18. Lobos
El octavo día pasa sin que me dé cuenta.
Entrenamos por la mañana y por la tarde. Comemos. Cenamos. Hablamos con las demás, nos reímos de los chistes de Tami, ayudamos a Thaís a buscar sus chanclas, que han aparecido en el tejado del bungaló de Massimo. Hacemos todo lo que hay que hacer. Y por la noche cerramos la puerta y no dormimos.
No hablamos de Jonay. No hablamos del avión. No hablamos de nada.
Es como si las dos hubiéramos decidido lo mismo sin decírnoslo: que mientras no lo digamos, no existe.
* * *
El noveno día es libre. El último antes de volver.
Massimo lo anuncia en el desayuno: mañana a las doce, furgoneta al aeropuerto. Hoy, lo que queráis. Pero nada de tonterías, que os conozco.
Nerea, Irene, Marta y las demás del filial se van con Thaís a El Cotillo, en la otra costa, a ver la puesta de sol. Chus se apunta. Tami también.
—¿Venís? —nos pregunta, mirándonos a las dos.
—Yo me voy a Lobos —dice Yaiza. Con la boca llena de pan, sin levantar la vista—. Nunca he ido. Llevo diez años viniendo a Fuerteventura y nunca he ido.
—¿Y tú, Alba?
Yaiza no me mira. Unta mantequilla en el pan, muy concentrada.
—Yo tampoco he ido nunca —digo.
Tami nos mira a una y a otra. Mucho rato.
—Pues nada —dice—. Que lo paséis bien en Lobos.
Y se levanta a por más café.
* * *
Lobos es una isla pequeña, muy pequeña, que está justo enfrente de Corralejo.
Se ve desde la playa: una mancha marrón y baja en mitad del agua turquesa, con un volcán en un lado.
No vive nadie. Solo hay un faro, un chiringuito y senderos de piedra.
Para ir hay que pedir un permiso, porque solo dejan entrar a unos cuantos al día, y coger una barca en el puerto.
Yaiza ha pedido el permiso la noche antes. Para dos. Lo sé porque me enseña el móvil en la cola de la barca, con los dos nombres. Mendoza. Ferrer.
—¿Cuándo lo has pedido?
—Anoche. Mientras dormías.
—Yo no dormí anoche.
—Diez minutos. Te dormiste diez minutos. Roncas, por cierto.
—No ronco.
—Roncas bajito. Como un gato.
Le doy un codazo. Se ríe. Una señora alemana que hay delante de nosotras en la cola se gira y nos mira y sonríe.
Y me doy cuenta de que nos está mirando como se mira a una pareja.
* * *
La barca tarda quince minutos. Es pequeña, blanca, con un fondo de cristal por el que se ven los peces.
Vamos sentadas en la proa, con las piernas colgando, con el agua salpicándonos los pies.
El mar es de un azul que no sé describir.
Transparente. Se ve el fondo, la arena blanca, las rocas negras, los peces de colores.
Yaiza tiene la cara al sol y los ojos cerrados.
No me coge la mano. Hay gente. Pero tiene la rodilla pegada a la mía. Como en el guachinche.
Como siempre, pienso. Desde siempre.
* * *
En Lobos casi toda la gente se queda en la playa de la entrada, una laguna de agua muy quieta, poco profunda, llena de familias y niños con gafas de bucear. Nosotras no.
Cogemos el sendero. Un camino de tierra y piedra que da la vuelta a la isla, entre arbustos bajos, secos, y rocas volcánicas de todos los colores: negras, rojas, marrones. No hay sombra. El sol pega fuerte. Vamos en bañador, con una camiseta encima y una mochila con agua y bocadillos.
Andamos una hora. Dos. Pasamos el faro. Pasamos el volcán. La gente se va quedando atrás. Al final no hay nadie.
Y entonces Yaiza se para.
—Allí.
Señala hacia abajo. Hacia el mar. Entre dos lenguas de roca negra hay una cala pequeña. Diminuta. Una media luna de arena blanca, del tamaño de una habitación, con el agua turquesa entrando despacio. Rodeada de roca por todas partes. Para llegar hay que bajar por las piedras.
No hay nadie. No hay una huella en la arena.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—No lo sabía. —Se encoge de hombros—. Lo estaba buscando.
