Señas (Vestuario 3) 20. La casa de La Laguna
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20. La casa de La Laguna

Llego la primera. Me cambio en el coche. Me quito el anillo, ya ajustado, y lo meto en la cadena. Me cuesta un poco sacarlo. Ya no baila. Ahora se agarra al dedo.

Yaiza llega en el límite, como siempre.

—Buenos días, mis niñas. Feliz año.

Saluda a todas. A Tami, a Chus, a Thaís, que viene de pasar la Navidad en Brasil y está morena como un café. A mí.

—Ferrer. Feliz año.

—Feliz año.

Y nada más.

No me mira distinto. No me roza la nuca. No me hace ninguna seña. Entrenamos dos horas y en dos horas no pasa nada. Me coloca bien, correcto, como a todas. En el vestuario se ducha en la tercera alcachofa, a mi lado, y tararea su canción desafinada, y no me mira.

Y yo empiezo a pensar que me lo he inventado.

Que el mensaje de Nochevieja no era para mí. Que era una broma. Que lo mandó borracha y ya ni se acuerda. Que la dirección es de otra cosa. Que no hay ninguna hora, ni ningún sábado, ni nada.

Cuando salgo del vestuario, con el pelo mojado y la bolsa al hombro, ella está en la puerta del pabellón, hablando por teléfono.

Paso por su lado.

Y sin colgar, sin mirarme, sin dejar de hablar, levanta la mano izquierda a la altura de la cadera. Por detrás. Donde solo la veo yo.

Dos dedos. Y luego el puño.

Sigo andando. No me paro. No me giro. Me subo al coche con el corazón a mil.

No me lo he inventado.

* * *

La mentira me la preparo por la tarde, doblando ropa.

—Esta noche tengo cena con las chicas —le digo a Jonay. De espaldas, metiendo camisetas en el cajón—. Para celebrar el año nuevo. Es una cosa del equipo. Las veteranas.

—¿Las veteranas? —Se ríe desde el sofá—. Pero si tú tienes veintisiete años.

—Llevo seis temporadas. Eso es ser veterana.

—Vale, vale. ¿Dónde?

—En La Laguna. En un sitio del casco.

—¿Quieres que te lleve?

—No. Voy en mi coche. Así no te tienes que levantar.

Me sale lisa. Sin una arruga. Sin un temblor en la voz.

Me doy miedo.

La cuarta mentira. Y esta no es para tapar algo que ya ha pasado. Esta es para que pase.

* * *

La dirección es en el casco viejo de La Laguna. La parte antigua, la que es Patrimonio de la Humanidad, con las calles rectas y estrechas y las casas de colores con balcones de madera. Aparco en una calle de fuera y voy andando.

Son las ocho menos diez. Hace frío. La nube está tan baja que se mete por las calles como si fuera humo. Las farolas tienen un halo. No hay casi nadie. Alguna pareja mayor, un chico con un perro, unos estudiantes que salen de un bar.

Antes de llegar me paro en un portal.

Me quito la cadena del cuello. La meto en el bolsillo del abrigo.

Y sigo.

La casa está en una calle pequeña, detrás de la catedral. Es una casa canaria antigua, de dos plantas, pintada de color ocre, con la pintura desconchada en algunos sitios. Tiene una puerta de madera enorme, verde, con clavos de hierro. Y arriba, un balcón de madera oscura, cerrado, con celosías.

No sé si es aquí.

Compruebo el número en el móvil. Es aquí.

No hay timbre. Hay una aldaba de hierro con forma de mano.

Levanto la mano. Me tiembla.

Y antes de que llame, la puerta se abre.

* * *

Es ella.

Con unos vaqueros y una camiseta negra. Descalza. Con el pelo mojado, como si acabara de ducharse. Detrás de ella hay un zaguán oscuro, con el suelo de piedra, y al fondo una luz amarilla, un patio con plantas.

Nos miramos.

—Has venido —dice.

—Me has llamado.

—No te he llamado. Te he mandado un mensaje a las doce de la noche de Nochevieja con dos emojis. Eso no es llamar.

—Para mí sí.

Se queda callada. Me mira la mano derecha. El dedo.

Sin anillo.

—Te lo has quitado.

—En la calle. Antes de llegar.

Cierra los ojos un segundo.

—Tres semanas —dice—. Tres semanas viendo ese anillo. En el aeropuerto. En las fotos del grupo. En mi cabeza. Tres semanas diciéndome que se había acabado. Que lo de Corralejo era Corralejo. Que tú ibas a volver con él y yo iba a volver a lo mío y que iba a estar bien.

