Señas (Vestuario 3) 19. Los Rodeos
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19. Los Rodeos

En el avión de vuelta no nos sentamos juntas.

No lo hablamos. No hace falta. En la cola del embarque, Yaiza se pone delante, al lado de Massimo, hablando de algo de la liga. Yo me quedo detrás, con Tami. Y cuando entramos, ella se sienta en la fila tres y yo en la once.

Ocho filas.

Tami se sienta a mi lado. Se pone los cascos. No dice nada en todo el vuelo. Pero a mitad de camino, cuando el avión pasa por encima de Gran Canaria, me coge la mano y me la aprieta. Un segundo. Sin quitarse los cascos. Sin mirarme.

No sé lo que sabe. No sé lo que se imagina.

Le aprieto la mano yo también.

Por la ventanilla veo acercarse Tenerife. El Teide primero, enorme, con nieve en la punta. Luego el monte verde del norte. Y luego, al bajar, la nube. La panza de burro. Gris, baja, quieta, tapando La Laguna como una tapa encima de una caja.

Entramos en la nube. Todo se vuelve blanco. Luego gris. El avión tiembla.

Y cuando salimos por debajo, ya estamos en casa.

* * *

En la cinta de las maletas, espero la mía.

Yaiza está al otro lado de la cinta. A cinco metros. Con su bolsa de deporte ya en el hombro, porque ella siempre viaja con poco. Mira el móvil.

Me meto la mano en el bolsillo de la sudadera.

Ahí está. El anillo. Lo saqué del cajón esta mañana, a las diez, mientras Yaiza estaba en la ducha. Lo metí en un bolsillo y guardé la cadena en el otro. Y llevo todo el viaje tocándolo con los dedos, dándole vueltas, sin sacarlo.

Lo saco.

Me lo pongo.

En el dedo. En el anular derecho. Donde la marca blanca ya casi no se ve, después de diez días de sol.

Me queda grande. Da vueltas.

Levanto la vista.

Yaiza me está mirando. Por encima del móvil. Me mira la mano. El anillo. Y luego la cara.

No hay nada en su cara. Nada. Está quieta, lisa, como el agua de la laguna de Lobos.

Y luego aparta la vista. Y se va hacia la salida.

No se despide. Igual que la noche de Logroño.

* * *

Jonay está en llegadas.

Lo veo antes de que me vea. Está de pie al lado de la puerta, con un ramo de flores en la mano. Flores de pico de pájaro, naranjas y moradas, las que hay en todos los jardines de aquí y que a mí me encantan desde el primer día que pisé la isla. Se lo dije una vez, hace años. Se acuerda.

Se ha cortado el pelo. Se ha puesto la camisa de cuadros.

Me ve. Se le ilumina la cara.

Y yo pienso: no puedo.

Y luego pienso: tienes que poder.

—¡Campeona!

Me abraza. Me levanta del suelo, con flores y todo. Me da vueltas. Huele a colonia y a café y a casa. Me besa. En la boca. Delante de todo el mundo, delante de Tami, delante de Chus, delante de Massimo que pasa empujando su maleta y hace como que no ve.

No sé dónde está Yaiza. Espero que ya se haya ido. Espero que no lo esté viendo.

Le devuelvo el beso.

Es un beso bueno. Es el beso de siempre.

Y no siento nada.

No es que sienta algo malo. No es asco, ni rechazo, ni nada de eso. Es que no siento nada. Como cuando te tocas una parte del cuerpo que se te ha dormido. Está ahí. Es tuya. Pero no la notas.

—Qué morena estás —me dice, con la frente pegada a la mía—. Pareces otra.

—Diez días al sol.

—Y qué flaca. ¿No os daban de comer?

—Mucho entrenamiento.

Me coge la mano. La derecha. Mira el anillo.

—Ahí está. —Sonríe—. Mañana mismo lo llevamos a arreglar, que te baila.

—Vale.

Me da las flores. Me coge la maleta. Me pasa el brazo por los hombros.

