22. La sala de vídeo
Estamos desayunando. Él, de pie en la cocina, con el café en la mano y la camisa del trabajo. Yo, sentada, con un yogur que no me apetece.
—Esta noche te voy a buscar —dice.
—¿Qué?
—A la sesión de vídeo. Salgo del puerto a las diez y cuarto y pillo la autopista. A las diez y media estoy en San Benito. Y nos vamos a cenar a La Laguna, tú y yo. Al sitio ese de las croquetas que te gusta. Que últimamente los martes no te veo el pelo.
Me quedo con la cuchara en el aire.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta. Quiero. —Se acerca, me da un beso en la cabeza—. Te echo de menos, Alba. Es como si este año no estuvieras.
Y se va a trabajar.
Y yo me quedo en la cocina, mirando el yogur, con el corazón golpeándome en el pecho.
A las diez y media en San Benito.
Y no hay sesión de vídeo. No la ha habido nunca. Los martes a las diez y media yo estoy en una cama de hierro, detrás de la catedral, con la boca de Yaiza entre las piernas.
* * *
Se lo digo en el entrenamiento. En un descanso, al lado de la fuente de agua, en voz baja.
—Jonay viene a buscarme esta noche. A San Benito. A las diez y media.
Yaiza se queda quieta. Con la botella a medio camino de la boca.
—¿A San Benito?
—A la sesión de vídeo.
Me mira. Mucho rato.
Y luego, despacio, sonríe. De lado. Esa sonrisa.
—Pues habrá que hacer una sesión de vídeo.
* * *
La sala de vídeo del Alisio está en el primer piso del pabellón, al fondo de un pasillo, al lado del despacho de Massimo.
Es una habitación pequeña, sin ventanas, con una pantalla grande en la pared y quince butacas de cine viejas, rojas, de esas que se doblan, que alguien rescató de un cine de Santa Cruz que cerró.
La usamos para ver los vídeos de los rivales. Massimo nos sienta ahí antes de los partidos importantes y nos pone jugadas una y otra vez, parando la imagen, señalando con un puntero láser.
Solo hay tres llaves. La de Massimo. La del conserje. Y la de la capitana.
A las ocho de la tarde el pabellón está vacío. El conserje se va a las siete. Massimo, a las siete y media.
Yaiza abre la puerta del pabellón con su llave. La de la sala, con otra.
Enciende la pantalla. Enciende el proyector. Las luces del techo, no.
Y la sala se queda azul. Solo con la luz de la pantalla.
—Si Jonay llega antes de tiempo —dice—, estamos aquí. Viendo vídeo. Que es lo que le has dicho. Así que no es mentira.
—Es un poco mentira.
—Es la mentira más verdadera que le has contado en un mes.
No contesto. Tiene razón.
* * *
En la pantalla aparece un partido. El del Ebro. El de la revancha.
Yaiza se sienta en la fila del medio. En una butaca. Yo me siento a su lado.
Y empieza a pasar el vídeo. Con el mando. Despacio.
No es un vídeo del rival. Es un vídeo mío.
Todos mis remates del partido, uno detrás de otro. Los ha montado ella, lo sé, porque Massimo no hace estas cosas. Ha cogido el partido entero y ha sacado todas las jugadas en las que la pelota llegaba a mí.
—¿Cuándo has hecho esto?
—Las noches que no estás.
Me giro. La miro. Ella mira la pantalla.
—Mira —me dice. Y para la imagen.
Estoy yo. En el aire. Con el brazo atrás, armado. Congelada. Con la pelota a medio metro de la mano.
—Esto es lo que yo veo —dice—. Cuando te la pongo.
Pasa la imagen hacia atrás. Fotograma a fotograma. Clic. Clic. Clic. Yo bajando. Yo en el suelo. Yo antes de saltar.
—Aquí. —Para—. ¿Ves los hombros? Cuando vas a ir a la diagonal, bajas el derecho. Un poco. Medio centímetro. Nadie lo ve. Yo sí.
Clic.
