14. El cañizo
Al día siguiente, Yaiza hace como si no hubiera pasado nada.
En el desayuno me dice «buenos días, Ferrer». En la playa me coloca bien, correcto, sin mirarme. En la comida se sienta al lado de Massimo y habla de la Copa. Por la tarde, en el descanso, se echa la crema ella sola, torciéndose para llegar a la espalda, y le pide a Chus que le acabe los hombros.
A Chus. No a mí.
Yo no hago como si no hubiera pasado nada.
No puedo. Tengo su boca en la mía todo el día.
La tengo en el desayuno, mientras me como una tostada que no me sabe a nada.
La tengo en la arena, cada vez que salto.
La tengo en la ducha del baño, donde me encierro después del entrenamiento para no cruzarme con ella.
Me toco los labios y todavía me escuecen donde me los mordió.
Tami me pilla sola en la orilla, en un descanso, mientras me lavo la arena de las piernas.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Alba. Ayer perdisteis contra Chus y Thaís. Contra Chus y Thaís. Y hoy no os miráis ni para pasaros la pelota.
—No ha pasado nada, Tami.
Me mira mucho rato. Luego mira hacia la red, donde Yaiza está hablando con Massimo, de espaldas a nosotras.
—Te dije que lo dejaras —dice bajito—. Por las dos.
Y se va.
Me quedo en la orilla, con el agua por los tobillos. Me miro la mano derecha. El dedo anular, sin anillo. Con la marca blanca que ya se va borrando, después de cinco días de sol.
El anillo está en el cajón de la mesilla. Esta mañana he abierto el cajón para mirarlo. No lo he sacado.
* * *
Por la noche no hay viento.
Es la primera noche en Corralejo sin viento. Hay un silencio raro, enorme, que no sé llevar. Se oye el mar, lejos. Se oye algún perro. Se oye a las del filial riendo en la piscina hasta las once, y luego nada.
Yaiza se va a la ducha exterior a las once y cuarto.
Coge la toalla. Sale por la puerta del patio. No me dice nada.
Oigo el agua.
Me quedo sentada en mi cama, con las piernas cruzadas, en pijama. Mirando la puerta del patio.
No voy a asomarme a la ventana. Eso lo tengo claro. No voy a volver a mirarla por una rendija como si fuera una ladrona.
Me levanto.
Me quito la camiseta del pijama.
Me quito el pantalón corto. Las bragas.
Me quedo desnuda en medio de la habitación, con la luz apagada, con la luna entrando por la persiana en rayas finas.
Y abro la puerta del patio.
* * *
El patio está a oscuras. La bombilla de la pared está apagada. Solo hay luna, mucha, una luna casi llena que lo pinta todo de plata. El suelo de piedra está frío en los pies.
El agua suena detrás del cañizo.
Camino hacia allí. Despacio. Descalza. Con el corazón tan fuerte que me retumba en los oídos.
El cañizo tiene una abertura, un hueco sin cañas por donde se entra. Me paro delante.
Y la veo.
No a trozos, esta vez. Entera. De espaldas a mí, con las manos apoyadas en la pared del bungaló y la cabeza baja, dejando que el agua le caiga por la nuca.
La luna le da en la espalda mojada y la hace brillar.
Los hombros. La columna. Los hoyuelos. El culo, redondo, duro, más claro que el resto donde no le da el sol.
Entro.
Ella oye mis pasos en la piedra mojada. Se gira de golpe.
Y se queda quieta.
Me mira. Me mira entera, de arriba abajo, desnuda, con la luna dándome en la piel. Se le abre la boca. Se le van los ojos a mis pechos, a mi tripa, a entre mis piernas, y vuelven a mi cara.
—Alba —dice—. Vete.
No me voy.
Doy un paso. Me meto debajo del agua con ella. Está tibia, casi caliente. Me cae por la cabeza, por la cara, por el pecho. Estamos a medio metro. Ella pegada a la pared. Yo delante.
—Vete, por favor.
Levanto la mano derecha. Se la pongo delante de la cara. Con los dedos abiertos.
Sin anillo.
Ella mira la mano. Mira el dedo anular, desnudo, con la marca blanca medio borrada. Se queda mirándolo mucho rato, con el agua cayéndole por la cara.
—Eso no cambia nada —dice—. Está en un cajón. Lo sé. Lo vas a sacar del cajón dentro de cinco días y te lo vas a poner otra vez y te vas a ir a Tenerife con él.
—No sé lo que va a pasar dentro de cinco días.
—Yo sí.
—No. No lo sabes. —Me tiembla la voz—. No sé lo que va a pasar después, Yaiza. No sé nada. Sé lo que pasa ahora.
