9. La norma
Marta e Irene siguen discutiendo una jugada mientras recogen las bolsas. Nerea se despide de las tres con la mano.
—Te invito a un barraquito —dice Tami a la salida del entrenamiento—. Y no me digas que no, que tienes cara de necesitarlo.
El barraquito es el café de aquí. Se sirve en un vaso de cristal, por capas: leche condensada abajo, luego licor, luego café, luego leche, canela y una cascarita de limón.
Lleva tanto azúcar que te da para entrenar dos días.
La primera vez que me lo tomé pensé que me iba a morir.
Ahora lo pido sin licor y me lo tomo despacio.
Nos sentamos en una terraza de la calle de la Carrera, en La Laguna, debajo de un toldo, con la nube encima y el suelo todavía mojado de la mañana. Pasan estudiantes con carpetas, señoras con el carro de la compra, un chico tocando la guitarra en una esquina.
Tami remueve su barraquito sin bebérselo. Está rara. Tami nunca está rara. Tami habla siempre, de todo, a todas horas, y ahora lleva tres minutos callada.
—Alba.
—Qué.
—¿Tú te acuerdas de Dácil?
Claro que me acuerdo.
Dácil Morales era nuestra central hace cuatro años.
Alta, muy alta, de Los Realejos, con una trenza negra hasta la cintura y una risa que se oía en todo el pabellón.
Era buena. Muy buena. De las que bloquean con la mirada antes que con las manos.
Y a mitad de aquella temporada, en enero, se fue.
De un día para otro. Firmó con un equipo de la península y se fue sin despedirse de casi nadie.
Recuerdo aquella temporada como un mal sueño.
El vestuario se partió en dos y nunca supe por qué.
Había chicas que no se hablaban. Había conversaciones que se cortaban cuando yo entraba.
Yaiza, que era capitana desde hacía poco, estuvo semanas sin reírse.
Perdimos todo lo que se podía perder. Bajamos a la mitad de la tabla.
Yo llevaba dos años en el equipo y no me enteré de nada.
Me dijeron que Dácil se había peleado con Massimo. Que le habían ofrecido más dinero fuera. Que tenía problemas en casa. Me lo creí todo.
—Me acuerdo. ¿Por qué?
Tami bebe por fin un sorbo. Deja el vaso en la mesa. Me mira.
—Porque tú no sabes por qué se fue.
—Por Massimo. Por el dinero. No sé.
—No. —Niega con la cabeza—. Se fue por Yaiza.
No digo nada. Me quedo con la cucharilla en la mano.
—Dácil y Yaiza estaban juntas —dice Tami, bajando la voz, aunque en la terraza no hay nadie que nos conozca—.
A escondidas. Casi un año. Nadie lo sabía.
Yo me enteré porque las pillé una noche, en una concentración en Lanzarote.
Entré en la habitación sin llamar y… bueno.
Me pidieron que no dijera nada y no dije nada.
—Pero Dácil…
—Dácil tenía novio. Sí. Desde el instituto.
Un chico de Los Realejos, Ayoze, muy majo.
Llevaban diez años. Se iban a casar. —Tami se encoge de hombros—.
Y en diciembre de aquel año, el novio se enteró.
Le vio unos mensajes en el móvil. Se montó un drama tremendo.
Él vino al pabellón, se puso a gritar en el aparcamiento.
¿No te acuerdas? Dijeron que era un aficionado borracho.
Me acuerdo. Me acuerdo de un chico gritando en el aparcamiento una noche de invierno. Me acuerdo de que Massimo salió y se lo llevó a un lado. Me acuerdo de que nadie dijo nada al día siguiente.
—Y entonces el vestuario se partió —sigue Tami—.
Unas sabían, otras se lo imaginaban. Algunas decían que Yaiza se había metido en una pareja.
Que era la capitana y no podía hacer eso.
Otras decían que no era asunto de nadie.
Se montó una guerra. Y Dácil… Dácil eligió al novio.
Le dijo a Yaiza que había sido un error, que ella no era así, que se iba a casar.
