21. Las muñecas
Los martes se convierten en una costumbre.
No sé cuándo pasa. El primer martes voy temblando. El segundo, menos. El tercero, ya sé dónde aparcar, qué portal usar para quitarme la cadena, cuántos pasos hay desde la esquina hasta la aldaba con forma de mano. Dieciséis.
La mentira también se vuelve costumbre.
Le digo a Jonay que Massimo ha empezado a hacer sesiones de vídeo los martes por la tarde, solo con la colocadora y la opuesta, para analizar a los rivales. Que son largas. Que luego nos quedamos a cenar algo por La Laguna para no volver con el estómago vacío.
Él se lo cree. Claro que se lo cree. ¿Por qué no se lo iba a creer? Le parece bien. Le parece que el italiano es un crack. Le parece que la Copa va a ser nuestra.
Ya no llevo la cuenta de las mentiras. Dejé de contarlas en la octava.
* * *
El sábado 23 de enero jugamos contra el Ebro. En casa.
Es la revancha de Logroño. Del 3-2, del quinto set, de la pelota mía que se fue fuera por un dedo. Massimo lleva toda la semana hablando de eso. La peña ha hecho una pancarta. El pabellón está lleno: seiscientas personas, tambores, bufandas verdes, niñas con la cara pintada.
A las cuatro y media me siento en el banco. En el hueco de siempre. Al lado de la taquilla de Yaiza.
Ella llega. No pregunta.
Se arrodilla delante de mí, en el suelo.
—Pie.
Le doy el pie. Le apoyo la zapatilla en el muslo.
Y esta vez, antes de empezar a desatar, me coge el tobillo. No la zapatilla. El tobillo. Con dos dedos. Por la parte de dentro, por encima del calcetín, donde se nota el pulso.
Me lo aprieta un poco.
Y me desata la zapatilla.
Me la vuelve a atar desde abajo, cruce a cruce, tirando de cada cruce para que apriete. Primero la izquierda. Luego la derecha. Como siempre. Pero entre cruce y cruce sus dedos vuelven a mi tobillo. Se quedan ahí, en el pulso. Notando cómo se me acelera.
Doble nudo. Y los dos golpecitos en el tobillo, por encima del calcetín.
Y con los dos dedos todavía ahí, sin mirarme, muy bajo, para que no lo oiga nadie más en el vestuario:
—Esta noche. En casa. Dile lo que quieras.
Y se levanta.
Y me deja con el pie en el suelo y el pulso a mil.
* * *
Ganamos 3-1.
No me acuerdo de mucho. Me acuerdo de que en el tercer set, con 24-23, me pone una pelota por detrás, una rápida desde la zona uno que no habíamos hecho nunca en un partido, y que salto sin pensar, y que la mato, y que el pabellón se viene abajo.
Me acuerdo de que en el cuarto me pone otra igual. Y otra. Y que el Ebro no sabe qué hacer.
Me acuerdo de que en el último punto, después de mi remate, me salta encima. Como en el 22-20 contra el Turia. Con las piernas alrededor de mi cintura, delante de seiscientas personas. Y que me dice al oído, en mitad de los gritos:
—Esta te la he puesto pensando en esta noche.
Y se baja. Y se va a celebrar con Chus.
No me acuerdo de nada más.
* * *
A Jonay le digo que hay cena del equipo para celebrar la revancha. Que es en La Laguna. Que volveré tarde.
Él tiene partido de fútbol con los colegas en el Heliodoro, el Tenerife contra no sé quién, y luego cervezas. Le parece perfecto.
—Disfruta, campeona —me dice por teléfono—. Te lo has ganado. Eres la mejor opuesta de España.
—Gracias.
—Te quiero.
—Y yo.
Cuelgo. Me quito la cadena y la guardo en el bolsillo interior de la chaqueta. Llamo a la aldaba.
* * *
Yaiza me abre en albornoz. Uno blanco, viejo, de hotel, con el pelo mojado y los pies descalzos.
No me besa en la puerta. Me coge de la mano. Me lleva por el zaguán, por el patio, entre los helechos, por la escalera de madera que cruje. Por la galería. Hasta su cuarto.
La cama de hierro. La colcha blanca de ganchillo. Una sola lámpara encendida, en la mesilla, con un pañuelo rojo por encima que hace que la luz sea roja también.
Y en la colcha, en el centro, un par de cordones.
Nuevos. Blancos. Largos. Todavía doblados como vienen en el paquete, y el cajón de la mesilla entreabierto. Iguales que los de recambio que lleva siempre en la bolsa por si a mí se me rompe uno.
Me quedo mirándolos.
—Desnúdate —dice ella.
Me desnudo. Despacio. Ella me mira desde la puerta, apoyada en el marco, con el albornoz abierto.
Cuando estoy desnuda, se acerca. Coge los cordones de la cama.
—Mano.
Como en el vestuario. La misma voz. Solo cambia la palabra.
Le doy la mano derecha.
Me coge la muñeca. Con dos dedos. Por dentro, en el pulso. Como esta tarde el tobillo.
