Señas (Vestuario 3) 26. El Teide
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26. El Teide

No me ha dicho adónde vamos. Solo me ha escrito por la tarde: «A las nueve. Abrígate. Mucho».

A Jonay le he dicho que es el cumpleaños de Thaís. Que lo celebra en una casa rural en el norte. Que a lo mejor me quedo a dormir allí, porque es lejos y se bebe. Ya no me tiembla la voz cuando miento. Eso es lo que más miedo me da: que ya no me tiembla.

Bajo con un abrigo, una bufanda, un gorro de lana que tengo desde Valencia y que no me he puesto nunca aquí. Yaiza me mira desde el coche y se ríe.

—Pareces un esquimal.

—Me has dicho que me abrigue.

—Mucho, he dicho. No que te disfraces.

Me subo. Dentro huele a coco y a neopreno, porque la tabla de surf está en la baca y el traje en el asiento de atrás. Hay una manta doblada, un termo, una bolsa de plástico con algo dentro.

—¿Adónde vamos?

—Arriba.

Y arranca.

* * *

Subimos por La Laguna, por la carretera de La Esperanza. Una carretera estrecha, con curvas, que se mete en el bosque. Un pinar enorme, oscuro, con los troncos rectos y altos, y la niebla metida entre ellos como algodón. Los faros del coche la iluminan y la niebla parece que se mueve, que respira.

No hay nadie. Ni un coche. Solo nosotras y los pinos y la niebla.

Yaiza conduce despacio. Con una mano. La otra la tiene en mi rodilla.

Como Jonay. Igual que Jonay.

Y no es igual. No se parece en nada.

Subimos. Y seguimos subiendo. Me duelen los oídos. La niebla se vuelve más espesa, más blanca, más fría. Yaiza enciende la calefacción.

Y de repente, en una curva, se acaba.

Salimos de la nube.

Así. De golpe. Como si alguien hubiera abierto una puerta. La niebla se queda debajo, y nosotras encima, y el cielo está negro, limpio, enorme, lleno de estrellas.

Yaiza para el coche en el arcén.

—Mira atrás.

Me giro.

Y no me lo creo.

Debajo de nosotras está la nube. La panza de burro. Pero desde arriba. Como un mar. Un mar blanco, plano, iluminado por la luna, que llega hasta el horizonte. Y en el horizonte, saliendo del mar de nubes como una isla, una montaña negra.

—Gran Canaria —dice Yaiza—. Desde aquí se ve encima de la nube. Como si flotara.

Me quedo mirando mucho rato.

Seis años viviendo debajo de esa nube. Seis años pensando que era un techo. Que era gris, que era triste, que era una tapa.

Y desde arriba es lo más bonito que he visto en mi vida.

—Mi abuela me traía aquí de pequeña —dice Yaiza—. Cuando estaba triste. Decía que siempre hay un sitio por encima de la nube. Que solo hay que subir lo bastante.

Arranca otra vez.

Y seguimos subiendo.

* * *

Las Cañadas del Teide son otro planeta.

No hay árboles. No hay plantas, casi. Hay piedra.

Piedra negra, roja, marrón, amarilla, en coladas de lava retorcida que parecen ríos congelados.

Hay montañas raras, peladas, con formas que no parecen de verdad.

Y en el centro de todo, enorme, el Teide.

Negro contra el cielo, con la punta blanca de nieve, brillando con la luna.

Hace un frío que corta. Lo veo en el termómetro del coche: dos grados.

Yaiza sale de la carretera por un camino de tierra. Lo conoce. Se nota que lo conoce. Lo sigue a oscuras, sin dudar, entre piedras, hasta que para detrás de una roca enorme, una roca del tamaño de una casa, donde no llega la luz de la carretera.

Apaga el motor.

Apaga los faros.

Y todo se queda negro.

* * *

No veo nada. Durante unos segundos no veo nada. Ni mis manos.