—¿Y qué pasa ahora?
—Que no puedo más.
Cierra los ojos.
Se queda así. Con los ojos cerrados y el agua cayendo. Con la espalda contra la pared y las manos abiertas a los lados, contra la piedra, como aquella noche en la ducha. Como para no caerse.
—Dime que lo sabes —dice, sin abrir los ojos—. Que es una locura. Que esto lo rompe todo.
—Lo sé.
—Dime que no soy una experiencia.
Se le rompe la voz al decirlo.
Y yo le pongo la mano en la cara. En la mejilla mojada. Y espero a que abra los ojos.
Los abre.
—No eres una experiencia —le digo—. Llevas seis años poniéndome la pelota donde yo quiero. Eres lo único que entiendo.
Y ella se rompe.
* * *
No me besa. Me agarra.
Me agarra de la cintura con las dos manos, fuerte, y me da la vuelta. En un segundo. Como en la pista, cuando se gira en el aire para colocar. Me da la vuelta y me pone de cara al cañizo.
Las cañas están secas, ásperas, húmedas del agua que salpica. Me pongo las manos en ellas para no caerme. Noto la madera contra las palmas. Noto el agua cayéndome por la espalda.
Y noto su cuerpo.
Se pega a mi espalda. Entera. Su pecho contra mis omóplatos. Su tripa contra mis riñones. Sus muslos detrás de los míos. Como en la rápida. Como el día de los tres pasos. Pero desnuda. Mojada. Con la piel resbalando contra la mía.
Me pone la boca en la nuca.
No me besa. Respira. Me respira en la nuca, caliente, lento, y se me eriza todo el cuerpo debajo del agua.
—Seis años —me dice al oído. Su voz, ronca, bajísima—. Seis años, Ferrer.
Sus manos suben por mi tripa. Despacio. Por las costillas. Hasta los pechos.
Me los coge.
Los dos. Con las manos abiertas. Las manos de colocar. Las que tantas veces me he imaginado. Me los coge enteros y los aprieta, y me pasa los pulgares por los pezones, y se me escapa un gemido que el agua no tapa.
—Seis años atándote las zapatillas —dice—. De rodillas delante de ti, con tu pie en mi muslo. ¿Sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es estar de rodillas entre tus piernas antes de cada partido y no poder hacer nada?
No puedo contestar. Me está pellizcando los pezones, suave, y luego más fuerte, y yo tengo la frente contra las cañas y la boca abierta.
—Seis años viéndote en la ducha. Al lado. A medio metro. Sin mirarte. —Me muerde la oreja—. ¿Tú sabes lo que me ha costado no mirarte? ¿No meterme tus pezones en la boca delante de todas?
Una mano se queda en mi pecho. La otra baja.
Por la tripa. Por el ombligo. Despacio, muy despacio, con el agua cayendo. Igual que su mano en la ducha, aquella noche, cuando yo la miraba por la rendija.
Y llega.
Me toca.
Solo con la punta de los dedos. Por fuera. Un roce.
Y se para.
—Dios —dice contra mi nuca—. Alba. Estás…
No termina la frase.
Estoy empapada. Lo sé. No es el agua. Llevo empapada desde ayer. Desde la puerta. Desde la seña. Desde hace semanas.
—Desde cuándo estás así —me dice al oído.
—Desde siempre.
Y entonces me abre con dos dedos y me toca de verdad.
Se me doblan las piernas. Literalmente. Me agarro a las cañas y aun así se me doblan, y ella me sujeta con el brazo por la cintura, pegada a mi espalda, y no me deja caer.
Me toca despacio. De abajo arriba. Con dos dedos, abiertos, resbalando. Me encuentra el clítoris y lo rodea, sin tocarlo, en círculos pequeños, una vez, otra, otra, hasta que tengo que morderme el brazo.
No pregunta. No me pregunta si así. No me pide permiso. Sabe.
Me coloca. Como en la pista. Sabe dónde voy a estar antes que yo.
—Cuando me miraste por la ventana —me dice al oído, sin dejar de tocarme—. La otra noche. Sabía que estabas ahí.
Abro los ojos.
—Lo sabía —repite—. Te oí entrar. Y me toqué igual. Pensando en ti. Sabiendo que me mirabas.
Y me mete un dedo.
Grito. Contra las cañas. Contra la madera. Con la boca pegada al cañizo, mordiendo casi, porque no puedo hacer otra cosa.
Me mete otro. Hondo. Curvados hacia delante. Y empieza a moverlos, despacio, dentro de mí, mientras con el pulgar me sigue tocando por fuera, y con la otra mano me pellizca un pezón, y con la boca me muerde el cuello. Todo a la vez.
