Señas (Vestuario 3) 27. Tami #2
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27. Tami #2

Llego a casa a las once menos diez. Jonay está en la cocina, haciendo una tortilla, con un delantal de rayas.

—¡Tarde! —dice—. ¿Mucho hombro?

—Mucho.

—Pobre. —Le da la vuelta a la tortilla con el plato, sin que se le caiga nada, y se pone tan contento—. ¡Mira eso! ¡Perfecta! —Me la enseña—. Siéntate, que te la sirvo.

Me siento.

Me sirve la tortilla. Un vaso de vino. Pan.

Se sienta enfrente. Me mira comer. Sonríe.

—Oye —dice—. El domingo te tengo que enseñar una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una sorpresa. —Se ríe—. No te digo más. Pero ponte guapa.

Me como la tortilla.

Está buenísima.

No me pasa por la garganta.

Esa noche no duermo.

Miro el móvil cada media hora. A las doce. A la una. A las tres. Nada de Tami. Nada de nadie.

Jonay ronca bajito, de lado, con una mano en mi cadera.

A las cuatro me levanto y voy al salón. Me siento en el sofá a oscuras. Con la cadena en el puño.

Pienso en lo que dijo Yaiza en Corralejo. Tami lo sabe todo y luego lo cuenta para protegerte.

No sé a quién va a proteger esta vez.

A las siete y media se va Jonay al puerto. Me da un beso en la frente. Cree que estoy dormida.

A las ocho menos cinco me vibra el móvil.

Tami.

«Estoy abajo».

Bajo en chándal. Sin peinar. Con las zapatillas sin atar.

Está en la acera de la calle Castillo, apoyada en la pared, con dos cafés de máquina en las manos. Con la sudadera del Alisio y el pelo recogido de cualquier manera. Tiene ojeras. Ella tampoco ha dormido.

Me da un café.

—Vamos a andar —dice.

Andamos.

Bajamos por la calle Castillo, que a esa hora está vacía, con los cierres de las tiendas todavía echados. Cruzamos la plaza de la Candelaria. Bajamos hasta la plaza de España, hasta el lago ese que no es un lago, que es un charco enorme, plano, donde se refleja el cielo.

Hoy no hay panza de burro. Hoy hace sol. Un sol de marzo, limpio, que lo pone todo brillante.

Tami no dice nada en todo el camino. Tami, que no se calla nunca.

Nos sentamos en un banco, delante del agua. Con los cafés. Con el Cabildo detrás y el puerto delante, con las grúas. Las grúas de Jonay.

Tami se bebe medio café de un trago.

—Me dejé las rodilleras —dice—. En el radiador. Para que se secaran. Me acordé en el coche y volví.

—Ya.

—Volví por unas rodilleras, Alba.

—Ya lo sé.

Se queda mirando el agua.

—Ella no me vio, ¿verdad?

—No.

—¿Se lo has dicho?

Bajo la vista.

—No.

Tami asiente despacio. Como si ya lo supiera.

—Claro que no.

Pasa una gaviota. Se posa en el borde del agua. Se va.

—¿Sabes lo que pasó después? —dice—. Con Dácil. No lo que pasó con ellas. Lo que pasó con el resto.

No contesto.

—Ayoze vino al aparcamiento a gritar. Eso lo sabes, eso lo viste. Lo que no sabes es lo de después. —Le da vueltas al vaso—. Cuando se supo, todas se pusieron a hacer cuentas. Quién lo sabía. Desde cuándo. Quién había mentido. Y salió que yo lo sabía. Que lo sabía desde Lanzarote. Casi un año.

Se ríe sin ganas.

—Chus no me habló en cuatro meses. Cuatro meses, Alba.

En el vestuario, en los viajes, en las comidas.

Me decía «hola» y «adiós». Las que eran amigas de Dácil me dejaron de hablar porque no las avisé.

Las que eran amigas de Yaiza, porque no la frené.

Y yo no había hecho nada. Solo había abierto una puerta sin llamar.

—Tú no tuviste la culpa.

—Ya lo sé que no tuve la culpa. Pero lo sabía. Y en un vestuario es lo mismo.

Se termina el café. Aplasta el vaso con la mano.

—Tú no te enteraste porque llevabas dos años. Te pasabas el día con los cascos y hablando con Valencia por teléfono. Viste que perdíamos y que nadie se hablaba, y ya está. Pero yo estaba en medio. Y Yaiza…

Para.

—Yaiza dejó de comer. Eso tampoco lo sabes. Yo la llevaba a su casa después de los entrenamientos porque no podía ni conducir. Perdió siete kilos. Su madre me llamaba a mí desde Tacoronte para preguntarme cómo estaba, porque a ella no le cogía el teléfono.

Me tiemblan las manos. El café se me mueve dentro del vaso.

—No lo sabía.

—Ya. Nadie lo sabe. Por eso te lo cuento.

Me mira. Por primera vez desde que hemos bajado a la calle, me mira de frente.

—El sábado por la noche Jonay me escribió por Instagram.

Se me para todo.

—A las once. Que muchas gracias por lo del viernes. Que si ya estaba mejor de lo del chico. Que eres la mejor amiga del mundo, que te pasaste la noche conmigo. Y que pasáramos buena noche en el cumpleaños de Thaís.

