4. Cuatrocientos detalles
El móvil me vibra en la taquilla toda la mañana. Lo sé sin mirarlo. Es mi madre.
Mi madre ha descubierto los audios de WhatsApp a los sesenta y un años y los usa como otras personas usan la radio: los pone y no los apaga.
Desde lo de Anaga me manda una media de doce al día.
Fotos de manteles. Fotos de centros de flores.
Fotos de la alquería desde todos los ángulos posibles: la fachada blanca, el porche con la parra, el patio donde van a poner las mesas, la cocina vieja con los azulejos de Manises donde un señor del pueblo va a hacer las paellas en leña.
Ella dice paellas. Yo digo arroces. Discutimos por eso desde que tengo uso de razón.
Pero eso será después. Ahora Massimo nos ha llevado a Yaiza y a mí a la otra mitad de la pista y quiere trabajar la rápida.
La rápida es una pelota baja y muy veloz que la colocadora te manda casi en horizontal, pegada a la red.
No te da tiempo a pensar. Tienes que estar ya en el aire cuando ella la toca.
Si saltas tarde, la pelota se te pasa. Si saltas pronto, bajas antes de que llegue.
Es una jugada de confianza: tú saltas a ciegas porque sabes que ella te la va a poner justo ahí.
Llevamos seis años haciéndola. Hoy no me sale.
La primera, salto pronto y la pelota me pasa por debajo del brazo. La segunda, salto tarde y le pego con la muñeca. La tercera la mando a la red.
—Ferrer —dice Massimo.
—Ya.
—Otra.
La cuarta, igual. Massimo se cruza de brazos, mira a Yaiza y se va al banquillo a hablar por teléfono, como si no quisiera ver esto.
Yaiza coge una pelota del carro. Me mira.
—Es la carrera.
—¿Qué le pasa a mi carrera?
—Que estás dando cuatro pasos. Para la rápida son tres. Estás dando uno de más y por eso llegas tarde.
—Llevo seis años dándole tres pasos.
—Pues hoy das cuatro. —Deja la pelota en el suelo—. Ven.
Me pone de espaldas a ella, en mi sitio, en la línea de tres metros. Yo de cara a la red. Ella detrás.
Y se pega a mí.
No es nada. Lo hacen todas las entrenadoras del mundo, todos los entrenadores, todas las compañeras.
Te corrigen el gesto con el cuerpo, porque con palabras no se entiende.
A mí me lo hicieron de pequeña en Alboraya y en el equipo de la universidad y aquí Massimo y Chus y la propia Yaiza, alguna vez. No es nada.
Pero se pega a mí y noto todo.
Noto su pecho contra mi espalda, a través de las dos camisetas sudadas. Noto su tripa contra mis riñones. Noto sus muslos detrás de los míos. Es más baja que yo, me llega por la oreja, y cuando habla, su voz me entra directamente por el oído.
Me pone las manos en las caderas.
Las dos manos. Con los pulgares hacia atrás, sobre los huesos de la cadera, y los dedos hacia delante, por encima del pantalón, casi en la ingle.
—Mira. —Su aliento en la oreja—. Arrancas con la izquierda. Uno.
Me empuja la cadera izquierda hacia delante. Doy un paso. Ella da un paso conmigo, pegada.
—Dos. Este es largo. El largo es el que te da la velocidad.
Otro paso. Ella conmigo. Sus manos aprietan un poco más.
—Y tres. Juntas los pies y subes. Tres pasos, Ferrer, no cuatro.
Nos quedamos quietas. Estamos en la red. Sus manos siguen en mis caderas. Su pecho sigue contra mi espalda. Respira rápido, como yo. Le noto el corazón. O me noto el mío. No lo sé.
—¿Lo has entendido? —me dice en la oreja.
No he entendido nada. No sé ni cómo me llamo.
—Sí.
—Otra vez. Desde atrás.
