12. La noche del viento
Al tercer día el viento se vuelve loco.
Pancho lo dice por la mañana, mientras nos lleva a la playa en la furgoneta: viene levante, del desierto, del Sáhara. Que esta noche va a soplar como no habéis visto. Que cerréis bien las ventanas. Que no dejéis nada fuera, ni las toallas, ni las chanclas, porque mañana las encontráis en Lanzarote.
Se ríe. Nadie más se ríe.
Entrenamos igual. Por la mañana, en la arena, con el viento empujando la pelota hacia donde le da la gana. Por la tarde, en un pabellón pequeño del pueblo que nos presta el ayuntamiento, porque en la playa ya no se puede ni estar de pie. La arena vuela. Te pega en las piernas como si fueran agujas.
Yaiza y yo no hablamos en todo el día.
No de lo de anoche. No de nada. En el desayuno se sienta en la otra punta de la mesa. En el entrenamiento me coloca bien, correcto, sin mirarme. En la comida habla con Massimo de la rotación para el primer partido de enero.
Pero por la tarde, en el pabellón, en un descanso, la pillo mirándome. Desde el banco. Mientras bebo agua. Me mira las piernas, luego la boca, luego los ojos. Y cuando ve que la he pillado, no aparta la vista enseguida. Tarda un segundo.
Un segundo es mucho.
* * *
Por la noche el viento ruge.
No silba. Ruge. Como un animal enorme dando vueltas alrededor del bungaló. Las palmeras del patio se doblan. Las cañas del cañizo crujen. Algo metálico golpea contra una pared, una y otra vez, en algún sitio que no vemos. La persiana de madera tiembla. La ventana ya no silba: aúlla.
Y hace calor. Un calor raro, seco, que entra por las rendijas aunque esté todo cerrado. El polvo se cuela por las rendijas. Pancho dice que es la calima, que el viento trae la arena del desierto, y que mañana el cielo estará amarillo.
Apagamos la luz a las once.
A las doce las dos seguimos despiertas.
Lo sé porque la oigo moverse. Darse la vuelta. Destaparse. Taparse. Suspirar. Y ella lo sabe de mí porque hago lo mismo.
A las doce y media, en la oscuridad, dice:
—No hay quien duerma con esto.
—No.
—Parece que se va a llevar el techo.
—Pancho dice que no.
—Pancho dice muchas cosas.
Me río. Ella también, un poco.
Y luego, silencio. El viento. La ventana.
No veo nada. Solo las rayas de luz de luna que entran por la persiana, finas, temblando con el viento, en el suelo entre las dos camas. Veo el bulto de su cuerpo bajo la sábana. Nada más.
—Yaiza.
—Qué.
No sé por qué lo pregunto. A lo mejor por la oscuridad. A lo mejor porque a oscuras no tengo que verle la cara, ni ella a mí.
—¿Por qué se fue Dácil?
Se queda callada. Mucho rato. Tanto que pienso que no va a contestar.
—Te lo ha contado Tami —dice al fin. No es una pregunta.
—Sí.
—Tami es una bocazas.
—Lo hizo por ti. Para protegerte.
—Ya. —Suspira—. Para protegerme de qué, me pregunto.
No contesto.
Otra vez el silencio. El golpe metálico, fuera. Uno, otro, otro.
Y entonces empieza a hablar.
Habla bajo, con la voz ronca, mirando al techo.
Me la imagino mirando al techo. Me cuenta que conoció a Dácil en un torneo juvenil, en Gran Canaria, cuando tenían dieciséis años.
Que fueron amigas mucho tiempo. Que cuando Dácil fichó por el Alisio, ella ya era la colocadora titular.
Que una noche, en una concentración en Lanzarote, se quedaron hablando en la playa hasta las cuatro de la mañana y Dácil la besó.
—Ella a mí —dice—. Que conste. Yo nunca habría dado el primer paso con una que tenía novio. Pero me besó. Y yo no supe decirle que no.
Me cuenta que estuvieron casi un año. A escondidas. En hoteles de los partidos de fuera, en el coche, en su casa cuando Ayoze estaba trabajando. Que Dácil le decía que iba a dejarle. Que en verano. Que después de Navidad. Que después de la temporada.
