13. Una seña que no existe
Jonay me llama a mediodía.
Estoy sentada en la terraza del bungaló, con el pelo mojado, comiendo una manzana. El cielo sigue amarillo. Todo tiene un color raro, como de foto antigua.
—¿Qué tal, campeona? Aquí ha llegado la calima también. No se ve ni el Teide.
—Aquí igual.
—¿Y dormiste algo con el viento? En las noticias decían que en Fuerteventura ha sido tremendo.
Me quedo con la manzana en la mano.
—Poco.
—Mi pobre. Esta noche duermes mejor, ya verás.
Me cuenta que su madre le ha preguntado por el menú de la boda. Que quiere saber si va a haber cochinillo, porque a su tío Fermín no le gusta el pescado. Me río. Le digo que se lo pregunte a mi madre, que es la que manda.
—Te quiero, Alba.
—Y yo.
Cuelgo.
Y me quedo mucho rato mirando el móvil.
Luego entro en la habitación. La cadena está en la mesilla, donde la dejé el primer día. El anillo brilla un poco con la luz amarilla.
Me la pongo.
No sé por qué. Por lo de anoche. Por la voz de Jonay. Porque me siento sucia, o me siento culpable, o me siento algo que no tiene nombre. Me la pongo como quien se pone un abrigo. Para taparme.
El anillo se queda colgando entre los pechos, frío.
* * *
Por la tarde, el viento ha bajado lo suficiente para volver a la playa. Massimo quiere partidillos de dos contra dos, como en el vóley playa de verdad.
Y esta vez nos pone juntas.
—Chus con Thaís. Tami con Nerea. —Va señalando con el bolígrafo—. Mendoza con Ferrer.
Nadie dice nada. Tami me mira. Yo miro la arena.
En el vóley playa solo sois dos. No hay líbero, no hay centrales, no hay nadie más. Dos personas para defender un campo entero. Tienes que saber dónde está la otra sin mirarla. Tienes que moverte con ella como si fuerais una sola.
Y hay señas.
En la playa, las señas son lo más importante del juego.
Antes de cada saque de su equipo, la que está en la red se pone las manos a la espalda, encima del culo, y le dice a la otra qué va a hacer.
Con la mano izquierda, lo que bloquea si el ataque viene por la izquierda.
Con la derecha, lo que bloquea si viene por la derecha.
Un dedo, la línea. Dos dedos, la diagonal.
El puño, que no bloquea y se va atrás. La mano abierta, que va a la pelota.
La otra lo lee. Y se coloca en el hueco que deja.
Es como hablar sin hablar. Es todo confianza.
Empezamos contra Chus y Thaís.
Y va bien. Va muy bien. Mejor que en semanas.
En la arena no hay sitio para estar correcta: o te mueves con tu compañera o te pasan la pelota por al lado.
Y nos movemos. Yo defiendo atrás, ella bloquea.
Ella defiende, yo remato. Nos gritamos «mía», «tuya», «línea», «fuera».
Nos chocamos las manos después de cada punto.
La arena nos llega a las rodillas y el sol amarillo nos quema la espalda y Yaiza se ríe cuando Thaís se cae de culo intentando sacar una pelota imposible.
Ganamos el primer set 21-15.
En el segundo, con 18-17, Yaiza va a la red.
Yo me quedo atrás, a la derecha, con la pelota en la mano. Me toca sacar.
Ella se coloca. Se agacha un poco. Se pone las manos a la espalda, encima del culo. Las dos.
Y yo miro las manos.
No la espalda. No el bikini negro, ni los hoyuelos, ni el sudor. Miro las manos. Como me dijo ella en el vestuario, aquel primer día: aquí tienes que mirar la mano, no otra cosa.
La mano izquierda: un dedo. Línea.
La mano derecha: dos dedos.
Y luego, despacio, los cierra. El puño.
Dos dedos y luego el puño.
Eso no existe.
No está en nuestro código de señas. No está en el libro de jugadas del Alisio ni en las combinaciones que Yaiza y yo usamos. Dos dedos es diagonal. El puño es que no bloquea. No se pueden hacer las dos cosas a la vez. No se pueden hacer una detrás de otra. No significa nada.
