11. Arena
La arena no perdona.
Eso es lo primero que aprendo en Corralejo.
En la pista, el suelo te devuelve el salto: empujas y subes.
En la arena, empujas y te hundes. Cada paso cuesta el doble.
Cada salto, el triple. A los diez minutos te arden los gemelos.
A los veinte, los muslos. A la media hora tienes arena en sitios que no sabías que tenías.
Entrenamos dos veces al día. A las nueve de la mañana y a las cinco de la tarde. En una playa grande, al lado de las dunas, donde Massimo ha mandado poner dos redes de vóley playa que nos ha dejado el club de aquí. Descalzas. En bañador o en bikini.
Hace sol. No el sol de La Laguna, que casi nunca sale. Un sol de verdad, fuerte, blanco, que rebota en la arena y en el agua y te da en la cara desde todas partes. Y viento. Siempre viento. Un viento que te llena la boca de arena y te seca el sudor antes de que te caiga.
El segundo día, por la mañana, Massimo nos tiene una hora corriendo por la orilla, en la arena mojada, ida y vuelta, hasta el final de la playa. Luego saltos. Luego desplazamientos laterales. Thaís se tira en la arena boca arriba y dice en portugués algo que Tami traduce como «matadme ya».
Yo no me quejo. Me gusta. Me gusta cansarme así, hasta no poder pensar. Si me canso lo bastante, no pienso en el espejo del armario. No pienso en «te quedaba bien el azul».
Casi funciona.
* * *
A las once hay un descanso de quince minutos. Todo el mundo se tira a la sombra de una sombrilla enorme que ha traído Pancho. Bebemos agua. Nos echamos crema.
Yaiza se sienta a mi lado.
Hoy no lleva el bañador negro entero. Lleva un bikini deportivo, también negro, de los de tirantes cruzados por detrás. Tiene la piel brillante de sudor, llena de arena pegada en los muslos y en los brazos. Se quita la gorra y se sacude el pelo.
Coge el bote de crema. Se echa en las piernas, en los brazos, en la cara. Y luego se gira hacia mí y me da el bote.
—¿Me echas en la espalda? Que no llego.
Lo dice normal. Como lo diría cualquiera.
Cojo el bote.
—Claro.
Se gira. Se pone de espaldas a mí, sentada en la toalla, con las piernas cruzadas. Se recoge el pelo de la nuca con una mano, aunque lo tiene tan corto que no hace falta.
Me echo crema en las manos. Es blanca y espesa; se me queda entre los dedos.
Y le pongo las manos en la espalda.
Las dos. Abiertas. En los hombros.
Tiene la piel caliente. Muy caliente, de sol. Y suave, más suave de lo que pensaba. Y debajo noto los músculos, duros, tensos del entrenamiento.
Empiezo por los hombros. Despacio. Extiendo la crema en círculos, como hizo ella con el árnica en Logroño. Por los hombros, por la parte de arriba de los brazos, por la nuca. Le paso los dedos por el nacimiento del pelo.
Eso no hace falta para el sol.
No me dice nada.
Bajo. Por los omóplatos. Por la columna, con los pulgares, a los dos lados del hueso, de arriba abajo. Noto cómo se le pone la piel de gallina. Debajo de mis manos. Con treinta grados al sol.
Sigo bajando. Por el centro de la espalda. Por debajo de los tirantes cruzados del bikini, metiendo los dedos por debajo de la tela, para que no le quede ningún trozo sin crema.
La noto respirar. Lento. Hondo.
Bajo más. Por los costados. Por la cintura. Hasta los riñones.
Hasta el borde del bikini.
Me paro ahí. Con las dos manos abiertas en la parte de abajo de su espalda. Con los pulgares justo en los hoyuelos que le vi ayer en el espejo. Con las yemas de los dedos rozando la goma de la braguita.
No me muevo.
Ella tampoco.
Se oyen las olas. Se oye a Tami contando un chiste malo. Se oye a Massimo hablando por teléfono en italiano. Y yo estoy aquí, con las manos en la espalda de Yaiza, al borde de su bikini, sin poder moverlas ni quitarlas.