—La otra también.
Le doy la otra.
Me junta las dos muñecas. Una contra otra, por la parte de dentro, como se juntan las manos para rezar. Y me mira.
—¿Te fías de mí?
Trago saliva.
—Sí.
—Si en algún momento quieres que pare, haz el puño. Con cualquier mano. Cierras la mano y paro. Al momento. ¿Vale?
—Vale.
—Dímelo.
—Si cierro el puño, paras.
Asiente.
Y empieza a atar.
Cruce a cruce. Como las zapatillas.
Empieza por abajo, junto a las palmas. Pasa el cordón entre las dos muñecas, lo cruza por encima, lo vuelve a pasar, y tira.
Ese tirón seco que he notado en el empeine doscientas veces en el vestuario.
Despacio. Ajustándolo con el pulgar. Un cruce.
Su pulgar me recorre las dos muñecas, apretando.
Otro cruce, un poco más arriba. Otra vez el pulgar.
No aprieta mucho. Lo justo. Lo justo para que no pueda separarlas.
Tercer cruce. Doble nudo, a un milímetro de mi piel.
Y me pone dos dedos en la muñeca. Por la parte del pulso.
Dos golpecitos.
Cortos, secos, con las yemas. Los mismos que me da en el tobillo antes de cada partido.
Y yo me muero.
Me muero de pie, desnuda, con las muñecas atadas, en un cuarto rojo de una casa de doscientos años. Me muero porque es el mismo gesto. Exactamente el mismo. El de antes de cada partido. El que llevo seis años viendo sin mirar. Y ahora sé lo que era. Ahora sé lo que era desde siempre.
—Listo, mi niña —dice.
Como en el vestuario.
* * *
Me tumba en la cama.
Boca arriba. Me levanta los brazos por encima de la cabeza, con las muñecas juntas. Hasta el cabecero de hierro, que tiene barrotes, como una verja antigua.
Coge los dos cabos que le sobran del nudo. Los pasa por uno de los barrotes. Una vuelta. Dos. Otro doble nudo.
Tiro un poco. No puedo bajar los brazos.
Se me acelera la respiración.
Ella se da cuenta. Se sienta a mi lado en la cama. Me pone una mano en la tripa. Me mira.
—Respira.
Respiro.
—¿Bien?
—Bien.
—El puño.
—Ya lo sé.
Sonríe. Esa sonrisa de lado.
Se quita el albornoz. Lo deja caer al suelo. Y se queda de pie al lado de la cama, desnuda, con la luz roja de la lámpara dándole en la piel, mirándome entera.
—Seis años —dice—. Seis años atándote las zapatillas y pensando en esto.
—¿En esto?
—En esto. En tenerte así. Quieta. Sin poder tocarme. Sin poder hacer nada más que dejarte.
Se sube a la cama. Se pone de rodillas a mi lado.
—Esta noche no te vas a correr hasta que yo quiera —me dice—. Te lo aviso.
* * *
Empieza por los pies.
No me lo espero. Me coge un pie con las dos manos y me besa el empeine. El tobillo. Me pasa la lengua por la parte de dentro del tobillo, donde la piel es fina. Sube por el gemelo. Despacio. Muy despacio. Por la rodilla. Por la parte de dentro del muslo.
Y cuando llega arriba, cuando ya noto su aliento ahí, cuando ya me arqueo para buscarla…
Se para.
Y empieza por el otro pie.
—Yaiza…
—Shh.
El otro tobillo. El otro gemelo. La otra rodilla. El otro muslo, por dentro, subiendo. Su aliento. Ahí. Me arqueo. Tiro de las muñecas. El cabecero suena.
Se para otra vez.
Sube por la tripa. Por las costillas. Por los pechos. Me los lame enteros, despacio, alrededor, sin tocar los pezones. Una vuelta. Otra. Hasta que tengo los pezones tan duros que me duelen. Hasta que suplico con el cuerpo, arqueándome hacia su boca.
Y entonces me coge uno con los dientes.
Grito.
Me lo muerde. Despacio. Fuerte. Y luego lo suelta y me lo lame, suave, y luego me muerde el otro. Y yo gimo y tiro de las muñecas y el cabecero de hierro hace ruido contra la pared y no me importa.
—Mira cómo te pones —me dice contra el pecho—. Mira cómo te pones solo con esto.
Baja la mano. Me roza. Por fuera. Un segundo.
Y la quita.
—Estás empapada, Ferrer. Has empapado la colcha de mi abuela.
—Por favor.
Me sale sola. Por favor.
—Todavía no.
* * *
Coge algo de la mesilla.
El juguete. El negro. El de Corralejo.
Lo enciende. El zumbido.
Y me lo pone encima. Justo ahí.
Y me muero otra vez.
Es demasiado. Es todo a la vez, después de tanto tiempo sin nada. Se me arquea todo el cuerpo. Tiro tan fuerte de las muñecas que el cordón me corta la piel. Lo noto subir, enseguida, desde los pies, como una ola, enorme…
Y lo quita.
