3. Lo de siempre
—Mira esto. Mira qué salto.
En la pantalla estoy yo en el aire, con el brazo atrás. Y debajo, a la izquierda, Yaiza, con las manos todavía arriba después de colocar, mirándome. No mira la pelota. Me mira a mí.
—Ya —digo, y cojo otro trozo de pizza que no me apetece.
Vivimos en un piso pequeño en la calle Castillo, en Santa Cruz, en un tercero sin ascensor.
Tiene un balcón donde solo caben dos sillas y una planta que se nos está muriendo.
Lo alquilamos hace dos años, cuando decidimos vivir juntos.
Jonay lo pintó entero en un fin de semana, él solo, con una radio y un bocadillo.
Es así. Lo hace todo bien, sin quejarse, sin que se lo pidas.
—Te debo un masaje —dice cuando acabamos.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Túmbate.
Me tumbo boca abajo en la cama, en bragas y con una camiseta vieja. Él se sienta a mi lado y me pone crema en los gemelos. Tiene las manos grandes, de trabajar en el puerto, un poco ásperas. Me aprieta bien. Sube por los muslos, despacio, por detrás, donde tengo los cuádriceps cargados de verdad.
Cierro los ojos.
Y sin quererlo pienso en el vestuario. En el muslo de Yaiza debajo de mi zapatilla, caliente, con la piel de gallina. En su pulgar apretándome el tobillo.
Abro los ojos. Me concentro en Jonay. En sus manos, que son las de siempre.
Las manos suben un poco más. Se paran en el borde de las bragas.
—¿Te apetece? —pregunta.
Siempre pregunta. Lleva tres años preguntando. Al principio me parecía bonito, un chico que pregunta. Ahora no sé lo que me parece.
Me doy la vuelta.
No sé si me apetece. Sé que llevo desde las ocho de la tarde con algo apretado entre las piernas, desde que Yaiza me deshizo el nudo de rodillas, mirándome desde abajo, y que no se me ha ido.
Y sé que esto es lo que hago yo cuando tengo algo que no entiendo: lo arreglo.
Lo apago. Esto se apaga con Jonay. Esto es lo normal.
Jonay es mi novio, me voy a casar con él en junio, y si estoy así es porque llevo una semana sin hacerlo con él por los entrenamientos.
Así se me pasa.
—Sí —le digo—. Ven.
* * *
Jonay besa bien. Eso no lo voy a negar nunca. Besa despacio, con cariño, con una mano en mi cara. Me quita la camiseta y me besa el cuello, los pechos, primero uno y luego otro. Siempre en ese orden. Primero el izquierdo.
Me quita las bragas. Se quita los calzoncillos. Se pone encima.
—¿Estás bien?
—Sí.
Entra despacio. Siempre despacio, con cuidado, como si me pudiera romper. Se mueve. Me mira a los ojos y me dice que me quiere. Yo le digo que también. Le pongo las manos en la espalda.
Es bonito. Es tranquilo. Es lo de siempre.
Y no pasa nada.
Quiero decir que no pasa nada dentro de mí. Está bien. Está agradable. Pero lo que tengo apretado entre las piernas desde las ocho de la tarde no se mueve. Está ahí, esperando, como si esto no fuera con él.
Jonay se apoya en los codos. Cambia un poco el ritmo. Me pregunta si así. Le digo que sí.
Cierro los ojos.
No lo decido. Otra vez no lo decido.
Estoy en el vestuario. Es después del entrenamiento del martes, el agua de las duchas hace ruido, hay vapor.
Y Yaiza está debajo de su ducha, la tercera, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
El agua le cae por la cara, por el cuello.
La espuma le baja por el pecho. Le baja por la tripa. Le llega al drago.
Y en mi cabeza no aparto la vista.
En mi cabeza la sigo mirando. La espuma le baja por la ingle, entre las piernas, y ella se pasa la mano por ahí para quitársela, despacio, y abre los ojos y me ve mirando. Y no se tapa. Y no se ríe. Se queda quieta, con el agua cayendo, mirándome, con la mano todavía ahí.
Y dice: Ferrer.
Solo eso. Mi apellido. Con esa voz ronca.
Algo me sube desde dentro como una ola. Me agarro a la espalda de Jonay.
Le clavo los dedos. Él se sorprende y acelera, y yo levanto las caderas para buscarle, y le aprieto con las piernas, y no le veo a él, la veo a ella, la mano de ella, el drago, el agua, sus ojos negros mirándome desde la ducha.
Me corro.
Me corro tan fuerte que me sale un grito que no me conozco. Me tiembla todo. Las piernas, la tripa, los brazos. Se me arquea la espalda y me quedo así, colgada, sin respirar, mientras me sigue latiendo por dentro una vez, y otra, y otra.
Jonay se corre justo después, con un gemido largo, y se deja caer encima de mí.
