Señas (Vestuario 3) 24. El vestido
59%

24. El vestido

La tienda de la calle Colón se llama como una señora. Un nombre de mujer, en letras doradas, encima de un escaparate con tres maniquíes de novia sin cabeza.

Mi madre llega media hora antes. Con mis dos tías, Rosario y Pepa. Con la prima Lorena, que se casó el año pasado y que dice que esto es lo más bonito que te pasa en la vida antes de la boda. Con una bolsa de una pastelería de Alboraya con fartons, por si nos entra hambre.

Son las diez de la mañana de un domingo. La tienda abre solo para nosotras. Mi madre lo ha pagado aparte.

—Para que estés tranquila, nena. Sin nadie mirando.

La dependienta se llama Mari Carmen. Tiene sesenta años, el pelo cardado y unas gafas colgando de una cadena. Me mira de arriba abajo cuando entro. Como Massimo cuando analiza a una rival.

—Alta —dice—. Muy alta. Y deportista. Hombros anchos. Mucha espalda. —Me rodea—. Nada de palabra de honor, que con esos hombros parecerás una nadadora. Algo con manga. O con escote en la espalda, eso sí, que la espalda la tienes preciosa.

Mi madre asiente como si le estuviera leyendo la Biblia.

* * *

Me pruebo cinco.

El primero es de encaje. El segundo, de seda, liso, que se me pega al cuerpo como una segunda piel. El tercero tiene una falda enorme, como de princesa, que hace que mis tías suelten un «ay» a la vez. El cuarto es corto por delante y largo por detrás, y mi tía Rosario dice que eso es de fulana.

El quinto es el que me pruebo dos veces.

Es sencillo. Blanco roto, no blanco blanco. De crepé, me dice Mari Carmen. Con las mangas largas, de encaje fino, hasta la muñeca. Y la espalda abierta. Entera. Desde los hombros hasta la cintura, un hueco en uve que deja toda la espalda al aire.

Mari Carmen me lo abrocha por detrás. Treinta botones pequeños, forrados de tela, en la cintura. Uno por uno. Con los dedos rápidos, con alfileres en la boca.

Y me sube a la tarima.

Una tarima redonda, de madera, en el centro de la tienda. Delante, un espejo enorme, de tres hojas, que te ve por delante y por los lados a la vez.

Me miro.

Y ahí estoy.

No me veo como una mancha. No me veo borrosa. Me veo entera. Alta, morena todavía de Corralejo, con el pelo suelto, con las mangas de encaje hasta las muñecas.

Hasta las muñecas.

Y pienso: las mangas me tapan las marcas.

Ya no hay marcas. Se fueron hace semanas. Pero lo pienso igual. Es lo primero que pienso al verme vestida de novia: que las mangas me tapan donde se me clavaron los cordones.

Detrás de mí, en el espejo, mi madre se lleva las manos a la boca.

Mis tías lloran. La prima Lorena llora. Mari Carmen dice «este es», con la seguridad de quien ha visto mil novias.

Y mi madre se acerca a la tarima, despacio, y me coge la mano. La derecha. La del anillo.

—Ay, nena —dice. Y no puede decir nada más.

Llora. Llora con la cara contra mi mano.

Y yo me miro en el espejo. A la novia del espejo. A la mujer alta, con el vestido blanco roto, con la espalda al aire, con su madre llorando en su mano.

Y la novia del espejo me mira a mí.

Y no la conozco.

Quiero decir que la conozco. Es mi cara. Es mi cuerpo. Pero no sé quién es. Es como mirar una foto de alguien que se parece mucho a ti y que ha tomado decisiones que tú no has tomado.

—¿Es este, nena? —me pregunta mi madre, levantando la cara. Con el rímel corrido—. ¿Es este?

Me miro una vez más.

Me giro un poco. Me miro la espalda en la hoja de la derecha. Abierta. Entera. Desde la nuca hasta la cintura.

Y pienso en una mano. Una mano que me conoce cada vértebra. Que me ha puesto árnica en el hombro, crema en la espalda, que me ha agarrado por la cintura en una ducha con cañas.

Pienso en esa mano bajando por esa espalda. Por la uve del vestido. Hasta los treinta botones.

—Sí, mamá —digo—. Es este.

Y mi madre llora más.

* * *

El velo es de tul. Largo, hasta el suelo. Mari Carmen me lo prende en el pelo con unas horquillas, y me lo coloca por detrás, por la espalda, cubriendo el hueco.

—Así —dice—. Para la ceremonia. Y luego, en el banquete, te lo quitas y que se vea la espalda.

Mi madre saca algo del bolso.

Un pañuelo. Blanco, de hilo, con un bordado de flores en la esquina.