Bajamos. Despacio, agarrándonos a las rocas, que están calientes como una sartén. Yaiza va delante. Me da la mano en el último tramo, para que no me caiga.
Y no me la suelta.
* * *
Nos bañamos desnudas.
No lo decidimos. Ella se quita la camiseta, se quita el bañador, lo deja en una roca y se mete en el agua. Sin mirarme. Sin decir nada. Y yo la miro meterse, morena, desnuda, con el agua turquesa subiéndole por las piernas, por las caderas, por la cintura, hasta que se zambulle y desaparece.
Y yo hago lo mismo.
El agua está fría. No mucho, pero fría. Me corta la respiración un segundo. Luego no. Luego es como si me envolviera.
Nado hacia ella. Está en el centro de la cala, donde no se hace pie, flotando boca arriba, con los brazos abiertos y los ojos cerrados al sol.
Me pongo a su lado. Floto yo también.
No se oye nada. Solo el agua en los oídos. Solo el sol en la cara.
Y su mano, que busca la mía debajo del agua.
Nos quedamos así mucho rato. Flotando. De la mano. Con el mar moviéndonos despacio, arriba y abajo, como si nos meciera.
—Alba —dice ella, sin abrir los ojos.
—Qué.
—Nada. Solo quería decirlo.
* * *
No sé quién empieza.
Creo que yo. Creo que dejo de flotar y la busco y la abrazo por la cintura, y ella se da la vuelta en el agua y me abraza a mí. Y nos besamos. Con la boca salada. Con el agua por los hombros. Moviendo las piernas para no hundirnos.
Nos hundimos igual.
Nos hundimos besándonos, y salimos tosiendo y riendo, y nos volvemos a besar.
—Ven —me dice. Y nada hacia la orilla.
No hasta la arena. Hasta donde se hace pie. Donde el agua nos llega por el pecho y el fondo es de arena blanca y fina.
Se pone de pie. Me coge por la cintura.
Y me levanta.
En el agua no peso nada. Me levanta como si fuera una niña. Y yo le rodeo la cintura con las piernas, y le paso los brazos por el cuello, como cuando me saltó encima en el punto del 22-20. Pero al revés. Y desnudas. Y sin nadie mirando.
Nos quedamos así. Yo encima de ella, enroscada. Ella de pie en la arena, con el agua por el pecho, sujetándome por el culo.
Y el mar nos mueve.
Eso es lo que no espero. Que el mar nos mueva. Cada ola pequeña que entra en la cala nos levanta un poco y nos baja. Nos acerca. Nos aparta. Nos vuelve a pegar. Como si el agua también quisiera.
Yaiza baja una mano. Por mi culo. Por debajo. Por entre mis piernas, que tengo abiertas alrededor de su cintura.
Y me toca.
Debajo del agua. Con el mar entrando y saliendo. Con el sol en la cara.
Se me escapa un gemido. Aquí tampoco hay nadie. Aquí tampoco hay que taparse la boca.
—Así —me dice al oído—. Agárrate fuerte, Ferrer. No te sueltes. —Baja la cabeza y me coge un pezón con la boca, mojado de mar, y me lo chupa con la sal—. Sabes a Lobos.
Me agarro.
Y me mete los dedos.
Es distinto en el agua. Todo es distinto. Es más lento, más suave, más raro. El agua fría por fuera y ella caliente por dentro. Sus dedos moviéndose y el mar moviéndonos a las dos al mismo tiempo, arriba y abajo, como si cada ola me empujara contra su mano.
No tengo que hacer nada. Solo agarrarme. El mar lo hace por mí.
—Mira —me dice. Y me gira la cara con la otra mano. Hacia fuera, hacia el mar abierto, hacia el horizonte.
Y lo veo.
El mar. Todo el mar, azul, enorme, brillando. Y al fondo, muy lejos, Fuerteventura. Las dunas, blancas, pequeñas como un dibujo. Y más lejos todavía, una sombra en el horizonte que no sé si es Lanzarote o es una nube.
Y ella dentro de mí.
—Quiero que te acuerdes de esto —me dice al oído—. De esto. De aquí. Cuando estés en Tenerife. Cuando estés con él. Quiero que te acuerdes de que te corriste mirando el mar mientras te follaba con los dedos.
