Señas (Vestuario 3) 15. Enséñame
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15. Enséñame

La habitación está a oscuras, igual que la dejé. La luna entra por la persiana en rayas. Las dos camas, la suya y la mía, con un metro de baldosas en medio.

Yaiza no enciende la luz.

Me quita la toalla de los hombros. La deja caer al suelo. Nos quedamos las dos desnudas, mojadas, de pie entre las camas, con la piel de gallina por el frío del agua.

—¿Cuál? —dice. Y casi se ríe.

Es lo mismo que me preguntó el primer día. Cuál quieres.

—La tuya.

Se sienta en el borde de su cama. La de la puerta. Me coge de las manos y tira de mí, despacio, hasta que quedo de pie entre sus rodillas. Ella sentada, yo de pie. Su cara a la altura de mi tripa.

Me pone la boca en el ombligo.

No me besa. Me apoya los labios. Y se queda así, con los ojos cerrados, con las manos en mis caderas, respirando contra mi piel.

—No sé hacer esto —le digo.

—Ya lo sé.

—No sé por dónde empezar. No sé lo que te gusta. No sé…

Levanta la cara. Me mira desde abajo, con la luna en los ojos.

—Ferrer. ¿Cuántos años llevas jugando?

—Veinte.

—¿Y te acuerdas de tu primer remate?

Me quedo callada.

—Yo sí me acuerdo del tuyo —dice—. Del primero que te puse. Tu primer entrenamiento aquí. Llegaste de Valencia con veintiún años y una coleta y cara de susto. Y te la puse alta, fácil, para que no fallaras. Y la mandaste a la grada.

Me río. Me acuerdo. Me acuerdo de la vergüenza.

—Y la segunda también —sigue ella—. Y la tercera. Y a la cuarta, la mataste. Y me miraste. Y yo pensé: madre mía.

Se levanta.

Ahora estamos de pie, cara a cara, desnudas. Ella me llega por la boca.

—Esto es igual —dice—. Yo te la pongo. Tú saltas.

Y se tumba en la cama.

* * *

Se tumba boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza. La luna le pinta rayas por el cuerpo. Por la cara, por el pecho, por la tripa, por los muslos. Como si fuera una pista con las líneas marcadas.

Me arrodillo en el colchón, a su lado. La cama es pequeña, de una persona. Cruje.

No sé dónde poner las manos.

Ella me coge una. La derecha. La de remate. La del anillo.

Y se la pone en la cara.

—Aquí empiezas.

Le toco la cara. La mejilla. La mandíbula. Los labios, que tiene hinchados todavía. Me los besa, los dedos, uno a uno, mirándome.

Me guía la mano hacia abajo. Por el cuello. Por la clavícula, donde tiene una cicatriz pequeña que no sabía que tenía.

—Un codazo —dice—. En el juvenil. Doce puntos.

Le beso la cicatriz.

Y ella suspira.

Es un sonido pequeño. Pero lo he hecho yo. Lo he provocado yo. Y algo se me enciende dentro, algo nuevo, que no conocía: no es el deseo de que me toquen. Es el deseo de tocar. De hacer que suene así otra vez.

Me suelta la mano. Ya no me guía.

Sigo yo sola.

Le bajo los dedos por el pecho. Le toco un pecho, despacio, con la palma abierta. Es pequeño, cabe entero en mi mano. Tiene la piel suavísima, mucho más que la mía. El pezón se le pone duro debajo de mi palma.

Nunca he tocado un pecho que no fuera el mío.

Es raro. Es rarísimo. Y es lo más natural del mundo.

Bajo la cabeza. Le pongo la boca en el pezón.

Y ella arquea la espalda.

—Así —dice—. Así, Ferrer.

Se lo chupo. Despacio. Le paso la lengua alrededor, como me gusta que me lo hagan a mí. Luego más fuerte. Le muerdo un poco, muy poco, con miedo.

—Más.

Le muerdo más.

Gime. Me mete la mano en el pelo y me aprieta contra ella. Me dice que el otro, que no se ponga celoso. Le cambio al otro pezón. Se lo chupo igual, y luego más fuerte, hasta que se le escapa un gemido que no es de risa.

