8. Correcta
Salen cinco. Como sabía.
Cinco moratones pequeños, redondos, del tamaño de una lenteja, en fila, en la parte de dentro del muslo izquierdo. Cuatro juntos y uno un poco más abajo: el pulgar. Me los miro el lunes por la mañana en la ducha, con el agua cayendo, y los toco uno a uno con la punta del dedo.
No duelen. Casi no duelen.
Me los toco otra vez.
Jonay los ve el martes por la noche, cuando me estoy poniendo el pijama.
—¿Y eso?
—Un balonazo. En Logroño.
—Joder. Parecen dedos.
—Es la costura del balón. Deja esa marca.
No sé de dónde me sale la mentira. Me sale sola, sin pensarla, con una voz tranquila que no parece la mía. Jonay asiente, me da un beso en la frente y se va a lavar los dientes.
Me quedo sentada en la cama mirando los moratones.
Le acabo de mentir a mi prometido. Por cinco marcas de dedos.
* * *
El martes, en el entrenamiento, Yaiza me dice «buenos días, Ferrer» igual que se lo dice a Chus, igual que se lo dice a Thaís, igual que se lo dice a Nerea, la central del filial que pide perdón por todo.
Y ya está.
No me da un golpe con la cadera al pasar. No me llama «mi niña». No me mira la boca. No me mira.
Al principio pienso que son imaginaciones mías. Que estoy tan pendiente de ella que cualquier cosa me parece distinta. Pero pasa el martes, y pasa el miércoles, y el jueves ya no hay duda.
Yaiza está correcta.
Es la única palabra que encuentro. No está antipática. No está enfadada. Si le hablo, me contesta. Si le pregunto algo de una jugada, me lo explica. Pero lo hace todo desde lejos, con una cortesía fría, como si yo fuera una jugadora nueva que acaba de llegar y no conoce todavía.
En la ducha se pone en la última alcachofa. La del fondo, la que gotea. Lleva seis años en la tercera.
En el vestuario se cambia de espaldas, mirando a su taquilla, deprisa, sin tararear.
Y en el partido del sábado, antes de empezar, cuando me siento en el banco y estiro el pie, se acerca, me mira las zapatillas sin agacharse y dice:
—Hoy átatelas tú. Que tengo que hablar con Massimo.
Y se va.
Me quedo con el pie estirado y los cordones sueltos colgando.
Seis años. Doscientos partidos. Nunca.
Me las ato yo sola. Me salen fatal. Un nudo flojo, otro demasiado apretado, los cruces torcidos. Me las desato y me las vuelvo a atar. Tami me ve y me pregunta qué ha pasado, y le digo que nada, que Yaiza estaba ocupada.
—¿Ocupada? —Tami levanta las cejas—. Si te las ata hasta con fiebre.
—Pues hoy estaba ocupada.
* * *
Perdemos ese partido. Y el siguiente.
No es solo por mí. Pero es sobre todo por mí. Por nosotras.
Yaiza coloca bien. Coloca perfecto, como siempre.
Pero no me la pone a mí. Le da la pelota a Chus por el centro, a Thaís por la izquierda, a las centrales en rápidas que ni siquiera habíamos ensayado.
A mí me pone lo justo. Lo que no tiene más remedio que ponerme.
Y cuando me la pone, es una pelota correcta. Alta, limpia, bien colocada. Sin nada.
No sé cómo explicarlo. Es como cuando alguien que te quiere te da un abrazo y alguien que no te conoce te da otro. Los dos son abrazos. No tienen nada que ver.
Estoy acostumbrada a que me ponga la pelota diciendo algo. Aquí. Ahora. Para ti. Y ahora me la pone muda.
Y yo fallo. Remato a la red, remato fuera, remato contra el bloqueo. Salto tarde en las rápidas porque ya no sé cuándo me la va a mandar. Antes lo sabía sin mirar. Ahora no lo sé ni mirando.