Es el pañuelo de la madre de Jonay. El de Nochebuena. Algo viejo.

No me acordaba de que se lo había dado. Se lo mandé por mensajería, en enero, para que lo tuviera ella en Valencia, todo junto.

—Para que lo lleves aquí —me dice. Y me lo mete en la manga izquierda, por dentro del encaje, contra la muñeca—. Cerca del corazón.

El pañuelo de la madre de Jonay. Contra mi muñeca. Donde estuvieron los cordones.

Me tengo que bajar de la tarima.

—Me estoy mareando.

—Es la emoción, nena. —Mi madre me sujeta—. Les pasa a todas.

Mari Carmen me trae un vaso de agua. Me siento en una silla dorada, vestida de novia, con el velo hasta el suelo, y me lo bebo entero.

Mis tías se comen los fartons.

* * *

Mi madre me deja en la puerta del hotel a las dos y media. Me abraza en el coche. Me dice que nunca ha estado tan contenta en su vida. Que mi padre estaría orgulloso. Que Jonay es un sol y que va a ser muy feliz con él.

—Y esa chica, la capitana. Yaiza. —Me coge la cara—. Qué maja es. Me alegro de que tengas a alguien así allí, tan lejos. Que te cuide.

—Sí, mamá.

—Dile que la espero en junio. Que no me falle.

Me bajo del coche. Mi madre se va pitando, sacando la mano por la ventanilla.

Me quedo en la acera.

Los otros equipos están en el pabellón, en la final. El Cantábrico contra el Iruna, de Pamplona. El equipo de Dácil. Casi todas las del Alisio se han ido a verla. Massimo ha dicho que es bueno ver cómo juegan los que nos han ganado.

El hotel está casi vacío.

Subo en el ascensor. Le doy al cuatro.

Y cuando se abren las puertas en el cuarto, no salgo.

Le doy al cinco.

* * *

La 512 está al fondo del pasillo. Con la moqueta gris y el cuadro de naranjas.

Llamo con los nudillos. Dos golpes.

No, tres. No sé por qué tres.

Se abre la puerta.

Yaiza. Descalza. Con una camiseta gris y unos pantalones de chándal. Con los ojos rojos.

No ha ido a la final.

Nos miramos.

No me pregunta cómo ha ido. No me pregunta si me ha gustado. No me pregunta nada. Me mira la cara y lo sabe.

Me coge de la mano. Me mete dentro. Cierra la puerta.

Y me abraza.

Solo eso. Me abraza. De pie, en medio de una habitación de hotel con dos camas, una deshecha y otra hecha, con la persiana medio bajada y la luz de la tarde de Valencia entrando en rayas. Me abraza muy fuerte. Con la cara en mi cuello.

Y yo me echo a llorar.

No sé cuánto tiempo. Mucho. Lloro contra su hombro como no he llorado desde que era pequeña, desde que murió mi padre. Lloro con todo el cuerpo. Con la boca abierta. Con hipo.

Ella no dice nada. Me abraza. Me pasa la mano por la espalda. Arriba y abajo. Despacio.

Por la espalda.

Por donde va a estar la uve del vestido.

* * *

No es como las otras veces.

No hay hambre. No hay prisa. No hay cordones, ni juguetes, ni puertas, ni dunas. No hay nada que demostrar.

Hay una cama de hotel. La suya. La deshecha.

Me desnuda despacio. Muy despacio. Como si estuviera desenvolviendo algo que se puede romper.

Me quita la sudadera. La camiseta. Me desabrocha el sujetador.

Me besa cada trozo de piel que va quedando al aire.

Los pezones, despacio, uno y luego el otro, con la boca abierta, como si se fueran a romper.

No dice nada.

Yo tampoco.

Me tumba en la cama. Se desnuda ella. Se tumba encima de mí. Despacio. Con todo su peso. Piel con piel, de los pies a la frente.

Y nos quedamos así. Mucho rato. Sin movernos. Respirando juntas. Notando la otra.

Luego me besa.

Un beso lento. Largo. Con los ojos abiertos. Me mira mientras me besa. La miro yo a ella.

Me besa la cara. Las mejillas, donde todavía tengo las lágrimas. Los párpados. La frente. Me besa el cuello. Los hombros. Las clavículas.

Las muñecas.

Me coge las dos manos y me besa las muñecas. Por dentro. Donde estuvieron los cordones. Donde hace tres horas estaba el pañuelo de la madre de Jonay.

No sabe lo del pañuelo. No se lo he contado. Pero me besa ahí como si lo supiera.

Y se me vuelven a llenar los ojos.

* * *

Hacemos el amor despacio.

