Señas (Vestuario 3) 23. Copa de la Reina
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23. Copa de la Reina

Valencia huele a azahar en febrero.

No lo había olvidado, pero no me acordaba.

Bajo del avión en Manises con el equipo, salimos a la calle, y me llega.

Ese olor dulce, un poco empalagoso, de los naranjos que hay en todas las avenidas, que en febrero ya empiezan a florecer.

El olor de mi infancia. El olor de ir al colegio en bici por la huerta de Alboraya, con la mochila a la espalda y la horchata del bar de la esquina esperándome a la vuelta.

Y el cielo. Azul, entero, sin una nube. Sin tapa. Después de cinco meses de panza de burro, el cielo de Valencia me parece un exceso. Demasiado grande. Demasiada luz.

Tami se pone las gafas de sol.

—Tu tierra, Ferrer.

—Mi tierra.

Yaiza camina delante, con Massimo. No se gira.

* * *

La Copa de la Reina se juega en cuatro días. Jueves, cuartos de final. Sábado, semifinales. Domingo, la final. Ocho equipos, los mejores de la primera vuelta. Un pabellón grande en la ciudad, con gradas para cinco mil personas y una pantalla gigante en el techo.

El hotel está al lado del pabellón. Un hotel de cadena, moderno, con moqueta gris y cuadros de naranjas en los pasillos. Nos dan las habitaciones por parejas.

Esta vez las reparte Massimo.

Me toca con Tami. En la cuarta planta.

A Yaiza, con Chus. En la quinta.

No me mira cuando le dan la llave.

* * *

El jueves jugamos los cuartos contra un equipo de Murcia. Y mi madre está en la grada.

La veo en el calentamiento. No hace falta buscarla. Está en la tercera fila, detrás del banquillo, con mis dos tías, mi primo de Meliana con el niño en brazos, y una pancarta enorme, blanca, pintada a mano con letras verdes:

ALBA FERRER, ORGULLO DE ALBORAYA.

Y debajo, más pequeño: Y DEL ALISIO TAMBIÉN.

Tami se muere de risa. Chus le hace una foto. Thaís pregunta qué es Alboraya y alguien le dice que es donde se inventa la horchata, y Thaís dice que entonces es un sitio importante.

Mi madre me saluda con las dos manos. Me tira besos. Grita mi nombre.

Y yo la saludo desde la pista, roja como un tomate, y por un momento, solo un momento, me olvido de todo. Me olvido de los martes. Me olvido de la cama de hierro. Soy otra vez una niña de Alboraya jugando en un pabellón de Valencia con su madre en la grada.

Ganamos 3-0.

Juego bien. Muy bien. Yaiza me pone pelotas que no son de este mundo. Y en cada punto mi madre se levanta y grita y agita la pancarta, y la gente de alrededor se ríe con ella.

Al acabar, me hacen una entrevista para la tele. La primera en mi vida en una tele nacional. Me preguntan por la conexión con la colocadora.

Digo lo de siempre. Seis años. Nos entendemos con la mirada.

Y esta vez no me arde la cara.

Esta vez me da miedo de lo verdad que es.

* * *

El viernes no hay partido. Entrenamiento suave por la mañana y la tarde libre.

Mi madre viene a buscarme al hotel a las cuatro. En su Seat Ibiza de siempre, el gris, el que tiene desde que yo iba al instituto, con la pegatina de la Virgen de los Desamparados en el salpicadero.

—Sube, nena. Que te quiero enseñar una cosa.

Sé lo que me quiere enseñar.

Vamos por la ronda norte, y luego por la carretera de Alboraya, entre campos de chufa y alcachofa y casas bajas. Todo plano, todo verde, todo cuadrado, partido en parcelas por las acequias. La huerta. Al fondo se ven las torres de la ciudad. Al otro lado, el mar.

Mi madre habla sin parar. Del vestido. De las flores. Del cura, que no habrá porque es una boda civil, pero que mi tía Rosario dice que una boda sin cura no es boda. Del menú. Del arroz.

—Paella, mamá.

—Arroces, nena. Que tú siempre dices arroces y luego te comes la paella entera.

Y entonces para el coche.

Delante de una alquería.

Es blanca. Grande. De dos plantas, con el tejado de teja árabe y las ventanas con rejas de hierro pintadas de azul.