El sábado perdemos 1-3 en casa. La peña se va callada. El miércoles perdemos 0-3 en Gran Canaria, contra un equipo que el año pasado no nos ganaba nunca. En el barco de vuelta nadie habla.
Tami se sienta a mi lado.
—¿Qué pasa entre vosotras?
—Nada.
—Alba. Que te conozco.
—No pasa nada, Tami. Estamos en una mala racha.
—Ya. —Me mira fijamente—. Llevo cinco años viendo cómo os miráis en la pista. Y esta semana no os miráis.
No contesto. Miro por la ventana del barco. El mar está negro y no se ve nada.
* * *
El jueves hay doble sesión. Por la tarde, Massimo nos reúne a todas en el centro de la pista antes de empezar.
No es un hombre de reuniones. Cuando nos reúne, es que va en serio. Se cruza de brazos, nos mira una a una, y habla en voz baja, como siempre.
—Dos partidos. Dos derrotas. Así no.
Nadie dice nada.
—En diciembre, cuando paramos por Navidad, nos vamos de concentración. Diez días. A Fuerteventura. A Corralejo. Vamos a entrenar en la arena, en la playa, dos veces al día. Las piernas, la cabeza, todo. Vamos a dormir en unos bungalós del club de allí. De dos en dos.
Un murmullo. Tami da un saltito. Thaís pregunta qué es Fuerteventura y alguien le dice que es la isla de la arena.
—La capitana reparte las habitaciones —añade Massimo.
Miro a Yaiza. Está en la otra punta del corro, con los brazos cruzados igual que él, mirando al suelo.
No me mira.
—Y otra cosa. —Massimo levanta un dedo—. Ferrer. Mendoza. Hoy os quedo después. Una hora. Vosotras dos.
—¿Y eso? —dice Yaiza.
—Eso es que la colocadora no le da la pelota a la opuesta y la opuesta no la remata. Y así no gano nada. Una hora. Las dos. Hasta que os acordéis.
Alguien se ríe bajito. Yaiza aprieta la mandíbula.
Yo me quedo mirando el suelo de la pista, las líneas pintadas, la marca de la zona dos, mi zona. Y noto que me late el corazón en la garganta.
Una hora. Las dos solas.
* * *
A las ocho y media de la tarde se ha ido todo el mundo.
El pabellón vacío es otro sitio. Es enorme, y suena raro.
Cada bote de pelota retumba en las gradas, en el techo, en las paredes.
Massimo ha dejado un carro lleno de balones en la red y se ha ido a su despacho, con la puerta cerrada.
Las luces de la mitad del pabellón están apagadas. Solo queda iluminado nuestro campo.
Yaiza está en su sitio, debajo de la red. Yo en el mío, en la zona dos, detrás de la línea de tres metros.
No hablamos.
Ella coge una pelota del carro. Me la lanza para que se la devuelva. Se la devuelvo con un toque de dedos, alta, hacia ella. Ella la coloca. Yo salto. Remato.
A la red.
Otra.
Remato fuera.
Otra.
Contra el suelo, en nuestro propio campo, a un metro de la red.
Yaiza no dice nada. Coge otra pelota.
Seguimos así veinte minutos. Treinta. Ella coloca, yo remato. Fallo una de cada dos. El sudor me cae por la cara, por el cuello, me empapa la camiseta. A ella también. Lo veo cada vez que salta para colocar: la camiseta pegada a la espalda, los rizos mojados, la cara brillante.
El único ruido es el de la pelota. El de nuestras zapatillas contra el suelo. El de nuestra respiración.
Y poco a poco empieza a pasar algo.
No sé cuándo. A lo mejor a los cuarenta minutos. Ella coloca y yo ya estoy en el aire. Ella coloca otra y yo sé dónde va a ir antes de que la toque. Una. Otra. Otra. Diez seguidas. Quince. Dejo de fallar. Ella deja de ponerme pelotas mudas.
Y la pista se hace pequeña.