—Ya está —dice ella. Muy bajo.
Pero no se mueve.
Quito las manos. Despacio.
Ella se pone de pie. Se pone la gorra. No me mira.
—Gracias, Ferrer.
Y se va hacia la red.
Me miro las manos. Están blancas de crema y temblando.
Tami, desde la toalla de al lado, me está mirando. No dice nada. Levanta una ceja.
Me limpio las manos en la toalla y no la miro.
* * *
Por la tarde, partidillos. Dos contra dos en la arena, como en el vóley playa. Massimo hace las parejas.
A mí me toca con Thaís. A Yaiza, con Chus.
Y en un ejercicio de defensa, Massimo nos pone a todas en fila para que vayamos saliendo de dos en dos, una a cada lado, a por una pelota que él lanza al centro. Hay que tirarse. En la arena se puede: no duele.
Me toca salir con Yaiza.
Massimo lanza la pelota. Muy al centro. A mitad de camino entre las dos.
Corremos. Nos tiramos.
Y chocamos.
No sé cómo pasa. Ella llega un poco antes, se tira de lado, y yo me tiro detrás y caigo encima de ella. Encima. Entera. Rodamos en la arena. Y cuando paramos, ella está boca arriba y yo encima, con las manos apoyadas a los lados de su cabeza.
Y su pierna entre las mías.
Su muslo, apretado entre mis muslos, arriba, muy arriba. Contra mí. A través de la tela fina del bikini.
No me muevo.
Ella tampoco.
Está debajo de mí, con la arena en el pelo, con la boca abierta, jadeando.
Me mira desde abajo. A diez centímetros.
Le veo los granos de arena pegados en las pestañas.
Le veo una gota de sudor en el labio de arriba.
Noto su pecho subir y bajar contra el mío.
Noto su muslo, caliente, duro, entre mis piernas.
Y noto que, sin querer, sin decidirlo, aprieto.
Un poco. Las caderas. Contra su muslo.
No sé si ella lo nota.
Le cambian los ojos.
Un segundo. Un segundo de más. Un segundo que dura mucho más de un segundo.
—¡Ferrer, Mendoza, la pelota! —grita Massimo—. ¡Que no es una siesta!
Risas en la fila.
Me aparto. Me levanto. Ruedo hacia un lado y me pongo de pie, sacudiéndome la arena de las piernas, de los brazos, sin mirarla.
Ella se queda un momento más tumbada en la arena. Luego se levanta. Se sacude. Vuelve a la fila sin decir nada.
Tengo el corazón en la garganta. Tengo la cara ardiendo. Y entre las piernas, donde estaba su muslo, un calor que no se va.
Tami me mira desde la fila. Esta vez no levanta la ceja. Solo me mira.
* * *
Esa noche cenamos en el bungaló de Massimo, que es más grande y tiene una mesa en la terraza.
Pasta con atún, ensalada, fruta. Nerea pierde una partida de cartas contra Marta y protesta por primera vez sin pedir perdón.
Irene se ríe y reparte otra mano. Chus se va pronto a dormir.
Tami se pone a ver una película en el móvil con Thaís.
Yaiza se va a nuestro bungaló a las diez.
Yo me quedo un rato más. Hablo con Jonay por teléfono, sentada en el bordillo de la piscina, con los pies en el agua. Me cuenta que ha ido a ver a su madre otra vez. Que le ha arreglado el grifo de la cocina. Que me echa de menos.
Le digo que yo también.
Cuelgo. Me quedo mirando el agua de la piscina, que está iluminada desde abajo, azul, con el viento rizando la superficie.
A las once vuelvo al bungaló.
La habitación está a oscuras. La cama de Yaiza está vacía, con la sábana revuelta y su camiseta del torneo encima.
Y se oye agua.
No en el baño. Fuera. Detrás del bungaló. En el patio pequeño.
La ducha exterior.
Me quedo de pie en medio de la habitación. Escuchando el agua.
La ventana de la habitación, la que silba, da al patio. Tiene la persiana de madera medio bajada, con las rendijas abiertas.
No voy a mirar.