—Y aquí. Las caderas. Cuando vas a saltar más alto de lo normal, giras la cadera hacia dentro antes del tercer paso. Como si te prepararas para algo.
Clic.
—Y aquí. —Su voz baja—. La boca. Antes de cada remate, abres la boca. Un poco. Así. Como si fueras a decir algo. Llevo seis años viéndote abrir la boca así antes de cada remate.
Me quedo mirando la pantalla. Mi cara, enorme, congelada, con la boca entreabierta.
No sabía que hacía eso.
—Es la misma cara que pones cuando te vas a correr —dice Yaiza.
Se me para el corazón.
—Exactamente la misma —dice—. Me di cuenta en Corralejo. En el cañizo. Me giraste la cara y pusiste esa boca y pensé: ya la he visto. La he visto mil veces. En la pista. Antes de cada pelota.
No puedo respirar.
—Seis años viéndote poner esa cara —dice—. Y sin saber lo que era.
* * *
Se levanta de la butaca.
—Ponte de pie.
Me pongo de pie.
Ella se sienta otra vez. En la misma butaca. Con las piernas abiertas.
—Siéntate encima. De espaldas a mí. Mirando la pantalla.
Me siento. Encima de ella. Con mi espalda contra su pecho. Con sus muslos debajo de los míos. La butaca cruje. Delante de mí, enorme, en la pantalla, mi cara congelada con la boca abierta.
Me rodea con los brazos. Me pone el mando en la mano.
—Ahora pasa tú las imágenes —me dice al oído—. Hacia delante. Despacio. Una a una.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que le des, yo voy a hacer algo.
Trago saliva.
Le doy al botón.
Clic. En la pantalla, mi brazo baja un poco.
Y ella me desabrocha el primer botón de la camisa.
Clic. Mi brazo sigue bajando.
El segundo botón.
Clic. Clic. Clic.
Me abre la camisa. Me mete las manos por dentro. Me coge los pechos, por encima del sujetador.
—No pares —me dice—. Sigue pasando.
Clic. Mi mano toca la pelota en la pantalla.
Me baja el sujetador. Me coge los pezones entre los dedos.
Clic. La pelota sale de mi mano.
Me pellizca. Gimo. Me tiembla el dedo en el mando.
—Sigue.
Clic. Clic. La pelota cruza la red en la pantalla. El bloqueo del Ebro llega tarde.
Su mano baja. Por mi tripa. Me desabrocha los vaqueros. Me baja la cremallera. Mete la mano.
Clic.
Me toca.
Clic. Clic.
Me abre con dos dedos.
—No dejes de mirar —me dice. Su boca en mi oreja. Su aliento—. Mírate. Mira qué bonita eres cuando rematas.
Me miro. En la pantalla. Enorme. Aterrizando después del remate, con los brazos arriba, gritando. Y siento sus dedos dentro de mí, y su boca en mi cuello, y sus pezones duros contra mi espalda a través de su camiseta.
Clic. Clic. Clic. Ya no sé qué imagen es. Le doy al botón sin mirar.
Ella mueve los dedos con cada clic. Más hondo. Más rápido. Como si el mando fuera suyo. Como si yo me estuviera follando con el botón.
—Para la imagen —me dice—. Vuelve atrás. A la de antes del salto. A la de la boca.
Tengo los dedos temblando. Le doy al botón de atrás. Clic. Clic. Clic. Clic.
Y ahí estoy otra vez. Antes del remate. Con la boca abierta.
—Esa —dice—. Esa cara. Ponla.
Y me mete otro dedo.
Y la pongo.
Abro la boca. Igual que en la pantalla. Y la veo, a la de la pantalla, con su boca abierta, y me noto la mía, abierta igual, y es como si las dos fuéramos la misma, la que salta y la que se corre, la que remata y la que…
Me corro.
Me corro mirándome. Con la boca abierta. Con el mando apretado en la mano tan fuerte que le doy sin querer y la imagen avanza, clic, clic, clic, y en la pantalla salto, y remato, y la pelota entra, y yo me corro encima de Yaiza en una butaca de cine vieja en una sala sin ventanas.
