30. Sin colocadora
—Buenos días, mis niñas.
Saluda a todas. A Tami, a Chus, a Thaís. A las del filial. A mí.
—Buenos días, Ferrer.
Igual que a Chus. Igual que a Thaís. Igual que a la central del filial que pide perdón por todo.
Lo cumple. Lo cumple todo, al pie de la letra, como cumple las normas.
Me pone balones. Buenos. Altos, limpios, a su sitio. Ni uno malo. Massimo no podría decir nada de ninguno.
Pero no son míos.
Son balones para una opuesta. Para cualquier opuesta. Para la que saliera en el vídeo de un rival, para una que acabara de llegar del filial. Los pone donde se ponen, no donde estoy yo. A un metro de la antena, no a medio. Un poco más bajos. Un poco más tarde. Por los libros.
Y yo llego. Claro que llego. Llevo veinte años rematando. Pero llego tarde a todo. Llego después. Tengo que esperar a ver dónde cae para saber dónde ir, como el primer día en Tenerife, con veintiún años y una coleta.
Y en la red, donde antes saltaba sin mirar, ahora miro.
Y cuando miras, ya es tarde.
En el vestuario me ata las zapatillas el martes antes del partido de liga.
Se arrodilla en el suelo, delante de mí. Sin preguntar.
—Pie.
Se lo doy. Le apoyo la zapatilla en el muslo. Como siempre.
Me desata las zapatillas y me las vuelve a atar desde abajo, cruce a cruce. Primero la izquierda. Luego la derecha. Rápido. Bien. Sin un cruce flojo.
Doble nudo. Y cuando termina, no me da los dos golpecitos.
Tira del último lazo, fuerte, y el nudo se cierra con un ruido seco.
Tira. Nudo. Se levanta.
Ni siquiera me mira. Sus dedos no llegan a tocarme el tobillo.
—Lista, Ferrer.
No dice mi niña.
Me quedo mirándome el tobillo. Las zapatillas, perfectas, apretadas cruce a cruce. Doble nudo. Sin los dos golpecitos por encima del calcetín, que llevo seis años sintiendo sin saber que los sentía.
Tami está en el banco de enfrente, atándose las rodilleras. Lo ha visto.
No dice nada.
Pero esa tarde, en el calentamiento, me pasa los balones a mí antes que a nadie.
Las dos semanas siguientes son las más largas de mi vida.
Ganamos el último partido de liga, en Burgos, contra el Arlanza, 3-2, sin que yo remate una buena. Terminamos terceras. En cuartos nos toca el Ebro. Al mejor de tres partidos. El primero en San Benito, el segundo en Logroño.
En casa, Jonay no me pregunta nada.
No ha vuelto a intentarlo. Lo de aquella noche. No ha buscado nada en internet, o lo ha buscado y no se atreve. Me da un beso por la mañana y otro por la noche. Se acuesta de su lado. Me dice «buenas noches, guapa» y se duerme.
Ya no en tres minutos. Tarda. Le oigo pensar.
Y yo duermo con la cadena puesta.
Él no pregunta por qué. Me ve el anillo colgado en el pecho, cuando me cambio, cuando salgo de la ducha, y no pregunta. Antes me lo habría dicho: «¿no te lo pones en el dedo?». Ahora no.
Mi madre manda la lista de las mesas.
Un PDF. Cuarenta mesas redondas, en el patio y debajo del algarrobo, con nombres. La mesa uno, la de los novios. La dos, la familia de Jonay. La tres, la mía. Y en la mesa siete, la de los amigos del equipo, entre Tami y Chus:
«Yaiza Mendoza + acompañante».
Debajo, un audio de mi madre. Dos minutos. Que si a Yaiza la sienta cerca de la pista de baile, que es tan alegre. Que si sabe si trae acompañante, para lo del menú.
No contesto el audio.
Le pongo un corazón.
Una noche, la del jueves 15, no puedo más.
Jonay duerme. Yo no. Me levanto, me voy al baño, cierro con el pestillo. Me siento en el borde de la bañera, a oscuras, con la luz de la farola entrando por el ventanuco.
Me meto la mano dentro del pantalón del pijama.