Me siento en mi cama. Me quito las chanclas. Me pongo el pijama, a oscuras, deprisa.
El agua sigue sonando.
No voy a mirar.
Me tumbo. Me tapo con la sábana. Cierro los ojos.
El agua. El viento. La ventana silbando.
Y me levanto.
No lo decido. Otra vez no lo decido. Me levanto y voy hacia la ventana, descalza, sin hacer ruido, y me pongo al lado de la persiana. Y miro por una rendija.
El patio es pequeño, cuadrado, con el suelo de piedra.
Hay una bombilla en la pared del bungaló, una sola, amarilla, que ilumina poco.
Y en una esquina, la ducha, una alcachofa en un tubo de metal, rodeada por un cerco de cañas.
Un cañizo, lo llaman aquí. Cañas secas atadas unas a otras, de la altura de una persona.
Pero las cañas no están juntas del todo. Entre una y otra hay huecos. Rendijas. Y a través de las rendijas, con la luz amarilla, se ve.
Se la ve.
Está desnuda debajo del agua.
De pie, de lado, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. El agua le cae por la cara, por el cuello, por el pecho. Le brilla la piel morena con la luz de la bombilla. Tiene las manos en el pelo, quitándose la arena.
La veo a trozos. Por las rendijas del cañizo. Un hombro. La curva de la cadera. El drago. Un muslo. El pecho, pequeño, oscuro, con el agua resbalándole.
No puedo respirar.
Ella baja las manos del pelo. Se pasa una por el cuello, despacio. Por el pecho. Por la tripa.
Y sigue bajando.
La mano le baja por la tripa, por el vientre, despacio, con el agua cayendo. Y desaparece entre sus piernas, detrás de una caña, donde ya no la veo.
Y se queda ahí.
Y ella echa la cabeza más hacia atrás. Y abre la boca.
Me agarro al marco de la ventana.
No sé si se está quitando la arena. No sé si se está tocando. No sé nada. Solo veo su cara con los ojos cerrados y la boca abierta y el agua cayéndole, y su brazo, que se mueve un poco, despacio, ahí abajo, detrás de la caña.
Y su otra mano, que se apoya en la pared del bungaló. Abierta. Con los dedos extendidos. Como para no caerse.
A un metro de mi ventana.
Me quedo mirando. No sé cuánto tiempo. Un minuto. Dos. Con la cara pegada a la rendija de la persiana y el corazón golpeándome tan fuerte que me parece que tiene que oírlo.
Y entonces ella abre los ojos.
Y mira hacia la ventana.
Me aparto de golpe. Me pego a la pared, al lado de la persiana, en la oscuridad. Sin respirar.
¿Me ha visto?
No puede haberme visto. La habitación está a oscuras. La persiana está medio bajada. Desde fuera, con la bombilla encendida, solo puede ver un cristal negro.
No puede haberme visto.
Pero sabe que he vuelto. Tiene que saberlo. Tiene que haber oído la puerta.
El agua se para.
Vuelvo a la cama. Deprisa. Me tumbo de cara a la pared, dándole la espalda a la puerta. Me tapo con la sábana hasta la oreja. Cierro los ojos.
Tengo las bragas empapadas. Tengo los pezones tan duros que me duelen contra la camiseta. Tengo las piernas apretadas, muy apretadas, como en el coche de Jonay.
Se abre la puerta del patio. Pasos descalzos en las baldosas. El roce de una toalla. El colchón de su cama, que cruje cuando se sienta.
Silencio.
No se acuesta. Está sentada en su cama. Lo noto. Está sentada, a un metro de mi espalda, sin moverse.
Mirándome.
Lo sé sin verlo. Igual que en la pista. Noto sus ojos en la nuca como se nota el sol.
—¿Ferrer? —dice. Muy bajito.
No contesto. Respiro despacio. Como si estuviera dormida.
Pasa un rato largo.
Y luego la oigo tumbarse. La sábana. El crujido del colchón. Un suspiro largo, muy largo, que no sé lo que significa.
La ventana silba.
No duermo en toda la noche. Y creo que ella tampoco.