Señas (Vestuario 3) 25. El clip
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25. El clip

El vídeo dura once segundos.

Es un tiempo muerto del partido del sábado. Contra el Cantábrico. Lo ha grabado desde la grada, con el móvil, en cámara lenta.

Se ve el corro del banquillo. Massimo en el centro, señalando la pizarra. Las chicas alrededor, con las toallas al cuello. Y en el borde del corro, Yaiza y yo.

Yaiza se inclina hacia mí. Me dice algo al oído. No se oye lo que dice. Solo se ve su boca, pegada a mi oreja. Su mano, en mi nuca, apartándome el pelo sudado.

Y yo sonrío.

No es una sonrisa de pista. Lo veo yo misma la primera vez que lo veo, en el móvil, en el sofá de casa.

No es la sonrisa de cuando gano un punto o de cuando me hace gracia algo.

Es otra. Es una sonrisa lenta, que empieza en los ojos, que me baja la mirada al suelo y me hace morderme el labio. Una sonrisa de…

Una sonrisa de algo.

Y en el último segundo, cuando Yaiza se aparta, me mira. Desde muy cerca. Y yo la miro a ella. Y durante un segundo entero, en cámara lenta, nos quedamos mirándonos, en mitad de un partido, con seiscientas personas alrededor y el italiano hablando de bloqueos.

Y se corta.

Debajo, el texto de Iballa: «La conexión colocadora-opuesta más bonita de la liga 💚🏐 #AlisioTenerife #Superliga».

Con música. Una canción lenta, de piano, de esas que se ponen en los vídeos de bodas.

* * *

Por la noche tiene veinte mil reproducciones.

A la mañana siguiente, doscientas mil.

A mediodía del jueves, Tami me enseña el móvil en el vestuario, antes del entrenamiento, con la cara blanca.

—Mira esto.

Son los comentarios.

Cientos. Miles. La mayoría de chicas. De todas partes. De España, de México, de Argentina. Gente que no ha visto un partido de voleibol en su vida.

«ESTAS DOS ESTÁN JUNTAS Y NADIE ME VA A CONVENCER DE LO CONTRARIO».

«la forma en que la mira cuando se aparta 😭😭😭».

«¿Soy la única que ha visto la mano en la nuca? LA MANO EN LA NUCA».

«la alta no está sonriendo por un bloqueo, eso os lo digo yo».

«YALBA IS REAL».

Yalba. Nos han puesto un nombre. Yaiza y Alba. Yalba.

Hay gente que ha hecho sus propios vídeos.

Montajes. Con trozos de otros partidos que han sacado del canal del club.

El salto del 22-20 contra el Turia, en septiembre, cuando Yaiza se me tiró encima.

El abrazo después del Ebro, en enero. Un tiempo muerto de diciembre en el que no me había dado cuenta de que ella me miraba.

Todo con música. Todo a cámara lenta. Todo con corazones.

—Esto es una locura —digo.

—Esto es un problema —dice Tami.

Y me devuelve el móvil y se va a calentar sin decirme nada más.

* * *

Iballa está encantada. Viene al pabellón con el portátil abierto, enseñándole los números a Massimo. Medio millón de reproducciones. Ocho mil seguidores nuevos en dos días. Una periodista de un periódico de Madrid ha escrito preguntando si puede hacer un reportaje.

—¿Sabes lo que es esto? —le dice a Massimo—. ¡Esto no lo ha tenido nunca un equipo de voleibol femenino en España!

Massimo mira la pantalla. Mira el vídeo. Me mira a mí, en la otra punta de la pista. Mira a Yaiza.

Y cierra el portátil de Iballa con un dedo.

—Basta de vídeos —dice—. Aquí se juega al voleibol.

Y se va a su despacho.

* * *

Yaiza no me habla en todo el entrenamiento del jueves.