—No tengas miedo —me dice—. No me vas a romper. Soy colocadora. Me han dado balonazos en la cara desde los nueve años.

Me río contra su pecho. Ella también.

Y se me quita el miedo.

* * *

Voy bajando. Con la boca. Por las costillas, por la tripa, que se le contrae cuando la beso. Por el ombligo. Por el vientre, donde se le eriza la piel.

Y llego al drago.

El tatuaje. El árbol pequeño, de líneas negras, en la cadera izquierda. El que vi en la ducha del vestuario el primer día de pretemporada, cuando todo empezó. El que se tapó y se destapó con la espuma. El que me ha perseguido tres meses.

Lo beso.

Le paso la lengua por las ramas. Por el tronco. Despacio. Como si lo estuviera dibujando.

—Alba —dice ella, con la voz rota.

—Lo vi el primer día —le digo contra la piel—. En la ducha. Cuando me pediste el champú. Lo vi como si no lo hubiera visto nunca.

—Ya lo sé. Te vi verlo.

Levanto la cabeza.

—¿Me viste?

—Tenía los ojos cerrados para no verte. Pero los abrí un poco. —Se muerde el labio—. Y estabas mirándome la cadera con una cara… Me tuve que dar la vuelta.

Tres meses. Tres meses pensando que estaba sola en esto.

Vuelvo a bajar la cabeza. Le beso la cadera. Y luego el muslo. Por dentro. Donde la piel es más fina.

Y ella abre las piernas.

* * *

Me quedo quieta.

Está ahí, delante de mí. Con la luna. Abierta. Mojada. Lo veo brillar.

Nunca he visto esto. Así no. Así de cerca, así de otra, no.

Y me da miedo. Me da miedo hacerlo mal. Me da miedo no saber. Me da miedo que se ría, que se aburra, que piense que soy torpe, que piense que no sé lo que estoy haciendo, que es verdad.

Ella lo nota. Siempre lo nota.

Me pone la mano en la cabeza. Suave.

—Mira —dice—. Dame la mano.

Se la doy. Me la coge. Y me la pone entre sus piernas.

Y la mueve ella.

Con su mano encima de la mía. Guiándome. Como en la rápida, con sus manos en mis caderas, diciendo uno, dos, tres.

—Aquí. Despacio. No, más arriba. Ahí. —Se le corta la voz—. Ahí. No tan fuerte. Así. Así.

Mueve mis dedos con los suyos. En círculos. Lentos. Sobre el clítoris, sin tocarlo del todo, alrededor. Y yo aprendo. Aprendo el ritmo, la presión, el sitio. Aprendo cómo se le tensa el vientre cuando lo hago bien. Aprendo cómo respira.

Y entonces suelta mi mano.

Y sigo yo.

—Eso es —dice, con los ojos cerrados—. Eso es, Ferrer. Tres pasos.

Me río. No puedo evitarlo. Ella también se ríe, y la risa se le convierte en gemido.

Y entonces bajo la cabeza.

No me lo ha pedido. No me ha dicho nada. Lo hago porque quiero. Porque llevo semanas imaginándome a qué sabe. Porque tengo hambre de ella, un hambre que no había sentido nunca, por nadie, por nada.

Le pongo la boca.

Y ella grita.

Se tapa la boca con la mano. Las del filial están en el bungaló de al lado. Se tapa la boca y arquea la espalda y me agarra el pelo con la otra mano.

No sé lo que hago.

Al principio no sé lo que hago. Soy torpe. Me muevo demasiado rápido, luego demasiado despacio. Me pierdo. No encuentro el sitio. La lengua me resbala.

Pero ella me guía. Con la mano en mi pelo. Me mueve la cabeza, un poco, hacia arriba. Me aprieta cuando acierto. Me suelta cuando me paso. Como si me colocara.

Y poco a poco dejo de pensar.

Dejo de pensar en si lo hago bien. Dejo de pensar en nada. Solo está su sabor, que es salado y dulce y no se parece a nada. Solo están sus muslos apretándome la cara. Solo está el ruido que hace, ahogado detrás de su mano, cada vez más rápido.