Tiene una parra enorme en la fachada, sin hojas ahora, en febrero, solo los troncos retorcidos.

Y delante, un patio de tierra con un algarrobo en el centro, viejísimo, con el tronco partido.

Alrededor, campos. Acequias. Una barraca pequeña, al fondo.

El olor de la tierra mojada.

—Aquí —dice mi madre. Y le brillan los ojos—. El 14 de junio. Aquí.

Bajamos. Me lleva de la mano por el patio, como cuando era pequeña.

Me enseña dónde van a poner las mesas, debajo del algarrobo.

Dónde va a estar el altar, que no es altar sino una mesa con flores, delante de la parra.

Dónde se va a hacer el arroz, en un fuego de leña de naranjo, en el rincón.

Dónde va a tocar la orquesta. Dónde voy a bailar con Jonay.

—Y aquí —me para delante de la puerta de la alquería—.

Aquí vas a salir tú. Con el vestido. Del brazo de tu tío Vicente, que ya que tu padre no está…

—Se le quiebra la voz. Se recompone—. Y vas a cruzar todo el patio, despacio, con la música, hasta Jonay, que va a estar ahí, debajo de la parra. Esperándote.

Me quedo mirando el patio.

Y me veo.

Esta vez sí me veo. No como en el vestuario, cuando intentaba imaginarme el vestido y solo me salía una mancha. Ahora me veo. Me veo saliendo por esa puerta, de blanco, del brazo de mi tío. Me veo cruzando el patio. Me veo llegando a la parra.

Y me veo dándome la vuelta.

No sé por qué. Pero en mi cabeza, cuando llego a la parra, me doy la vuelta. Y miro a los invitados. A las mesas. Buscando a alguien.

—¿Te gusta, nena?

Mi madre me está mirando. Con los ojos húmedos. Con las manos juntas, como para rezar.

—Es precioso, mamá.

Y me abraza. Fuerte. Llorando. Y yo la abrazo a ella, y miro por encima de su hombro el algarrobo viejo con el tronco partido, y no sé por quién estoy llorando yo.

* * *

La semifinal es el sábado a las seis. Contra el Cantábrico, de Santander. Las campeonas del año pasado.

El pabellón está lleno. Cinco mil personas. Mi madre en la tercera fila, con la pancarta. Mis tías. Mi primo. Y una amiga del colegio que no veo desde hace diez años y que ha venido con su marido y sus dos hijos.

En el vestuario, antes de salir, me siento en el banco. En el hueco de al lado de la taquilla de Yaiza.

Ella llega. Se arrodilla delante de mí, en el suelo.

—Pie.

Le apoyo la zapatilla en el muslo.

Y mientras me desata las zapatillas, sin mirarme, muy bajo:

—Te vi ayer.

—¿Qué?

—En el hotel. Cuando volviste con tu madre. Desde la ventana de la quinta. Te vi bajar del coche. Tenías los ojos rojos.

No digo nada.

—¿Te enseñó la alquería?

—Sí.

Último cruce de la derecha. Doble nudo. Dos golpecitos en el tobillo.

—¿Es bonita?

—Mucho.

Se queda un segundo con la mano en mi tobillo. Mirándolo.

—Me alegro —dice.

Y se levanta. Y se va.

* * *

El Cantábrico es mejor que nosotras. Lo sabemos desde el primer punto.

Tienen una receptora cubana que salta como si no tuviera peso y una colocadora que lleva veinte años en la liga y lo ha ganado todo.

Nos ganan el primer set 25-20. Nosotras el segundo, 25-23, con un bloqueo de Chus en el último punto que hace que la mitad del pabellón se levante. Ellas el tercero. Nosotras el cuarto.

Tie-break. Al quinto set. A quince puntos.

Y con 12-12, me toca sacar.

Me voy a la línea de fondo. Boto la pelota tres veces, como siempre. Respiro. El pabellón está en silencio. Oigo a mi madre gritar mi nombre desde la tercera fila. «Vinga, Alba», en valenciano, como cuando era pequeña.

Y miro a la red.

Yaiza está en la red. En la zona cuatro, en la diagonal, la más lejana a mí. De espaldas. Agachada. Con las manos a la espalda, encima del culo, para decirnos cómo vamos a bloquear.

Un dedo con la izquierda. Línea: indica que hay que cerrar el remate paralelo a la banda.

Con la derecha, dos dedos.