—Y yo me lo creía —dice—. Todas las veces.
Me cuenta lo del aparcamiento. Lo de los mensajes. Lo del vestuario partido en dos.
—Lo peor no fue eso. —Su voz cambia. Se le rompe un poco—.
Lo peor fue cuando se fue. Me dijo que había sido un error.
Que ella no era así. Que se había confundido, que había sido una etapa, que lo que quería de verdad era casarse y tener hijos con Ayoze.
Me dijo que yo había sido… —Se para—. Una experiencia.
El viento golpea la ventana.
—Un año, Alba. Un año entero. Y yo era una experiencia.
Otra vez Alba. La segunda vez en seis años.
No sé qué decir. Tengo un nudo en la garganta.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Ya. Pero lo siento.
—Por eso la norma. —Se mueve en la cama. La oigo darse la vuelta, hacia mí—. Ni del equipo, ni con pareja. No es que no me gusten. Es que no vuelvo a ser la experiencia de nadie. No vuelvo a ser lo que alguien hace antes de casarse. No vuelvo a romper un vestuario. Nunca más.
Silencio.
Ahora está de cara a mí. Lo sé. Está en su cama, de lado, mirándome en la oscuridad. Un metro.
Yo también me doy la vuelta. Hacia ella.
No nos vemos. Pero estamos de cara. Las dos de lado, en nuestras camas, separadas por un metro de baldosas y una mesilla y las rayas de luna temblando en el suelo.
—Buenas noches, Ferrer —dice. Ya no es Alba. Ha vuelto a ser Ferrer.
—Buenas noches.
* * *
No me duermo.
Pasa media hora. Una hora. El viento no para. Yaiza no se mueve. Al rato su respiración se vuelve lenta, larga, tranquila.
Se ha dormido.
Yo no.
Tengo calor. Tengo un calor que no es de la calima. Me quito la sábana de encima. Me quedo con el pantalón corto y la camiseta de tirantes, encima de la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Y pienso en ella.
En lo que ha dicho. Que Dácil la besó a ella. Que no supo decirle que no. Que no vuelve a ser la experiencia de nadie.
Pienso: yo no sería eso.
Y en cuanto lo pienso me da miedo. Porque es pensar que hay algo. Que podría haber algo. Que yo podría ser algo para ella.
Pienso en la ducha de anoche. En su mano bajando por la tripa. En su cabeza hacia atrás y la boca abierta. En su otra mano en la pared, abierta, como para no caerse.
Y me doy cuenta de que me estoy tocando.
No sé cuándo he empezado. Tengo la mano dentro del pantalón. Por encima de las bragas. Moviéndose despacio.
Me paro.
Está aquí. A un metro. Durmiendo. No puedo hacer esto con ella aquí.
Escucho. Su respiración, larga, lenta. El viento, rugiendo, que tapa cualquier ruido.
Está dormida.
Y el viento lo tapa todo.
Vuelvo a mover la mano.
Muy despacio. Sin hacer ruido. Meto la mano por dentro de las bragas. Estoy empapada. Llevo empapada desde la ducha de anoche. Desde la crema. Desde que caí encima de ella en la arena.
Me toco por fuera. Muy suave. Con dos dedos. De abajo arriba.
Y la miro.
No la veo. Solo el bulto de su cuerpo en la oscuridad, de lado, de cara a mí. Pero sé cómo es. Sé cómo es su cara dormida, la he visto en el avión. Sé cómo es su cuerpo debajo de la camiseta enorme. Lo vi en el espejo. Lo vi por el cañizo.
Me imagino que alargo la mano. Que cruzo el metro. Que le toco la cara.
Me meto un dedo. Me muerdo el labio.
Me imagino que ella se despierta. Que me coge la mano. Que la guía. Que la baja por su cuello, por su pecho, por debajo de la camiseta. Que me pone la palma encima de su pezón, duro, y me dice muy bajo: «con la boca, Ferrer».
Me meto otro dedo. Arqueo la espalda. Muy poco. Sin ruido.
Y entonces lo oigo.
Su respiración.
Ha cambiado.
Ya no es lenta. Ya no es larga. Es más corta. Más rápida. Contenida, como la de alguien que intenta no hacer ruido.