No sé qué es esto.
Con Jonay nunca. Nunca así. Nunca he sentido esto. Es como si me hubieran tocado por primera vez en mi vida. Como si todo lo de antes hubiera sido otra cosa.
—Y anoche —sigue ella, con la voz rota, hablando contra mi cuello—.
Anoche no, la de antes. La del viento. Cuando te tocaste en la cama.
A un metro de mí. ¿Tú sabes lo que fue eso, Alba?
¿Oírte? ¿Oír cómo te mojabas, cómo gemías bajito contra la almohada, cómo te corrías, y no poder ni moverme?
Me moría por cruzar el metro y follarte con la mano, Alba.
—Te moviste —consigo decir.
Se ríe. Una risa ronca, contra mi piel.
—Sí. Me moví.
Y mueve los dedos más rápido.
No puedo más. Lo noto subir. Desde los pies, desde las rodillas, desde la tripa. Como en el sofá, como en la ducha de casa, como en la cama del viento, pero más. Mucho más. Como si todas esas veces hubieran sido ensayos de esta.
—Me voy a correr —digo. Me sale casi llorando.
—Córrete. —Su boca en mi oído—. Córrete, Ferrer. Te la he puesto donde la querías. Ahora mátala.
Y me corro.
Me corro con la boca contra la madera. Con las manos clavadas en las cañas.
Con su cuerpo pegado a mi espalda y sus dedos dentro de mí y el agua cayéndonos encima.
Me corro tan fuerte que no me oigo, que no sé si grito, que no sé dónde estoy.
Me cierro alrededor de sus dedos una vez, otra, otra, y ella no los saca, no para, me lleva más lejos, más, hablando en mi oído, así, mi niña, no pares, no pares nunca.
Se me van las piernas del todo.
Ella me sujeta. Me sujeta con el brazo por la cintura, pegada a mí, y nos vamos las dos resbalando por el cañizo hasta el suelo de piedra, de rodillas, debajo del agua.
Nos quedamos así. De rodillas. Ella detrás de mí, abrazándome. Con la frente apoyada en mi nuca. Con la mano todavía entre mis piernas, quieta, notando cómo me late.
Tiemblo entera.
Y lloro. No sé por qué. No es tristeza. Es otra cosa. Es como si se hubiera roto algo que llevaba mucho tiempo apretado.
Ella me abraza más fuerte.
* * *
No sé cuánto tiempo pasamos así. El agua se enfría. La luna se mueve un poco en el cielo.
Yaiza saca la mano despacio. Gimo.
La oigo. Detrás de mí. Se lleva los dedos a la boca. Lo sé sin verlo. Lo oigo.
—Sabes a mar —dice bajito.
Me doy la vuelta.
Estamos de rodillas, cara a cara, debajo del agua fría, en el suelo de piedra. Tiene la cara mojada. No sé si es el agua o está llorando también. Tiene los labios hinchados. Me mira como no me ha mirado nunca.
Le cojo la mano. La que ha estado dentro de mí.
Y hago lo que me imaginé en el sofá de la calle Castillo, aquella noche del guachinche.
Me meto sus dedos en la boca.
Despacio. Mirándola. Le paso la lengua por las yemas, por las uñas cortas, por los nudillos. Me saben a mí. Me saben a sal.
A ella se le para la respiración.
—Alba…
Le suelto los dedos.
Y la beso.
Esta vez despacio. Esta vez sin prisa. De rodillas en la piedra, con el agua fría cayéndonos encima, con la luna. Un beso largo, suave, en el que no hay hambre sino otra cosa.
Cuando nos separamos, tiene los ojos cerrados.
—Me la he saltado —dice—. La norma.
—Ya.
—Entera. Las dos partes. Del equipo y con anillo.
—¿Te arrepientes?
Abre los ojos. Me mira.
Y no contesta. Se levanta. Cierra el grifo. Coge la toalla del gancho del cañizo. Me la pone por los hombros, me envuelve con ella como a una niña. Me ayuda a levantarme.
No me sostienen las piernas. Me agarro a ella.
Tiene la piel de gallina por el frío del agua. Está temblando. Y no la he tocado. No le he hecho nada. Me ha dado todo y yo no le he hecho nada.
—Yaiza.
—Qué.
—Tú no has…
—Ya lo sé.
Le cojo la mano.
—Ven a la cama.
Se me queda mirando. Con la toalla entre las dos. Con la luna en la cara.
—No sabes cómo —dice. No es una burla. Es casi tierno.
—No. —Le aprieto la mano—. Enséñame.
Cierra los ojos un segundo.
Y tira de mí hacia la puerta.