—¿Y?

—Y no he estado bien. —Abre los ojos—. No he estado bien ni un día, Alba.

Doy un paso. Entro en el zaguán.

Ella no se aparta.

Y cierra la puerta detrás de mí.

* * *

No llegamos al patio.

No llegamos a ninguna parte. La puerta se cierra con un golpe sordo, de madera vieja, y en el mismo segundo me tiene contra ella. Contra la madera. Con las dos manos en mi cara. Besándome.

No como en Corralejo. Como en Corralejo no. Allí nos besamos despacio, con tiempo, con diez días por delante. Esto no. Esto es hambre. Tres semanas de hambre. Me besa como si se le fuera a acabar el aire.

Le devuelvo el beso igual.

Le meto las manos por debajo de la camiseta. Por la espalda. Está caliente. No lleva sujetador. Le subo la camiseta, se la saco por la cabeza, la tiro al suelo de piedra.

Ella me quita el abrigo. Lo deja caer. Me desabrocha la camisa, botón a botón, demasiado despacio, y se cansa a la mitad y me la abre de un tirón, y un botón salta y rueda por el suelo del zaguán.

Nos reímos. Un segundo. Con la boca pegada.

Y luego ya no nos reímos.

Me baja el sujetador. No me lo quita. Me lo baja, por debajo de los pechos, y me los deja fuera, apretados por arriba por la tela. Y baja la cabeza. Y me muerde un pezón.

Grito. El zaguán tiene eco. El grito sube por las paredes de piedra hasta el techo de madera.

—Aquí no te oye nadie —me dice contra el pecho—. Esta casa tiene doscientos años y paredes de un metro. Aquí puedes gritar lo que quieras.

Me desabrocha los vaqueros. Me los baja hasta las rodillas. Con las bragas. De un tirón. Y se arrodilla.

En el suelo de piedra. Delante de mí. Contra la puerta.

—Yaiza…

No contesta. Me agarra las caderas con las dos manos. Me mira desde abajo. Como cuando me deshace el doble nudo después de cada partido.

Y me abre con la lengua.

Me tengo que agarrar a algo. No hay nada. Solo la puerta, lisa, a mi espalda. Me agarro a su pelo. Le meto los dedos en los rizos y me agarro.

No puedo abrir las piernas. Tengo los vaqueros en las rodillas. Estoy atrapada. Y ella no me deja moverme, me tiene sujeta por las caderas contra la madera, y me come así, de pie, con las piernas juntas, sin dejarme escapar.

Y es lo más fuerte que he sentido en mi vida.

—Tres semanas —dice contra mí, entre lametazo y lametazo—. Tres semanas sin esto. ¿Tú sabes lo que es ponerte la pelota en el entrenamiento esta mañana sabiendo a qué sabes?

No puedo contestar. No puedo hablar.

Me mete un dedo. Desde abajo. Con la lengua todavía encima. Y luego otro.

Se me doblan las rodillas. No me caigo porque ella me sujeta. Porque la puerta me sujeta.

—Cómo vienes —me dice. Saca la boca un segundo, me mira, con los labios brillando—. Cómo has venido. Empapada. Desde el coche, ¿verdad? Desde que te has quitado el anillo en la calle.

—Sí.

—Dilo.

—Desde el coche. Desde esta mañana. Desde la seña en la puerta del pabellón.

Le brillan los ojos.

Y vuelve a bajar la boca.

Me corro de pie. Contra una puerta de doscientos años.

Con los vaqueros en las rodillas y la camisa abierta y el sujetador bajado y su boca y sus dedos dentro.

Me corro gritando, y el grito sube por el zaguán, y no me importa.

Me corro agarrada a su pelo con las dos manos, tan fuerte que se me escurren los pies en la piedra y me voy resbalando por la puerta hacia abajo, hacia ella, hasta que me quedo sentada en el suelo, delante de ella, de rodillas las dos.

Nos miramos. Jadeando.

Y me lanzo a por ella.

La tumbo en el suelo de piedra. Frío. No importa.

Le desabrocho los vaqueros. Se los bajo.

Me pongo encima, al revés, con la cara entre sus piernas, como no hemos hecho nunca, y ella dice «no, así no», y me sube, me coloca encima de su muslo, de lado, y mete el suyo entre los míos.

Las dos piernas cruzadas. Como unas tijeras.

—Así —me dice—. Así nos follamos las dos. A la vez.

Y nos movemos.

Yo encima de ella, ella debajo de mí, las dos con las piernas entrelazadas, pegadas por donde más quema.

