6. De noche
Jonay se duerme en cuanto toca la almohada. Ha bebido poco, pero el guachinche, la carne y la carretera le han dejado k.o. Me da un beso en el hombro, me dice que me quiere, se da la vuelta y en dos minutos está roncando.
Ronca bajito. Nunca me ha molestado.
Esta noche me molesta todo.
Me molesta la sábana, que se me enreda en las piernas. Me molesta la luz de la farola que entra por la persiana. Me molesta el vino, que todavía me da vueltas en la cabeza. Me molesta el reloj de la mesilla, que marca la una y veinte, luego la una y media, luego las dos menos cuarto.
Y me molesta el cuerpo. Sobre todo el cuerpo.
Tengo calor. Me quito la camiseta y me quedo en bragas. Sigo teniendo calor. Me pongo boca arriba, boca abajo, de lado. Cierro los ojos y lo único que veo es el pasillo del baño, la bombilla amarilla, sus dedos subiéndome el tirante.
Y la rodilla. Toda la noche la rodilla.
Me giro hacia Jonay. Le miro la espalda, ancha, tranquila, subiendo y bajando.
Pienso en despertarle. Pienso en hacerlo otra vez, como el sábado pasado, para que se me pase.
Pero sé cómo va a ser. Va a preguntar si me apetece.
Va a ir despacio. Va a besarme primero el pecho izquierdo y luego el derecho.
Y yo voy a cerrar los ojos y voy a pensar en ella.
No quiero hacerle eso. No otra vez.
Me levanto. Despacio, para no despertarle. Cojo la camiseta del suelo y salgo del cuarto.
* * *
El salón está a oscuras. Solo entra un poco de luz de la calle por el balcón. Me pongo la camiseta y me siento en el sofá, con las piernas encogidas. Cojo un vaso de agua de la cocina y me lo bebo entero. Cojo otro.
No se me pasa.
Me tumbo en el sofá. Es pequeño, me cuelgan los pies por un lado. Me tapo con la manta de cuadros que tiene Jonay para ver el fútbol.
Y cierro los ojos.
No voy a pensar en ella. Lo decido así, con los ojos cerrados. Voy a pensar en otra cosa. En la boda. En los manteles de lino. En el partido de mañana, que es contra el Arlanza, que bloquea muy bien. En la rápida, en los tres pasos, uno, dos, tres.
Uno, dos, tres. Sus manos en mis caderas.
Abro los ojos.
No hay manera. Todo me lleva a ella. Todo lo que pienso acaba en sus manos.
Y entonces me doy cuenta de que estoy mojada.
No me he tocado. No he hecho nada. Pero lo noto, igual que en el baño del pabellón: las bragas húmedas, el calor entre las piernas, esa presión que no se va. Llevo así desde el guachinche. Desde la rodilla. Desde antes, a lo mejor. Desde el martes de las señas. Desde hace semanas.
Me quedo muy quieta.
En la otra habitación, Jonay ronca.
Y esta vez no me paro.
* * *
Meto la mano por debajo de la manta. Por debajo de las bragas. Despacio.
Estoy empapada. Más que en el baño. Mucho más. Los dedos me resbalan nada más tocarme, y se me escapa un suspiro que tengo que tapar con la otra mano.
Me toco por fuera. Despacio, de abajo arriba, con dos dedos. Como hago siempre, las pocas veces que lo hago. Casi nunca lo hago. Con Jonay no me hace falta, pensaba. Ahora no sé lo que pensaba.
No quiero pensar en ella. Lo intento. De verdad que lo intento. Pienso en un actor de una serie que me gustaba. Pienso en Jonay en la playa, mojado, con el neopreno a medio quitar.
No sirve. Se me va. Se me apaga.
Y entonces, sin querer, pienso en sus manos.
Y se me enciende todo.
Sus manos. Las manos de Yaiza. Las tengo tan vistas que puedo dibujarlas con los ojos cerrados.
Las uñas cortas. Los nudillos un poco marcados de seis años de colocar.
Las palmas morenas por fuera y más claras por dentro.
La forma en que las abre debajo de la pelota, los diez dedos separados, como si fueran a recoger agua.
Las manos que me ponen la pelota donde yo quiero.
Las manos que me atan las zapatillas. Que me aprietan el tobillo con el pulgar. Que me subieron el tirante esta noche, despacio, rozando, sin soltarlo.
Me imagino que no lo suelta.
Me imagino que en el pasillo del baño, en vez de soltar el tirante, lo baja.
Despacio. Hasta el codo. Que el vestido se me cae por un lado y se me queda un pecho al aire, debajo de la bombilla amarilla.
Y que ella lo mira. Que pone la mano encima.
Que me coge el pezón entre los dedos de colocar y aprieta, y luego se agacha y me lo chupa allí mismo, en el pasillo, con media cena al otro lado de la pared.
Me meto un dedo.
No lo hago casi nunca. Esta vez me sale solo. Está tan mojado que entra sin nada, y me arqueo en el sofá y me muerdo el labio para no hacer ruido.
Me imagino que es su dedo.
Que me empuja contra la pared encalada del pasillo y me mete la mano por debajo del vestido, por dentro de las bragas, sin preguntar. Sin preguntar nada. Que no me pide permiso. Que me mira a los ojos con esos ojos negros y me mete los dedos y me dice: Ferrer.
Solo eso. Ferrer.