Y luego, poco a poco, los ojos se acostumbran.

Y aparecen.

Las estrellas.

No como en Corralejo. No como en Lobos. Más. Muchas más. Millones. Tantas que no hay hueco negro entre ellas. Tantas que el cielo parece blanco de tantas que hay. Y cruzando de un lado a otro, como una mancha de leche, la Vía Láctea.

Yaiza abre su ventanilla. Entra el frío. Un frío seco, limpio, que me corta la cara.

—Es el cielo más oscuro de Europa —dice—. Por eso hay telescopios aquí. Mira. Ahí.

Señala con el dedo, por la ventanilla. Unas luces muy pequeñas, rojas, en una montaña lejana. Las cúpulas blancas de un observatorio.

—Desde aquí ven galaxias que están a millones de años —dice—. Luz que salió de allí antes de que existieran las personas.

Me quedo mirando el cielo.

Y por primera vez en meses me siento pequeña. Pequeña de verdad. Con todo lo mío, con la boda y Jonay y el vídeo y las mentiras y mi madre llorando en una tienda de la calle Colón. Todo eso, aquí arriba, debajo de este cielo, es nada. Es una mota de polvo.

Y es raro. Porque debería darme miedo.

Y lo que me da es paz.

* * *

Yaiza abre el termo. Es chocolate caliente. Sirve dos vasos de plástico. Saca de la bolsa unos bizcochos de su abuela, de una receta que tiene apuntada en un cuaderno.

Nos los comemos en los asientos de delante, con los abrigos puestos, mirando las estrellas por el parabrisas.

No hablamos.

No hace falta.

Cuando terminamos, me coge la mano.

—Ven atrás.

Pasamos al asiento de atrás. Por entre los dos de delante, torpes, chocando con todo, riéndonos. Yaiza aparta el neopreno, lo tira al maletero. Extiende la manta.

El asiento de atrás de un Polo viejo es pequeño. Muy pequeño. Para dos jugadoras de voleibol es ridículo.

No importa.

Me besa. Con el sabor del chocolate en la boca. Dulce. Caliente.

Y me quita el gorro de lana.

—Ahora sí —dice—. Ahora ya no pareces un esquimal.

* * *

Hace frío. Mucho frío. Así que no nos quitamos los abrigos.

Nos quitamos todo lo de debajo.

Es una tontería, y es lo más excitante del mundo. Con los abrigos puestos, abiertos, y nada debajo. Ella me abre el mío y me mete las manos dentro, contra la piel desnuda, y tiene las manos heladas, y doy un grito, y se ríe, y me las pone en los pechos.

—Están frías.

—Ya lo sé. Caliéntamelas.

Y se me ponen los pezones duros. No sé si del frío o de ella.

Los cristales se empañan. En dos minutos. Ya no se ven las estrellas. Solo una luz blanca, borrosa, a través del vaho.

Yaiza escribe algo en el cristal empañado con el dedo. No lo veo bien. Una forma. Dos rayas y un círculo.

Dos dedos. El puño.

Luego lo borra con la mano.

Y me empuja hacia atrás, contra la puerta, y se sube encima.

* * *

No cabemos. Es imposible. Me doy con la cabeza en el techo. Ella se da con la rodilla en el asiento de delante. Nos reímos. Lo intentamos otra vez. Me doy con el codo en la ventanilla.

—Esto en las películas parece fácil —digo.

—En las películas no son dos jugadoras de voleibol de uno ochenta y cinco.

—Yo mido uno ochenta y tres.

—Perdón, señora.

Y al final lo encontramos. Ella sentada en el asiento, con la espalda contra la puerta del otro lado.

Yo encima de ella. A horcajadas. De cara.

Con las rodillas a los lados de sus caderas y la cabeza agachada, para no darme con el techo.

Con los abrigos abiertos, colgando a los lados como si fueran una tienda de campaña.