Y ella lo sabe. Ella es la que mejor conoce las señas de todo el equipo.
Saco.
No sé dónde ponerme. Me quedo en el centro. Chus recibe, Thaís ataca, la defiendo mal, Yaiza la coloca como puede, remato fuera.
18-18.
Yaiza se gira. Me mira. No dice nada.
Recuperamos el saque. Vuelve a la red. Vuelve a ponerse las manos a la espalda.
Un dedo con la izquierda. Y con la derecha: dos dedos. Y luego el puño.
Otra vez.
Me quedo mirando su mano. El puño cerrado, moreno, apretado, encima de la goma del bikini.
Y entiendo que no es una seña de juego.
No sé lo que es. Pero sé que no es de juego. Sé que me lo está diciendo a mí. Solo a mí. Con la mano a la espalda, delante de todo el equipo, en mitad de un partido, en un idioma que solo hablamos ella y yo.
Perdemos el segundo set 19-21. Perdemos el tercero 12-15.
Massimo no dice nada. Apunta algo en su libreta.
Yaiza no me mira en todo el camino de vuelta.
* * *
Volvemos al bungaló a las seis y cuarto. El sol se está poniendo detrás de las dunas, rojo, enorme, borroso por la calima. Todo está naranja: las paredes blancas, la piscina, las palmeras.
Ella entra primero. Yo detrás.
Cierro la puerta.
Ella deja la bolsa en su cama. Se quita las chanclas. Se queda de pie, de espaldas a mí, mirando la ventana. Lleva el bikini negro y unos pantalones cortos encima. Tiene arena en las piernas, en los brazos, en el pelo.
Yo me quedo apoyada en la puerta. Con la espalda contra la madera.
No me muevo.
—Yaiza.
No se da la vuelta.
—¿Qué significaba?
Silencio.
—La seña. Dos dedos y luego el puño. ¿Qué significaba?
Se queda quieta. La veo respirar. Se le mueven los hombros, arriba y abajo.
—Nada —dice al fin—. Me equivoqué.
—Dos veces.
—Me equivoqué dos veces.
—Tú no te equivocas nunca con las señas. En seis años no te he visto equivocarte ni una vez.
No contesta.
—Yaiza. ¿Qué significaba?
Se da la vuelta.
Y me mira.
Tiene la cara roja de sol. Tiene los ojos brillantes, muy negros, muy abiertos. Tiene la boca apretada, como si estuviera aguantando algo con los dientes.
—No me preguntes eso, Alba.
Alba. La tercera vez.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo… —Se para. Traga saliva—. Porque no.
Y no sé lo que me pasa.
No sé de dónde me sale. No lo pienso. No lo decido. Llevo semanas sin decidir nada, dejando que el cuerpo haga lo que quiera, y ahora el cuerpo hace esto: me despego de la puerta. Doy un paso. Otro. Tres pasos. Uno, dos, tres.
Y la beso.
Yo a ella.
Le cojo la cara con las dos manos y le pongo la boca encima de la boca.
No sé besar a una mujer. Nunca lo he hecho. Pero no hay que saber nada. Su boca es blanda, mucho más blanda que la de Jonay. Sabe a sal. A sal y a sudor y a algo dulce, como el agua de coco. Tiene los labios agrietados del sol y del viento.
Se queda quieta.
Un segundo. Dos. Con mi boca en la suya y mis manos en su cara. Sin moverse. Sin devolverme el beso. Sin apartarse.
Y pienso: me he equivocado. Me he equivocado y ahora lo he roto todo.
Y entonces me devuelve el beso.
No como yo. No suave. Me devuelve el beso como si llevara seis años esperando. Abre la boca. Me mete la lengua. Me coge por la nuca con una mano y por la cintura con la otra y me empuja hacia atrás, hacia la puerta, hasta que mi espalda choca contra la madera y la puerta tiembla.
Y me besa contra la puerta.
Fuerte. Con hambre. Con la boca abierta, con la lengua, con los dientes.
Me muerde el labio de abajo. Me tira del pelo de la nuca para echarme la cabeza hacia atrás y me besa más hondo.
