Señas (Vestuario 3) 10. Corralejo
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10. Corralejo

Abro la foto en el avión, como me prometí.

Es un vuelo corto, de cuarenta minutos, en un avión pequeño de hélices que hace un ruido de lavadora.

Voy en la ventanilla. Abajo se ve el mar azul oscuro, y luego Gran Canaria, marrón y verde, con nubes enganchadas en las montañas, y luego otra vez mar.

Tami va dormida a mi lado con la boca abierta.

Yaiza va cinco filas más adelante, al lado de Massimo.

Desbloqueo el móvil. Abro el grupo. Abro la foto.

Es una hoja de libreta, con cuadritos, escrita con boli azul. La letra de Yaiza: pequeña, inclinada hacia la derecha, con las aes cerradas como circulitos. Siete habitaciones para catorce jugadoras.

Chus – Thaís. Tami – Nerea, la central del filial. Irene – Marta. Las demás del filial, de dos en dos. Y la última línea.

Mendoza – Ferrer.

Nada más. Sin explicación. Mi apellido al lado del suyo, con un guion en medio.

Me quedo mirando el guion.

Debajo de la foto hay un mensaje de Tami, de anoche: «¿Y eso, capitana? 👀».

Y la respuesta de Yaiza, dos minutos después: «La colocadora con la opuesta. Para hablar de la pista. Como manda el italiano».

Y un pulgar de Massimo.

No sé si es verdad. No sé si Massimo ha dicho eso alguna vez. En seis años de concentraciones nunca hemos dormido juntas. Nunca. Siempre me ha tocado con Tami, o con Chus, o con quien fuera. Nunca con ella.

Apago el móvil. Miro por la ventanilla.

El avión empieza a bajar. Y abajo aparece Fuerteventura.

No se parece a Tenerife. No se parece a nada.

Es una isla marrón, de tierra, plana y seca, con volcanes pequeños y redondos como montones de arena, y casi sin árboles.

Y alrededor, la costa: unas playas blancas enormes, y un agua de un color que no sabía que existía, entre el verde y el azul, transparente, como el cristal de una botella.

* * *

En el aeropuerto nos esperan dos furgonetas blancas del club de allí. En la nuestra conduce un hombre mayor que se llama Pancho y que no para de hablar. Nos lleva hacia el norte por una carretera recta, sin curvas, entre campos de piedras y alguna cabra.

Hace sol. Mucho sol. Y viento. Un viento que no para, que empuja la furgoneta hacia un lado, que hace silbar las ventanillas.

—Aquí el viento no se va nunca, mis niñas —dice Pancho—. Os vais a acostumbrar. O no.

Y entonces aparecen las dunas.

Thaís grita. Las del filial sacan los móviles. Hasta Chus, que lo ha visto todo, se queda callada.

Son kilómetros de arena blanca a los dos lados de la carretera. Montañas de arena, suaves, redondas, que suben y bajan como olas. Y al fondo, a la derecha, el mar, turquesa, con espuma blanca. Y enfrente, al otro lado del agua, otra isla, marrón y alargada: Lanzarote.

Parece otro planeta. Parece un desierto que alguien ha puesto al lado del mar por equivocación.

—Las dunas de Corralejo —dice Pancho, orgulloso, como si fueran suyas—. Por la noche, con luna, no hay nada más bonito en el mundo.

Miro hacia delante. En el asiento de al lado de Pancho, Yaiza también está mirando por la ventanilla. Con la frente casi pegada al cristal. Como una niña.

* * *

Los bungalós están a la entrada del pueblo, justo donde terminan las dunas.

Son blancos, bajos, de una planta, con las puertas y las ventanas pintadas de azul.

Están en fila, alrededor de una piscina pequeña, y entre bungaló y bungaló hay palmeras y buganvillas moradas que el viento no deja quietas.

Cada uno tiene una terraza delante, con dos sillas de plástico. Y detrás, en un patio pequeño, una ducha exterior, para quitarse la arena, rodeada por un cerco de cañas.

Massimo reparte las llaves. Nos da la del número siete.

Yaiza la coge. Abre la puerta.

Es una habitación con dos camas pequeñas, separadas por una mesilla. Un armario con un espejo en la puerta. Un baño minúsculo. Una ventana que da al patio trasero y, más allá, a las dunas, con una persiana de madera. Las paredes, blancas. El suelo, de baldosas.

Nada más.

Es muy pequeña. Más pequeña de lo que pensaba. Entre las dos camas no hay más de un metro.

—¿Cuál quieres? —pregunta Yaiza.

Es lo primero que me dice desde el aparcamiento de San Benito. Lo primero que no es «buenos días, Ferrer».

—Me da igual.

—Pues yo la de la puerta.

Tira su bolsa en la cama de la puerta. Yo dejo la mía en la de la ventana.

Y nos quedamos las dos de pie, en medio de la habitación, sin saber qué hacer.

La ventana silba. El viento se mete por algún hueco del marco y hace un ruido largo, agudo, como alguien soplando en una botella.

—¿Eso va a sonar toda la noche? —digo.

—Seguramente.

—Genial.

Se ríe. Un poco. Por primera vez en tres semanas. Una risa corta, por la nariz, que se le escapa sin querer.

Y algo se me afloja en el pecho.

* * *

El primer entrenamiento es a las cinco, en la playa. Massimo quiere que nos acostumbremos a la arena antes de empezar en serio mañana.

Hay que cambiarse.

Y ahí me doy cuenta de lo que no he pensado en el avión, ni en la furgoneta, ni en las tres semanas desde que Massimo dijo bungalós de dos en dos.

Nunca me he cambiado sola con Yaiza.

