7. Vuelo nocturno
Jugar fuera, cuando vives en una isla, es otra cosa.
No te subes a un autobús y llegas. Te levantas a las cinco, coges un avión, luego otro avión o un autobús, juegas, y vuelves igual, de noche, con las piernas muertas y la bolsa llena de ropa sudada.
Para un partido en Logroño salimos el sábado de madrugada: vuelo a Madrid y cuatro horas de autobús.
El partido es el domingo a las doce. La vuelta, el domingo por la noche: otra vez cuatro horas de autobús hasta Barajas y el último vuelo a Tenerife Norte.
Jugamos contra el Ebro, en un pabellón nuevo y frío a las afueras de la ciudad. Hace un frío que nosotras ya no sabemos llevar. Thaís no ha visto en su vida un termómetro a ocho grados y se pasa el calentamiento con dos sudaderas y los dientes castañeando.
Y me hago daño en el hombro.
No es grave. Lo noto en el tercer set, en un remate desde atrás: un pinchazo en la parte de detrás del hombro derecho, como si me hubieran clavado una aguja.
Sigo jugando. Pero en el cuarto ya no puedo armar el brazo del todo, y en el quinto remato con la mitad de fuerza.
Massimo me mira desde el banquillo y me hace una seña para saber si puedo seguir.
Asiento. En el siguiente tiempo muerto me pregunta por el hombro y le digo que aguanto.
Marta, desde el banquillo, me alcanza agua sin decir nada.
* * *
El vestuario del Ebro es grande y nuevo, con las paredes recién pintadas. Nadie habla. Las derrotas en el quinto set son las peores: has estado tan cerca que te duele todo.
Me siento en el banco con la toalla en la cabeza. Me toco el hombro. Me duele al apretar.
—Déjame ver.
Es Yaiza. Se ha sentado a mi lado, todavía con la ropa de juego, con el pelo empapado y las rodilleras bajadas.
—No es nada. Está cargado.
—Ya lo sé que está cargado. Te he visto rematar en el quinto. Déjame ver.
Saca de su bolsa un tubo de árnica. Siempre lleva uno. Es la capitana; lleva de todo. Tiritas, árnica, ibuprofeno, compresas, un cargador de móvil, caramelos de menta.
—Quítate la camiseta.
Me la quito. Me quedo con el sujetador deportivo.
—Y eso. Que no llego.
Me quedo quieta un segundo.
No es nada. Lo he hecho mil veces. Me he quedado desnuda delante de ella mil veces, en mil vestuarios. Nos hemos dado pomada en la espalda, en las piernas, en todas partes. Es lo normal.
Me quito el sujetador por la cabeza. Lo dejo en el banco.
Me pongo de espaldas a ella. Con los brazos cruzados delante del pecho.
Oigo el tapón del tubo. Oigo cómo se frota las manos, para calentar la crema.
Y me pone la mano encima.
La palma abierta. Entera. Caliente. Justo en el hombro, donde me duele. Me aprieta un poco y se me escapa un quejido.
—Aquí.
—Sí.
—Está muy duro.
Empieza a mover la mano. En círculos. Despacio. Con la palma entera, sin prisa, extendiendo la crema por el hombro, por la parte de arriba de la espalda, por el omóplato. La crema está fría y su mano está caliente, y las dos cosas a la vez me ponen la piel de gallina.
—Relájate —dice—. Estás tensa.
No puedo relajarme. No puedo.
Su mano baja un poco. Por el omóplato, hacia la columna. Me aprieta con el pulgar al lado del hueso, buscando el nudo, y lo encuentra, y me duele, y me gusta. Luego sube otra vez. Al hombro. Al cuello. Me pasa los dedos por la nuca, por el nacimiento del pelo.
Eso no hace falta para el hombro.
No digo nada.
Cierro los ojos.
El vestuario se ha quedado medio vacío. Las demás se están duchando, o ya se han ido al autobús. Oigo el agua de las duchas al fondo. Oigo a Tami cantar algo, desafinando a propósito, para animar. Y oigo la respiración de Yaiza detrás de mí. Lenta. Muy cerca.