Volvemos a la línea de tres metros. Pegadas. Sus manos en mis caderas.
—Uno.
Un paso.
—Dos.
Otro. Sus dedos se me mueven un poco hacia dentro, hacia la ingle, sin querer, por el movimiento. O queriendo. No lo sé.
—Tres.
Y la tercera vez, cuando nos paramos en la red, se queda un segundo más. Un segundo en el que no dice nada. En el que solo respira contra mi nuca, con las manos quietas en mis caderas, con su cuerpo pegado al mío de arriba abajo.
Luego se separa de golpe. Da dos pasos atrás.
—Venga. Ahora con pelota.
Su voz suena normal. Su voz suena como siempre.
Coge la pelota del suelo. Se va a su sitio. Yo me quedo en la red, de espaldas, sin poder darme la vuelta, porque si me doy la vuelta me va a ver la cara.
—Ferrer. Atrás.
Vuelvo atrás. Uno, dos, tres. Salto. La pelota llega justo donde está mi mano.
La mato.
Y la siguiente. Y la siguiente. Diez seguidas. Massimo vuelve del banquillo, ve las tres últimas y asiente.
—Bene. Lo ves. Era la carrera.
Era la carrera, sí.
* * *
Al acabar no voy al vestuario. Voy al baño del pasillo, el que hay al lado de la sala de material, que no usa nadie porque la cisterna funciona cuando quiere.
Cierro la puerta con el pestillo. Me apoyo en ella.
Estoy temblando.
No es del entrenamiento. Del entrenamiento estoy cansada, que es otra cosa. Esto es un temblor de dentro, de la tripa, de más abajo. Llevo cuarenta minutos sintiendo sus manos en mis caderas aunque ya no están. Llevo cuarenta minutos con su voz en la oreja diciendo uno, dos, tres.
Me miro en el espejo, que está manchado y tiene una esquina rota. Tengo la cara roja. Tengo los labios hinchados, como si me los hubiera mordido. A lo mejor me los he mordido.
Y entonces lo noto.
Noto que estoy mojada. No un poco. Noto las bragas pegadas, empapadas, frías, como si me hubiera sentado en un charco.
No me lo creo.
Meto la mano por dentro del pantalón. Por dentro de las bragas. Solo para comprobarlo. Solo para saberlo.
Y sí. Estoy empapada. Los dedos me resbalan nada más tocar. Estoy caliente e hinchada y empapada, y en cuanto me toco se me escapa un ruido de la garganta que no reconozco.
Cierro los ojos. Apoyo la cabeza en la puerta.
Y los dedos se me mueven solos. Un poco. Solo un poco, despacio, por fuera, de abajo arriba. Y es como si me tocara un cable. Se me doblan las rodillas, igual que el sábado en el banco. Y en la cabeza oigo su voz: uno. Dos. Tres pasos, Ferrer.
Sus manos en mis caderas. Sus dedos hacia la ingle. Su pecho en mi espalda.
Si sigo, me corro. Lo sé. Lo noto ahí, cerca, a dos movimientos. Si sigo diez segundos me corro aquí de pie, contra la puerta de un baño que no usa nadie, pensando en mi colocadora.
Al otro lado de la puerta se oyen voces. Tami y Thaís, que pasan hacia el vestuario, riéndose de algo.
Saco la mano.
La saco de golpe, como si me quemara. Me quedo mirándome los dedos, que brillan con la luz del fluorescente.
¿Qué estoy haciendo?
Abro el grifo. Me lavo las manos con el jabón rosa del dispensador. Me las lavo dos veces. Tres. Me echo agua en la cara. Me miro otra vez en el espejo roto.
Tengo veintisiete años. Me caso en junio.
Tengo un novio que me quiere, que me pinta la casa y me hace masajes y me espera en la puerta con el coche en doble fila.
Nunca en mi vida me ha gustado una mujer.
