Señas (Vestuario 3) 27. Tami
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27. Tami

El lunes, en el entrenamiento, Yaiza me pone el primer balón donde lo quiero.

No correcta. No a la de todas. A la mía.

Alto, un poco por delante, a medio metro de la antena, en el sitio exacto donde llego con el brazo estirado y la muñeca suelta.

Lo remato sin pensar. Bota en la línea de fondo, en el campo de las del filial, y se va contra la pared haciendo un ruido de disparo.

Massimo levanta la vista de la pizarra.

—Ecco —dice. Solo eso.

Y vuelve a la pizarra.

Me giro. Yaiza ya está mirando a otro lado, colocándose la rodillera, como si no hubiera hecho nada. Pero al pasar a mi lado, de camino a su posición, me roza los dedos con los dedos. Un segundo. Delante de todas.

Te quiero, dijo. En un Polo rojo, a dos mil metros.

Y yo le dije que también.

Ninguna de las dos lo ha vuelto a decir. No hace falta. Está en el balón. En cada balón que me pone durante dos horas, alto, por delante, a medio metro de la antena. Como si me lo estuviera diciendo otra vez, cada vez, con las manos.

Tami me da un golpe en el culo al acabar.

—Mira quién ha vuelto —dice.

No sé si habla de mí o de Yaiza.

No le pregunto.

El jueves 18 de marzo entrenamos de siete a nueve y media. Es el último entrenamiento de la semana con balón. El viernes solo hay gimnasio y el sábado jugamos en casa contra el Guadalete.

Cuando suena el silbato final estoy reventada. Tengo el hombro derecho caliente, como en noviembre. Me lo toco al ir hacia el vestuario y Yaiza lo ve.

—Ferrer —dice delante de todas—. Quédate después, que te miro ese hombro.

—Vale.

Nadie dice nada. La capitana mirando el hombro de la opuesta. Lo ha hecho cien veces en seis años.

En el vestuario hay el ruido de siempre.

Las doce duchas abiertas a la vez. El vapor.

Chus con el secador y una canción de Juan Luis Guerra en el móvil.

Thaís buscando una chancla. Las del filial hablando de un chico que ha visto Nerea en la avenida de la Trinidad.

Tami cantando encima de todo, desafinando a propósito.

Yo me quedo sentada en el banco con la bolsa de hielo en el hombro. Sin ducharme. Esperando.

Yaiza tampoco se ducha. Está en su taquilla, ordenando cosas que no hace falta ordenar. Doblando una camiseta. Desdoblándola.

Se van yendo.

Thaís la primera, que ha quedado con su novio. Luego las del filial, en grupo, como siempre, con las bolsas chocando. Luego Chus, que tiene que recoger a los niños en casa de su suegra. Se despide desde la puerta, con el pelo a medio secar.

—No cerréis muy tarde, que el conserje se queja.

—Tranquila —dice Yaiza—. Tengo la llave.

Tami es la última. Se pone las zapatillas sentada en el suelo, con el móvil en la boca, como un perro con un hueso. Se levanta. Se cuelga la bolsa.

Me mira a mí. Mira a Yaiza.

—¿Os llevo a alguna?

—Tengo el coche —digo.

—Y yo —dice Yaiza.

—Vale. —Tami se queda un segundo en la puerta—. Pues hasta el sábado, chicas.

—Hasta el sábado.

Y se va.

Se oye la puerta del vestuario. Se oyen sus zapatillas alejándose por el pasillo de cemento. Luego la puerta grande del pabellón, la que da al aparcamiento, que pesa mucho y se cierra sola con un golpe.

Luego nada.

Solo el goteo de las duchas.

Yaiza no se mueve. Sigue de espaldas, en su taquilla.

—Doce duchas —dice al fin.

—¿Qué?

—Hay doce duchas. —Cierra la taquilla. Se gira—. Seis años duchándome a tu lado. A una ducha de ti. Seis años sin mirar.