Su otra mano se apoya en mi costado. Para sujetarme, supongo. Para que no me mueva. La palma abierta en mis costillas, por debajo del brazo.
Muy cerca del pecho.
A dos dedos. Lo noto. Noto el borde de su mano a dos dedos de donde empieza mi pecho, y noto que yo tengo los brazos cruzados, tapándome, y que si los bajara, si solo los bajara un poco, su mano estaría ahí.
No los bajo.
Ella no la sube.
Nos quedamos así. Una mano en mi hombro, moviéndose despacio. Otra en mis costillas, quieta. Y yo con los ojos cerrados, desnuda de cintura para arriba, con los pezones tan duros que me duelen, sin poder respirar.
—Ya está —dice al fin. La voz le sale ronca.
Quita las manos. Las dos a la vez.
Me quedo un momento sin moverme. Luego cojo el sujetador y me lo pongo sin darme la vuelta.
—Gracias.
—De nada. —Se está limpiando las manos con una toalla. No me mira—. Ponle hielo en el avión.
Y se va a la ducha.
* * *
El autobús a Madrid es largo y oscuro. Casi todas duermen. Yo no. Voy mirando por la ventanilla los campos de La Rioja y luego los de Soria y luego nada, solo negro, con el hombro caliente de árnica.
En Barajas comemos un bocadillo de pie, en un bar del aeropuerto, a las nueve de la noche. Nadie habla del partido.
El vuelo es a las nueve y cuarenta. El club compra los billetes y reparte los asientos. Siempre igual: por orden alfabético, o por cómo salgan. Esta vez me toca el 14F, ventanilla.
El 14E es de Tami.
Pero cuando llego a mi fila, en el 14E no está Tami. Está Yaiza.
—Le he cambiado el sitio —dice, antes de que pregunte—. Tami quería ir con Thaís. Para practicar portugués.
Tami no habla portugués. Tami no quiere practicar nada a las diez de la noche de un domingo después de perder en el quinto set.
No digo nada. Me siento.
El avión despega. Las luces de Madrid se quedan abajo, naranjas, enormes, y luego se van. Apagan las luces de la cabina. Todo se queda en penumbra, con el ruido de los motores y alguna lucecita de lectura encendida aquí y allá.
Yaiza se pone una sudadera con capucha. Se recuesta en el asiento.
—Me muero de sueño.
—Duerme.
—¿Y tú?
—Yo no puedo dormir en los aviones.
Es verdad. Nunca he podido.
Cierra los ojos. A los cinco minutos le cambia la respiración. A los diez, la cabeza se le cae hacia un lado. Hacia mí.
Y se queda apoyada en mi hombro.
En el izquierdo, el bueno.
Me quedo quieta. No me muevo. No respiro. Noto el peso de su cabeza, su pelo rizado contra mi cuello, su sien contra mi clavícula. Noto su respiración, lenta, caliente, a través de mi camiseta.
Podría moverme. Podría apartarla con cuidado, ponerle la almohada del avión, girarme hacia la ventanilla. Es lo normal. Es lo que haría con Tami.
No me muevo.
Pasa media hora. Pasa una hora. Se me duerme el brazo. Se me duerme la pierna. No me muevo. Miro por la ventanilla, pero fuera no hay nada, solo negro y alguna luz muy lejos, en el mar. Miro el respaldo del asiento de delante. Miro su mano.
Tiene la mano sobre su muslo. Abierta. La mano que esta mañana me ha atado las zapatillas, cruce a cruce, antes del partido.
La misma mano de mi hombro. La misma mano de mis costillas.
Pasa otra hora. Yaiza no se despierta. Yo no me muevo.
En un momento dado, con una turbulencia, el avión se mueve un poco y ella se mueve conmigo. Se acomoda. Se pega más. Suspira en sueños. Y su mano se resbala de su muslo.
Y cae en el mío.
Encima. Abierta. Por encima del pantalón del chándal. A la mitad del muslo.
Se me para el corazón.
