5. El guachinche
Chus cumple treinta y cinco años un viernes y nos invita a todas a cenar a un guachinche de Tacoronte. Con parejas, pone en el grupo. Y luego, debajo: «Que yo llevo al mío y me tiene que aguantar alguien más».
Un guachinche es una casa de vino. Así de sencillo.
Un señor que tiene viñas abre su garaje o su bodega unos meses al año, pone cuatro mesas largas de madera, y sirve el vino que él mismo hace y la comida que hace su mujer.
No hay carta. Hay lo que hay. Carne de cochino, papas arrugadas con mojo, queso asado, garbanzas.
El vino viene en jarras de cristal y nadie pregunta qué uva es.
Este está en una carretera estrecha que sube entre viñas, con un cartel pintado a mano en una tabla. Llegamos de noche. Hace fresco y desde el aparcamiento, que es un trozo de tierra con un olivo en medio, se ven abajo las luces de toda la costa.
Jonay está contento. Le gustan estas cosas. Se ha puesto la camisa de cuadros que le regalé por su cumpleaños y se ha echado demasiada colonia. Me coge de la mano para bajar los escalones de piedra.
—Qué sitio más bonito.
—Sí.
—¿Y va a venir todo el equipo?
—Casi todo.
No le digo lo que llevo toda la tarde pensando.
No le digo que me he cambiado de ropa tres veces.
Que me he puesto un vestido negro de tirantes y me lo he quitado, y luego unos vaqueros, y luego el vestido otra vez.
Que me he pintado los ojos, que no me los pinto nunca.
Que me he mirado en el espejo del baño y me he preguntado para quién me estaba pintando.
No es para nadie. Es una cena.
* * *
Dentro hay una sola sala, con el techo de madera y las paredes encaladas, y dos mesas largas con bancos.
El equipo ocupa una entera. Chus en una punta, con su marido, Raúl, que es enorme y calvo y tiene una risa que se oye desde la calle.
Thaís con un chico brasileño muy guapo que no habla español y sonríe todo el rato.
Tami sola, porque el de la moto ya es historia.
Nerea y Marta juntas con las demás del filial, sin parejas, con cara de ser su primera cena de mayores.
Y Yaiza.
Yaiza ha llegado antes que nosotros y está sentada en el centro de la mesa, en el banco de enfrente. Lleva una camisa blanca de hombre, abierta hasta el pecho, con las mangas subidas. Y a su lado hay una chica.
Es rubia. Rubia de verdad, con el pelo largo y liso, y los ojos claros, y una piel muy blanca de no ser de aquí. Es guapa. Es muy guapa. Está sentada muy pegada a Yaiza y tiene una mano apoyada en su espalda.
—¡Ferrer! —Tami me hace sitio en el banco—. Sentaos aquí, que es el sitio bueno.
El sitio bueno es justo enfrente de Yaiza.
Nos sentamos. Jonay a mi derecha, Tami a mi izquierda. Y enfrente, Yaiza. Y al lado de Yaiza, la rubia.
—Esta es Carla —dice Yaiza—. Carla, esta es Alba, mi opuesta. Y Jonay, su novio.
—Prometido —dice Jonay, sonriendo.
—Prometido, perdón. —Yaiza levanta las manos—. Que se casan en junio. En Valencia.
—¡Enhorabuena! —dice Carla. Tiene un acento que no sé de dónde es. Alemán, quizá, o de algún sitio del norte.
—Gracias.
Sonrío. Me sale una sonrisa de foto.
Carla le pone la mano a Yaiza en la nuca. Así, sin más. Le enreda los dedos en los rizos cortos de la nuca y se los acaricia, distraída, como quien acaricia a un gato. Yaiza no le hace caso. Está sirviendo vino de la jarra en todos los vasos.
Yo miro la mano de Carla en la nuca de Yaiza.
Y algo se me cierra en el estómago.
* * *
La comida llega toda a la vez, en fuentes de barro que la mujer del dueño deja en el centro sin decir nada.
Papas arrugadas con la piel llena de sal.
Mojo rojo y mojo verde. Un queso asado que se deshace.
Carne de cochino en trozos, con mucho ajo.
Todo el mundo come con las manos, pincha de todas las fuentes, se pasa el pan.
Yo como poco. Bebo.
El vino es oscuro y fuerte y se va muy fácil. Me sirvo un vaso. Luego otro.
Y a mitad del segundo vaso noto una rodilla.
Debajo de la mesa. Contra la mía.
La mesa es estrecha, de las de antes, y los bancos están muy juntos. Es normal que las rodillas se toquen. Es lo más normal del mundo. Le pasa a todo el mundo en los guachinches.
Pero no es una rodilla cualquiera. Es la de Yaiza. Lo sé porque es la única que puede ser: está justo enfrente. Lo sé porque la noto a través de la tela del vestido, una rodilla dura, caliente, pegada a la parte de dentro de la mía.
No me aparto.
Espero a que se aparte ella.
No se aparta.
La miro. Está hablando con Raúl, el marido de Chus, de un partido de fútbol del Tenerife. Se ríe. Coge una papa y la moja en el mojo y se la come. No me mira. No hay nada en su cara.
Pero su rodilla sigue ahí.
Y yo no me aparto.
Pasa la carne. Pasan las papas. Pasa una segunda jarra de vino. Chus cuenta que su hijo pequeño le ha preguntado si las jugadoras de voleibol también se jubilan, y todo el mundo se ríe. Thaís le traduce al novio. Jonay le cuenta a Tami lo de la grúa del puerto, otra vez.
Y la rodilla de Yaiza sigue contra la mía.