Dentro de los abrigos hace calor. El calor de las dos.

Nos miramos. Muy de cerca. A oscuras, con la luz blanca del vaho.

Me abre del todo el abrigo. Me mira. Los pechos, la tripa, todo, a la luz blanca del vaho.

—¿Sabes lo que te dije? —me pregunta—. En el tiempo muerto. El del vídeo.

Niego con la cabeza. Lo sé. Claro que lo sé. Pero quiero que lo diga.

Se acerca a mi oreja. Igual que en el vídeo. La misma mano en la nuca, apartándome el pelo.

—Te dije: «la próxima te la pongo alta, y el martes te como entera». —Me muerde el lóbulo—. Y tú sonreíste. Delante de seiscientas personas. ¿Qué pensaste?

—Nada.

—Mentirosa. —Me mete la mano entre las piernas. Me toca. Despacio. Por fuera—. ¿Qué pensaste, Ferrer?

No puedo. Me da vergüenza. Me arde la cara.

Ella para la mano.

—Si no me lo dices, no sigo.

—Que lo hicieras allí —digo. Me sale en un hilo—. En el banquillo. Delante de todos.

Se le corta la respiración.

—Dios, Alba.

—Tú preguntaste.

—Ya. —Se le escapa una risa ronca—. Ya sé que pregunté.

Y vuelve a mover la mano.

Y yo le meto la mía.

A la vez.

Nos tocamos así. Las dos. Cara a cara. Yo encima, ella debajo, cada una con la mano entre las piernas de la otra. Las dos empapadas. Le noto los labios hinchados, calientes, resbalando debajo de mis dedos, y ella me nota a mí, y me lo dice.

—Mira cómo te has puesto. Con una frase. Con una frase mía en un tiempo muerto.

Me muevo encima de su mano. Ella se mueve debajo de la mía. Encontramos el ritmo. El mismo. Como si una sola persona se moviera en dos cuerpos.

—Así —me dice contra la boca—. Así, Ferrer. Muévete así. Como si fueras a saltar. Te estoy follando en un coche a dos mil metros, Ferrer. ¿Te das cuenta?

Le meto dos dedos. Ella me mete dos a mí. Hasta el fondo. Y las dos nos quedamos sin aire a la vez.

—Ahora imagínatelo —me dice al oído, sin dejar de mover los dedos—. El banquillo. Massimo en la pizarra. Tami a tu lado. Y yo con la mano aquí, debajo de la toalla. Y tú sin poder hacer ruido. Seiscientas personas gritando y tú sin poder hacer ruido.

—Yaiza.

—Y tú apretándome los dedos así. Así, como ahora. ¿Lo notas? ¿Notas cómo me aprietas?

Lo noto. Lo noto todo.

El coche se mueve. Se mueve con nosotras, despacio, sobre las ruedas. Si alguien pasara por la carretera, que no pasa nadie, vería un Polo rojo detrás de una roca, con los cristales empañados, moviéndose solo en mitad del parque nacional.

Me da la risa.

A ella también.

Y la risa se nos convierte en otra cosa.

Me agacho dentro de su abrigo y le chupo un pezón, fuerte, y ella gime y me agarra el pelo. Me echa la cabeza hacia atrás, y me doy con el techo otra vez, y no me importa nada, porque estoy cerca, muy cerca, y ella también, lo noto en cómo se le aprieta todo alrededor de mis dedos.

—Conmigo —me dice—. Esta vez conmigo. No te adelantes. Espera la seña.

Y me la hace. Con la mano libre. A mi espalda, donde no la veo. La noto: dos dedos que me tocan la columna, y luego el puño, apretado contra la piel.

Y nos corremos.

Las dos. Juntas. De verdad juntas, esta vez. No casi. A la vez. Con la frente de una contra la frente de la otra, con las bocas abiertas, respirando el mismo aire. Me late alrededor de sus dedos y ella me late alrededor de los míos y es como si fuera el mismo latido.