Nunca. Ni en el instituto, ni en la universidad, ni en los vestuarios, donde he visto desnudas a cientos.
Y estoy aquí, encerrada en un baño, con las bragas empapadas porque mi capitana me ha enseñado a dar tres pasos.
No es nada, me digo. Es el cuerpo. Es que llevo una temporada rara, con lo de la boda, con los nervios, con mi madre. Es que el cuerpo es tonto.
Tiro de la cadena, aunque no he hecho nada, para que si alguien pasa piense que es eso. La cisterna no funciona. Claro.
* * *
En el vestuario ya no queda casi nadie. Chus se está secando el pelo con el secador de pared, que hace un ruido de avión. Yaiza no está. Su taquilla está cerrada.
Mejor.
Me ducho deprisa. Me visto deprisa. Me pongo unas bragas secas que siempre llevo en la bolsa, por si acaso, y meto las otras en una bolsa de plástico y la bolsa de plástico en el fondo de la mochila.
Cojo el móvil.
Tengo veintidós mensajes de mi madre.
Siete fotos de manteles: blancos, crudos, de lino, de algodón, uno con un bordado de flores de azahar que, según ella, es el más elegante pero también el más caro. Tres fotos de sillas. Una foto de un primo mío de Meliana con su niño recién nacido en brazos, que no sé qué pinta aquí. Y once audios.
Pongo el primero.
«Alba, nena, soy la mamá. Mira, ya tengo cita para el vestido.
Es en la tienda de la calle Colón, la que te dije, la buena.
Me han dado el veintiuno de febrero, que es domingo.
Ya sé que tienes la Copa por esas fechas, pero me ha dicho la Pili que la Copa es aquí en Valencia este año, así que lo cuadramos.
Tú no te preocupes de nada. Y dime algo de los manteles, que la de la alquería necesita saberlo antes del viernes.
Un beso, cariño. Y dale un beso a Jonay de mi parte, que es un sol».
Pongo el segundo.
«Y otra cosa. ¿Vas a llevar el pelo recogido o suelto? Porque eso va con el velo, ¿eh? No es lo mismo».
Me siento en el banco. Miro la pantalla.
El vestido. El veintiuno de febrero. En la calle Colón, en Valencia, en la tienda buena. Me imagino ahí de pie, en una tarima, con mi madre llorando y una dependienta con alfileres en la boca alrededor de mí.
Y no me veo. Me imagino la tienda, la tarima, el espejo. Pero no me veo dentro del vestido. Es como cuando intentas imaginarte una cara y solo te sale una mancha.
En la otra punta del vestuario se abre una puerta. Es Yaiza, que vuelve del despacho de Massimo con unos papeles en la mano. Lleva unos vaqueros rotos y una camiseta blanca de tirantes, y el pelo todavía húmedo. Va a su taquilla. Mete los papeles. Saca las llaves.
No me mira.
Pero al pasar por detrás de mí, hacia la puerta, me pone una mano en el hombro. Un segundo. Me lo aprieta un poco.
—Bien hecho hoy, Ferrer. La rápida.
—Gracias.
—Tres pasos.
—Tres pasos.
Y se va.
Me quedo mirando la puerta. Tengo el hombro caliente donde ha estado su mano. Tengo el móvil en la otra mano con el audio de mi madre todavía abierto, el veintiuno de febrero, el vestido, el velo, el pelo recogido o suelto.
Escribo.
Borro.
Escribo otra vez.
Al final le mando a mi madre un pulgar hacia arriba, un corazón y un emoji de una novia. Y una foto de los manteles de lino, sin decirle cuál, para que elija ella.
Me contesta en diez segundos con seis corazones.
Guardo el móvil. Me cuelgo la mochila. En el fondo, envueltas en una bolsa de plástico, van las bragas mojadas.
Llevo el anillo en la cadena. No me lo pongo hasta que llego al coche. Y cuando me lo pongo, me doy cuenta de que tengo la mano temblando.