No se mueve. No hace nada. No sube, no baja, no aprieta. Solo está. Caliente. Y yo no puedo pensar en otra cosa. No oigo lo que dice nadie. Solo noto ese trozo de cuerpo, del tamaño de una mano, por debajo de la mesa, donde nadie lo ve.
En un momento dado muevo la pierna. Un poco. Para ver qué pasa.
La suya se mueve conmigo. Se queda pegada.
Levanto la vista. Yaiza me está mirando.
Un segundo. Con los ojos negros, quietos, sin sonreír. Y luego aparta la vista y le dice algo a Carla al oído, y Carla se ríe y le da un beso en la mejilla.
Me bebo el vaso entero.
* * *
El baño está fuera, al otro lado de un patio pequeño con macetas de geranios. Se llega por un pasillo estrecho, de paredes encaladas, con una bombilla colgando del techo.
Voy porque necesito salir de la mesa. Porque necesito aire. Porque el vino se me ha subido a la cabeza y tengo las mejillas ardiendo.
Me lavo la cara en el lavabo, que es de piedra. Me miro en el espejo. Se me ha corrido un poco el rímel. Me lo limpio con un trozo de papel.
Y al salir, en el pasillo, me la encuentro.
Yaiza viene hacia el baño. El pasillo es tan estrecho que no cabemos las dos. Una tiene que pegarse a la pared para que pase la otra.
Nos paramos.
—Ferrer.
—Mendoza.
—¿Estás bien? Estás muy roja.
—Es el vino.
—Ya. —Sonríe de lado—. Es fuerte, el de aquí.
No se aparta. Yo tampoco. Estamos a medio metro en un pasillo de un metro, debajo de una bombilla amarilla.
Me mira el hombro.
—Se te ha caído el tirante.
Es verdad. El tirante del vestido se me ha resbalado por el brazo y me ha dejado el hombro al aire. Ni me había dado cuenta.
Voy a subirlo. Pero ella es más rápida.
Alarga la mano. Me coge el tirante con dos dedos, entre el pulgar y el índice. Lo sube despacio por mi brazo. Muy despacio. Los nudillos me rozan la piel, del codo al hombro. Me lo coloca en su sitio.
Y no lo suelta.
Se queda con los dedos ahí, en el tirante, en mi hombro, cerca del cuello. Noto el calor de su mano. Noto el borde de su uña contra la clavícula.
No respiro.
Ella tampoco, creo.
Me mira a los ojos. Luego me mira la boca. Luego otra vez los ojos.
Un segundo. Dos. Tres.
Y suelta.
—Ya está —dice. La voz le sale un poco más ronca que antes.
—Gracias.
Se pega a la pared para dejarme pasar. Paso. Al pasar, mi pecho le roza el brazo. No puedo evitarlo. El pasillo es así.
No me doy la vuelta.
Vuelvo a la mesa con el hombro ardiendo.
* * *
Cuando vuelvo, Jonay está hablando con Carla. Bueno, con Carla y con Yaiza, que vuelve al poco y se sienta. Hablan de surf.
No sabía que Yaiza hacía surf. Seis años y no lo sabía. O a lo mejor me lo dijo y no la escuché.
—En Almáciga —dice Yaiza—. Los domingos que no hay partido. A las siete de la mañana, cuando no hay nadie.
—¡Yo voy a El Médano! —dice Jonay, entusiasmado—. Pero allí es más viento, más kite. Almáciga es otra cosa. Allí las olas son de verdad.
—Allí las olas te pegan unas palizas que no veas.
—¡A mí me revolcó una el año pasado que casi me ahogo!
Se ríen los dos. Se caen bien. Se nota. Jonay se cae bien con todo el mundo, pero con Yaiza se le nota más. Hablan de tablas, de neoprenos, de una playa de Lanzarote que se llama La Santa. Quedan en ir algún domingo juntos. Los tres. Con Carla también, si quiere.
Yo los miro hablar.
Y siento una cosa que no sé dónde poner.
No sé de quién estoy celosa. Eso es lo peor. No sé si me molesta que Carla le acaricie la nuca a Yaiza, o que Yaiza y Jonay se rían juntos, o que Yaiza haga surf y yo no lo supiera, o que haya un domingo a las siete de la mañana en una playa del norte donde Yaiza está sola y yo no estoy.
No sé de quién estoy celosa. Pero lo estoy. Me arde por dentro.
Carla le pone otra vez la mano en la nuca a Yaiza.
Y por debajo de la mesa, la rodilla de Yaiza vuelve a pegarse a la mía.
* * *
Volvemos a casa a la una. Conduce Jonay, que ha bebido poco porque mañana trabaja. Yo voy con la ventanilla bajada y el aire de la noche en la cara.
—Qué buena gente —dice él—. Me encanta tu equipo.
—Sí.
—Y Yaiza es la leche. No sabía que surfeaba.
—Yo tampoco.
—¿No? —Se ríe—. ¡Seis años juntas y no lo sabías!
—No hablamos mucho de esas cosas.
—Pues tenemos que ir un domingo. Los tres. Bueno, los cuatro, con la chica esta. ¿Cómo se llamaba?
—No me acuerdo —digo.
Me acuerdo. Se llama Carla. Tiene la piel muy blanca y los ojos claros y le acaricia la nuca a Yaiza como si fuera suya.
Jonay pone la radio. Bajamos por la autopista hacia Santa Cruz.
Me toco el hombro. El tirante está en su sitio.
Pero sigo notando dos dedos ahí. Y una uña en la clavícula. Y una rodilla, caliente, por debajo de una mesa, toda la noche.