Y salimos al aparcamiento, a la nube, al frío húmedo de La Laguna en diciembre, que después de Fuerteventura me cala los huesos.

* * *

En el coche me cuenta todo lo que ha pasado en diez días.

Que su madre ha decidido hacer la cena de Nochebuena en su casa, en La Cuesta, y que va a venir toda la familia, treinta personas.

Que su tío Fermín ha dicho que si en la boda no hay cochinillo él no va, y que su madre le ha dicho que entonces que no vaya.

Que en el puerto ha llegado un barco de cruceros enorme y la gente lo miraba como si fuera una ballena.

Yo digo «sí» y «qué fuerte» donde toca.

Miro por la ventanilla. La autopista baja hacia Santa Cruz. Va saliendo el sol a medida que bajamos. Abajo, el mar, gris y azul. El puerto. Las grúas.

Y pienso en otro mar. Turquesa. Con una cala pequeña entre rocas negras.

—¿Alba?

—¿Qué?

—Que si te parece bien. Lo de Nochebuena en casa de mi madre. Y Nochevieja con los colegas, en casa de Airam.

—Sí. Claro.

—Estás en las nubes.

—Estoy cansada.

—Normal. —Me pone la mano en la rodilla. Como siempre que conduce—. Esta noche te mimo. Te hago la cena, te doy un masaje, y luego… —Me aprieta la rodilla. Sonríe de lado—. Luego celebramos que has vuelto.

Se me para algo dentro.

No puedo.

No puedo hacerlo con él esta noche. No con su olor todavía en mí. No con la sal de Lobos todavía en el pelo. No con sus dedos todavía…

No puedo.

—Me ha bajado la regla —digo.

Me sale sola. Igual que la mentira de los moratones. Sin pensarla. Con la misma voz tranquila que no parece la mía.

—Ah. —Jonay quita la mano de la rodilla. Me la pone en la nuca, cariñoso—. Pues nada. Esta noche peli y manta. Y te hago un caldo.

—Gracias.

No es verdad. No me ha bajado. Me tiene que bajar dentro de diez días.

La tercera mentira. Llevo la cuenta.

* * *

Esa noche, en la cama de la calle Castillo, no duermo.

Jonay duerme a mi lado. Ronca bajito. Me tiene abrazada por la cintura, como siempre. Su brazo pesa.

La cama es enorme. Después de diez noches en una de una persona, la cama de matrimonio me parece un desierto. Sobra espacio por todas partes. Sobra Jonay, a un lado. Falta algo, en el otro.

Me levanto. Despacio, para no despertarle. Me voy al salón. Me siento en el sofá, con la manta de cuadros.

Me quito el anillo del dedo.

Me lo quedo mirando en la palma de la mano. El oro blanco. La piedra pequeña. Le doy vueltas.

Y luego busco la cadena en el bolsillo de la sudadera, que he dejado en el sofá. Meto el anillo. Me la cuelgo.

Y la agarro con el puño. Con fuerza. Con el anillo apretado dentro de la mano, contra el pecho.

Dos dedos y luego el puño.

No sé por qué pienso en eso. No sé por qué se me viene la seña a la cabeza justo ahora, con el puño cerrado. Pero se me viene.

Cojo el móvil. Abro el chat de Yaiza.

El último mensaje es de hace tres semanas. Del grupo, reenviado: el horario de un entrenamiento. Nada más. En seis años nunca nos hemos escrito más que cosas del equipo.

Escribo: «Hola».

Lo borro.

Escribo: «¿Estás despierta?».

Lo borro.

Escribo: «No puedo dormir en una cama tan grande».

Me quedo mirando la frase mucho rato. Con el dedo encima del botón de enviar.

Lo borro.

Apago el móvil.

Y me quedo en el sofá hasta que amanece, con la cadena apretada en el puño.

* * *

Pasan los días de Navidad.

No hay entrenamiento hasta el 2 de enero. Massimo nos ha dado vacaciones.

Voy a la joyería con Jonay a que me ajusten el anillo. Una tienda pequeña en la calle Castillo, con un señor mayor que me mide el dedo con unos aros de metal y dice que en tres días lo tengo.