Porque cada vez que bajo de un remate, aterrizo cerca de ella.
Muy cerca. A un metro. A medio metro. Porque yo remato desde la zona dos y ella coloca desde la zona dos y media, y en un partido hay otras cuatro jugadoras alrededor, pero aquí no hay nadie, solo nosotras dos, y el espacio entre las dos es cada vez más pequeño.
Una vez aterrizo y le rozo el brazo con el mío. Mojado. Las dos.
Otra vez, ella se gira para coger una pelota del carro y su espalda me pasa a diez centímetros del pecho.
Otra vez, las dos nos agachamos a la vez a por la misma pelota, que se ha quedado en el suelo, y nuestras caras se quedan a un palmo. Nos miramos. Las dos respiramos con la boca abierta. Le cae una gota de sudor de la sien a la mejilla.
Ella coge la pelota. Se levanta.
Y seguimos. Sin hablar. Sin tocarnos. Con los cuerpos buscándose en cada salto y apartándose en cada caída, como dos imanes que se acercan y se repelen y se vuelven a acercar.
A las nueve y media Massimo abre la puerta de su despacho.
—Basta. Bene. Así sí. —Mira el reloj—. Id a casa.
Y vuelve a cerrar.
Nos quedamos las dos en la pista, sin movernos, jadeando, con el carro vacío y treinta pelotas desperdigadas por el suelo.
Yaiza se agacha a recoger una. Yo otra. Las vamos metiendo en el carro sin hablar.
* * *
El aparcamiento de San Benito está a oscuras. Hay una sola farola, al fondo, y la nube está tan baja que la luz se queda colgada en la niebla.
Nos hemos duchado cada una en una punta. Nos hemos vestido sin mirarnos. Hemos salido una detrás de otra, ella primero.
Su coche es un Polo rojo, viejo, con una tabla de surf en la baca. Está al lado del mío.
Caminamos hacia los coches. Ella delante. Yo detrás, a tres pasos.
Y la miro.
No puedo no mirarla. Le miro la espalda, la nuca, los rizos todavía mojados, la forma en que camina, con la bolsa al hombro y las caderas moviéndose. Le miro las piernas debajo de los vaqueros rotos. Le miro las manos, una en la correa de la bolsa, otra con las llaves.
Llega a su coche. Abre la puerta de atrás. Mete la bolsa.
Y sin darse la vuelta, de espaldas a mí, con la mano todavía en la puerta, dice:
—Deja de mirarme así, Ferrer.
Me quedo clavada en el suelo.
No se da la vuelta. Sigue de espaldas. La veo respirar. La veo apretar la mano en la puerta del coche, tanto que se le marcan los nudillos.
—No te estoy mirando.
—Sí me estás mirando. —Su voz suena baja, ronca, cansada—. Llevas semanas mirándome así.
—¿Así cómo?
Se queda callada un momento largo.
—Ya sabes cómo.
Cierra la puerta de atrás. Abre la de delante. Se sube al coche.
Y antes de cerrar, por fin, me mira. Desde dentro del coche, con la luz de la farola entrando por la ventanilla y dándole en media cara. Me mira y no hay nada de burla en su mirada. No hay nada de lo de siempre.
Hay otra cosa. Algo que parece rabia, o miedo, o las dos.
—Te vas a casar en junio, Alba.
Es la primera vez en seis años que me llama Alba.
Cierra la puerta. Arranca. El Polo rojo sale del aparcamiento, gira en la esquina, y se pierde en la niebla.
Me quedo de pie, al lado de mi coche, con las llaves en la mano. No sé cuánto tiempo.
Me meto la mano por el cuello de la sudadera. Saco la cadena. El anillo está frío.
No me lo pongo.
Me lo quedo mirando, colgado de la cadena, brillando un poco con la luz de la farola.
Y pienso en Fuerteventura. Diez días. Bungalós de dos en dos.
Y la capitana reparte las habitaciones.