Y me corro.
Me corro mirando el mar. Con los brazos alrededor de su cuello y las piernas alrededor de su cintura y la cabeza hacia atrás.
Me corro con las olas entrando y saliendo, con el agua fría en la espalda y el sol en la cara.
Me corro tan despacio que dura muchísimo, como una ola larga que no termina de romper.
Cuando termino, ella sigue sujetándome.
No me suelta.
Y me doy cuenta de que estoy llorando otra vez. Y de que ella también.
* * *
Después nos tumbamos en las rocas.
En una roca negra, lisa, enorme, al lado de la cala. Está caliente. Muy caliente. Te quema un poco al principio y luego no. Es como tumbarse encima de un animal dormido.
Nos tumbamos desnudas, boca arriba, para secarnos al sol. Ella con la cabeza en mi hombro.
Nos comemos los bocadillos. De queso y tomate. Se han aplastado en la mochila y saben a pan caliente y a sal. Son los mejores bocadillos de mi vida.
Y luego le toca a ella.
No lo decido. O sí. Me pongo encima. La beso.
La beso por el cuello. Le chupo los pezones, primero uno y luego el otro, hasta que gime.
La beso por la tripa, con la sal todavía en su piel.
Ella me deja. Se tumba en la roca caliente con los brazos por encima de la cabeza, con los ojos cerrados al sol, y me deja.
La como despacio. Mucho más despacio que la primera vez. Ahora sé. Ahora sé lo que le gusta, dónde, cómo, cuánto. Ahora sé cómo suena cuando voy bien. Y no tengo prisa. Tenemos toda la tarde. Tenemos una isla entera sin nadie.
Se corre con mi nombre en la boca. Alba. Otra vez Alba.
Y luego nos quedamos dormidas en la roca, al sol, abrazadas.
* * *
Volvemos en la última barca. A las cinco y media.
Vamos sentadas en la proa otra vez. Con las piernas colgando. Quemadas. Con sal en el pelo. Cansadas. Sin hablar.
Corralejo se va haciendo grande delante de nosotras. Los bungalós blancos. Las dunas. El puerto.
Y con cada metro que nos acercamos, noto que algo se me cierra en el pecho.
Yaiza también. Lo veo en su cara. Lo veo en cómo aprieta la mandíbula. En cómo deja de rozarme la rodilla cuando la barca entra en el puerto y empieza a haber gente.
Cuando bajamos al muelle, ya es mi capitana otra vez.
* * *
Esa noche hacemos la maleta.
Cada una la suya. En silencio. Ella en su cama, yo en la mía. Doblamos la ropa, metemos los bañadores mojados en bolsas de plástico, buscamos las chanclas debajo de las camas. Como dos compañeras de equipo al final de una concentración. Como lo que seríamos mañana, en el pabellón.
Cuando termino, abro el cajón de la mesilla.
El anillo está ahí. Encima de la cadena.
No lo saco. Me quedo mirándolo.
Yaiza me mira mirarlo.
—¿Y ahora qué? —digo.
Lo digo sin mirarla. Mirando el anillo.
Ella no contesta.
Pasa un rato largo. Se oye el mar. Se oye a Tami riendo en la piscina con las del filial, que han vuelto de El Cotillo. Se oye la ventana, que silba bajito.
Ninguna contesta.
Cierro el cajón. Sin sacar el anillo.
Y entonces Yaiza se levanta. Se pone a un lado de su cama. Me mira.
—Ayúdame.
—¿A qué?
No contesta. Empuja su cama. Despacio. Hacia la mía. Hasta que choca con la mesilla.
Y entiendo.
Apartamos la mesilla entre las dos. La ponemos contra la pared. Y empujamos las camas, ella la suya y yo la mía, hasta que se tocan. Hasta que ya no hay un metro de baldosas en medio. Hasta que no hay nada.
Dos camas pequeñas, juntas. Una cama grande, con una raya en medio.
Apagamos la luz.
Nos metemos en la raya del centro. Las dos. De cara. Abrazadas. Con las piernas enredadas y su frente contra la mía.
No hacemos nada. Esta noche no.
Solo nos abrazamos. Fuerte. Como si una de las dos se fuera a caer.
Y dormimos así. Sin soltarnos.
Toda la noche.
La última noche.