Es la primera vez que lo pienso así. Hacer el amor. No follar. No correrme. Hacer el amor.

Cara a cara. Con las piernas enredadas. Con su mano entre mis piernas y la mía entre las suyas. Moviéndonos a la vez, muy despacio, como si tuviéramos toda la vida.

Con los ojos abiertos todo el rato.

No hablamos. No hay guarradas. No hay órdenes. Solo está su respiración y la mía, y el ruido pequeño de las sábanas, y la luz de la tarde moviéndose por la pared.

Le noto todo. Cada vez que respira. Cada vez que se le tensa algo. Cada vez que se le escapa un sonido. Y ella me nota a mí. Igual que en la pista. Sin mirar. Sin hablar. Sabiendo.

Tardo mucho en llegar. No quiero llegar. Quiero que esto dure. Quiero quedarme aquí, en esta cama, con su frente contra la mía, para siempre.

Pero llego.

Me corro despacio. Sin gritar. Con los ojos abiertos, mirándola. Y ella se corre al notarme, casi a la vez, con un gemido muy bajo, muy largo, que me entra por la boca porque la tiene pegada a la mía.

Y nos quedamos así.

Con las manos todavía dentro. Con las frentes juntas. Sin movernos.

Y entonces lo noto.

Se me sube a la garganta. Una frase. Tres palabras. Las noto ahí, detrás de los dientes, empujando para salir.

Abro la boca.

Y no sale nada.

No me atrevo. No me atrevo a decirlo. Porque si lo digo es verdad. Y si es verdad, todo lo demás es mentira. El vestido. La alquería. El algarrobo. Mi madre llorando en mi mano.

Cierro la boca.

Y lloro otra vez.

No sé por qué. Eso le digo, cuando me pregunta. Que no sé por qué lloro.

Y es mentira.

Es la única mentira que le he dicho a ella.

* * *

Después nos quedamos tumbadas. Ella boca arriba. Yo de lado, con la cabeza en su pecho, oyendo su corazón.

Fuera, en la calle, se oye una sirena. Un coche que pita. Gente que habla en valenciano debajo de la ventana. Valencia, de domingo por la tarde.

—No has ido a la final —le digo.

—No.

—Juega Dácil.

—Ya lo sé. Por eso.

Se queda callada.

—No quería verla ganar una Copa —dice—. Y no quería estar en la grada sabiendo que tú estabas probándote un vestido de novia. Las dos cosas a la vez, no.

Le paso un dedo por la tripa. Por el drago.

—Le dijiste a mi madre que vendrías.

—Le dije que sí.

—¿Y vas a ir?

Silencio. Mucho rato.

—No lo sé —dice—. ¿Quieres que vaya?

No contesto.

No puedo contestar.

Si digo que sí, la quiero mirando cómo me caso con otro. Si digo que no, le estoy diciendo algo que no sé decir.

Ella espera. Mucho rato.

Y luego suspira. Y me besa el pelo.

—Ya —dice.

Solo eso. Ya.

Como si lo hubiera entendido todo.

* * *

Vuelvo a mi habitación a las siete. Antes de que vuelvan las demás de la final.

Me ducho. Me pongo el chándal del club. Me siento en la cama.

A las ocho llega Tami. Con la bufanda del Alisio al cuello y la cara de quien ha visto un partido muy bueno.

—Ha ganado el Iruna —me dice—. 3-2. La central esa, Dácil, ha hecho un partidazo. La han nombrado la mejor de la Copa.

—Ah.

Tami me mira. Me mira el pelo, mojado. Me mira la cara.

—¿Qué tal el vestido?

—Bonito.

—¿Sí?

—Sí. Blanco roto. Con la espalda al aire.

Tami se sienta en su cama. Se quita la bufanda. Se queda mirando al suelo.

—Alba —dice—. Yaiza no ha ido a la final.

No digo nada.

—Y Chus tampoco ha ido a ver a ninguna prima. Chus estaba en la grada. Conmigo. Toda la tarde.

Se me para el corazón.

Tami levanta la vista. Me mira. No hay rabia en su cara. Hay otra cosa. Algo que parece pena.

—No sé lo que estáis haciendo —dice—. No me lo cuentes. No quiero saberlo. Pero te lo digo una vez y no te lo vuelvo a decir.

Se levanta. Se va hacia el baño.

Y en la puerta, de espaldas:

—La última vez que vi a Yaiza con esa cara fue hace cuatro años. Y tardó un año entero en volver a ser ella.

Cierra la puerta del baño.

Oigo el agua de la ducha.

Y me quedo sentada en la cama, con el chándal del club, mirando la pared, pensando en un vestido blanco roto con la espalda al aire.

Y en una mano que no va a poder bajar por ella.