Señas (Vestuario 3) 2. Los cordones
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2. Los cordones

El primer partido de liga se juega un sábado a las seis de la tarde, y a las cuatro y media ya hay gente en la puerta de San Benito.

No mucha. Unas cuantas familias, los de la peña con sus camisetas verdes y sus tambores, niñas de la escuela del club con la cara pintada.

Pero aquí la gente viene al voleibol como si fuera fútbol.

Gritan, cantan e insultan al árbitro con mucha gracia.

El año pasado un señor de la peña le soltó algo tan bueno a una jueza de línea que me entró la risa y fallé un saque.

Jugamos contra el Turia, de Valencia. Lo que faltaba. Mi madre lleva toda la semana mandándome audios: que lo va a ver por internet, que ella no es del Turia ni de las de aquí, que ella es de su niña. Se los he puesto a Tami y Tami ha dicho que mi madre debería trabajar en la ONU.

El vestuario antes de un partido no es el vestuario de los entrenamientos.

Hay otro silencio. Cada una con su música, sus cascos, sus manías.

Chus se hace y se deshace la coleta tres veces, siempre tres.

Thaís reza en portugués con los ojos cerrados y luego se besa una medalla.

Tami da saltitos en el sitio y habla sola.

Nerea no sabe dónde ponerse y Marta, una receptora del banquillo, le hace sitio a su lado.

Yo no tengo manías. Tengo una sola.

Me siento en el banco, en el hueco que queda al lado de la taquilla de Yaiza, y espero.

Ella llega con la bolsa al hombro y la deja caer a mi lado. Se arrodilla delante de mí, en las baldosas, entre mis piernas. No me pregunta. Hace seis años que no me pregunta.

—Pie.

Le doy el izquierdo. Le apoyo la zapatilla en el muslo, como siempre, con el talón casi en su rodilla. Lleva ya el pantalón de juego, negro, cortito, y noto su muslo caliente a través de la suela, y le veo la piel de gallina por el aire acondicionado, a un palmo de mi tobillo.

Me desata la zapatilla y me la vuelve a atar desde abajo. El primer año me torcí el tobillo en un partido porque se me aflojó una zapatilla en un salto, y desde entonces me las ata ella. Nunca se me ha vuelto a soltar un nudo.

Primero la izquierda. Luego la derecha. Siempre igual.

Empieza por abajo, junto a los dedos. Saca el cordón del ojal, lo cruza, y tira, y el cordón hace ese ruido de rozar la tela.

Tira de cada cruce para que apriete. Un cruce.

Con la otra mano me sujeta el tobillo por debajo, y el pulgar se le queda ahí, en el hueso, apretando.

Otro cruce, un poco más arriba. Otra vez el pulgar.

Lo ha hecho cientos de veces. Doscientos partidos, quizá más. Lo he visto tantas veces que nunca lo miro: suelo tener los cascos puestos y la cabeza en otra parte, en el saque del rival, en la primera pelota.

Hoy no tengo los cascos puestos.

Hoy noto cada cruce.

Noto el cordón apretándome el empeine, el pulgar en el tobillo, la yema dura de colocadora, las uñas cortas.

Noto que tiene las manos más calientes que mi piel.

Noto que, para atarme, se ha inclinado hacia delante y tiene la cara a la altura de mi rodilla, y que está de rodillas entre mis piernas, en el suelo.

Y noto otra cosa.

Para no moverme me agarro al borde del banco con la mano derecha, a un palmo de su cara. Es la mano del anillo. Aquí, como en Valencia, el anillo se lleva en la mano derecha. Y en el anular, justo donde hace una hora estaba el oro, tengo la marca blanca que me ha dejado este verano.

Yaiza ya va por la derecha. Se para con el cordón a medio cruzar y me mira la mano. Se queda mirando la marca.

—Ya te ha dejado señal —dice.

No sé si habla del anillo o de Jonay.

—Es de oro blanco. Me queda un poco grande.

—Pues que te lo arreglen. —Último cruce. Doble nudo, con un tirón que me sube por la pierna—. Que como lo pierdas jugando, tu madre te mata.

—Mi madre me mata igual.

Se ríe. Me coge el tobillo con las dos manos, como si fuera a rezar con él, y me da dos golpecitos con dos dedos, por encima del calcetín.

