Señas (Vestuario 3) 28. La casa nueva
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28. La casa nueva

Yaiza me pone los balones donde los quiero. Tami defiende como siempre, tirándose al suelo, gritando, chocando las manos con todas. Al acabar me abraza en la pista igual que abraza a las demás. Con un golpe en la espalda. Sin mirarme más de lo normal.

Nadie diría que hace dos días estaba en la puerta de un vestuario con la mano en el picaporte.

Yaiza no sabe nada. En el banquillo, al cambiar de campo, me roza la rodilla con la rodilla. En el vestuario se agacha, me deshace el doble nudo de un tirón, me saca la zapatilla y me guiña un ojo desde abajo, como siempre.

Tami está a dos metros, atándose las zapatillas.

No levanta la vista.

El domingo por la mañana Jonay me despierta con el desayuno en la cama. Zumo de naranja, tostadas, café.

Y encima de la bandeja, al lado de la taza, una llave.

Una llave nueva, brillante, plateada. Con un llavero de plástico de una inmobiliaria.

—Sorpresa —dice.

La miro.

—¿Qué es?

Se sienta en la cama. Sonríe tanto que le salen las arrugas de los ojos.

—Es nuestra casa, Alba.

Cojo la llave. Pesa poco. Casi nada.

Y pienso que hay tres llaves de la sala de vídeo de San Benito. La de Massimo. La del conserje. Y la de la capitana.

Y que esta es la primera que me dan a mí.

El domingo a las once Jonay aparca delante de un edificio nuevo, al final de la avenida de Anaga, cerca del Auditorio.

Es blanco. Tiene doce pisos y los balcones de cristal. Abajo hay una portería con un señor mayor que lee el periódico y que le saluda por su nombre.

—Buenos días, don Jonay.

—Buenos días, Ramón.

Don Jonay. Me río sin querer. Jonay se pone rojo.

—Es que he venido unas cuantas veces —dice—. A medir.

Subimos en el ascensor. Un ascensor de verdad, con espejo y música. Él le da al nueve. Me coge la mano. Le suda.

—¿Estás nervioso?

—Un poco. —Se ríe—. Más que en la pedida.

Se abren las puertas. Un pasillo con el suelo de mármol gris. Al fondo, una puerta de madera clara con el número 9C.

Me da la llave. La que me dio en la bandeja.

—Ábrela tú.

La meto en la cerradura. Gira suave. Sin ruido.

Y la puerta se abre.

Está vacío.

Huele a pintura y a cemento nuevo. El suelo es de madera, de esa que parece madera pero no es. Las paredes, blancas. No hay nada. Ni un mueble. Ni una lámpara. Solo unos cables colgando del techo con una bombilla.

Y al fondo, de pared a pared, una ventana enorme.

Jonay me lleva de la mano hasta allí.

Y ahí está el Auditorio.

Muy cerca. Tan cerca que parece que se puede tocar.

Blanco, enorme, con esa forma rara que tiene, como una ola que se ha quedado parada justo antes de romper.

Detrás, el mar. Azul oscuro, con espuma blanca contra el rompeolas.

Y a la izquierda, el puerto. Los barcos. Los contenedores de colores. Las grúas.

—Esa es la mía —dice Jonay, señalando—. La tercera. La azul. Desde aquí la voy a ver todas las mañanas.

Me quedo mirando.

Es precioso. Es lo más bonito que he visto en Santa Cruz.

—Jonay —digo—. ¿Esto es…?

—Nuestro. —Se ríe—. Bueno. Del banco, durante treinta años. Pero nuestro.

Me lo explica todo. Rápido, nervioso, como cuando explica algo del trabajo.

Que lleva un año ahorrando sin decirme nada.

Que su madre le ha prestado lo que tenía guardado para cuando se casara su hijo.

Que firmó la reserva en diciembre, cuando yo estaba en Corralejo.

Que el día que me esperó en Los Rodeos con flores ya lo tenía firmado.

Con flores y con esto guardado.

—Quería que fuera una sorpresa —dice—. Para después de la boda. Pero ya no podía más. Llevo tres meses que se me escapa.

Me enseña la casa.

Habitación por habitación. La cocina, abierta al salón, con una isla en el centro. El baño grande, con una bañera. El baño pequeño. El dormitorio, también con ventana al mar.

Y una habitación más. Pequeña. Al lado del dormitorio.

—Esta, de momento, para tus cosas —dice—. Tus trofeos, tus fotos, tus medallas. —Se apoya en el marco de la puerta—. Y luego, algún día… ya veremos.