Pienso en ella. Me obligo a pensar en ella. En el cañizo, en la luna, en su voz en la nuca: seis años, Ferrer. En el zaguán. En las muñecas atadas al barrote y el cabecero golpeando la pared. En la galería, con la lluvia, cuando me dijo fóllame con ellos, hasta el fondo.
Estoy mojada. Mucho. Me toco como me toca ella, con dos dedos, en círculos, despacio y luego no.
Y no llego.
Me quedo ahí, en el borde, mucho rato. Moviendo la mano. Con la frente contra los azulejos fríos. Y no llego. Porque cada vez que estoy a punto me viene otra imagen. No la de su boca. No la de sus manos.
La del nudo seco.
Tira. Nudo. Se levanta.
Saco la mano. Me quedo sentada en la bañera, a oscuras, con los dedos mojados y el pijama bajado y la cadena colgando entre los pechos.
Y lloro sin hacer ruido, para no despertar a Jonay.
El sábado 17 de abril jugamos el primer partido de cuartos.
San Benito está lleno. Más que contra el Iruna. Las chicas de las caras pintadas han vuelto, con las pancartas de YALBA. Una nueva, grande, dice: «YAIZA, PÓNSELA A ELLA». Massimo la ve en el calentamiento y se pone rojo.
Jonay está en la cuarta fila. Con Airam. Con la bufanda verde.
En el banquillo, antes de empezar, Yaiza me ata las zapatillas sin los dos golpecitos.
Tira. Nudo.
Perdemos el primer set 21-25.
No me pone ninguna. Ninguna buena. Pone a Chus por la cuatro. Pone a las centrales por el medio. Pone rápidas, fintas, balones por detrás. Hace el mejor partido de colocadora que le he visto en seis años, moviendo el balón por toda la red, engañando al bloqueo del Ebro una vez, y otra, y otra.
Y a mí no me mira.
Cuando me la pone, porque a veces tiene que ponérmela, porque estoy en la red y no hay nadie más, es un balón correcto. Alto. Lejos de la antena. De los que remata cualquiera. De los que el bloqueo ve venir desde la grada.
Me bloquean tres. Me defienden cinco.
El segundo set lo ganamos 25-22. Gracias a Chus, que se pone a rematar como si le fuera la vida.
El tercero, 18-25.
En el cuarto, con 20-23 abajo, Massimo pide tiempo muerto.
Nos juntamos en el banquillo. Él no dibuja nada. Deja la pizarra en el suelo. Mira a Yaiza.
—Dale a Ferrer.
—Le estoy dando.
—No. —Massimo no levanta la voz. Peor—. Le estás dando a una opuesta. No a Ferrer. Dale a Ferrer.
Yaiza aprieta la mandíbula.
—Sí, míster.
Volvemos a la pista. 20-23. Saca el Ebro. Recibe Tami, perfecta, a la cabeza de Yaiza.
Y yo corro.
Corro sin mirar. Por primera vez en tres semanas corro sin mirar, porque es así como se hace, porque llevo seis años haciéndolo, porque si me dice dale a Ferrer es que me la va a poner donde siempre, alta, por delante, a medio metro de la antena.
Salto. Armo el brazo. Abro la boca.
Y el balón no está.
Está un metro más atrás. Donde lo pondría para cualquiera.
Lo toco con la punta de los dedos, en el aire, descolocada, y se va fuera. Lejos. A la grada. Como el primero que me puso en mi vida, con veintiún años.
20-24.
El pabellón se queda en silencio.
Me giro. Yaiza tiene las manos todavía arriba, después de colocar. Y por primera vez en tres semanas me mira.
Tiene la cara blanca.
No ha sido a propósito. Lo veo. Lo veo en sus ojos. No ha podido. Ha querido ponérmela donde siempre y las manos no le han dejado. Se le ha olvidado dónde estoy.
O se ha obligado a olvidarlo tanto tiempo que ya no lo sabe.
Perdemos el set en el siguiente punto.
1-3.
En el vestuario nadie se ducha.
Estamos todas sentadas en los bancos, con las toallas al cuello, sin hablar. Se oye el goteo de las doce duchas. Se oye a la gente en la grada, todavía, saliendo.
Massimo entra y cierra la puerta.