Está dormida, me digo. Está dormida. No sabe dónde ha caído su mano. Si se despertara, la quitaría.
No se despierta.
Y la mano pesa. La noto entera. La palma, los cinco dedos, el calor que traspasa la tela. Y noto cómo, con el movimiento del avión, con cada pequeña turbulencia, se mueve un poco. Un poco hacia dentro. Un poco hacia arriba.
Y yo no hago nada.
No la quito. No muevo la pierna. Me quedo quieta, mirando el respaldo de delante, con todo el cuerpo encendido, con esa mano a mitad de mi muslo como si fuera lo único que existe en el mundo.
* * *
Se enciende la luz de los cinturones. La voz del piloto dice que empezamos el descenso a Tenerife Norte, que allí son las once y diez y hay diecisiete grados.
Yaiza se despierta.
Lo noto porque le cambia la respiración. Se queda quieta un segundo. Abre los ojos. Levanta la cabeza de mi hombro, despacio.
Y no quita la mano.
Es lo primero que pienso. Que se ha despertado y que lo sabe. Que tiene que saber dónde está su mano, porque está ahí, encima de mi muslo, y no hay manera de no saberlo. Y no la quita.
La mano está más arriba que antes. Mucho más arriba. Con las turbulencias ha ido subiendo, y ahora está casi al final del muslo, donde empieza la ingle. Con los dedos por la parte de dentro.
No la miro. Ella tampoco me mira a mí. Las dos miramos al frente.
El avión baja. Se nota en los oídos. Se ven por la ventanilla las luces de La Laguna, pequeñas, debajo de la nube.
Y su mano sigue ahí.
No se mueve. No sube. No baja. No aprieta. Solo está. Y yo noto cada dedo, y noto que estoy empapada, y pienso que si ella moviera la mano, solo un poco, solo dos dedos hacia dentro, lo notaría. Notaría el calor a través del chándal.
Ninguna de las dos quita nada.
El avión toca tierra. Un golpe, otro, el ruido de los frenos. Todo el mundo se mueve hacia delante en los asientos.
Y con el golpe, su mano aprieta. Un segundo. Fuerte. Los dedos se me clavan en la parte de dentro del muslo.
Y luego la quita.
Se la mete en el bolsillo de la sudadera. Mira por el pasillo. Señala a Tami, que tres filas más adelante se está despertando con la boca abierta, y se ríe.
Como si no hubiera pasado nada.
* * *
En la terminal hay poca gente. Es domingo por la noche y Los Rodeos tiene esa cosa de aeropuerto pequeño, de pueblo, con la niebla pegada a los cristales.
Recogemos las bolsas. Massimo dice algo de que mañana hay descanso y el martes a las nueve y media. Nadie le escucha.
Veo a Jonay al otro lado de la puerta de llegadas, con las manos en los bolsillos y el pelo despeinado, esperándome. Me saluda con la mano.
Me giro para despedirme de Yaiza.
No está.
La busco con la mirada. Ha salido ya. La veo a través del cristal, cruzando el aparcamiento, sola, con la bolsa al hombro y la capucha puesta, hacia su coche. No se da la vuelta.
No me ha dicho adiós.
Seis años y nunca se ha ido sin decirme adiós.
—¿Qué tal, campeona? —Jonay me abraza—. Mala suerte en el quinto. Lo vi por internet.
—Sí.
—¿Y el hombro? Te vi que te dolía.
—Me ha dado árnica Yaiza.
—Qué maja.
Me coge la bolsa. Me pasa el brazo por los hombros. Por el derecho, el malo. Me duele y no digo nada.
Vamos hacia el coche. Me meto la mano por el cuello de la sudadera para sacar la cadena, para ponerme el anillo.
Y me doy cuenta de que todavía noto sus dedos. En la parte de dentro del muslo. Clavados. Donde apretó al aterrizar.
Me pongo el anillo.
Mañana me saldrán cinco moratones pequeños, en fila. Lo sé. Me los voy a mirar en la ducha y no voy a saber qué decirle a Jonay si me los ve.