Señas (Vestuario 3) 17. El anillo
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17. El anillo

Jonay llama por vídeo a las nueve y media de la noche del séptimo día.

No lo espero. Normalmente llama sin vídeo, después de cenar, diez minutos. Pero hoy me escribe antes: «¿Puedes hablar? Quiero verte la cara, que te echo de menos». Con un corazón.

Estoy en la habitación. En la cama de Yaiza. Las dos tumbadas, ella con la cabeza en mi tripa, yo pasándole los dedos por el pelo. Hemos vuelto del entrenamiento de la tarde, nos hemos duchado juntas en la ducha de fuera, y no hemos salido de la cama desde entonces.

Leo el mensaje. Me quedo quieta.

Yaiza lo nota. Levanta la cabeza.

—¿Quién es?

No hace falta que conteste.

Se aparta. Se sienta en el borde de la cama, de espaldas a mí. Coge su camiseta del suelo y se la pone.

—Llámale —dice—. No pasa nada.

—Yaiza…

—Que le llames, Alba. Es tu novio.

Me levanto. Me pongo la camiseta de tirantes y el pantalón corto. Busco las chanclas.

Y entonces me doy cuenta.

La mano. La derecha. Sin anillo.

Jonay me va a ver la mano.

Abro el cajón de la mesilla. Está ahí, encima de la cadena, donde lo dejé hace tres días. Lo cojo. Lo meto en la cadena. Me la cuelgo al cuello.

El oro está frío. Hace tres días que no me toca la piel.

Yaiza me mira hacer todo eso desde la cama. Sin decir nada. Con la cara quieta.

Salgo a la terraza. Me siento en una de las sillas de plástico. Le llamo.

* * *

—¡Campeona!

Su cara llena la pantalla. Está en el sofá de la calle Castillo, con la manta de cuadros, con la tele encendida detrás. Sonríe con toda la boca. Tiene el pelo mojado, de la ducha.

—Hola.

—¡Qué morena estás! Madre mía. Pareces de aquí.

—Es el sol. Aquí pega mucho.

—Ya veo, ya. —Se acerca a la pantalla—. Estás guapísima, Alba. No sé. Estás distinta.

Se me para el corazón.

—Distinta cómo.

—No sé. Contenta. Se te ve en la cara. Te está sentando bien esto.

—Sí. Está bien.

Me cuenta su día. Que ha ido a ver a su madre otra vez. Que su tío Fermín ha dicho que si no hay cochinillo en la boda no viene. Que ha estado mirando trajes por internet y no sabe si gris o azul. Que su amigo Airam le ha dicho que el azul es de camarero.

—Tú qué dices. ¿Gris o azul?

—No sé. Gris.

—Gris, entonces. Lo que tú digas.

Me habla diez minutos. Yo digo «sí» y «qué bien» y «qué fuerte» donde toca. Y por el cristal de la puerta de la terraza veo la habitación a oscuras, y la cama de Yaiza, y a Yaiza sentada en ella, con las rodillas abrazadas, mirándome.

No aparta la vista.

Y entonces Jonay dice:

—Oye. ¿Y el anillo?

Me quedo helada.

—¿Qué?

—El anillo. Que no lo veo. Te veo la mano y no lo llevas.

Tengo la mano derecha en la cara, apoyada en la mejilla. Sin anillo.

No sé qué decir. Durante un segundo no sé qué decir. Durante un segundo se me pasa por la cabeza decirle la verdad. Decirle: Jonay, el anillo estaba en un cajón. Lleva tres días en un cajón. Porque me acuesto con mi capitana.

No lo digo.

Me meto la mano por el cuello de la camiseta. Saco la cadena. Le enseño el anillo a la cámara, colgando, brillando con la luz de la terraza.

—Aquí. En la cadena. Para no perderlo en la arena.

—Ah. —Se ríe, aliviado—. Me habías asustado. Pensé que lo habías perdido. Como te queda grande…

—No. Está aquí.

—Cuando vuelvas lo llevamos a arreglar. Que te lo ajusten, que no quiero que lo pierdas.

—Vale.

—Te quiero, Alba.

Me quedo mirando la pantalla. Su cara. Su sonrisa. Sus ojos marrones, tranquilos, que no sospechan nada. Que no han sospechado nunca nada en tres años.