Massimo no entra nunca en el vestuario. Nunca. En cinco años lo he visto entrar dos veces. Asoma la cabeza, dice «bene, ragazze», y se va.
Hoy entra. Y cierra. Y se queda de pie en el centro, con la carpeta en la mano.
Y la tira.
Contra las taquillas. La carpeta se abre en el aire y las hojas de estadística vuelan por todo el vestuario y caen en los bancos, en el suelo mojado, en las duchas.
Nadie se mueve.
—Cinque anni —dice. Muy bajo. Luego más alto—. ¡Cinco años! Cinco años que llevo en este club. Y tengo la mejor conexión colocadora-opuesta de España. ¡De España! La que me han querido robar dos equipos de Italia. La que sale en los vídeos. La que hace que la gente compre entradas.
Se para. Respira.
—Y en tres semanas, la habéis tirado a la basura.
Mira a Yaiza. Me mira a mí.
—No sé lo que pasa. No quiero saberlo. No es mi trabajo y no me importa. —Se le quiebra la voz, al italiano, por primera vez—. Pero esto, esto que habéis hecho hoy, esto no lo hago yo con mi equipo.
Recoge una hoja del suelo. La mira. La arruga.
—El sábado en Logroño. O lo arregláis o os siento a las dos. A la capitana y a la opuesta. Juego con Irene, la segunda colocadora, y con una niña del filial y perdemos con dignidad. Pero esto no lo vuelvo a ver.
Sale. Da un portazo.
El vestuario se queda en silencio.
Y entonces Yaiza se levanta.
Coge su bolsa. Sin ducharse. Sin cambiarse. Con la camiseta del partido empapada.
—Yaiza —dice Chus.
—Mañana, Chus.
Y se va.
Las demás empiezan a moverse. Despacio. A recoger las hojas del suelo. A ducharse. Nadie me mira. Todas me miran.
Tami se sienta a mi lado. Como en el partido de Dácil.
Esta vez no me pone la mano en la rodilla.
—¿Se lo has dicho? —me pregunta muy bajo.
—No.
Tami asiente. Mira el suelo, las hojas mojadas.
—Pues ya ves —dice—. Lo está rompiendo todo igual. Aunque no se lo digas.
Se levanta y se va a la ducha.
Me quedo sola en el banco. Con los cordones de recambio de Yaiza, los blancos que lleva siempre por si se me rompe uno, olvidados debajo del banco desde antes del partido.
Los recojo.
Son blancos. Largos. Enrollados con una goma, como los lleva siempre.
Y lo entiendo.
Lo entiendo de golpe, en el banco, con los cordones en la mano y la camiseta mojada y seiscientas personas yendo a casa al otro lado de la pared.
No echo de menos el sexo.
Lo echo de menos. Claro que sí. Lo echo de menos tanto que me duele por dentro, que no puedo correrme sola en una bañera. Pero no es eso.
Lo que echo de menos es que sepa dónde voy a estar.
Echo de menos correr sin mirar. Saltar sin saber, y que el balón esté. Que alguien me conozca tanto que me ponga las cosas donde yo voy a estar antes de que yo lo sepa. Que se sepa de memoria mis hombros, mi cadera, mi boca.
Seis años. Seis años saltando a ciegas porque ella estaba ahí.
Y hoy he saltado a ciegas y no había nadie.
Y Jonay, que está fuera, en el aparcamiento, esperándome con la bufanda verde, Jonay que es bueno y me quiere y me ha pintado una pared, Jonay no sabe dónde voy a estar.
No lo ha sabido nunca.
Me tiene que preguntar.
Me guardo los cordones en la bolsa.
Salgo al aparcamiento. Jonay me ve, sonríe, me abre los brazos.
—Eh. No pasa nada, campeona. Es solo el primero. El sábado lo ganáis.
Me abraza.
Y yo, con la cara contra su chaqueta, con la cadena clavándoseme entre los dos, digo:
—Mañana quiero ir a la casa nueva.
—¿Mañana? ¿El domingo?
—Mañana.
Se aparta. Me mira. Sonríe, contento, sin entender nada.
—Claro. Claro que sí. Nos vemos allí.
Y me da un beso en la frente.
Y yo pienso que es el último.