Y dejo de ser torpe.

Lo noto. Noto el momento en que la tengo.

Como en la pista, cuando la pelota sale de sus manos y yo ya estoy en el aire y sé, sé antes de tocarla, que va a entrar.

Lo noto en cómo se le tensan los muslos.

En cómo deja de guiarme. En que de repente me habla, ahogada, detrás de la mano: «Fóllame con los dedos, Ferrer.

Con los de rematar». En cómo su mano, en mi pelo, ya no me mueve: solo me agarra. Como si se fuera a caer.

Le meto un dedo. Sin pensar. Como me lo hizo ella en el cañizo.

Y ella se para de respirar.

Le meto otro. Los curvo hacia arriba. Busco. No sé lo que busco. Lo encuentro.

—Ferrer —dice. Ahogado. Detrás de la mano—. Ferrer. Ferrer.

Mi apellido. Como en la pista. Como cuando me grita desde la red que vaya, que salte, que es mía.

Y se corre.

Se corre debajo de mi boca. Con los muslos apretados contra mi cara, con la espalda arqueada, con la mano tapándose la boca y un sonido largo, roto, que se le escapa igual entre los dedos. Le late todo. Alrededor de mis dedos, contra mi lengua. Una vez. Otra. Otra.

Y no paro. No sé si tengo que parar. No paro. Y ella me agarra el pelo más fuerte, y se le escapa otro gemido, y otro, y vuelve a temblar entera, más, hasta que me aparta la cabeza con las dos manos, suave, riendo, casi llorando.

—Para. Para, para. No puedo más.

* * *

Subo. Me tumbo a su lado. La cama es tan pequeña que tengo que ponerme casi encima.

Ella tiene los ojos cerrados. Respira como después de un quinto set. Tiene la cara mojada de sudor y el pelo pegado a la frente.

Me limpio la boca con la mano. Me sabe a ella. Todo me sabe a ella.

Abre los ojos. Me mira.

—Tú no habías hecho esto nunca.

—No.

—Nunca.

—Nunca. Ya te lo he dicho.

Se queda mirándome un rato largo.

—Madre mía —dice. Y se tapa la cara con el brazo.

Me río. Me río de verdad, con todo el cuerpo, como no me río hace meses. Y ella se ríe debajo del brazo, y nos quedamos así, desnudas, pegadas, en una cama de una persona, riendo como dos idiotas a la una de la mañana.

—La cuarta —dice ella, quitándose el brazo de la cara—. Como el primer día. Fallaste tres y la cuarta la mataste.

—No fallé tres.

—Fallaste dos y media.

Le muerdo el hombro.

* * *

Después nos quedamos calladas.

Ella de lado, de cara a la pared. Yo detrás, abrazada a su espalda, con la nariz en su nuca. En sus rizos, todavía húmedos.

En el suelo, entre las dos camas, la luna sigue haciendo rayas. Ya no hay un metro entre nosotras. No hay nada.

Y entonces dice, sin darse la vuelta:

—¿Y el cajón?

No contesto.

Sé lo que me está preguntando. No me pregunta por el cajón. Me pregunta por lo que hay dentro. Por Jonay. Por la calle Castillo, y la alquería de Alboraya, y los manteles de lino, y Bali del 16 al 30 de junio.

Me pregunta qué va a pasar dentro de cinco días.

—No lo sé —digo.

Y es verdad. Es lo más verdadero que he dicho en semanas.

Ella no dice nada. Se queda quieta. Noto cómo respira. Cómo se le tensa la espalda contra mi pecho.

Y luego me coge la mano. La que tengo en su tripa. Y se la lleva a la boca. Y me besa los nudillos. Uno a uno. Los cinco, despacio.

—Duerme, Ferrer —dice.

Y me deja la mano ahí, contra su boca.

No duermo. No enseguida. Me quedo despierta oyendo cómo se le va haciendo lenta la respiración. Esta vez de verdad.

Y pienso que en seis años nunca he dormido con ella.

Y que no quiero dormir con nadie más.