Me meto otro dedo. Muevo la mano más rápido. Con el pulgar me toco por fuera, en círculos, y es como si me diera corriente, y con la otra mano me busco un pezón y me lo pellizco, fuerte, como me imagino que me lo haría ella.
Y entonces me imagino otra cosa.
Me imagino que saca los dedos. Que me los enseña, brillando, mojados de mí, debajo de la bombilla. Y que me los acerca a la boca.
Y yo los abro. Los labios. Y me los meto.
Sus dedos en mi boca. Los dedos que me atan los cordones, los dedos que colocan, los dedos que llevan seis años a dos centímetros de mi piel.
Me imagino que se los chupo. Despacio. Que le paso la lengua por las yemas duras, por las uñas cortas, por los nudillos.
Que se los chupo de rodillas, como se arrodilla ella delante de mí antes de cada partido, mirándola desde abajo.
Y que ella me mira chupárselos y se le abre la boca y dice algo que no oigo.
Me corro.
Me corro tan fuerte que me doblo entera en el sofá.
Se me cierran las piernas sobre la mano, se me arquea la espalda, se me escapa un gemido que no consigo parar aunque me tapo la boca con el brazo.
Me late todo. Me late alrededor de los dedos, una vez, otra, otra, como si no fuera a parar nunca.
Me tiemblan los muslos. Me tiemblan los pies. Se me cae la manta al suelo.
Y sigo. No puedo parar la mano. Sigo moviéndola, despacio, y vuelve a subir, otra ola, más pequeña, y me corro otra vez, con los ojos cerrados y su nombre en la boca.
No lo digo en voz alta. Creo que no lo digo en voz alta.
No estoy segura.
* * *
Me quedo tumbada no sé cuánto tiempo. Con la mano todavía entre las piernas, quieta. Con el corazón a mil. Con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.
En la otra habitación, Jonay sigue roncando.
Nunca me había pasado esto. Nunca. Ni con Jonay, ni sola, ni con nadie. Correrme dos veces seguidas. Correrme así, como si me partiera. Pensando en una mujer. Pensando en sus dedos en mi boca.
Saco la mano. Me la miro a la luz que entra por el balcón.
Y lo que pienso no es «qué he hecho». No es «qué vergüenza», ni «qué me pasa».
Lo que pienso es: a qué sabrán sus dedos de verdad.
Me levanto de golpe. Voy al baño. Me lavo las manos con agua fría. Me lavo la cara. Me miro al espejo y tengo los ojos brillantes y las mejillas rojas y el pelo hecho un desastre, y parezco otra persona. Parezco alguien que acaba de hacer algo.
Vuelvo a la cama. Me tumbo con cuidado. Jonay se mueve, me pasa un brazo por encima, me abraza sin despertarse.
Tardo mucho en dormirme.
* * *
El partido contra el Arlanza es a las seis.
A las cuatro y media estoy sentada en el banco del vestuario, en el hueco de siempre, al lado de la taquilla de Yaiza. Con los cascos puestos, aunque no tengo música. Para no tener que hablar.
Ella llega con la bolsa al hombro. La deja en el suelo y se arrodilla delante de mí.
—Pie.
Le doy el pie. Le apoyo la zapatilla en el muslo. No la miro. Miro los cordones.
Ella me desata la izquierda. Empieza por abajo. Cruza. Tira. El pulgar en el tobillo.
Y yo no puedo mirarla.
No puedo. Le miro las manos y es peor. Le miro los dedos que me están atando, los mismos que anoche me metí en la boca en el sofá, y se me sube un calor por el cuello que sé que se ve.
Miro al techo. Miro su bolsa. Miro el desagüe de las duchas.
—¿Qué te pasa hoy? —dice.
—Nada.
—No me miras.
—Tengo resaca.
—Ya. —Otro cruce. El pulgar—. El vino de Tacoronte es traicionero.
—Sí.
—¿Dormiste?
Se me para el corazón un segundo.
—Poco.
—Yo tampoco.
Lo dice así, sin más. Yo tampoco. Y sigue atando, y no añade nada, y yo me quedo pensando en por qué no durmió. En Carla. En Carla en su cama, con su piel tan blanca, con sus dedos en la nuca de Yaiza. Y algo se me retuerce en el estómago, tan fuerte que me duele.
La derecha. Último cruce. Doble nudo, de un tirón.
Me coge el tobillo con las dos manos para los dos golpecitos.
Y esta vez lo noto todo. Las palmas calientes alrededor del tobillo.
Los dos dedos quietos encima del calcetín, sin darme los golpecitos todavía.
Su cara a la altura de mi rodilla, tan cerca que si abriera las piernas, solo un poco, la tendría entre ellas.
Tan cerca que, si quisiera, podría subirle el pie por el muslo hasta arriba. O ella subirme la mano a mí.
Cierro los ojos. Dos golpecitos.
—Listo, mi niña.
Los abro. Me está mirando. Está muy cerca, con mi tobillo todavía en sus manos, y me mira de una manera que no sé leer. Seis años leyéndola en la pista sin equivocarme nunca, y ahora no sé leerla.
—Tienes la pierna ardiendo —dice.
—Será la resaca.
—Será.
Me suelta. Se levanta. Se va a la otra punta del vestuario a atarse sus zapatillas, rápido, sin mirar.
Me miro las zapatillas. Están perfectas, apretadas, con el doble nudo de siempre.
Y por debajo del calcetín, todavía, anoche.