No correcta. No distante. Es otra cosa. Está tensa como una cuerda. Coloca con rabia, demasiado rápido, demasiado fuerte. Le grita a Thaís por una recepción mala, y Yaiza no le grita nunca a nadie. Se va a la ducha la primera y sale la primera.

La pillo en el aparcamiento. Al lado de su Polo rojo.

—Yaiza.

—Aquí no.

—Yaiza, por favor.

Se gira. Tiene los ojos rojos. Me enseña el móvil.

Es el vídeo. El del club. Los comentarios. Baja con el dedo. Mucho. Hasta uno concreto.

Y me lo enseña.

Es de una cuenta que se llama dacilmorales_7. Con la foto de una chica alta, con una trenza negra hasta la cintura, en una pista de voleibol, con la camiseta del Iruna y una medalla al cuello.

El comentario es corto.

«Qué recuerdos 🙂».

Nada más.

Y tiene doscientos me gusta.

Me quedo mirándolo. Se me hiela algo dentro.

—Lo ha visto —dice Yaiza. La voz le tiembla—. Lo ha visto todo el mundo. Y lo ha visto ella. Y lo ha entendido.

—No ha dicho nada.

—Ha dicho «qué recuerdos». —Se le rompe la voz—. Delante de medio millón de personas. ¿Sabes lo que significa eso? Significa que sabe lo que estoy haciendo. Significa que me ha visto hacerlo otra vez. Con otra que tiene novio. Con otra que se va a casar.

—Yo no soy…

—Ya lo sé que no eres ella, Alba. —Me mira—. Pero desde fuera es igual. Desde fuera es exactamente igual.

Se mete en el coche. Cierra la puerta. Baja la ventanilla.

—No vengas el martes.

—Yaiza…

—No vengas.

Y se va.

* * *

Jonay lo ve el jueves por la noche.

Estoy en el baño, desmaquillándome, cuando le oigo reírse en el salón. Una carcajada fuerte. Luego otra.

—¡Alba! ¡Ven, que tienes que ver esto!

Salgo. Está en el sofá, con el móvil en la mano. Con lágrimas en los ojos de tanto reírse.

—Me lo ha mandado Airam. Mira. Mira lo que dicen.

Me enseña la pantalla.

Es uno de los montajes. Uno de los peores. Con una canción de amor de Rosalía. Con trozos de cinco partidos. Con un corazón que se dibuja alrededor de nuestras caras al final.

—¡Dicen que sois novias! —Se ríe—. ¡Yalba! ¡Os han puesto un nombre de pareja!

Me siento en el brazo del sofá. No digo nada.

—Mira este comentario. —Lee en voz alta, poniendo voz de chica—: «La alta no está sonriendo por un bloqueo». —Se mata de risa—. ¡Si te pones así cuando te dice dónde va la pelota! ¡Te conozco!

—Ya.

—¡Y este! «Si esas dos no se han liado en un vestuario yo no me llamo Vanesa». —Se dobla de risa—. ¡Vanesa! ¡Pobre Vanesa!

Me levanto. Me voy a la cocina. Me sirvo un vaso de agua.

Me tiemblan las manos.

Jonay viene detrás. Todavía riéndose. Me abraza por la espalda. Me da un beso en el cuello.

—Eh. No te enfades. Es una tontería. Internet está lleno de locas.

—No me enfado.

—Sí te enfadas. Te conozco. —Me gira. Me mira. Sonríe—. Es gracioso, Alba. Es solo gracioso. A Yaiza le gustan las chicas, la gente lo sabe, y la gente ve dos chicas guapas mirándose y se monta la película. Ya está. Dentro de una semana nadie se acuerda.

Me da un beso en la frente.

—Y además —dice, y se ríe otra vez—, si fuera verdad, ¿qué? ¿Me ibas a dejar por la colocadora? ¡Si te casas conmigo en tres meses!

Y se va al salón, riéndose, y vuelve a poner el vídeo.

Y yo me quedo en la cocina, con el vaso de agua en la mano.

