya lo sé que no me hacías daño. Ahora lo sé. No era yo. No era nada que yo hiciera. Era que no era ella.

Se tapa la cara con las manos.

Y se queda así.

No llora. O llora sin ruido, detrás de las manos, y no lo sé. Solo se le mueven un poco los hombros. Muy poco.

Quiero acercarme. Quiero sentarme a su lado en el sofá con el plástico y abrazarlo, como le abrazo cuando pierde el Tenerife, cuando le riñen en el trabajo, cuando se murió su abuelo. Quiero decirle que lo siento. Que lo quiero. Que lo quiero de verdad, de otra manera, como se quiere una casa.

No me acerco.

No tengo derecho.

Pasa mucho tiempo. No sé cuánto. Otro barco. Las gaviotas. El sol moviéndose por el suelo de madera que no es madera.

Jonay se quita las manos de la cara.

Tiene los ojos rojos. Pero secos.

—Ayer en el partido —dice—. Cuando fallaste aquel balón. Te giraste a mirarla.

—Sí.

—Y ella te miró a ti.

—Sí.

—Yo estaba en la cuarta fila. —Se ríe. Una risa horrible, pequeña, que no se le parece nada—. Con la bufanda. Aplaudiendo. Y os vi miraros. Y pensé: qué pena me dan. Qué mal lo están pasando las dos. Qué buenas amigas son.

Me tapo la boca con la mano.

—Qué buenas amigas —repite. Y niega con la cabeza—. Airam me lo dijo. Hace un mes. Cuando lo del vídeo. Me dijo: oye, tío, ¿tú estás seguro? Y yo me reí de él. Le dije que estaba loco. Que tú no eras así. Que te ibas a casar conmigo.

Se levanta.

Despacio. El plástico del sofá cruje al soltarlo.

Va hasta la ventana. Se pone a mi lado. Sin tocarme. A un metro. Y mira el puerto. Las grúas.

La tercera. La azul.

—¿La quieres? —pregunta, mirando la grúa.

—Sí.

—¿Y a mí?

Me tiembla la barbilla.

—Te quiero, Jonay. Te juro que te quiero. Pero no así. No como tú me quieres a mí. No como te mereces.

Asiente.

Se queda mirando la grúa mucho rato.

—Vete, Alba —dice.

No es una orden. No hay rabia. Lo dice como diría que va a llover.

—Jonay…

—Vete, por favor. —Sigue sin mirarme—. Necesito estar aquí solo. En mi casa. Un rato.

En mi casa.

Ya no es nuestra.

—Mañana no voy a estar en la calle Castillo —dice—. Me voy a casa de mis padres, a La Cuesta, unos días. Coge lo que necesites. Lo que quieras. Deja la llave en el buzón cuando acabes.

—Vale.

—Y a tu madre… —Se le corta la voz. Traga—. A tu madre díselo tú. Yo no puedo. Yo no puedo llamar a Amparo.

—Se lo digo yo.

Asiente.

Me quedo un segundo más. Mirándole de perfil. El pelo un poco largo, que se iba a cortar en mayo para las fotos. La camisa de cuadros, la del guachinche. Las arrugas de los ojos, que hoy no tiene porque no sonríe.

Me meto la mano por el cuello de la sudadera.

Saco la cadena.

Me la desabrocho por detrás. Me cuesta. Me tiemblan los dedos. Al final se suelta.

Saco el anillo de la cadena.

Lo miro. Pequeño. De oro blanco, con una piedra pequeña. El que pagó en doce plazos. El que me dio en julio en un mirador de Anaga, de rodillas en la tierra roja, manchándose el pantalón, sin dejarle terminar la frase porque yo ya había dicho que sí.

Voy hasta la isla de la cocina.

Y lo dejo encima. Al lado de la planta.

Sin la cadena. La cadena me la guardo en el bolsillo.

Saco las llaves del bolsillo de la chaqueta. La del Auditorio, con el llavero de plástico de la inmobiliaria. La saco del aro.

La dejo al lado del anillo.

Dos cosas pequeñas. Encima de una isla de cocina, en un piso a medio amueblar, al lado de una planta que ha echado tres hojas nuevas.

Las dos pesan casi nada.

