29. Dácil
El martes voy a La Laguna.
No le cuento lo de Tami. No le cuento lo de la casa. Llego, me quito la cadena en el portal de siempre, cuento los dieciséis pasos hasta la aldaba con forma de mano, y cuando me abre la puerta la beso antes de que diga nada.
Ella me mira raro toda la noche.
—Estás en otro sitio —me dice en la cama, con la cabeza en mi tripa.
—Estoy aquí.
—No. Estás aquí el cuerpo. —Me pasa un dedo por el ombligo—. Lo demás no sé dónde está.
No contesto.
Ella tampoco pregunta más.
El sábado 27 de marzo jugamos en casa contra el Iruna.
Es el partido del año. El Iruna va primero en la liga, nosotras terceras. Ganaron la Copa en Valencia. Tienen a la mejor central de España, la que nombraron la mejor del torneo.
Tienen a Dácil.
El pabellón de San Benito está lleno desde una hora antes.
Seiscientas personas, y más de pie, en las escaleras.
Iballa ha puesto un cartel en la puerta del club con nuestra foto, la de Yaiza y mía, la del vídeo, con letras verdes: «¡TODOS CON EL ALISIO!
». Massimo ha mandado quitarlo. Ya da igual.
Se han hecho fotos con él cientos de personas.
En la grada hay pancartas que no había visto nunca. Chicas jóvenes, de quince, de veinte años, con caras pintadas. Una pancarta dice YALBA con un corazón. Otra, más pequeña, dice SEÑAS 💚.
Jonay está en la cuarta fila. Con Airam y el Rubio. Con la bufanda verde. Me saluda con las dos manos cuando salgo a calentar.
Le saludo.
Y al otro lado de la red, calentando con su equipo, está ella.
Es más alta de lo que recordaba. Uno noventa, por lo menos. Tiene la piel muy morena y la trenza negra le llega casi a la cintura. Remata como si estuviera enfadada con el balón. Cada golpe suena en todo el pabellón.
No mira a nuestro campo. Ni una vez.
Hasta que Yaiza sale de la boca del vestuario.
Entonces sí.
Dácil se para. Con el balón en las manos. Y la mira. Desde el otro lado de la red, a doce metros, en medio del ruido.
Yaiza no le devuelve la mirada. Se va al banquillo. Se arrodilla en el suelo, delante de mi silla, para atarme las zapatillas.
Le tiembla la mano con los cordones.
—Yaiza.
—Dame el pie, Ferrer.
Me siento. Se lo doy. Me pone la zapatilla en su muslo. Cruce a cruce, primero la izquierda, luego la derecha. Le cuesta. Se le escapa el nudo. Lo deshace, lo vuelve a hacer.
No me da los dos golpecitos en el tobillo.
Es la primera vez en seis años que no me los da.
El primer set lo perdemos 18-25.
Dácil está en todas partes. Es central, y una central tiene que ir de un lado a otro de la red para bloquear. Pero ella no va. Ella ya está. Antes de que Yaiza coloque, Dácil ya se ha movido. Al sitio exacto. Como si supiera dónde va a ir el balón antes de que Yaiza lo toque.
Y lo sabe.
Ha jugado con ella. Ha recibido sus balones durante años. Conoce sus manos, sus hombros, su manera de girar la cadera cuando va a poner atrás.
Me bloquea cuatro veces en el primer set. Cuatro. A mí, que no me bloquea nadie.
La cuarta vez, el balón me rebota en la cara y caigo de culo. El pabellón se queda en silencio. Dácil me mira desde arriba, por encima de la red. No sonríe. No dice nada.
Me levanto.
—Estoy bien —le digo a Massimo, que ya se ha puesto de pie.
En el segundo set Massimo pide tiempo muerto con 8-12.
Nos juntamos en el banquillo. Massimo dibuja en la pizarra. Habla en italiano, en español, en italiano otra vez. Dice que hay que cambiar el ritmo. Que hay que engañar. Que Yaiza tiene que poner a la otra punta, a Chus, a las centrales, a cualquiera menos a la opuesta.
—Ella lee a la colocadora —dice—. Lee a Mendoza. Leggerla, capito? Entonces Mendoza no puede ser Mendoza. Tiene que ser otra.
Yaiza asiente. Con la cara blanca.
Volvemos a la pista. Yaiza intenta ser otra. Pone rápidas por el centro. Pone a Chus. Pone a Thaís. Dácil sigue adivinando la mitad, pero la otra mitad no.
Ganamos el segundo set 25-23.