El mando se me cae al suelo.
No me importa.
* * *
Me giro. Me pongo de rodillas en el suelo, entre sus piernas, delante de la butaca. Con la camisa abierta y los vaqueros bajados y la luz azul de la pantalla dándome en la espalda.
—Ahora tú —le digo.
Le desabrocho los vaqueros. Se los bajo. Le abro las piernas.
Y en la pantalla, detrás de mí, mi imagen sigue avanzando sola. Debo de haber rozado el mando al arrodillarme. Remate, remate, remate. Seiscientas personas gritando sin sonido.
Ella se agarra a los brazos de la butaca.
Y la como así. Arrodillada en la moqueta, con mi propio partido de fondo. Se la chupo despacio y luego no despacio. Ella gime y me agarra del pelo y me dice que no pare, que me la coma entera, que la folle con la lengua.
Se corre con la cabeza hacia atrás, contra el respaldo de la butaca, con las manos clavadas en los brazos de madera.
—Ferrer —dice—. Ferrer.
Como en la pista.
Y la butaca de al lado se cierra sola con un golpe, porque le he dado con el pie, y las dos damos un salto y nos echamos a reír.
* * *
A las diez y veinticinco me suena el móvil.
Jonay.
«Estoy llegando. 5 min».
Nos vestimos en dos minutos. Abrochamos botones, subimos cremalleras, nos colocamos el pelo con los dedos. Yaiza recoge el mando del suelo. Vuelve a poner el vídeo del principio. Enciende las luces del techo.
Me miro en la pantalla del móvil, apagada. Tengo la cara roja. El pelo revuelto. La camisa mal abrochada, un botón por arriba del que toca.
Yaiza me la desabrocha. Me la vuelve a abrochar bien. Botón a botón. Despacio. Como me ata las zapatillas.
—Ya está —me dice—. Perfecta.
Me da un beso. Rápido.
—Baja tú primero. Yo cierro.
* * *
El Corolla blanco está en la puerta del pabellón, con las luces encendidas, en doble fila. Como el primer día de pretemporada.
Jonay baja la ventanilla. Sonríe.
—¡Campeona! ¿Qué tal el vídeo?
—Largo.
—Me imagino. Este italiano os explota.
Me subo al coche. Le doy un beso. Huele a puerto y a café.
Y entonces sale Yaiza por la puerta del pabellón. Con la bolsa al hombro. Cerrando con llave. Se gira. Nos ve.
Jonay baja la ventanilla de mi lado.
—¡Yaiza! ¡Hola!
Ella se acerca. Se agacha a la altura de la ventanilla. Está a medio metro de mí. Huele a mí.
—Hola, Jonay.
—¿Mucho vídeo?
—Mucho. —Me mira un segundo. Luego a él—. Tu novia es muy buena alumna. Se lo aprende todo a la primera.
—Ya lo sé. —Jonay se ríe, orgulloso—. Oye, que tenemos pendiente lo del surf. Un domingo de estos. En Almáciga.
—Cuando quieras.
—¿Te vienes a cenar? Vamos a las croquetas.
Se me para el corazón.
Yaiza sonríe.
—Otro día. Hoy estoy muerta.
—Otro día, entonces.
Se incorpora. Da dos golpecitos en el techo del coche.
—Buenas noches, pareja.
Y se va hacia su Polo rojo.
Jonay arranca. Sube la ventanilla. Pone la radio.
—Qué maja es —dice—. Y qué buena es contigo. Te cuida mucho, ¿eh? Se le nota.
—Sí.
—Me alegro de que tengas una amiga así en el equipo. De verdad.
Me pone la mano en la rodilla. Como siempre.
Y yo miro por la ventanilla, a la niebla, a las farolas con su halo, y me muerdo el labio hasta que me hago sangre.
Porque me da la risa.
Y porque me dan ganas de llorar.
Y no sé cuál de las dos va a ganar.