Jonay no se gira. Lo oye. Oye el anillo en la encimera, el ruido pequeño, metálico. Lo veo en su espalda. Se le tensa algo.

Pero no se gira.

—Adiós, Jonay.

No contesta.

Salgo. Cierro la puerta despacio, para que no haga ruido.

En el ascensor, con su espejo y su música, me miro.

Tengo la cara roja. Los ojos hinchados. Y la mano derecha, colgando al lado del cuerpo, con la marca blanca en el anular. Más clara que el resto.

Ya no hay nada que quitarse antes de entrar a ningún sitio.

Ramón me saluda desde la portería.

—Hasta luego, señorita.

No puedo contestar.

En el coche, en el aparcamiento de la avenida de Anaga, llamo a mi madre.

Son las doce y media en Tenerife. La una y media en Valencia. Estará haciendo el arroz del domingo. Estará con mis tías.

Lo coge al segundo tono.

—¡Nena! ¿Qué tal ayer? Lo vimos por internet. ¡Qué pena, hija! Esa chica, la capitana, no te dio ni una. Tu tía Rosario dice que…

—Mamá.

Algo en mi voz. Se calla.

—¿Qué pasa, nena?

Miro por el parabrisas. El Auditorio. Desde aquí, desde abajo, no parece una ola. Parece una cosa que se va a caer.

—Que no me caso, mamá.

Silencio.

Un silencio larguísimo. Oigo el arroz al otro lado. El chisporroteo. La voz de mi tía Pepa preguntando quién es.

—¿Qué dices? —dice mi madre al fin. Muy bajito.

—Que no me caso. Que lo he dejado con Jonay. Ahora. Hace diez minutos.

—Pero… pero, nena. ¿Qué ha pasado? ¿Te ha hecho algo? ¿Te ha…?

—No, mamá. No ha hecho nada. He sido yo.

—¿Tú? ¿Pero cómo que tú? ¿Y la alquería? ¿Y el vestido? ¿Y la señal, nena, que está pagada? ¿Y los cuatrocientos detalles? ¿Y los invitados? ¿Y tu tía, que ha comprado el billete? ¿Qué le digo yo a la gente?

—No lo sé, mamá.

—¿Cómo que no lo sabes?

Me echo a llorar.

Por fin. En el coche, con el móvil en la oreja y la frente contra el volante. Lloro como lloré en Valencia, en la habitación 512. Con todo el cuerpo. Con hipo.

Mi madre se calla.

Me oye llorar.

Y cuando habla otra vez, ya no es la madre de la boda. Es la otra. La de cuando tenía siete años y me caía de la bici en la huerta.

—Nena. Nena, escúchame. ¿Estás bien?

—No.

—¿Dónde estás?

—En el coche.

—¿Tienes dónde dormir esta noche?

Lo pienso.

No lo había pensado.

—Sí —digo.

—Vale. —La oigo respirar. Fuerte. Como cuando se enfada y se aguanta—. Vale. Ya hablaremos. Ya hablaremos de todo. Ahora vete adonde sea. Y llámame esta noche. ¿Me oyes? Esta noche me llamas.

—Sí, mamá.

—Te quiero, nena. Aunque me vayas a matar del disgusto.

Cuelga.

Me quedo en el coche mucho rato.

Luego arranco.

No voy a la calle Castillo. No voy a La Laguna.

Voy a Geneto, al piso de Tami, el de la terraza con las macetas de geranios muertos y la bici colgada en el pasillo.

Llamo al timbre.

Tami abre en pijama, con un moño en la cabeza y una tostada en la mano.

Me mira la cara.

Luego me mira la mano. La derecha. El dedo.

Deja la tostada en el mueble de la entrada.

Y me abraza. Fuerte. En el rellano. Sin decir nada. Con la cabeza contra mi pecho, porque me llega por ahí.

Al rato, sin soltarme:

—¿Se lo has dicho?

—Sí.

—¿A él?

—Sí.

Me aprieta más fuerte.

—¿Y a ella?

—No.

Tami se aparta. Me mira desde abajo. Tiene los ojos llenos de lágrimas, como yo.

—Pasa —dice—. Que te hago una tostada. Y luego ya veremos.

Y paso.