Se pega a mí entera. Noto su tripa contra la mía, sus pechos contra los míos, su muslo metiéndose entre mis piernas, como en la arena, pero esta vez queriendo.
Se me escapa un gemido dentro de su boca.
Le agarro la espalda. Le clavo los dedos. Le meto las manos por debajo del pantalón corto, por la cintura, por la piel caliente y llena de arena.
Y ella gime también. Un sonido ronco, bajo, que me vibra en la boca.
Y se me olvida todo.
Se me olvida Jonay. Se me olvida la boda. Se me olvida Dácil, y la norma, y Tami, y mi madre, y los manteles de lino. Solo existe su boca y sus manos y su cuerpo pegado al mío contra una puerta azul en un bungaló de Corralejo con el cielo naranja.
Y entonces lo nota.
Lo noto yo también. Al mismo tiempo.
Algo duro, pequeño, entre las dos. Entre su pecho y el mío. Clavándose.
El anillo.
Colgado de la cadena. Aplastado entre nuestros cuerpos. Frío, metálico, en medio del calor de su piel y la mía.
Yaiza se para.
Se aparta. Solo un poco. Unos centímetros. Con la boca todavía abierta, con la respiración rota, con los labios hinchados y rojos.
Baja la vista.
Mira el anillo. Colgando de la cadena, entre mis pechos, por encima del bikini. Brillando con la luz naranja que entra por la persiana.
Se queda mirándolo mucho rato.
—No —dice.
—Yaiza…
—No. —Da un paso atrás. Otro—. Tienes un anillo.
Lo dice muy bajo. Muy despacio. Como si le doliera cada palabra.
—Tienes un anillo, Alba.
Y se aparta del todo.
Se queda en medio de la habitación, a dos metros de mí, con los brazos colgando y el pecho subiendo y bajando. Me mira. Tiene los ojos húmedos. No llora. Pero tiene los ojos húmedos.
Yo sigo contra la puerta. No puedo moverme. Me tiemblan las piernas. Tengo la boca ardiendo. Tengo el anillo clavado todavía en la piel, donde lo ha aplastado su cuerpo; lo noto como una quemadura.
—Me has besado tú —dice ella. No es un reproche. Es otra cosa. Es como si se lo dijera a sí misma—. Me has besado tú.
Como Dácil.
No lo dice. Pero lo oigo.
—Yo no soy ella —digo.
Me sale sola. Yaiza cierra los ojos.
—No sabes lo que eres —dice—. Hace un mes no sabías ni que te gustaban las mujeres.
—No me gustan las mujeres.
Abre los ojos.
Y yo digo lo único que sé. Lo único que tengo claro desde hace semanas.
—Me gustas tú.
Silencio. El viento, fuera, flojo. Una palmera rozando el tejado.
Yaiza se queda mirándome. Y por un momento, un solo momento, veo algo en su cara que no había visto nunca. Algo abierto. Algo que da miedo de lo desnudo que está.
Y luego se cierra.
—Voy a ducharme —dice.
Coge la toalla de su cama. Pasa a mi lado, hacia la puerta del patio, sin tocarme. Sin mirarme.
Se para en la puerta.
—La seña —dice, de espaldas, con la mano en el picaporte—. No me la vuelvas a preguntar.
Y sale.
Oigo el agua de la ducha exterior. Al otro lado de la ventana. Detrás del cañizo.
No me asomo.
Me siento en mi cama. Me quito la cadena del cuello. Me la quedo mirando en la palma de la mano, con el anillo encima, todavía caliente de su piel y de la mía.
Me lo pongo en el dedo. Lo miro.
Me lo quito.
Y lo dejo en la mesilla. Dentro del cajón. Y cierro el cajón.
Cuando Yaiza vuelve de la ducha, yo estoy en la cama, de cara a la pared. Oigo cómo se seca. Cómo se pone la camiseta. Cómo abre algo pequeño de plástico, en su mesilla.
Los tapones.
Apaga la luz.
Y en la oscuridad, sin tapones todavía, muy bajito, dice:
—Buenas noches, Alba.
Y no la oigo ponérselos.