Tres meses.

No me hace ninguna gracia.

* * *

El martes no voy.

Me quedo en casa. Con Jonay. Vemos una película en el sofá. No me acuerdo de qué película. Me paso las dos horas mirando el móvil, esperando un mensaje que no llega.

El miércoles en el entrenamiento Yaiza me coloca correcta. Otra vez. Como en noviembre.

El jueves, igual.

El viernes, el vídeo del club ya tiene un millón de reproducciones. Iballa lo ha borrado, porque Massimo se lo ha ordenado. Pero ya da igual. Está en mil sitios. Copiado, recortado, montado, con música. Ya no es del club. Es de todo el mundo.

Y el comentario de Dácil sigue ahí, en todas las copias. «Qué recuerdos 🙂».

* * *

El viernes por la noche, a las once, le escribo.

No dos emojis. No una seña. Palabras.

«Estoy en tu puerta».

Es verdad. Estoy en su puerta. En la calle detrás de la catedral, con la niebla, con las farolas con su halo. Le he dicho a Jonay que voy a casa de Tami, que está mal por un chico, que me necesita. Una mentira más. Ya ni sé cuántas.

No contesta.

Pasan cinco minutos. Diez.

Estoy a punto de irme cuando se abre la puerta.

Está descalza. Con una sudadera enorme. Con la cara hinchada de llorar.

No me dice nada. Me deja entrar.

En el zaguán no me toca. Se queda de pie, con los brazos cruzados, mirándome.

—No deberías estar aquí.

—Ya lo sé.

—Media isla ha visto ese vídeo. Tu novio lo ha visto. Tu madre lo va a ver. Dácil lo ha visto. Y tú estás aquí. En mi puerta. Un viernes a las once de la noche.

—Sí.

—¿Por qué?

No sé qué decir. Sí sé qué decir. Tres palabras. Las mismas de Valencia. Las que no me salieron.

Tampoco me salen ahora.

Así que hago otra cosa.

Me acerco a ella. Le descruzo los brazos. Despacio. Le cojo las manos.

Y le hago la seña.

Con las dos manos. Delante de su cara. Dos dedos.

Y luego el puño.

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—No sabes lo que significa —dice.

—No. Pero sé que es para mí.

Y se rompe.

* * *

Llueve.

En La Laguna llueve poco, pero cuando llueve, llueve fino, constante, como si la nube por fin se cansara de estar quieta y se dejara caer. Llueve en el patio. Sobre los helechos. Sobre el drago de la abuela. Sobre la tapa del pozo.

Y nosotras estamos en la galería de arriba. Debajo del alero de madera. Con la lluvia cayendo a un metro, en el patio, y el olor a tierra mojada subiendo.

La tengo contra la barandilla.

No es como en el zaguán, la primera vez. Esta vez soy yo. Soy yo la que la empuja contra la madera, la que le sube la sudadera hasta el cuello, la que le baja el pantalón y las bragas de un tirón hasta los tobillos. Soy yo la que se arrodilla en la galería, en el suelo de madera que cruje.

Ella se agarra a la barandilla con las dos manos. Detrás de ella, el patio, la lluvia, el drago.

—Alba —dice—. Alba, para. Esto no arregla nada.

—Ya lo sé.

—Entonces para.

La miro desde abajo. Tiene la sudadera enrollada encima de los pechos y los pezones duros por el frío. La tripa le tiembla. Y entre las piernas, a un palmo de mi cara, le brilla la piel. Está mojada. Lo veo desde aquí.

—Dímelo otra vez —le digo—. Que pare.

Yaiza me mira. Niega con la cabeza.

—Quiero que sigas, Alba.

Abre las piernas. Lo poco que le dejan los pantalones enredados en los tobillos.

Le pongo la boca.

Despacio, primero. La lengua entera, de abajo arriba, una vez. Se le escapa un gemido. Otra vez. Le tiemblan las rodillas. A la tercera me agarra del pelo.

