Señas (Vestuario 3) 16. Las dunas
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16. Las dunas

Me despierta el móvil a las siete y media. La alarma de siempre, la del entrenamiento.

Y durante un segundo no sé dónde estoy.

Hay un brazo encima de mí. Hay una pierna entre las mías. Hay un pelo rizado contra mi boca que huele a coco. Hay una cama tan pequeña que tengo medio cuerpo fuera y el hombro dormido.

Y luego me acuerdo.

De todo. Del cañizo. De la luna. De sus dedos. De su sabor. De «Ferrer, Ferrer, Ferrer» detrás de su mano.

Me quedo muy quieta. Con los ojos abiertos. Con el corazón a mil.

Yaiza no se ha despertado. Duerme de lado, de cara a mí, con la boca un poco abierta y una marca de la almohada en la mejilla. Tiene una mano en mi cintura. La otra, debajo de la cara, como las niñas.

Nunca la he visto dormir así. En el avión, sí. Pero no así. No con la cara tan tranquila. No con la boca tan cerca de la mía.

Apago la alarma.

Y me quedo mirándola.

No pienso en Jonay. No pienso en el cajón. No pienso en nada. Pienso en que tiene una peca pequeña debajo del ojo izquierdo que no había visto nunca. Pienso en que tiene las pestañas largas y rectas, sin curva. Pienso en que respira por la boca, con un ruidito pequeño, casi nada.

Abre los ojos.

Me ve. Tarda un segundo en entender. Lo veo en su cara: primero la sorpresa, luego el recuerdo, luego otra cosa.

Miedo, creo.

Y luego, despacio, una sonrisa.

—Buenos días, Ferrer.

—Buenos días.

—Tienes arena en la cara.

—Y tú marcas de la almohada.

—No es la almohada. —Se toca la mejilla—. Eres tú. Me has dormido encima.

Se ríe bajito. Yo también.

Y luego se queda seria.

—Esto no lo puede saber nadie —dice—. Nadie, Alba. Ni Tami.

—Ya lo sé.

—Tami menos que nadie. Tami lo sabe todo y luego lo cuenta para protegerte.

—Ya lo sé.

Me mira mucho rato.

—Vale —dice. Y me da un beso. Rápido, en la boca, con los labios cerrados, como quien da los buenos días a alguien con quien lleva años.

Y se levanta. Desnuda. Coge la camiseta del torneo del suelo. Se la pone. Se va al baño.

Me quedo en su cama. Con la sábana revuelta y su olor en todas partes.

En la mesilla, el cajón sigue cerrado.

* * *

En el desayuno no la miro.

No porque no quiera. Porque si la miro, se me va a notar. Lo sé. Lo noto en la cara, en la piel, en la forma de andar. Me noto distinta. Me noto como si llevara una luz encendida por dentro que todo el mundo puede ver.

Tami me mira. Me mira mucho.

—¿Y esa cara?

—¿Qué cara?

—De haber dormido. Por primera vez en una semana.

—He dormido bien. No había viento.

—Ya. —Pela una naranja despacio, sin dejar de mirarme—. Será eso.

Yaiza, en la otra punta de la mesa, habla con Massimo del entrenamiento. No me mira. Pero cuando se levanta a por más café, pasa por detrás de mi silla y me roza la nuca con dos dedos. Un segundo. Nadie lo ve.

Se me cae la cucharilla.

* * *

El entrenamiento es una tortura.

Una tortura bonita, pero una tortura. Massimo nos pone a correr por la arena, a saltar, a defender, y yo tengo que hacerlo todo con ella a dos metros, con ella en bikini, con ella sudando, sabiendo lo que sé ahora.

Sé a qué sabe la piel de su cuello. Sé cómo suena cuando se corre. Sé que tiene una peca debajo del ojo y una cicatriz en la clavícula y que le gusta que le muerdan los pezones.

Y tengo que hacer desplazamientos laterales como si no supiera nada.

En un partidillo de dos contra dos, me toca contra ella. Ella con Chus, yo con Thaís. Y cuando Yaiza va a la red y se pone las manos a la espalda para hacerle las señas a Chus, yo estoy al otro lado. Enfrente. Y no puedo ver lo que le dice.

Pero sé que lo está haciendo. Ese gesto, las manos encima del culo, los dedos.

Y me pongo roja como un tomate en mitad de la playa.

Thaís me pregunta si estoy bien. Le digo que es el sol.

* * *

Por la noche, después de cenar, Massimo nos da la noche libre. Mañana no hay entrenamiento de mañana; hay descanso hasta las cinco. Las del filial se van al pueblo, a un bar con música en directo. Tami y Thaís se van con ellas. Chus se queda en el bungaló hablando con su marido.

—¿Vienes? —me pregunta Tami desde la puerta.

—Estoy muerta. Me quedo.

Me mira. Mira hacia nuestro bungaló, donde Yaiza ha dicho hace diez minutos que ella también estaba muerta.

No dice nada. Se va.

A las diez y media yo estoy en mi cama, con el móvil, sin leer nada.