En seis años me he cambiado con ella miles de veces. Pero siempre en un vestuario. Con doce duchas, con veinte taquillas, con Tami cantando y Chus con el secador y la música de alguna. Con ruido. Con gente. Con todo el mundo desnudándose a la vez, y nadie mirando a nadie.

Aquí no hay nadie más. Aquí solo estamos ella y yo, en una habitación de doce metros, con un metro entre las camas.

Abro mi bolsa. Saco el bikini azul.

No, el negro.

No. El azul.

Yaiza abre la suya. Saca un bañador deportivo, negro, entero, y unos pantalones cortos.

Nos damos la espalda. Las dos a la vez. Sin decir nada. Ella mirando a la puerta y yo mirando a la ventana.

Me quito la camiseta. Me quito el sujetador. Me pongo la parte de arriba del bikini, deprisa, con los dedos torpes, sin acertar con el cierre. Detrás de mí oigo la tela de su ropa: la cremallera de una sudadera, el roce de una camiseta sacándose por la cabeza.

Me quito los vaqueros. Me quito las bragas. Me pongo la parte de abajo.

Y levanto la vista.

Delante de mí, a la izquierda de la ventana, está el armario. Con el espejo en la puerta. Un espejo alto, estrecho, un poco manchado en las esquinas.

Y en el espejo está ella.

De espaldas a mí, como yo a ella. Está quitándose la camiseta, con los brazos levantados por encima de la cabeza.

Le veo la espalda entera: morena, lisa, con los músculos marcados de saltar y colocar.

La línea de la columna. Los dos hoyuelos encima del culo.

No lleva sujetador. Lleva solo unas bragas negras, pequeñas.

Y entonces baja los brazos. Y gira la cabeza un poco. Solo un poco. Lo justo para mirar por encima del hombro.

Y en el espejo veo que me está mirando.

No me mira a mí. Me mira en el espejo. Igual que yo a ella. Las dos de espaldas, cada una en una punta de la habitación, mirándonos a través del cristal.

Nos quedamos quietas.

Yo, con el bikini azul ya puesto, con la piel de gallina. Ella, desnuda de cintura para arriba, con la camiseta en la mano, mirándome desde el espejo con esos ojos negros que ya no sé leer.

Un segundo. Dos.

No aparta la vista.

Yo tampoco.

En el espejo le veo el perfil de un pecho, pequeño, oscuro, con el pezón duro. Le veo el drago en la cadera, por encima de las bragas negras. Le veo la boca, que se le abre un poco, como si fuera a decir algo.

No dice nada.

Se pone el bañador. Deprisa. Sin dejar de mirarme en el espejo. Se lo sube por las piernas, por las caderas, por el pecho, y se coloca los tirantes.

Y entonces aparta la vista.

—Vamos —dice—. Que Massimo se pone nervioso.

Sale de la habitación sin mirarme.

Me quedo delante del espejo. Ahora solo estoy yo. Con el bikini azul, con las mejillas rojas, con la cadena colgando entre los pechos, el anillo brillando con el sol que entra por la persiana.

Me quito la cadena. La dejo en la mesilla, al lado de la cama.

Es para no perderla en la arena, me digo.

Y salgo.

* * *

El entrenamiento es corto. Una hora. Correr por la orilla, saltar, hacer desplazamientos en la arena seca, que te hunde hasta los tobillos y te quema los gemelos en cinco minutos. Massimo dice que es para despertar las piernas. Thaís dice que es para matarnos.

No miro a Yaiza en toda la hora. Ella tampoco a mí.

Pero sé dónde está en cada momento. Lo sé sin mirar. Igual que en la pista.

A las seis y pico se pone el sol detrás de las dunas y el cielo se vuelve naranja y luego rosa y luego morado. El viento no para. Volvemos a los bungalós con la piel llena de sal y arena hasta en las orejas.

Cenamos todas juntas en un restaurante del pueblo, en una terraza con vistas al puerto. Pescado, papas, ensalada. Massimo se va pronto a dormir. Tami, Nerea, Irene y Marta se quedan en la piscina con las demás del filial contando historias de miedo. Chus llama a sus hijos por vídeo.

Yo llamo a Jonay desde la terraza del bungaló.

—¿Qué tal, campeona?

—Bien. Cansada. Esto es precioso.

—¿Y con quién duermes? Te lo dije, ¿a que sí? Con Yaiza.

—Sí.

—La pareja de oro. —Se ríe—. Dale recuerdos.

—Vale.

Hablamos diez minutos. De su madre, de la persiana, de una película que ha visto. Me dice que me quiere. Le digo que yo también. Cuelgo.

Dentro, Yaiza está en su cama, con la luz de la mesilla encendida, leyendo algo en el móvil. Lleva una camiseta vieja, enorme, de un torneo de hace años, y nada más. Las piernas morenas encima de la sábana.

—Jonay te manda recuerdos —digo.

—Dale las gracias.

No levanta la vista del móvil.

Me meto en el baño. Me lavo los dientes. Me pongo el pijama, un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Salgo. Me meto en mi cama.

Un metro. Entre su cama y la mía hay un metro.

Apaga la luz.

La habitación se queda a oscuras. Solo entra un poco de luna por las rendijas de la persiana, en rayas finas, plateadas, que caen en el suelo entre las dos camas.

La ventana silba.

Oigo su respiración. Oigo cómo se mueve, cómo se da la vuelta, cómo se queda quieta. Está tan cerca que si alargara el brazo le tocaría la cama.

—Buenas noches, Ferrer —dice en la oscuridad.

—Buenas noches.

Silencio. El viento. La ventana.

Y luego, muy bajito, tan bajito que no sé si lo he oído o lo he soñado:

—Te quedaba bien el azul.