Justo antes. Justo en el borde. Lo quita y me quedo ahí, colgada, temblando, con el cuerpo entero gritando.
—No —digo—. No, no, por favor.
—Todavía no, mi niña.
Espera. Me mira. Me pasa un dedo por la tripa, muy suave, mientras se me va pasando. Mientras respiro. Mientras bajo.
Y cuando ya he bajado, vuelve a ponérmelo.
Otra vez. Otra vez la ola. Otra vez el borde.
Otra vez lo quita.
No sé cuántas veces lo hace. Cuatro. Cinco. Cada vez llego más rápido. Cada vez me quedo más arriba. Cada vez me cuesta más bajar. Estoy llorando. Estoy sudando. Tengo el pelo pegado a la cara y las muñecas ardiendo contra el cordón y el cuerpo entero temblando como si tuviera fiebre.
Y no cierro el puño.
Ni una vez. Ni se me pasa por la cabeza.
—Pídemelo —me dice al oído. Tumbada a mi lado. Con el juguete en la mano, apagado—. Como me pides la pelota.
—Por favor.
—Así no. En la pista no dices por favor. En la pista gritas. Dime qué quieres.
—Quiero correrme.
—¿Cómo?
No puedo pensar. No sé lo que me pregunta.
—Que me folles —digo. Me sale a gritos, como en la pista—. Que me folles con eso hasta que no pueda andar.
Se le escapa algo. Un ruido. Un gemido corto, ronco, como si la hubiera golpeado.
Enciende el juguete.
Y me lo mete.
Despacio. Hondo. Hasta el fondo. Y con la otra mano, con los dedos, con el pulgar, me toca por fuera, en círculos, como sabe, como solo sabe ella. Y baja la cabeza y me chupa un pezón, fuerte, y luego me muerde el cuello.
—Ahora —me dice—. Ahora sí. Remátala. Es tuya, Alba.
Me rompo.
No hay otra palabra. Me rompo. Me corro como no me he corrido nunca, ni en Corralejo, ni en el cañizo, ni en las dunas.
Me corro durante tanto tiempo que pienso que no va a parar.
Grito. Grito hasta que no me queda voz. Tiro de las muñecas.
El cabecero golpea la pared. Me cierro alrededor del juguete una vez, otra, otra, y ella no para, me sigue, me lleva más lejos, y vuelvo a subir sin haber bajado, y me corro otra vez, encima de la primera, y otra, hasta que ya no sé si es una o son tres o es la misma que no se acaba.
Y luego nada.
Negro. Blanco. No sé.
* * *
Cuando abro los ojos, ella está a mi lado. Me tiene abrazada. Me está apartando el pelo de la cara.
—Hola —me dice.
—Hola.
—Te has ido un momento.
—Ya.
Se ríe bajito. Me besa la frente.
Y luego se incorpora. Me coge las muñecas, todavía atadas al barrote.
Y hace lo de siempre. Deshacerme el nudo. Pero no con los dedos.
Se inclina. Busca con los dientes el nudo. Me mira. Desde arriba, esta vez. Con los ojos negros, brillantes.
Y tira.
Despacio. El nudo cede con un roce áspero contra sus dientes. Y con cada cruce que suelta, su boca baja un poco por mi muñeca. Una vuelta. Otra. Hasta que se suelta del barrote. Hasta que se sueltan mis manos.
Suelta el cordón de los dientes en la palma de su mano, húmedo, enredado.
—Partidazo, mi niña.
Y me echo a reír. Y a llorar. Las dos cosas a la vez. Y ella me abraza.
Tengo dos marcas rojas en las muñecas. Finas. Paralelas. Donde el cordón se me ha clavado al tirar.
Ella me las besa. Una y otra.
* * *
Vuelvo a casa a la una y media.
Jonay no ha llegado. Sigue con los colegas. Me manda un mensaje: «Hemos ganado nosotros también!! Llego tarde, no me esperes».
Me ducho. Me miro las muñecas en el espejo. Las marcas siguen ahí. Rojas. Antes de acostarme, saco la cadena del bolsillo de la chaqueta y la dejo en la mesilla.
Me pongo una sudadera de manga larga para dormir. Aunque no hace frío.
Por la mañana, Jonay me trae el café a la cama. Con resaca, con el pelo de punta, contento. Se sienta a mi lado. Me coge la mano para darme un beso en los nudillos.
Y me sube la manga sin querer.
—¿Y eso?
Me mira la muñeca. Las marcas.
Y yo tengo la mentira preparada desde anoche. Desde la ducha.
—Me até las muñequeras demasiado fuerte para el partido. Por lo del hombro.
Jonay asiente. Me pasa el pulgar por encima, suave.
—Ten cuidado, campeona. Que te vas a hacer daño.
Y me da un beso en la muñeca. Justo encima de la marca.
Y se va a la ducha silbando.
Yo me quedo en la cama, con el café en la mano, mirando las dos líneas rojas.
Y lo peor no es la mentira.
Lo peor es que, cuando me ha besado ahí, no he pensado en él.