Y luego el puño.

Me quedo con la pelota en la mano.

Aquí. Ahora. En el tie-break de una semifinal de la Copa de la Reina. Con cinco mil personas mirando. Con mi madre en la tercera fila y su pancarta de ORGULLO DE ALBORAYA.

Dos dedos y el puño.

El árbitro pita. Tengo ocho segundos para sacar.

Lanzo la pelota al aire.

Y casi la fallo.

Le pego mal, con la muñeca, con la cabeza en otro sitio. La pelota sale baja, floja, rozando la red. Toca la cinta. Durante un segundo se queda ahí, encima de la cinta, decidiendo.

Y cae a su lado.

Punto. 13-12.

El pabellón grita. Mi madre grita. Tami me da un grito desde atrás.

Yaiza se gira. Me mira. Medio segundo.

Y se vuelve a la red.

Perdemos 15-13.

El Cantábrico gana los tres puntos siguientes. Una receptora cubana que salta como si no tuviera peso. Un bloqueo. Un saque que no recibe nadie.

Se acabó. Fuera de la Copa.

* * *

En el pasillo que va de la pista a los vestuarios hay una valla. Al otro lado, la gente que quiere fotos, autógrafos, abrazos. Familias. Niñas con camisetas.

Mi madre está ahí. La primera. Llorando.

—Ay, nena, nena. Qué pena. Si lo teníais.

Me abraza por encima de la valla. Me besa la cara. Me dice que he jugado como nunca. Que el saque del 12-12 ha sido una suerte, que la Virgen ha empujado la pelota.

Y entonces ve a Yaiza.

Yaiza viene detrás de mí por el pasillo. Con la toalla al cuello. Con la cara seria.

—¿Esa es la colocadora? —me dice mi madre—. ¿La capitana?

No me da tiempo a decir nada.

—¡Yaiza! —grita mi madre—. ¡Yaiza, ven, que te quiero conocer!

Yaiza se para. Me mira. Yo no sé qué cara pongo.

Y se acerca a la valla.

Mi madre la abraza. Así. Sin preguntar. Por encima de la valla, como me ha abrazado a mí. Fuerte. Con las dos manos en su espalda.

—Tú eres la que le pone las pelotas a mi niña —le dice—. Llevo seis años viéndote por internet. Eres la mejor. Madre mía, qué manos tienes.

Yaiza se queda rígida un segundo. Y luego, despacio, le devuelve el abrazo.

—Gracias, señora.

—Amparo. Llámame Amparo, por favor. —Se separa. La coge de las manos. Se las mira—. Estas manos. Estas manos tienen que estar en la boda. ¿Vendrás? Al 14 de junio. En la alquería. Te reservo un sitio en la mesa de las chicas del equipo.

Me quedo helada.

Yaiza me mira. Por encima del hombro de mi madre. Un segundo.

No hay nada en su cara. Lisa. Quieta.

Y luego mira a mi madre. Y sonríe. Con la sonrisa más triste que le he visto nunca.

—Claro, Amparo —dice—. Allí estaré.

Mi madre le da un beso en la mejilla. Le dice que es un sol. Que cuide mucho a su niña.

—La cuido —dice Yaiza—. No se preocupe.

Y se va hacia el vestuario.

Sin mirarme.

* * *

Esa noche no ceno con el equipo. No ceno con nadie.

Me quedo en la habitación de la cuarta planta. Tami baja al restaurante del hotel con las demás y vuelve a las once, y me encuentra en la cama, a oscuras, con la ropa puesta.

No me pregunta nada. Se mete en su cama. Apaga la luz.

Y al rato, en la oscuridad:

—Alba.

—Qué.

—El saque del 12-12. No ha sido la Virgen.

No contesto.

—He visto las señas —dice—. Desde atrás. Yo también estaba detrás.

Se me para el corazón.

—Dos dedos y el puño —dice Tami—. Eso no existe.

Silencio.

La oigo darse la vuelta en la cama. De cara a la pared.

—Buenas noches, Ferrer.

Y no dice nada más.

No duermo.

A la una de la madrugada me vibra el móvil debajo de la almohada. Un mensaje.

De Yaiza.

«Mañana. Cuando vuelvas de la tienda. Chus se va a ver a una prima. 512».

Me quedo mirando el número hasta que se apaga la pantalla.

Quinientos doce.

Una planta más arriba.