Yaiza sale del baño con unos pantalones cortos y una sudadera, y una manta doblada debajo del brazo.

—Levántate.

—¿Qué?

—Que te levantes. Y ponte algo. Nos vamos.

—¿Adónde?

Sonríe. Esa sonrisa de lado, la de la pista.

—Pancho dijo que con luna no había nada más bonito en el mundo.

* * *

Las dunas están a diez minutos andando.

Salimos por detrás de los bungalós, por un camino de tierra, sin linternas. No hacen falta. La luna está llena, o casi, enorme, blanca, encima del mar. Lo ilumina todo. La arena brilla como si fuera nieve.

Y luego, de repente, se acaba el camino y empiezan.

Montes de arena. Uno detrás de otro. Suaves, redondos, plateados. Sin una huella. Sin una persona. Sin un ruido, solo el viento, flojo, que levanta un polvo fino por las crestas, y el mar, lejos.

Me quedo parada.

Es lo más bonito que he visto en mi vida.

Yaiza se quita las chanclas. Las deja en el suelo. Me mira.

—Descálzate. Está fría.

Me descalzo. La arena está fría de verdad, muy suave, como harina. Se me hunden los pies.

Y entonces Yaiza echa a correr.

Duna arriba. Con la manta debajo del brazo. Riendo.

—¡Venga, Ferrer! ¡Que tú tienes más fondo!

Y corro detrás de ella.

Corro como no corro desde que era una niña. Sin pensar. Duna arriba, duna abajo. La arena se me mete entre los dedos de los pies. Me caigo, me levanto, sigo. Ella va delante, pequeña, morena, con la sudadera blanca brillando con la luna. Se gira, se ríe, sigue corriendo.

La alcanzo en la tercera duna.

La cojo por la cintura desde atrás. Ella grita. Perdemos el equilibrio. Y nos caemos las dos y rodamos duna abajo, enredadas, gritando, riendo, con la arena por todas partes, en la boca, en el pelo, en los ojos, hasta que paramos al fondo, en un hueco entre dos montes de arena.

Ella debajo. Yo encima.

Como en el ejercicio de defensa. Como el segundo día.

Su pierna entre las mías.

Nos miramos. Las dos jadeando. Las dos con la cara llena de arena. Le brillan los ojos con la luna.

—Esto ya ha pasado —digo.

—Sí. —Me pone las manos en las caderas—. Pero aquella vez Massimo gritó «la pelota».

—Aquí no hay Massimo.

—No. —Me aprieta las caderas. Me baja hacia ella, hacia su muslo—. Aquí no hay nadie.

Y me besa.

* * *

Extendemos la manta en el hueco entre las dunas. No sirve de mucho. La arena se mete por los bordes, por debajo, por encima. Da igual.

Nos quitamos la ropa. Ella me quita la sudadera, yo le quito la suya. Ella me baja los pantalones cortos, yo le bajo los suyos. Despacio. Mirándonos. Con la luna encima.

Desnudas en las dunas. A las once de la noche. Con el mar sonando lejos.

No hace frío. O sí, pero no lo noto.

Me tumbo en la manta, boca arriba. Ella de rodillas a mi lado. Me mira entera. Me pasa un dedo desde el cuello hasta el ombligo, despacio, como si estuviera dibujando una línea.

—Ayer me enseñaste tú a mí —digo.

—Yo no te enseñé nada. Tú ya sabías.

—No sabía.

—Ya. —Sonríe—. Pues aprendiste rápido.

Y entonces hace algo que no espero.

Se levanta. Se pone de pie, encima de mí, con un pie a cada lado de mi cabeza. Desnuda, contra el cielo, contra la luna. La veo desde abajo: las piernas largas, morenas, el drago en la cadera, la tripa, los pechos, la cara mirando hacia abajo, hacia mí.

Y se arrodilla.

Despacio. Encima de mi cara. Con una rodilla a cada lado de mi cabeza.

—Déjame verte —dice desde arriba—. Déjame verte mientras lo haces.

Me agarro a sus caderas.

Y la bajo hacia mi boca.

* * *

Es distinto a anoche. Anoche yo estaba encima y ella me guiaba con la mano en el pelo. Ahora está ella encima. Ahora manda ella. Se mueve ella. Busca ella mi boca, la lengua, el sitio, y yo solo tengo que estar, abrirme, dejarla.

Y me encanta.

Me encanta tenerla así. Encima. Sentir su peso. Oírla gemir por encima de mi cara. Sentir cómo se mueve contra mi boca, despacio al principio, luego más. Sentir sus muslos temblando a los lados de mi cara.

La miro desde abajo. Ella me mira desde arriba. Con las manos apoyadas en la arena, por encima de mi cabeza. Con la boca abierta. Con la luna detrás, haciéndole un borde de plata en el pelo.

—Así —me dice—. Así. Mírame. No cierres los ojos.

No los cierro.

—Chúpame. Así. Chúpame toda. Mira cómo me tienes. —Se le rompe la voz—. Seis años, Alba. Seis años imaginándome esto. Tu boca. Esa boca que me sonríe en la pista cuando te pongo una buena.