No dice la palabra. No hace falta.

Ha pintado una pared de verde. Él solo. Se nota porque está un poco desigual en una esquina. Verde clarito, como el verde del Alisio.

—Esta la he pintado yo —dice—. Para probar el color. Si no te gusta, la cambio.

Me tengo que apoyar en la pared.

En la verde.

Jonay ha traído dos sillas plegables, de las de playa. Una botella de cava. Dos copas de plástico. Lo saca todo de una bolsa que ha dejado escondida en el baño pequeño.

Pone las sillas delante de la ventana. Abre el cava. Se le sale la espuma y se le moja la manga y se ríe.

Nos sentamos. Mirando el Auditorio.

Brindamos.

—Por nuestra casa —dice.

—Por nuestra casa.

El cava está caliente. Me lo bebo entero.

Jonay saca del bolsillo un papel doblado. Lo despliega encima de las rodillas. Es un plano. Hecho a mano, con regla, con su letra de ingeniero, pequeña y recta. El piso entero visto desde arriba, con los muebles dibujados. El sofá. La mesa. La cama.

—Mira. El balcón mide cuatro metros. Caben cuatro sillas. Y la planta. —Me señala un círculo pequeño, en una esquina—. Esta es la planta. La de casa. Si llega viva.

Me río.

Y luego no me río.

Lo miro. Mirando su plano. Con la manga mojada de cava. Con el pelo un poco largo, que no se ha cortado porque dice que se lo corta en mayo para que esté bien en las fotos.

Y pienso: ahora.

Díselo ahora. Aquí. Antes de que dibuje algo más. Antes de que pinte otra pared.

Dejo la copa en el suelo.

—Jonay.

—Dime.

—Tengo que decirte una cosa.

Levanta la vista del plano. Me mira.

Tiene los ojos marrones. Normales. Buenos. Los ojos de alguien que no ha mentido nunca en su vida, porque no sabe, porque se le nota todo en la cara.

—Yo también te tengo que decir una cosa —dice—. Déjame a mí primero, que si no se me olvida.

Dobla el plano. Se lo guarda.

—Lo del vídeo —dice—. El del club. Lo de las chicas de internet.

Se me para el corazón.

—Me reí mucho. Ya lo viste. —Se rasca la nuca—. Pero luego, por la noche, cuando te fuiste a dormir, lo volví a ver. Yo solo. Y no me reí.

No puedo respirar.

—Me dio un poco de celos —dice. Y se pone rojo—. Ya sé que es una tontería. Ya sé que es tu capitana, y que es una chica, y que a ella le gustan las chicas pero que tú no… Ya lo sé. No es eso. Es que me di cuenta de que yo nunca te he visto sonreír así. Así, como en el vídeo. Nunca. En tres años.

Mira por la ventana. Al Auditorio.

—Y pensé: quiero que sonría así conmigo. Quiero hacer las cosas para que sonría así. —Se encoge de hombros—. Por eso no aguantaba más con lo de la casa. Para ver si sonreías.

Se gira hacia mí.

—¿Has sonreído?

No sé qué cara tengo.

No sé qué cara se me ha puesto.

—Ahora tú —dice—. ¿Qué me tenías que decir?

Tengo la frase. La tengo entera. Desde el banco de la plaza de España. Desde el chat que borré.

Jonay, me he enamorado de otra persona.

Siete palabras.

Abro la boca.

Y veo la pared verde, al fondo del pasillo, desigual en una esquina.

—Que me gusta mucho —digo—. La casa. Que me gusta mucho.

Y Jonay sonríe. Con toda la cara. Con las arrugas de los ojos.

—¿Sí?

—Sí.

—¡Lo sabía! —Me abraza. Encima de la silla de playa, que se tambalea—. ¡Lo sabía!

Me abraza muy fuerte.

Y yo miro por encima de su hombro, por la ventana, al Auditorio blanco, a la ola parada que no termina de romper nunca.

Esa noche, en la calle Castillo, me meto en la cama antes que él.

Le oigo en el baño. Lavándose los dientes. Tarareando.

Tengo el corazón en la garganta.

No sé lo que voy a hacer. No lo he decidido. Solo sé que tengo que hacer algo, que no puedo seguir así, en medio, con una llave en la mesilla y una cadena en el cajón.

Pienso: a lo mejor es eso. A lo mejor es que nunca se lo he pedido. A lo mejor es que yo tampoco le he dado nunca la oportunidad.

A lo mejor si se lo pido, puede.