—Joder, Alba.

La abro con dos dedos y la busco con la punta de la lengua. La encuentro. Le doy vueltas, despacio, como me enseñó ella en Corralejo. Como me lo hace ella en esta casa cada martes. Y luego ya no despacio.

—Eso no vale —jadea—. Eso no vale, Ferrer. Eso te lo he enseñado yo.

—Calla.

Se ríe, y la risa se le rompe por la mitad.

Le meto dos dedos. Entran solos. Está tan mojada que me resbala la mano hasta la muñeca. Los curvo hacia mí, hacia el sitio que me enseñó en las dunas, y aprieto. Con la otra mano le busco un pezón debajo de la sudadera y se lo pellizco fuerte, y gime más alto.

Se le doblan las piernas. Se inclina hacia atrás, por encima de la barandilla, y la lluvia le da en la cara, en el cuello, en los pechos desnudos.

—Más fuerte —dice—. No me trates bien. Hoy no quiero que me trates bien.

Le doy más fuerte. Con la muñeca. Con el brazo entero. Como cuando remato.

—Así. Así, joder. Que se jodan —dice, a la lluvia, al patio, a nadie—. El vídeo. Los comentarios. Ella. Que se jodan todos. Fóllame con ellos, Alba. Hasta el fondo. Que me duela mañana en la pista.

Se los meto hasta el fondo.

No arregla nada. Ya lo sé. Pero durante diez minutos no existe el vídeo. Ni Dácil. Ni Jonay riéndose en el sofá. Ni «qué recuerdos».

Solo existe su sabor, y la lluvia, y el ruido que hace cuando por fin deja de pensar.

—Mírame —le digo.

Baja la cara. Me mira. Tiene los rizos empapados y la boca abierta.

—Ahora —le digo. Como me lo grita ella desde la red cuando me la pone—. Ahora, Mendoza.

Se corre agarrada a la barandilla. Con la cara mojada, no sé si de lluvia o de lágrimas.

Con mis dedos dentro y mi boca encima, apretándome tan fuerte que me cuesta moverlos.

Grita mi nombre hacia el patio, hacia el drago de su abuela, y el grito rebota en las paredes de un metro de la casa y no lo oye nadie más.

Y luego se desliza hasta el suelo. Hasta mí. Y se queda sentada en la galería, con la espalda contra la barandilla, abrazada a mí. Las dos en el suelo de madera. Mirando la lluvia caer en el patio.

—No sé hacer esto, Alba —me dice al oído—. No sé hacerlo otra vez.

—Yo tampoco sé hacerlo.

—Tú no lo has hecho nunca.

—Por eso.

Se ríe. Un poco. Entre lágrimas.

Y nos quedamos así mucho rato. Escuchando la lluvia.

* * *

Cuando llego a casa, a las dos, Jonay está despierto.

En el sofá. Con el móvil. Con la luz de la pantalla en la cara.

—¿Qué tal Tami? —me pregunta.

—Mal. Pero mejor.

—Pobre. —Bosteza—. Estás empapada. ¿Llueve en La Laguna?

—Mucho.

—Aquí ni gota. —Se levanta. Me da un beso—. Te dejo el vídeo puesto. Me han mandado otro montaje. Sales guapísima.

Y se va a la cama.

Me quedo mirando el móvil de Jonay, que ha dejado en el sofá, con la pantalla todavía encendida.

Es el montaje de Rosalía. Con el corazón alrededor de nuestras caras.

Y debajo, ahora, hay un comentario nuevo. El primero. Con miles de me gusta.

«no sé quiénes sois pero ojalá alguien me mire así alguna vez».

Apago la pantalla.

Me quedo a oscuras en el salón de la calle Castillo, con la ropa empapada todavía, con la lluvia de La Laguna en el pelo.

Y pienso que yo sí tengo a alguien que me mira así.

Y que eso es exactamente el problema.