El pabellón se viene abajo. Jonay salta en la cuarta fila. Las chicas de las caras pintadas gritan «¡YAL-BA! ¡YAL-BA!» y Massimo se gira hacia la grada con una cara que da miedo.
El tercero lo perdemos. El cuarto, también.
En el último punto, Yaiza me coloca.
Por primera vez en todo el partido me pone a mí, en un momento de verdad. Alto. Por delante. A medio metro de la antena. El balón de siempre, el de los seis años, el que lleva mi nombre.
Y Dácil está ahí.
Salto. Ella salta conmigo. Nos encontramos arriba, por encima de la red, con su cara a un palmo de la mía y sus brazos delante, enormes, como una pared.
El balón me vuelve. Cae en nuestro campo. Entre Tami y yo.
Se acaba.
1-3.
En el saludo, las del Iruna pasan por debajo de la red y nosotras nos ponemos en fila. Chocamos las manos. Una, otra, otra. Bien jugado. Bien jugado. Las caras de siempre, las de los partidos de siempre.
Dácil es la última de su fila.
Llega a mí. Me coge la mano.
Y no la suelta.
Me la aprieta. Fuerte. Tira un poco de mí, hacia ella. Se inclina, como si me fuera a dar un beso de cortesía en la mejilla. Huele a sudor y a un perfume de coco.
Me habla al oído. Con la voz baja, ronca, de haber gritado en todo el partido.
—Bonita sonrisa. La del vídeo.
No digo nada.
—¿Ya te hace señas que no están en el libro? —dice. Y noto que sonríe, sin verla—. A mí también me hacía esa seña.
Me suelta.
Se aparta. Me mira a los ojos. Ya no sonríe.
Y me mira la mano. La derecha. La que tiene una marca blanca en el anular, más clara que el resto, de seis meses quitando y poniendo el anillo.
—Yo también tenía una marca ahí —dice—. Pregúntale cómo acabó.
Y se va con su equipo hacia el vestuario de visitantes, con la trenza moviéndose en la espalda.
Me quedo quieta en mitad de la pista.
Alrededor, la gente aplaude. Las chicas de la grada gritan. Jonay me llama desde la cuarta fila. Iballa hace fotos.
Y yo solo oigo una cosa.
A mí también.
Busco a Yaiza.
Está en el banquillo. De pie. Con la toalla en la mano.
Me ha visto. Ha visto a Dácil cogiéndome la mano. Ha visto a Dácil hablándome al oído.
Y se gira y se va al vestuario sin esperarme.
En el vestuario nadie habla.
Las duchas suenan igual que siempre. Las doce. Pero nadie canta. Chus no pone música. Thaís se mete debajo del agua y se queda quieta, con la frente contra los azulejos.
Yaiza se ducha la primera, en la tres, deprisa, y sale la primera.
No se agacha a deshacerme el nudo.
Me desato yo. Sola. El doble nudo no cede y tiro con las uñas hasta que se me rompen dos. Me duele.
Tami se sienta a mi lado. Con el pelo mojado. Con la toalla en los hombros.
No me pregunta qué me ha dicho Dácil. No le hace falta. Ha estado al lado en el saludo. Ha visto la cara que tenía al soltarme.
Me pone la mano en la rodilla. Un segundo.
Y se va a vestirse.
A las diez y media me escribe Yaiza.
Jonay me espera fuera, con Airam y el Rubio, para ir a cenar algo al centro. Le digo que estoy reventada, que me duele la cara del balonazo, que se vaya él con los chicos. Que yo me voy a casa.
Él me da un beso en la mejilla, en la que no está roja.
—Pobre. Vaya pared, la morena esa. —Se ríe—. Ponte hielo.
Se va con Airam.
Y yo me voy a La Laguna.
La puerta está abierta. Entornada. No hace falta tocar la aldaba.
Yaiza está en el patio. Sentada en el borde del pozo, debajo del drago. A oscuras. Solo con la luz que sale de la cocina.
Ha llovido un poco. Los helechos gotean. Huele a tierra.
Me siento a su lado. En el borde de piedra, frío.
No me mira.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta.
—Que si me hacías señas que no están en el libro.
Silencio.
—Que a ella también le hacías esa seña.
Yaiza cierra los ojos.
—¿Es verdad? —le pregunto.
No contesta.
—Yaiza. ¿Es verdad?
—Da igual —dice.
—No da igual.
—Da igual, Alba. —Abre los ojos. Mira el drago—. Da igual si era la misma o no. Lo que importa es que ella sabe lo que es. Sabe lo que significa que te haga una seña así. Sabe cómo empieza y sabe cómo acaba. Y hoy te lo ha dicho a ti. Delante de seiscientas personas. Delante de tu novio.