Le aprieto las caderas. La bajo más. Le meto la lengua.

Grita.

Aquí no tiene que taparse la boca. Aquí no hay nadie. Grita y el viento se lleva el grito por encima de las dunas, hacia el mar, y no lo oye nadie más que yo.

Se mueve más rápido. Se agarra el pelo con una mano. Con la otra se toca un pecho, se lo aprieta, se pellizca el pezón. Y yo la miro hacer eso desde abajo, con la boca llena de ella, y es lo más excitante que he visto en mi vida.

—No pares —dice—. No pares, no pares.

No paro.

Y se corre.

Se corre encima de mi cara, con la cabeza hacia atrás y la boca abierta a la luna. Le tiemblan los muslos contra mis oídos. Le tiembla la tripa. Le late todo contra mi lengua. Y grita mi nombre, Alba, no Ferrer, Alba, y el viento se lo lleva.

Se deja caer hacia delante. Con las manos en la arena. Jadeando.

Se aparta de mi boca. Se desliza hacia abajo, por mi cuerpo, hasta que la tengo encima, cara a cara, tumbada sobre mí. Me besa. Me besa con la boca abierta, larga, honda, y sé que se está probando a sí misma en mi boca, y eso me vuelve loca.

—Ahora tú —dice contra mis labios.

Y mete su muslo entre mis piernas.

Como el segundo día. En la arena. Cuando apreté sin querer.

—Aquella vez apretaste —me dice al oído—. Lo noté. No te creas que no lo noté.

—No quería.

—Sí querías. —Me muerde el lóbulo—. Ahora aprieta queriendo.

Y aprieto.

Me muevo contra su muslo. Despacio. Estoy tan mojada que resbala.

Ella me agarra el culo con las dos manos y me ayuda, me empuja, me marca el ritmo.

Como en la rápida. Uno, dos, tres. Se incorpora un poco y me coge un pezón con los dientes, y tira, y yo gimo tan alto que el viento se lo lleva duna abajo.

—Así —me dice—. Así, Ferrer. Restriégate. Toda. Quiero ver la cara que pones.

No puedo creer que me diga eso. No puedo creer lo que me hace sentir que me lo diga.

Me muevo más rápido. Me apoyo en sus hombros. Me arqueo. La arena se me clava en las rodillas y no me importa. Ella me mira desde abajo, como yo la miraba antes, con la boca abierta y la luna en los ojos.

—Mira cómo me mojas —dice—. Mira cómo me dejas la pierna. Eres preciosa, Alba. Eres lo más bonito que he visto en mi vida.

Y me corro.

Me corro encima de ella, contra su muslo, con las manos clavadas en sus hombros y la cabeza hacia atrás, igual que ella. Grito. Grito como no he gritado nunca, porque aquí puedo, porque no hay nadie, porque el viento se lo lleva. Me tiembla todo. Me caigo encima de ella. Me abraza.

Nos quedamos así. Desnudas. Encima de una manta llena de arena. En un hueco entre dos dunas. Con la luna mirándonos.

* * *

Y luego nos entra la risa.

No sé cómo empieza. A lo mejor cuando me incorporo y me doy cuenta de que tengo arena en el ombligo. A lo mejor cuando ella se sienta y le cae un montón de arena del pelo. A lo mejor cuando las dos nos damos cuenta, a la vez, de que tenemos arena en sitios donde la arena no debería estar nunca.

—Tengo arena… —empieza ella.

—No lo digas.

—…dentro.

Y nos morimos de risa.

Nos reímos media hora. Sacudiéndonos. Sacudiendo la manta.

Sacudiéndonos la una a la otra, el pelo, la espalda, el culo, las piernas.

Cuanto más nos sacudimos, más arena sale.

Cuanta más arena sale, más nos reímos. Yaiza se tumba boca arriba en la arena, desnuda, con los brazos abiertos, llorando de risa.

—No me va a salir en un mes —dice—. Me voy a ir a Tenerife con media Fuerteventura dentro.

—Te la saco yo.

—¿Eso es una oferta?

—Es una oferta.

Se me queda mirando. Ya no se ríe. Me mira con una cara que no sé cómo describir. Como si tuviera miedo de algo que le gusta mucho.

Me tumbo a su lado. En la arena. Desnudas las dos, boca arriba, mirando el cielo.

Hay muchísimas estrellas. Más de las que he visto nunca. Y la luna, enorme, encima del mar.

—Yaiza.

—Qué.

—La seña. La de los dos dedos y el puño.

Se queda callada.

—No te la voy a decir —dice al fin.

—¿Nunca?

Lo piensa.

—Todavía no.

Y me coge la mano. En la arena. Y entrelaza los dedos con los míos.

Nos quedamos así mucho rato. Sin hablar. Con las manos cogidas y la arena fría debajo y las estrellas encima.

Y pienso que dentro de cuatro días nos vamos de aquí.

Y no quiero pensarlo.