Dos golpecitos. También lo hace siempre. Pero hoy los noto como si me los diera por dentro, subiéndome por el gemelo, por la cara interna del muslo. Se me eriza la nuca. Y algo más arriba, mucho más arriba, se me aprieta.

No me muevo. No respiro.

—Listo, Ferrer. —Me da una palmada en la zapatilla—. Ahora remátame bien, que el otro día me dejaste fatal.

Se levanta. Se va a la otra punta del vestuario a atarse ella sus propias zapatillas, rápido, sin mirar. Yo me miro los pies. Tengo los dos pies en el suelo, en el hueco caliente que han dejado sus rodillas.

* * *

Los primeros diez minutos no sé jugar.

El Turia es bueno. Tienen una central de casi dos metros que bloquea todo y una zurda con un saque que no hay quien lo reciba. En el primer set nos ponen 3-8 antes de que nos demos cuenta. La peña se calla. Massimo pide tiempo muerto.

Nos juntamos en corro en el banquillo, con las toallas al cuello. Massimo habla bajito y señala la pizarra. Nadie le escucha del todo. Estamos sudando y mirando al suelo.

Yaiza se me pone al lado. Me habla al oído, por debajo de lo que dice Massimo.

—No me estás mirando.

—Te estoy mirando.

—No. Estás mirando al bloqueo. Mira el bloqueo cuando ya estés arriba. Antes me miras a mí. Yo te digo dónde.

Tiene la boca a dos centímetros de mi oreja. Noto su aliento. Noto que está sudando y que su hombro está pegado al mío.

—Vale.

—Mírame a mí, Ferrer.

Suena el silbato. Volvemos.

Y la miro.

La miro en cada jugada. Cuando va a buscar la pelota, cuando se coloca debajo, cuando levanta los brazos y abre las manos. La miro y me olvido del bloqueo. La miro y sé dónde va a ir la pelota antes de que la toque. No sé explicarlo. Es como si me lo dijera con el cuerpo: aquí, ahora, para ti.

Y me la pone. Y la mato.

Una. Otra. Otra más. Me la pone rápida, me la pone alta, me la pone donde no llega el bloqueo. Ganamos el primer set 25-22 y el segundo 25-19. La peña toca los tambores como si fuera carnaval.

En el tercero, con 22-20, me pone una pelota perfecta. Alta, por la derecha, quieta en el aire. Salto. Por encima del bloqueo veo su campo entero, vacío. Le pego con todas mis fuerzas.

La pelota bota dentro, en la línea de fondo, levantando el polvo de la cinta.

Caigo. Grito. No sé lo que grito.

Yaiza viene corriendo y me salta encima.

Literalmente: me salta encima, con las piernas alrededor de mi cintura y los brazos alrededor de mi cuello, como hacemos todas cuando hay un punto así.

La cojo al vuelo. Pesa poco. Está empapada.

Me grita en la oreja algo que no entiendo y me pega la frente a la frente y se ríe, con la boca abierta, sin aire.

Dura un segundo. Las demás nos rodean, nos dan palmadas, nos tiran del pelo. Yaiza se baja.

Pero durante ese segundo la he tenido encima. Sus muslos apretados contra mis caderas. Su tripa contra mi tripa. Sus tetas contra las mías, a través de las dos camisetas mojadas. Y el calor. El calor que tiene entre las piernas, ahí, pegado a mi cintura, a través del pantalón.

Ganamos 3-0.

No me acuerdo de los dos últimos puntos.

* * *

Después del partido, lo de siempre: saludo en la red, fotos con las niñas de la escuela y una entrevista corta para la tele local.

Me preguntan por la conexión con la colocadora.

Digo que llevamos seis años juntas, que nos entendemos con la mirada.

Me arde la cara. La chica de la tele piensa que es del esfuerzo.

En el vestuario la música está altísima. Tami baila encima del banco con una toalla en la cabeza. Thaís le hace de coro. Massimo asoma la cabeza por la puerta, dice «bene, ragazze» y se va, que es lo más parecido a un abrazo que se le ha visto nunca.

Me siento en el banco a quitarme las rodilleras. Tengo las piernas temblando, de cansancio y de otra cosa.