Me quedo helada. Con los dedos dentro. Sin moverme.
No está dormida.
No está dormida. Lleva despierta no sé cuánto. A lo mejor desde el principio. A lo mejor no se ha dormido nunca. Y está ahí, a un metro, de cara a mí, en la oscuridad. Oyéndome. Sabiendo lo que estoy haciendo.
Y no dice nada.
No dice «Ferrer». No enciende la luz. No se da la vuelta. No hace nada.
Solo respira. Distinto. Corto. Rápido.
Y yo debería parar. Debería sacar la mano, darme la vuelta, morirme de vergüenza contra la pared hasta que se haga de día.
No paro.
No puedo parar. Es como si oírla respirar así hubiera abierto algo dentro de mí. Saber que está despierta. Saber que me oye. Saber que no dice nada.
Vuelvo a mover los dedos. Despacio. Más despacio que antes.
Y su respiración se acelera.
Me toco con el pulgar. En círculos. Como en el sofá.
Y la oigo tragar saliva.
Y luego, debajo del viento, debajo del golpe metálico y del aullido de la ventana, oigo otra cosa. Muy bajita. Casi nada.
El roce de una sábana. En su cama. Un roce pequeño, que se repite. Despacio. Una vez. Otra.
No sé lo que es. No lo sé. Puede ser que se esté acomodando. Puede ser que tenga calor. Puede ser cualquier cosa.
Puede ser su mano.
Y esa idea, esa sola idea, la de que puede ser su mano, me lleva al borde.
Me corro.
Me corro mordiéndome el brazo para no gritar.
Con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando el bulto de su cuerpo, a un metro.
Me corro con todo el cuerpo tenso, con las piernas temblando, con los dedos apretados dentro de mí mientras me late todo, una vez, otra, otra, y el viento ruge, y la ventana aúlla, y no sé si he hecho ruido o no, no sé nada.
Y en su cama, la sábana se para.
Y ella suelta el aire. Un suspiro largo, temblando. Que se le escapa. Que no puede controlar.
Y luego nada.
Nos quedamos así. Las dos. A oscuras. Respirando. Cada una en su cama, de cara a la otra, sin vernos.
Ninguna dice nada.
Ninguna dice nada en toda la noche.
* * *
Cuando me despierto, el cielo está amarillo.
Amarillo de verdad, como dijo Pancho. Un amarillo sucio, de polvo, que entra por las rendijas de la persiana y lo tiñe todo. El viento ha parado. Hay un silencio raro.
La cama de Yaiza está vacía.
Hecha. Con la sábana estirada y la almohada en su sitio. Como si nadie hubiera dormido en ella.
Son las siete y cuarto. Me levanto. Me asomo a la puerta. Pancho está en la piscina sacando hojas de palmera con un rastrillo.
—¿Has visto a Yaiza?
—Salió a correr a las seis —dice—. Por las dunas. Con este aire, la loca. Va a volver con los pulmones llenos de arena.
Me meto en la ducha del baño, no en la de fuera. Me ducho con agua fría.
No sé cómo voy a mirarla.
* * *
El desayuno es en la terraza de Massimo, como todos los días. Café, pan, queso, fruta. Todo el mundo habla del viento, de la calima, de las chanclas de Thaís, que efectivamente han desaparecido.
Yaiza llega tarde. Viene de correr, sudada, con la camiseta llena de polvo amarillo y el pelo lleno de arena. Se sienta en la única silla libre.
A mi lado.
No la miro. Miro mi café.
Ella coge la cafetera. Se sirve. Y luego, sin decir nada, me sirve a mí. Me llena la taza hasta arriba, con cuidado, sin derramar.
Y mientras me la llena, sin girar la cabeza, mirando la taza, delante de todas, con Tami a medio metro y Massimo en la cabecera, dice muy bajo, solo para mí:
—Esta noche duermo con tapones.
Deja la cafetera en la mesa.
Se pone a hablar con Chus del viento.
Y yo me quedo mirando la taza llena, con la cara ardiendo, con el corazón a mil, sin poder levantar la vista.
No sé si es una broma. No sé si es un aviso. No sé si es un reproche.
No sé si es una invitación.