Mojadas las dos. Resbalando la una contra la otra.

Es lento, es torpe al principio, no encontramos el ritmo.

Y luego sí. Y luego lo encontramos. Y es como la rápida.

Uno, dos, tres. Sin pensar. Las dos a la vez.

Ella me agarra el culo. Yo le agarro los pechos, le pellizco los pezones, y gime debajo de mí. Nos miramos.

—No me sueltes —me dice.

—No te suelto.

Y se corre debajo de mí. Mirando el techo de madera del zaguán. Con la boca abierta y mi nombre. Y yo me corro otra vez al notarla, encima, sin poder parar, sin querer parar.

Nos quedamos en el suelo. En la piedra fría del zaguán. Medio desnudas. Con la ropa enredada en las piernas. Mi botón, el de la camisa, a un metro, brillando con la luz del patio.

—Esto no es Corralejo —dice ella, mirando el techo.

—No.

—Esto es mi casa.

—Ya lo sé.

—No sé qué estoy haciendo, Alba.

Me giro. La miro. Tiene los ojos cerrados.

—Yo tampoco —le digo.

Y me abraza.

* * *

Después me enseña la casa.

Era de su abuela. De la madre de su madre. La heredó hace cinco años, cuando murió, y se vino a vivir sola. Está vieja. Las paredes están desconchadas, el suelo de madera cruje, el agua caliente tarda diez minutos en salir. Pero es preciosa.

El patio es lo más bonito. Es cuadrado, sin techo, abierto al cielo, con el suelo de piedra y un pozo en el centro, tapado con una madera.

Está lleno de plantas. Helechos enormes, colgando de las barandillas.

Geranios. Un drago pequeño en una maceta, como el del tatuaje.

Y alrededor, en la planta de arriba, una galería de madera, con barandillas, por la que se va a las habitaciones.

—Lo plantó mi abuela —dice, tocando el drago—. El día que yo nací. Dicen que los dragos viven mil años. Ella decía que este iba a vivir lo que yo.

—Por eso el tatuaje.

—Por eso el tatuaje.

Subimos a la galería. Me enseña su cuarto. Una cama grande, de hierro, con una colcha blanca de ganchillo. Una mesilla con libros. Un armario antiguo. Y al fondo, el balcón de madera, el de las celosías, que da a la calle.

Nos asomamos. Por las celosías se ve la calle vacía, la niebla, las farolas con su halo. Desde fuera no se ve nada. Desde dentro se ve todo.

—Las mujeres de antes se asomaban aquí —me dice—. Para ver la calle sin que las vieran.

—Como tú.

—Como yo. —Sonríe—. Seis años mirándote desde detrás de una celosía.

La beso.

Y nos quedamos en el balcón mucho rato. Abrazadas. Mirando la calle vacía. Sin hablar.

* * *

A las once y media me visto.

Me pongo los vaqueros. Me pongo la camisa, que no cierra bien porque le falta un botón. Me pongo el abrigo encima, abrochado hasta arriba, para que no se vea.

Yaiza me mira desde la cama.

—¿Qué le has dicho?

—Cena con las veteranas.

—Las veteranas. —Se ríe, sin ganas—. Muy bien. Eso es de Chus.

—No lo va a comprobar.

—Ya lo sé. —Se incorpora—. Por eso es peor.

No contesto.

Me acompaña a la puerta. Descalza, con una camiseta enorme. Recoge el botón del suelo del zaguán y me lo pone en la mano.

—Para que no tengas que explicar dónde lo has perdido.

Me lo guardo en el bolsillo. Con la cadena.

Abre la puerta. Entra el frío. La niebla.

Y antes de que salga, me coge de la mano.

—El martes —dice—. A las ocho.

No es una pregunta.

—El martes.

Y cierra.

* * *

En el coche, antes de arrancar, saco la cadena del bolsillo. Saco el anillo. Me lo pongo.

Cuesta. Ahora se agarra.

Conduzco hasta Santa Cruz con la ventanilla bajada, para que se me vaya el olor. El coco. La sal. Ella.

Jonay está dormido cuando llego. Con la tele encendida, en el sofá, con la manta de cuadros.

Le apago la tele. Le tapo bien.

Me meto en la ducha. Me lavo el pelo dos veces. Me froto la piel hasta que se me pone roja.

Y no se va.

Cuando me meto en la cama, todavía la noto. En la boca. En los muslos. En el pecho, donde me mordió.

Y me doy cuenta de que no quiero que se vaya.

Cuatro mentiras.

Y el martes, la quinta.