Yaiza se agacha delante de mí.

—Pie.

También esto es lo de siempre. Las zapatillas me las quita ella después del partido. Hay jugadoras que se las sacan solas a patadas, sin desatarlas; a mí me da grima, se me dobla el tobillo. Yaiza lo hace bien. Despacio.

Le doy el pie. Me lo coge por el talón y se lo apoya en el muslo. Se arrodilla. Se inclina sobre mi zapatilla. Busca con los dedos el doble nudo.

Y me mira.

Desde abajo. De rodillas entre mis piernas, con la cabeza agachada sobre mi pie y los ojos levantados hacia los míos, esos ojos casi negros, con el pelo rizado empapado pegado a la frente.

Tiene la punta del cordón entre los dedos.

Noto sus nudillos contra el empeine. Noto su otra mano, húmeda, cerrada en mi tobillo.

Tira.

De un tirón. El doble nudo se deshace con un ruido pequeño, seco, y me saca la zapatilla despacio, sin dejar de mirarme.

Luego el pulgar. Me lo hunde en el arco del pie, por encima del calcetín empapado, y aprieta, y sube.

El empeine. El tobillo. Dos dedos que se le escapan un poco más arriba, por el gemelo. Un segundo. Medio segundo.

Deja la zapatilla en el suelo, a su lado, con los cordones sueltos.

—Partidazo, mi niña.

Se me doblan las rodillas. Estoy sentada y se me doblan igual. Se me afloja todo por dentro, de la tripa para abajo, y tengo que agarrarme al banco.

Ella no lo ve. O sí lo ve. Ya se ha levantado, ya se va hacia las duchas, quitándose la camiseta por la cabeza mientras anda, la espalda morena, los dorsales, la marca roja del sujetador deportivo.

Me miro el tobillo. Por encima del calcetín, donde ha apretado el pulgar, tengo la piel roja.

Me ducho la última. Con el agua casi fría.

* * *

Jonay me espera en el aparcamiento con los colegas. Han venido cuatro: Airam, el Rubio, dos del trabajo cuyos nombres siempre confundo. Llevan bufandas verdes del club que se han comprado esta tarde en la tienda de la entrada y están eufóricos, como si hubieran jugado ellos.

—¡La opuesta! —grita el Rubio cuando me ve salir—. ¡La mejor opuesta de Canarias!

—De España —le corrige Jonay, y me abraza, y me levanta un poco del suelo.

Me dice que ha sido el mejor partido que me ha visto. Me dice que en el tercer set se le ha puesto la piel de gallina. Me dice que Yaiza y yo somos una máquina, que no entiende cómo lo hacemos, que es como si nos leyéramos la mente.

—Es que llevamos mucho tiempo —digo.

Me meto la mano por el cuello de la sudadera. Saco la cadena. Saco el anillo. Me lo pongo en el anular, encima de la marca. Y sigo notando, debajo del calcetín, el sitio donde hace veinte minutos estaba el pulgar de Yaiza.

Nos despedimos de los colegas. Nos montamos en el Corolla.

Jonay pone la radio y me va contando el partido desde el principio, punto a punto, como si yo no hubiera estado.

Me pregunta por el balón del 22-20. Me pregunta si no me dio miedo la central de dos metros.

Me pregunta si quiero que paremos a comprar unas pizzas para celebrarlo.

Yo digo que sí. Que no. Que da igual. Que lo que él quiera.

Y voy todo el camino de La Laguna a Santa Cruz, por la autopista, con las luces del puerto abajo, con las piernas apretadas.

Apretadísimas.

Una contra otra, con fuerza, como si tuviera algo entre ellas que no quiero que se me escape. Jonay me pone la mano en la rodilla, cariñoso, como siempre que conduce, y doy un respingo.

—¿Qué pasa?

—Nada. Tengo los cuádriceps cargados.

—Mi pobre. —Me da dos palmaditas y vuelve a poner la mano en el volante—. Esta noche te doy un masaje.

Miro por la ventanilla. Me paso el pulgar por el anular. Por el anillo, que me sigue quedando grande y que da vueltas cuando lo toco.

En el tobillo, por encima del calcetín, todavía los dos golpecitos.