Y nos quedamos así. Encajadas. Dentro de los abrigos. Sin movernos.

* * *

Yaiza limpia un trozo del cristal con la manga. Un círculo pequeño.

Por el círculo se ven las estrellas.

Y el Teide. Negro. Enorme. Con la nieve brillando.

Estoy tumbada encima de ella. Con la cabeza en su pecho. Los abrigos encima de las dos, como una manta. Las piernas dobladas de cualquier manera, porque no caben. Me duele el cuello. Me duele la rodilla. No me he sentido mejor en mi vida.

Le oigo el corazón. Despacio.

Y entonces, sin que yo diga nada, sin que pase nada, mirando por el círculo del cristal, dice:

—Te quiero.

Así. Bajito. Como si se le escapara.

Y se queda rígida.

Noto cómo se le para el corazón debajo de mi oreja. Noto cómo deja de respirar. Como si hubiera dicho algo que no quería decir. Como si se le hubiera caído una cosa al suelo y se hubiera roto.

—No —dice enseguida—. No quería… No he querido decir…

Levanto la cabeza. La miro.

Tiene los ojos muy abiertos. Asustada. Con la luz de las estrellas en la cara.

—Yo también —digo.

Me sale sola. Como no me salió en Valencia. Como no me salió en el zaguán. Me sale ahora, aquí, en el asiento de atrás de un Polo a dos mil metros, sin pensarla.

—Yo también te quiero, Yaiza.

Y ella cierra los ojos.

Y se le caen dos lágrimas. Una por cada lado. Hacia las orejas.

—No me digas eso —dice.

—Es verdad.

—Ya sé que es verdad. —Abre los ojos. Me mira—. Por eso. No me lo digas si te vas a casar con él en junio. No me lo digas si dentro de tres meses vas a salir por la puerta de una alquería vestida de blanco y vas a cruzar un patio hasta un hombre que no soy yo.

No contesto.

—No me lo digas si luego no vas a hacer nada —dice—. Porque eso es peor. Eso es lo peor de todo. Que me lo digas y que luego…

No termina.

No hace falta.

Me quedo mirándola. Encima de ella. Con los abrigos encima. Con las estrellas en el círculo del cristal.

Y no sé qué decir.

Porque tiene razón.

Porque te quiero no vale nada si el 14 de junio salgo por esa puerta.

Y yo no sé si voy a salir.

No lo sé.

Y eso, que no lo sepa, es lo que me da más miedo de todo.

* * *

Bajamos a las tres de la madrugada.

Por la misma carretera. Por Las Cañadas, por el pinar, por la niebla. Volvemos a entrar en la nube. Todo se vuelve blanco. Luego gris. Los faros no iluminan nada.

Debajo de la nube ya no se ven las estrellas.

Yaiza conduce con las dos manos. No me toca la rodilla.

No hablamos en todo el camino.

Me deja en el portal de la calle Castillo a las cuatro menos cuarto. No apaga el motor.

—Buenas noches, Alba.

—Buenas noches.

Me bajo. Cierro la puerta. Me quedo en la acera.

El Polo rojo no se va. Se queda ahí, con el motor encendido, con las luces puestas.

Me giro.

Yaiza me está mirando por la ventanilla. Con la cara quieta.

Y levanta la mano. A la altura del cristal.

Dos dedos.

Y luego, despacio, el puño.

Y arranca. Y se va calle abajo, hacia el puerto, hasta que las luces rojas desaparecen en la esquina.

Me quedo en la acera hasta que ya no se oye el motor.

Y luego subo los tres pisos, sin hacer ruido, y me meto en la cama al lado de Jonay, que duerme, que ronca bajito, que no sabe nada.

Y me quedo mirando el techo.

El techo. La tapa.

Y pienso en lo que dijo su abuela.

Que siempre hay un sitio por encima de la nube.

Que solo hay que subir lo bastante.