Se le rompe la voz.
—Y lo peor es que tiene razón.
—No tiene razón.
—Tiene razón. Hace cuatro años yo estaba aquí. En este pozo. Con otra chica que tenía un anillo y una boda. Y le decía que la quería. Y ella me decía que también. Y luego vino un chico a gritar al aparcamiento y se acabó todo. Y la que se quedó sin vestuario, sin equipo, sin comer, fui yo.
Me mira por fin.
—No voy a volver a ser la que rompe un vestuario —dice—. Ni la que rompe una boda. No puedo. No me quedan fuerzas para hacerlo otra vez.
—No tienes que romper nada. Yo…
—¿Tú qué?
Me quedo callada.
Y en el silencio, no sé por qué, lo digo. Todo. Lo que llevo nueve días sin decirle.
—Tami nos vio.
Yaiza se queda muy quieta.
—¿Qué?
—En el vestuario. El jueves 18. En la ducha. Volvió por las rodilleras y nos vio. Tú estabas de espaldas.
—¿El jueves 18?
—Sí.
—Han pasado nueve días.
—Sí.
—Y me lo has dicho ahora.
—Sí.
Se levanta del pozo. Da dos pasos por el patio. Se para.
—¿Y yo te pregunté qué pasaba? ¿Allí, en la ducha? —Se gira. Tiene la cara desencajada—. Te pregunté qué pasaba y me dijiste «nada, sigue».
No puedo mirarla.
—Me dijiste «nada, sigue» con Tami en la puerta.
—Yaiza…
—¿Qué más? —Me mira. Muy seria—. ¿Qué más no me has dicho?
Y se lo digo también. Porque ya da igual. Porque ya está todo roto.
—Jonay ha comprado un piso. Para después de la boda. Me lo enseñó el domingo. Con vistas al Auditorio.
—¿Y qué le dijiste?
—Que me gustaba.
Yaiza se ríe.
Una risa horrible. Corta. Sin ganas.
—Que te gustaba.
—Iba a decírselo. Te lo juro. Lo tenía en la boca y…
—Y le dijiste que te gustaba. —Asiente despacio—. Claro. Igual que a mí. Lo tienes todo en la boca, Alba. Lo tienes en la boca con él y lo tienes en la boca conmigo y no se lo dices a nadie. Ni a él ni a mí.
Se acerca. Se agacha delante de mí. Me coge las manos. Las dos.
Tiene las manos frías.
—Vete a casa —dice, muy bajo—. A la nueva. A la del Auditorio.
—No.
—Vete. Por favor.
—Yaiza, te quiero.
Le tiemblan las manos encima de las mías.
—Ya lo sé. —Le cae una lágrima—. Ya sé que me quieres. Te lo dije en el Teide. Que no me lo dijeras si luego no ibas a hacer nada.
Me suelta.
—Y no has hecho nada.
Se levanta. Se va hacia la puerta del zaguán. La abre. Se queda al lado, esperando.
—Desde el lunes soy tu capitana —dice—. Te ato las zapatillas. Te pongo balones. Te doy los buenos días. Como a Chus. Como a Thaís. Y ya está.
—¿Y en junio?
Se le cierra la cara.
—En junio no voy a ir. Díselo a tu madre. Dile que lo siento mucho.
Me levanto del pozo.
Paso a su lado. Muy cerca. Huele a jabón y a lluvia.
No la toco.
En el umbral me giro.
Y le hago la seña. Con la mano, delante de su cara. Dos dedos.
Yaiza no espera al puño.
Me cierra la puerta.
En casa no hay nadie. Jonay sigue cenando con los chicos.
Me siento en la cama. Me llevo la mano al cuello.
La cadena sigue ahí, desde el partido, con el anillo colgando. En casa siempre hago lo mismo: me la quito, saco el anillo, me lo pongo en el dedo y dejo la cadena en el cajón de la mesilla.
Esta noche no.
Esta noche me la dejo puesta. Compruebo el cierre por detrás, con los dedos torpes. Y me quedo así, con el anillo colgando, como en la pista.
Como el primer día. Como en septiembre, a la salida del primer entrenamiento, cuando Jonay me esperaba fuera y yo todavía no sabía nada.
El anillo se me queda frío contra el esternón.
Pesa casi nada.
Me tumbo en la cama con la ropa puesta, con la cara roja del balonazo, con las dos uñas rotas del nudo que me deshice yo sola.
Y me quedo mirando el techo.
El techo de siempre.
Debajo de la nube.