Me mira.

—Thaís cumple en noviembre, Alba. Lo celebramos en Las Teresitas, con una tarta que se derritió. Estabas tú.

No puedo hablar.

—Y yo le dije que sí —sigue, y le tiembla la voz—. Que ya estaba mejor. Que gracias. Con un corazón. Le puse un corazón, Alba. Al hombre con el que te vas a casar. Y no sé por qué lo hice. Lo hice sin pensar. Porque eres mi amiga. Porque te quiero. Porque soy imbécil.

Me tapo la cara con las manos.

—Y luego me fui a la cama y me acordé de Lanzarote. Y me di cuenta de que ya estoy otra vez. Que ya soy otra vez la que lo sabía.

Se levanta. Se queda de pie delante de mí, con el vaso aplastado en la mano.

—Así que te lo voy a decir una vez. Igual que en Valencia. Una vez y no te lo vuelvo a decir.

Respira.

—O se lo dices tú a Jonay, o esto lo rompe todo otra vez. Como con Dácil. Te rompe a ti. La rompe a ella. Y nos rompe a todas, a dos meses de la final.

—No puedo.

—Sí puedes. Lo que no quieres.

—Tami, no es tan fácil.

—Ya sé que no es fácil. —Se le escapa una lágrima.

Se la quita con la manga, con rabia—. Nada de esto es fácil.

Pero se va a saber. ¿Me oyes? Se va a saber.

Lo ha visto medio mundo en un vídeo. Lo ha visto Dácil.

Lo he visto yo, con estos ojos, ayer, en la ducha once.

Estas cosas no se quedan dentro. Nunca. Y cuando salgan, es mejor que salgan de tu boca que de un aparcamiento.

Se sienta otra vez. A mi lado. Pegada.

—Yo no se lo voy a decir —dice, más bajo—. No soy así. Ni a él ni a nadie. Pero tampoco voy a mentir más. Si me vuelve a escribir, no le contesto. Y si me pregunta a la cara, no sé lo que le diré. Eso no te lo puedo prometer.

Asiento.

Nos quedamos mirando el agua.

Un niño pequeño corre por el borde. Su madre le grita. El niño mete el pie y se ríe.

—¿La quieres? —me pregunta Tami.

No lo pienso.

—Sí.

Tami cierra los ojos.

—Pues entonces es peor —dice.

—¿Por qué?

—Porque si no la quisieras, se te pasaría.

Un desliz. Una tontería de concentración.

Se lo cuentas a Jonay o no se lo cuentas, os peleáis, os perdonáis, os casáis.

Pasa todos los días. —Abre los ojos—. Pero si la quieres, no se te pasa.

Y él va a vivir el resto de su vida con una mujer que quiere a otra.

Y ella va a ir a tu boda. Porque tu madre la ha invitado.

No digo nada.

—¿Y a él? —pregunta—. ¿A Jonay lo quieres?

Miro las grúas. Al fondo, en el puerto. Una se mueve, despacio, levantando un contenedor rojo. A lo mejor es la suya.

Lo quiero. Lo quiero como se quiere una casa en la que has vivido mucho tiempo. Lo quiero como se quiere a alguien que hace tortillas perfectas y se pone contento como un niño.

Pero no es eso lo que me pregunta.

—No lo sé —digo.

Tami me coge la mano. Me la aprieta. Como en el avión, volviendo de Corralejo.

—Pues averígualo —dice—. Pero rápido. Que en junio ya no vale.

Se levanta. Tira el vaso a una papelera.

—Y otra cosa.

—Qué.

—Díselo a ella. Que os vi. —Me mira—. Que no se entere por mí. Que yo ya fui una vez la que entró sin llamar. No quiero serlo dos veces.

Se va hacia la parada del tranvía.

A mitad de camino se gira.

—El sábado juegas bien, Ferrer —grita—. Que si no, Massimo nos mata a todas.

Y se ríe. Un poco. Por primera vez en toda la mañana.

Me quedo en el banco hasta las diez.

Viendo a la gente pasar. Oficinistas con corbata. Turistas con mapas. Una mujer mayor con un carrito de la compra. Gente con vidas normales, que se levantan, trabajan, vuelven a casa, cenan con quien quieren cenar.

Saco el móvil. Abro el chat de Jonay.

El último mensaje es suyo. De las ocho y diez: «Que tengas buen día, guapa. Acuérdate del domingo 😘».

Escribo: «Jonay, tenemos que hablar».

Me quedo mirándolo.

Es una frase de película. Es la frase que dice todo el mundo antes de romper. Si se la mando, a las diez de la mañana de un viernes, a un hombre que está subido a una grúa, se va a pasar el día entero con el estómago en la boca.

Lo borro.

Abro el chat de Yaiza.

Escribo: «Tami nos vio ayer».

Lo miro mucho rato.

Pienso en siete kilos. En una madre que llama a la líbero porque su hija no le coge el teléfono.

Pienso en el Teide. En dos lágrimas cayendo hacia las orejas.

Lo borro también.

Me guardo el móvil en el bolsillo del chándal.

Hay dos personas a las que tengo que decirles la verdad.

Y no se la digo a ninguna.