Jonay entra. Apaga la luz grande. Deja la pequeña, la de su mesilla. Se mete en la cama. Me da un beso en el hombro.

—Buenas noches, guapa.

Me giro hacia él.

Le beso. Fuerte. Con la boca abierta. Él se sorprende y luego se ríe contra mi boca y me devuelve el beso.

—Vaya —dice—. Hola.

Me quito la camiseta. Él me mira. Me besa el cuello. Los pechos. Primero el izquierdo.

Siempre el izquierdo.

—Jonay.

—¿Mm?

—Cógeme fuerte.

Se para. Levanta la cabeza.

—¿Qué?

—Que me cojas fuerte. —Me arde la cara—. Que no tengas cuidado. Que no me preguntes.

Me mira un momento. Desconcertado. Y luego asiente, despacio, muy serio, como cuando le explican una cosa nueva en el trabajo.

—Vale —dice—. Vale.

Me agarra de las caderas. Más fuerte que nunca. Me da la vuelta, un poco torpe, y se pone encima. Me sujeta las muñecas contra la almohada.

Las muñecas.

Me quedo quieta.

—¿Así? —pregunta.

—Sí.

Me besa. Más fuerte. Me muerde un poco el labio. Muy poco. Como si tuviera miedo de hacerme sangre.

—Dime cosas —le digo.

—¿Qué cosas?

—Cosas. Lo que quieras. Lo que pienses.

Se queda callado. Le noto pensar. Le noto buscar.

—Eres… —dice—. Eres preciosa.

—No. Otras cosas.

—¿Como qué?

No se lo puedo decir. No le puedo decir: dime lo mojada que estoy, dime lo que me vas a hacer, dime mi apellido. No le puedo dar las frases de otra.

—Lo que te dé la gana —digo.

Lo intenta. De verdad que lo intenta.

—Te voy a… —dice. Y se para—. Te… Me pones mucho. Me pones muchísimo, Alba.

Se le escapa una risa nerviosa. Se tapa la cara con la mano.

—Perdona. Qué vergüenza. No sé hacer esto.

—No pasa nada.

—Espera. Espera, que lo intento otra vez.

Entra en mí. Más fuerte que otras veces. Se mueve deprisa. Me aprieta las muñecas. Respira fuerte contra mi cuello.

Y dice:

—¿Así está bien? ¿Así te gusta?

Y luego:

—¿No te hago daño?

Y luego se para.

Del todo.

Se queda quieto, encima de mí, dentro de mí, con las manos todavía en mis muñecas pero sin apretar. Me mira.

—Alba —dice—. ¿Estás bien?

Estoy llorando.

No me he dado cuenta. No sé cuándo he empezado. Pero estoy llorando sin ruido, con las lágrimas bajándome hacia las orejas, igual que a ella en el Teide.

—Eh. Eh, eh. —Me suelta las muñecas. Sale de mí. Me coge la cara con las dos manos—. ¿Te he hecho daño? Dime. ¿Te he hecho daño?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Lo siento. Lo siento mucho. No sé… —Me abraza. Me aprieta contra él—. No sé hacerlo así. Lo siento, mi amor. Ya aprenderé. Te lo prometo. Ya aprenderé.

Ya aprenderé.

Me abraza toda la noche.

Me pasa la mano por el pelo. Me besa la frente. Me dice que no pasa nada. Que es normal. Que son los nervios de la boda, que su madre dice que a todas las novias les pasa, que su prima Nayra se pasó un mes llorando antes de casarse y ahora tiene dos niños y es la mujer más feliz de Tenerife.

—Son los nervios —repite—. Y la casa, que ha sido mucho de golpe. Y yo, que soy un bruto. Mañana me voy a buscar en internet cómo se hace eso.

Se ríe un poco. Para que me ría yo.

No me río.

Se duerme a las dos. No en tres minutos. Tarda mucho. Le oigo respirar despierto, a mi lado, mucho rato. Pensando.

Yo no me duermo.

Ha sido peor.

Mucho peor que si no lo hubiera intentado. Mucho peor que lo de siempre, que pregunta y pide permiso y empieza por el izquierdo.

Porque lo ha intentado.

Porque me ha pedido perdón a mí.

Porque mañana va a buscar en internet cómo se coge fuerte a una mujer, para hacerme feliz, para que sonría como en un vídeo que no es suyo.

En la mesilla está la llave nueva. Con el llavero de la inmobiliaria.

Y al lado, el anillo, que me he quitado antes de acostarme sin saber por qué.

Dos cosas pequeñas.

Las dos pesan casi nada.

Y no puedo con ninguna.