Tres días sin anillo. Tres días en los que me miro la mano y no sé si me siento aliviada o culpable.

Voy a la cena de Nochebuena en casa de la madre de Jonay.

En La Cuesta. Treinta personas. El tío Fermín me abraza y me dice que soy la novia más guapa que ha traído nunca un Hernández a esa casa.

La madre de Jonay me da un pañuelo bordado que era de su madre, para que lo lleve el día de la boda.

Algo viejo, dice. Todas las novias tienen que llevar algo viejo.

Me lo guardo en el bolso. Me tiembla la mano.

Mi madre llama por vídeo desde Valencia. Está con mis tías, en casa de la abuela, en Alboraya. Me enseña el belén. Me enseña el turrón. Me enseña una foto de un vestido de novia que ha visto en una revista y que dice que es igual que el que me va a gustar en febrero.

—Ya queda menos, nena —me dice—. Seis meses.

Seis meses.

Voy a recoger el anillo. Me queda bien. Ya no baila.

Y a Yaiza no la veo. Ni la oigo. Ni un mensaje. Ni un «feliz Navidad» en el grupo del equipo, donde todas mandan fotos de sus cenas, de sus árboles, de sus perros con gorritos de Papá Noel.

Nada.

Como si hubiera desaparecido.

Como si Corralejo no hubiera existido.

* * *

Nochevieja es en casa de Airam. En un ático en el centro de Santa Cruz, con una terraza desde la que se ve el puerto y el Auditorio.

Hay mucha gente. Los colegas de Jonay. Sus novias. Música alta, gintonics, jamón en un plato de plástico. Todo el mundo está contento. Todo el mundo habla de la boda. Me preguntan por el vestido, por el menú, por la luna de miel.

Bali, digo. Quince días.

Qué envidia, dicen.

A las doce menos cinco salimos a la terraza para las uvas. Airam pone la tele en el móvil, con las campanadas de la Puerta del Sol. Todo el mundo con su vaso de plástico con doce uvas. Jonay me pasa el brazo por la cintura.

Suenan los cuartos. Todo el mundo grita.

Y luego las campanadas.

Una uva. Dos. Tres.

Me las como mirando el puerto. Las luces de los barcos. El mar negro.

Cinco. Seis. Siete.

Me acuerdo de las dunas. De la luna. De la arena.

Nueve. Diez. Once.

Doce.

Y todo el mundo grita feliz año, y empiezan los fuegos artificiales en el puerto, y Jonay me coge la cara con las dos manos y me besa. Largo. Con los fuegos detrás.

—Feliz año, mi amor —me dice—. El año de nuestra boda.

—Feliz año.

Y en el bolsillo del vestido me vibra el móvil.

Una vez.

No lo miro. Jonay me abraza. Los colegas nos abrazan. Todo el mundo se abraza con todo el mundo. Alguien abre una botella de cava y me salpica el vestido.

Cuando por fin me suelto, me meto en el baño del ático. Cierro la puerta. Saco el móvil.

Es un mensaje. De Yaiza.

El primero en tres semanas. El primero de verdad en seis años.

No tiene palabras. Solo dos emojis. Uno detrás de otro.

✌️✊

Dos dedos. Y luego el puño.

Me siento en el borde de la bañera. Con el móvil en la mano. Con el vestido mojado de cava y los fuegos artificiales sonando al otro lado de la ventana, y la música, y la gente gritando feliz año.

Y me miro la mano derecha.

El anillo. Ajustado. Que ya no baila.

Y escribo la respuesta.

No pienso. No borro nada. La escribo y la mando.

✌️✊

Y me quedo mirando la pantalla hasta que aparecen las dos rayitas azules. Leído.

Y luego, debajo, tres puntitos. Escribiendo.

Y luego nada.

Y luego, a la una y cuarto de la madrugada del primer día del año, una dirección de La Laguna. Una calle. Un número. Y una hora.

El sábado. A las ocho.