Se quita la camiseta.

—¿Sabes lo difícil que es no mirar?

Me quito la bolsa de hielo del hombro. La dejo en el banco.

—Sí —digo.

Se quita el pantalón. La ropa interior. Se queda desnuda en medio del vestuario, con la luz blanca de los fluorescentes, con el drago en la cadera. Y se va hacia las duchas sin decir nada más.

Abre la del fondo. La última. La doce.

La sigo.

Abro la once.

El agua sale fría y luego caliente. Me pongo debajo. Cierro los ojos.

—No —dice ella—. Ábrelos.

Los abro.

Está a un metro. Debajo de su ducha. Con el agua cayéndole por la cara, por el cuello, por los pechos. Con los rizos aplastados contra la frente. Mirándome.

—Ahora dúchate —dice—. Como siempre. Como si no estuviera.

Y yo me ducho.

Es lo más difícil que he hecho en mi vida. Me echo el champú. Me lo extiendo. Me lo aclaro. Me echo gel en las manos y me lo paso por los brazos, por el pecho, por la tripa. Despacio. Con ella mirando. Sin tocarme. A un metro.

Ella hace lo mismo. Se enjabona mirándome. Las manos por los pechos. Por la tripa. Por el drago. Más abajo.

Y se para ahí.

—Seis años —dice— viendo cómo te enjabonas las piernas. Siempre empiezas por la izquierda. Siempre. ¿Lo sabías?

No lo sabía.

Me agacho. Me enjabono la pierna izquierda.

Ella se ríe. Bajito. Debajo del agua.

—Ferrer.

—Qué.

—Ya no puedo más.

Cruza.

Un paso. Del agua de la doce al agua de la once. Y ya está debajo de mi ducha, conmigo, con el cuerpo entero contra el mío y el agua cayéndonos a las dos.

Me besa.

Me besa con la boca llena de agua. Me empuja contra los azulejos, que están fríos, y doy un respingo, y ella me sujeta por las caderas y no me deja apartarme del frío.

—Quieta.

Me chupa los pezones, primero uno y luego el otro, con el agua cayendo. Me besa el cuello. Los hombros. El derecho, el que me duele. Lo besa despacio, por donde me puso el árnica en noviembre, en otro vestuario, en otra ciudad, cuando todavía no había pasado nada.

Y luego se arrodilla.

En el suelo de la ducha. En los azulejos blancos, con el agua corriendo hacia el sumidero. Me coge la pierna izquierda, la que me acabo de enjabonar, y se la pone en el hombro.

Me tengo que agarrar al grifo.

Delante de mí, al otro lado del vestuario, encima de los lavabos, hay un espejo largo. Está empañado entero, menos una franja de abajo, por donde no llega el vapor. Y en esa franja se ve un trozo de nosotras: mis piernas, una en el suelo y otra en un hombro moreno, y unos rizos negros, y el agua.

Y detrás, la puerta del vestuario.

Abierta.

No la hemos cerrado. Nunca se cierra. Si cierras, es raro.

—Mírame —dice Yaiza desde abajo.

La miro.

Y me pone la boca.

No hay nada elegante. No después de una semana. No después del Teide. Me lame entera, de abajo arriba, despacio, y luego deprisa, y luego me chupa donde más me duele de las ganas, y me tengo que tapar la boca con la mano porque el vestuario tiene eco y el pasillo también.

—No te tapes —dice. Me aparta la mano—. Aquí no hay nadie. Quiero oírte. Seis años oyéndote cantar en la ducha, desafinando más que Tami. Ahora quiero oír esto.

—Yaiza.

—Dilo más alto.

—Yaiza.

—Así.

—Te voy a follar aquí, en la once —dice. Y me mete dos dedos. Sin avisar. Hasta el fondo. Y se me escapa un ruido que rebota en los azulejos, en las doce duchas, en las taquillas, en el techo. Un ruido que no es mío.