—Y yo —digo.

Cuelgo.

Y me quedo sentada en la silla de plástico, con el móvil en la mano y la cadena colgando por fuera de la camiseta, temblando.

No es frío.

Es que acabo de mentirle mirando a los ojos. Por segunda vez. Con el anillo en la mano.

Y lo peor es que me ha salido fácil.

* * *

Cuando vuelvo a entrar, Yaiza sigue sentada en su cama. Con las rodillas abrazadas.

No dice nada.

Me siento en mi cama. La mía. La que no he usado en dos noches. Enfrente de ella. Con el metro de baldosas en medio.

—Lo he oído —dice.

—Ya.

—Lo del anillo.

—Ya.

Se queda mirando el anillo. Que sigue colgando de la cadena, por fuera de la camiseta, encima de mi pecho.

—Esto se acaba en Corralejo, Alba.

Lo dice tranquila. Sin rabia. Como quien dice la hora.

—Cuando nos subamos al avión, se acabó. Tú vuelves con él. Yo vuelvo a lo mío. Y en el pabellón somos lo que éramos. Colocadora y opuesta. Nada más.

No contesto.

—Lo digo en serio.

No contesto.

—No voy a ser la que te rompe la boda. No voy a ser la que tiene que verte de blanco en una foto en el grupo del equipo. No voy a ser Dácil otra vez. Eso no.

Se le rompe un poco la voz en lo último. Se recompone. Se levanta.

—Voy a darme una vuelta.

Y sale. Por la puerta de delante. Descalza.

Me quedo sola.

Me quito la cadena del cuello. La miro. El anillo. El oro blanco, pequeño, con una piedra pequeña, que Jonay pagó en doce plazos y me dio de rodillas en la tierra roja de Anaga.

Vuelvo a meterlo en el cajón.

Y cierro el cajón.

* * *

Yaiza vuelve a las once y media.

Yo estoy en su cama. Esperándola. A oscuras.

Entra sin hacer ruido. Se para en la puerta. Me ve. Se queda quieta.

—Esa es mi cama —dice.

—Ya lo sé.

—Alba…

—Has dicho que se acaba en Corralejo. —Me incorporo. Me quedo sentada en el borde de su cama, desnuda, con la luna de las rendijas en las piernas—. Todavía estamos en Corralejo.

Se queda mirándome mucho rato.

—Eres una tramposa.

—Aprendí de la mejor colocadora de la liga.

Algo se le mueve en la cara. Casi una sonrisa. Casi.

Cierra la puerta.

Y esta vez soy yo la que la busca. La que se levanta, la que va hacia ella, la que le quita la camiseta y la sudadera y los pantalones cortos. La que la empuja contra la puerta, como ella me empujó a mí la primera vez. La que la besa.

Ella me deja. Me deja hacer. Con las manos quietas, contra la puerta, con la boca abierta.

Y luego me para.

—Espera.

Se aparta. Va hacia su bolsa de deporte, la que tiene debajo de la cama. Se agacha. Busca en un bolsillo lateral, uno que nunca le he visto abrir.

Saca algo.

Es pequeño. Alargado. Negro. De silicona, con una forma curva, suave, del tamaño de una mano.

Me lo enseña. En la palma. Con la luna.

—No se lo enseño a nadie —dice—. Viaja conmigo. A todos los sitios. A todas las concentraciones, desde hace años. Nunca lo ha visto nadie.

Me quedo mirándolo. Luego la miro a ella.

No sé qué decir. Nunca he usado uno. Nunca he tenido uno. Con Jonay no había hecho falta, pensaba. Ya ni sé lo que pensaba.

—¿Lo has usado aquí? —pregunto.

Se muerde el labio.

—La noche de la ducha. La que me miraste.

Se me sube un calor por todo el cuerpo.

Y entonces sé lo que quiero.

—Enséñamelo.

—¿Qué?

—Lo que hiciste esa noche. Detrás del cañizo. —Me siento en mi cama. Despacio—. Yo lo vi a trozos. Por una rendija. Quiero verlo entero.

Se queda muy quieta.

—Quieres mirarme.

—Quiero mirarte.

* * *

Se tumba en la cama. En la suya. Yo me siento en la mía, enfrente. Con el metro de baldosas en medio.

Como la noche del viento. Pero al revés.