Nos quedamos quietos. Respiro como después de un tie-break.
—Joder, Alba —dice él contra mi cuello. Se está riendo—. Joder. ¿Qué ha sido eso?
No contesto. No puedo.
—Tendrías que ganar más partidos al Turia —dice, y me da un beso en el hombro y se ríe otra vez, contento, orgulloso.
Se levanta para ir al baño. Le oigo tirar de la cadena, lavarse las manos, tararear algo.
Yo me quedo en la cama, desnuda, mirando el techo.
* * *
No me corro así con Jonay.
No me he corrido así con Jonay nunca. Ni la primera vez, ni en el viaje a Lanzarote, ni la noche de Anaga, que fue bonita y lloramos los dos.
Con Jonay me corro a veces, no siempre. Cuando me corro es suave, tranquilo, como cuando se te pasa un dolor de cabeza.
Está bien. Nunca me he quejado. Nunca he pensado que tuviera que ser de otra manera.
Y esta noche me he corrido como si me partiera en dos.
Pensando en ella.
Me tapo la cara con las manos. Todavía tengo la crema de los gemelos en las manos.
No es nada, me digo. Es el partido. Es la adrenalina.
Es que llevamos una semana sin hacerlo. Es que Yaiza estaba en mi cabeza por lo de las zapatillas, por la tontada del pulgar en el tobillo, y el cuerpo es tonto y se agarra a lo que tiene más a mano.
Le pasa a todo el mundo. Una vez leí en una revista que casi todas las mujeres han pensado en otra mujer alguna vez y que no significa nada.
No significa nada.
Jonay vuelve a la cama. Me abraza por detrás, me pasa un brazo por encima, me da un beso en la nuca. Se duerme en tres minutos. Siempre se duerme en tres minutos.
Yo no.
Me quedo despierta escuchando su respiración y los coches de la calle Castillo y una moto lejos. Pienso en por qué. Por qué con ella sí y con él no. Por qué ha bastado con que en mi cabeza me dijera mi apellido.
Me giro un poco. En la mesilla, al lado del móvil, está el anillo. Me lo he quitado para la ducha y no me lo he vuelto a poner. Brilla un poco con la luz de la farola que entra por la persiana.
Alargo la mano y me lo pongo.
Me queda grande. Da vueltas.
* * *
El domingo no hay entrenamiento. El lunes sí.
Llego a San Benito a las nueve y veinte, con cara de no haber dormido, porque no he dormido. Me he pasado la noche del domingo igual que la del sábado: mirando el techo. Me cambio en el coche. Me quito el anillo. Lo meto en la cadena.
El calentamiento es suave porque el partido fue el sábado. Carrera, estiramientos, movilidad. Tami me cuenta una cita que tuvo el domingo con un chico de Telde que hablaba solo de su moto. Le digo «qué fuerte» donde toca.
Yaiza llega en el límite, como siempre.
No la miro. Lo tengo decidido desde anoche: no la miro. Hago los estiramientos mirando al suelo. Hago la carrera mirando a la pared. Hago los desplazamientos mirando el culo de Tami, que es lo más seguro del mundo.
Y de repente la tengo al lado. Estirando, como yo, con una pierna adelantada y las manos en la rodilla.
—Buenos días, Ferrer.
—Buenos días.
Se me queda mirando. Lo noto sin levantar la vista. Noto sus ojos en la cara como se nota el sol.
—Tienes cara de no haber dormido.
Levanto la vista. Error.
Está muy cerca. Tiene el pelo seco hoy, los rizos para arriba, y una marca de la almohada en la mejilla. Y me está mirando la boca. No los ojos. La boca. Un segundo. Un segundo de más.
Y luego los ojos.
—He dormido mal —digo.
—Ya se ve. —Sonríe de lado—. ¿Celebrasteis mucho?
Se me sube la sangre a la cara de golpe. No puede saberlo. Es imposible que lo sepa. Es una frase de vestuario, de las que se dicen siempre después de ganar.
—Unas pizzas.
—Unas pizzas —repite, como si no se lo creyera.
Cambia de pierna. Se inclina hacia delante para estirar. La camiseta se le separa del cuerpo y le veo la clavícula, la piel morena, el principio del pecho.
Aparto la vista. Miro a Tami. Miro el culo de Tami.
—¡Ferrer, Mendoza! —grita Massimo desde el banquillo—. Vosotras dos, conmigo. Vamos a trabajar la rápida.
Yaiza se incorpora. Me da una palmada en el culo al pasar, como se dan todas las palmadas en todos los vestuarios del mundo.
—Venga, mi niña. A ver si despiertas.
Y se va hacia la red.
Me quedo un segundo quieta, con la mano de ella todavía caliente en el culo, a través del pantalón.
No significa nada, me repito.
Y la sigo.