—Cómo te pones —dice contra mí—. Cómo te pones, Ferrer. Toda la semana poniéndote balones y tú así. Toda la semana empapada en la pista. ¿A que sí? ¿A que estabas así en la pista?

—Sí.

—Dímelo.

—Estaba así.

—Lo sabía. Te lo noto en el salto. Saltas distinto cuando estás mojada.

No sé si es verdad. Me da igual. Me lo dice con la boca pegada y los dedos dentro, curvándolos, buscando el sitio, y lo encuentra, siempre lo encuentra, como encuentra dónde voy a estar antes de que yo lo sepa.

Me agarro al grifo con una mano y a sus rizos con la otra.

—No pares.

—No paro.

—No pares nunca.

Estoy cerca. Muy cerca. Se me doblan las rodillas. La pierna del suelo me tiembla y la del hombro se me pone rígida. Echo la cabeza hacia atrás, contra los azulejos, y luego hacia delante.

Y la veo.

En la franja del espejo. En la parte de abajo, la que no está empañada.

Unas zapatillas blancas. Unas piernas cortas. Una bolsa del Alisio colgando de un hombro.

En la puerta.

Levanto los ojos. El espejo está empañado más arriba, pero no hace falta. Miro por encima de los rizos de Yaiza, directamente a la puerta.

Tami.

Está ahí. Quieta. Con la mano todavía en el picaporte. Con la boca un poco abierta.

Nos miramos.

No sé cuánto tiempo. Un segundo. Dos. Toda la vida.

No hay rabia en su cara. No hay asco. No hay nada que yo sepa leer. Solo una cosa que he visto una vez, en una terraza, removiendo un barraquito sin bebérselo.

Yaiza no la ve. Está de espaldas a la puerta, de rodillas, con los ojos cerrados, con la boca en mí y el agua cayéndole en la nuca. El agua hace ruido. No ha oído nada.

Tami baja los ojos.

Da un paso atrás.

Y se va. Sin hacer ruido. Sin cerrar la puerta. Como si no hubiera estado nunca.

Yaiza nota que me he quedado quieta.

Levanta la cara. Me mira desde abajo, con el pelo empapado, con la boca brillando.

—¿Qué pasa?

Tengo la frase entera en la boca: está Tami. Ha estado Tami. Nos ha visto.

Pienso en la terraza. En la habitación de Lanzarote, hace cuatro años. En una puerta que se abre sin llamar. En una chica que no fue ella durante un año entero.

—Nada —digo—. Sigue.

Y ella sigue.

Y yo me corro mirando una puerta vacía.

Me corro fuerte, con la pierna en su hombro y la mano en su pelo, sin taparme la boca, como me ha pedido. Y el ruido rebota en las doce duchas y sale al pasillo, al pasillo vacío, por donde hace un minuto se ha ido Tami.

Yaiza se levanta. Me besa. Sabe a mí y a agua.

—Mi niña —me dice—. Mira lo que haces conmigo.

La abrazo. Muy fuerte. Con la cara en su cuello, para que no me vea la mía.

Es la segunda mentira que le digo.

La primera fue en Valencia: que no sabía por qué lloraba.

Esta es peor.

Fuera, en el aparcamiento, no está el coche de Tami.

Yaiza cierra el pabellón con su llave. Comprueba la puerta dos veces, como siempre. Me da un beso rápido al lado de mi coche, con la capucha puesta, mirando a los lados.

—El martes —dice.

—El martes.

Se va.

Yo me quedo dentro del coche, con las manos en el volante, sin arrancar.

Saco el móvil. Abro el chat de Tami.

El último mensaje es suyo. Del domingo. Un vídeo de un gato tirándose a una piscina con tres emojis llorando de risa.

Escribo: «Tami».

Lo borro.

Escribo: «Lo que has visto».

Lo borro.

Escribo: «Por favor».

Lo borro también.

No le escribo nada.

Tami tampoco.