Y se fue a la península con él, para empezar de cero.
—¿Y se casaron?
—No. —Tami suelta una risa sin ganas—. Lo dejaron a los seis meses. Ahora Dácil está con una chica de Bilbao, creo. Juega en el Iruna, en Pamplona. La verás en la liga.
Me quedo callada. Miro el vaso de barraquito, las capas mezcladas, la canela flotando.
—Yaiza lo pasó fatal —dice Tami—. Fatal de verdad. Estuvo meses que no era ella. Y al empezar la temporada siguiente, en la cena de pretemporada, en el guachinche, se levantó con la copa en la mano y dijo lo de…
—Lo de que le gustaban las mujeres pero las del equipo no.
—Eso. Para que quedara claro. Para ella, sobre todo. Y desde entonces, nunca. Ni una. Ni con compañeras, ni con chicas que tengan pareja. Sale con muchas, sí. Pero ninguna le dura. Y ninguna es del equipo, y ninguna tiene novio. Es su norma.
No sé qué decir. Me tiembla un poco la mano y dejo la cucharilla en el plato.
—¿Por qué me lo cuentas?
Tami me mira mucho rato. Con esa cara que pone pocas veces, la cara de cuando habla en serio.
—Porque te conozco, Alba. Y porque la conozco a ella. Y porque esta semana os he visto en la pista. Y en el guachinche. Y en el avión de Logroño, que me cambió el sitio con una excusa que no se la cree ni ella.
Me pongo roja. Lo noto.
—No pasa nada, Tami.
—Ya lo sé que no pasa nada. —Me pone una mano en el brazo—. Por eso te lo cuento. Para que no pase.
Se acaba el barraquito de un trago.
—Ella no va a romper su norma. Lo pasó demasiado mal. Y tú te casas en junio. Así que lo que sea que esté pasando en tu cabeza, déjalo ahí. Por las dos.
Paga ella. Se levanta. Me da un beso en la mejilla y se va calle abajo, con la mochila al hombro.
Me quedo sola en la terraza, con el vaso vacío y la canela en el fondo.
Pienso en Yaiza en un aparcamiento, de espaldas, apretando la puerta del coche.
Te vas a casar en junio, Alba.
Ahora lo entiendo.
* * *
Esa noche, en casa, me ducho antes de cenar.
El baño de la calle Castillo es pequeño, con una ducha de plato y una mampara que no cierra del todo. El agua sale muy caliente y llena todo de vapor.
Me quedo debajo mucho rato, con los ojos cerrados.
Pienso en Dácil. En su trenza negra. En Yaiza besando a Dácil en una habitación de hotel en Lanzarote. Pienso en Yaiza con la boca en el cuello de Dácil, con las manos debajo de su camiseta, con Dácil tumbada en la cama.
Y algo me arde. Algo que no son celos, o que sí son celos, pero también es otra cosa.
Pienso en la norma.
Nunca con una del equipo. Nunca con una que tenga pareja.
Y yo soy las dos cosas.
Y pienso en cómo sería. Si la rompiera. Si un día Yaiza dijera que le da igual. Que le da igual la norma, y el vestuario, y la boda, y todo. Si me empujara contra una pared y me dijera: por ti, sí.
La mano se me va sola. Por la tripa, despacio, con el agua cayendo. Entre las piernas.
Estoy mojada. Ya lo sé. Ya ni me sorprende. Estoy mojada desde la terraza, desde que Tami ha dicho «se fue por Yaiza».
Me apoyo en la pared de azulejos con la otra mano. Me toco despacio. Cierro los ojos más fuerte.
Y la veo. En el aparcamiento. Pero esta vez se da la vuelta. Esta vez no se sube al coche. Viene hacia mí, tres pasos, uno, dos, tres, y me coge la cara con las dos manos, las manos de colocar, y me dice: a la mierda la norma. Y me besa.
Me meto un dedo. El agua me cae por la espalda.