Y con la luz encendida.

Enciende la lámpara de la mesilla. Una luz amarilla, pequeña, que le da en el cuerpo de lado. La veo entera. Las piernas, la tripa, los pechos, la cara. El drago.

—No apartes la vista —me dice—. Esta vez no.

No la aparto.

Abre las piernas. Despacio. Hacia mí.

Se toca primero con los dedos. Por fuera. Despacio. Mirándome. Igual que yo la vi detrás del cañizo, pero ahora sin cañas, sin rendijas, sin trozos. Entera.

Y luego coge el juguete.

Lo enciende. Hace un ruido pequeño, un zumbido bajo. Se lo pone encima. Justo ahí.

Y se le escapa un gemido.

Yo me agarro al borde de mi cama.

La miro. La miro como no he mirado nada en mi vida.

Cómo se le tensa la tripa. Cómo se le ponen duros los pezones sin que nadie se los toque.

Cómo se le abren los labios. Cómo mueve las caderas contra el juguete, despacio, en círculos.

Cómo se le cierran los ojos y los vuelve a abrir, para mirarme, porque quiere que la vea.

—Así —me dice—. Así estaba aquella noche. Pensando en ti. Sabiendo que estabas al otro lado de la ventana.

Estoy empapada. Lo noto en la sábana, debajo de mí.

—Tócate —me dice—. Tócate tú también. Quiero verte.

Y me toco.

Con un metro entre las dos. Ella en su cama, yo en la mía. Mirándonos. Me pellizco un pezón mirándola, y ella gime solo de verlo. Las dos con las piernas abiertas, las dos con la mano entre las piernas, las dos con la luz encendida y sin escondernos de nada.

Como la noche del viento. Pero sin viento. Y sin oscuridad. Y sin mentir.

Ella se mete el juguete dentro. Despacio. Mirándome. Y se le arquea la espalda y se le escapa mi nombre en un gemido largo.

—Alba. Ven.

No puedo. No puedo moverme.

—Ven —repite—. Ven aquí. No aguanto más sin ti.

Cruzo el metro.

Me tumbo a su lado. En su cama. Me coge la cara y me besa, con la boca abierta, jadeando. Y me coge la mano. La pone encima del juguete.

—Hazlo tú.

Lo cojo. Está caliente, mojado de ella. Zumba contra mis dedos.

Y lo muevo.

Dentro de ella. Despacio. Hacia fuera, hacia dentro. Como ella me mueve los dedos a mí. Y ella me mira, con la boca abierta, y me agarra la muñeca, y me marca el ritmo.

—Así. Eso es. Más hondo. Fóllame con él, mi niña. Así. Así.

Y entonces, con la otra mano, me busca a mí. Me encuentra. Me mete dos dedos.

Nos quedamos así. Las dos dentro de la otra. Ella con sus dedos en mí, yo con el juguete en ella. Cara a cara, en una cama de una persona, con la luz encendida y la ventana silbando bajito.

No sé quién se corre primero.

Creo que ella. Creo que se corre ella y al notarla correrse, al notar cómo se cierra alrededor del juguete, cómo me aprieta la muñeca, cómo me muerde el hombro para no gritar, me corro yo. O al revés. No lo sé. Da igual.

Nos corremos juntas. Casi juntas. Abrazadas. Con la boca de una en el cuello de la otra.

Y nos quedamos así. Sin movernos. Temblando.

El juguete sigue zumbando, en algún sitio, entre las sábanas. Ella alarga la mano y lo apaga.

Silencio.

* * *

—No quiero que se acabe —digo.

Lo digo contra su cuello. Bajito. Sin pensarlo.

Ella no contesta.

—Yaiza. No quiero que se acabe en Corralejo.

Noto cómo respira. Cómo se le tensa la espalda.

—Ya lo sé —dice al fin.

—¿Y tú?

Se queda callada mucho rato.

—Yo tampoco —dice. Tan bajo que casi no la oigo—. Pero se acaba.

Y me abraza más fuerte. Como si quisiera que no me fuera. Como si me estuviera diciendo lo contrario de lo que dice.

Me quedo despierta mucho rato. Con la cara en su cuello. Oyendo cómo se duerme.

En la mesilla, en el cajón cerrado, está el anillo.

Tres días.

Nos quedan tres días.