Y ella me besa en mi cabeza, y me empuja contra el coche, y me mete la mano por dentro del pantalón, como en el sofá, como en el pasillo del guachinche, y me dice al oído: llevo seis años queriendo hacer esto, Ferrer.
Se me escapa un gemido. Lo tapo con el brazo.
Estoy cerca. Estoy muy cerca. Lo noto subir, desde los pies, desde las rodillas…
Se abre la puerta del baño.
—Perdona, cari, que me lavo los dientes en un momento, que me ha llamado mi madre y tengo que salir a…
Es Jonay.
Saco la mano de golpe. Me pego a la pared. A través de la mampara empañada le veo la silueta, en el lavabo, con el cepillo de dientes.
No me ve. La mampara está llena de vapor. No me ve. No puede verme.
—Vale —digo. Me sale la voz rara.
—¿Estás bien?
—Sí. Es el agua, que quema.
Se lava los dientes. Escupe. Se enjuaga. Silba algo. Yo me quedo quieta, pegada a la pared, con el corazón a mil, con el cuerpo todavía temblando, a medias, con todo lo que estaba a punto de pasar atascado dentro.
Se va. Cierra la puerta.
Me quedo un minuto entero sin moverme.
No vuelvo a tocarme. No puedo. Cierro el grifo, me seco, me pongo el pijama. Me miro en el espejo empañado y no me veo, solo una mancha de color con el pelo mojado.
* * *
Jonay vuelve a las diez. Ha ido a casa de su madre, en La Cuesta, a ayudarla con una persiana que se le ha atascado. Viene sonriendo, con un táper de potaje de berros que le ha dado ella.
—Y te traigo otra cosa —dice.
Se sienta en el sofá, a mi lado. Saca el móvil. Me lo pone delante.
Es una reserva. Un hotel en Bali, con las fotos de una piscina infinita sobre la selva y una cama con dosel blanco delante del mar.
—Para la luna de miel —dice—. Del 16 al 30 de junio. Lo he pillado ahora porque había oferta. Quince días. ¿Te gusta?
Me quedo mirando la foto. La piscina. La cama. El mar.
—Es precioso.
—Lo sé. —Me abraza—. Te lo mereces, campeona. Después de toda la temporada. Quince días sin balones, sin entrenamientos, sin nada. Tú y yo.
Me da un beso. Le devuelvo el beso. Sabe a potaje y a pasta de dientes.
—Gracias —le digo.
Y es verdad que es precioso. Y es verdad que es un detalle. Y es verdad que lo ha hecho con todo el cariño del mundo.
Y yo solo puedo pensar en que dentro de una semana me voy diez días a Corralejo. Y que la capitana reparte las habitaciones.
* * *
Hago la maleta el domingo por la noche.
Ropa de entrenamiento. Tres bañadores, porque Massimo ha dicho que en la playa entrenamos en bañador o en bikini, lo que queramos. Crema solar, mucha. Las rodilleras. Un chándal para las noches, que en Fuerteventura dicen que hace viento. Un libro que sé que no voy a leer.
Jonay me mira desde la cama.
—Diez días sin ti —dice—. Me voy a morir.
—Exagerado.
—Llámame todas las noches.
—Vale.
—¿Y con quién duermes? ¿Ya lo sabes?
Me quedo con un bikini en la mano. Negro. El que menos me gusta. Lo dejo en la cama y cojo otro, uno azul.
—No. Lo decide la capitana.
—Ah. Pues seguro que con Yaiza. —Sonríe—. Como sois la pareja de oro.
No contesto. Meto el bikini azul en la maleta.
Y luego, cuando él se ha dormido, me levanto y meto también el negro.
El móvil vibra en la mesilla a las doce menos cinco. Es el grupo del equipo. Es Yaiza.
Ha mandado una foto. Una lista escrita a mano en un papel, con su letra pequeña e inclinada. Las habitaciones.
No la abro.
Me quedo mirando la notificación en la pantalla bloqueada, con el corazón golpeándome en el pecho, sin abrirla.
La abriré mañana. En el avión.
Me toco la cadena. El anillo está ahí, colgado, frío.
Apago el móvil.