Señas (Vestuario 3)
© inepub.com
1. Las señas
En La Laguna el cielo tiene techo.
Aquí lo llaman panza de burro: una nube gris y baja que se queda encima de la ciudad todo el día. Cuando llegué de Valencia, hace seis años, me parecía triste. Ahora me gusta. Abajo, en Santa Cruz, hace sol y treinta grados. Aquí arriba son las nueve y media de un martes de septiembre y chispea.
El pabellón de San Benito es una caja de hormigón al final de una calle de casas bajas.
El suelo de goma está marcado por años de entrenamientos.
Llego pronto y me cambio en el coche. Me quito el anillo, lo meto en la cadena y me la cuelgo al cuello, por dentro de la camiseta.
Lo hago sin mirar. Llevo dos meses haciéndolo.
No se puede jugar con un anillo. Un bloqueo mal puesto y te arrancas el dedo. Por eso la cadena.
—Ferrer, ¿estás viva? —me grita Tami desde la puerta.
Tami Déniz es nuestra líbero, la que juega con la camiseta de otro color. Es la más bajita del equipo y la que más habla. Es de Gran Canaria y lo dice como si fuera de otro planeta. Me agarra del brazo y me mete dentro.
—Hoy hay seis contra seis. El italiano viene con ganas.
—El italiano siempre viene con ganas.
—Hoy más. Le han dicho que nos quieren bajar el presupuesto.
Massimo Orlandi es nuestro entrenador desde hace cinco temporadas. Es italiano, tiene el pelo blanco muy corto y no grita nunca. Cuando algo le parece mal, se acerca, te mira y dice tu apellido. Solo eso. Hay jugadoras que han llorado con eso.
Calentamos. Carrera suave, estiramientos, desplazamientos.
Están las de siempre y alguna nueva: Thaís, una brasileña que lleva diez días en la isla; Nerea, una central de diecinueve años que sube del filial y pide perdón por todo; y Chus, la veterana, con treinta y cuatro años y dos hijos, estirando en una esquina con cara de haberlo visto todo.
Y Yaiza.
Yaiza Mendoza llega cuando ya hemos empezado.
Siempre igual: no tarde, pero en el límite.
Cruza la pista con la bolsa al hombro y el pelo mojado, negro, rizado y muy corto.
Saluda a Massimo con dos dedos y a nosotras con un «buenos días, mis niñas», con la voz ronca de haber dormido poco.
A mí me da un golpe con la cadera al pasar.
—Ferrer.
—Mendoza.
Seis temporadas así. Ella es la colocadora y la capitana.
Yo soy la opuesta. La colocadora suele tocar el segundo balón y decide quién remata.
La opuesta es una de las principales atacantes.
Yaiza me pone la pelota y yo la mato. Llevamos seis años jugando juntas y nos entendemos sin necesidad de hablar.
El seis contra seis empieza a las diez y cuarto. Massimo nos divide con su manera de dividir, que es señalar con el bolígrafo sin explicar nada. Yaiza y yo, al mismo lado, como siempre. Tami, con nosotras. Enfrente, Chus, Thaís y las del filial, con Irene, la segunda colocadora.
Los primeros puntos son torpes. Estamos en septiembre, las piernas pesan, las recepciones se van a la grada. Massimo no dice nada. Apunta en su libreta.
En una de las jugadas, Yaiza está cerca de la red y yo espero detrás, preparada para recibir el saque rival.
Antes del saque rival, Yaiza esconde una mano a la espalda para indicar a las compañeras de la red cómo van a bloquear.
Un dedo significa cubrir la línea; dos, la diagonal.
El puño cerrado les dice que lean la jugada y reaccionen según venga el ataque.
Son nuestras señas, una forma de entendernos sin que el otro equipo se entere. Llevo seis años viéndolas.
Yaiza se coloca en la red. Se agacha un poco, abre las piernas, flexiona las rodillas. Se lleva la mano derecha a la espalda.
Y yo no miro la mano.
No lo decido. Me doy cuenta cuando ya lo estoy haciendo.
Miro su espalda. La camiseta gris se le ha subido un poco al agacharse y se le ve un trozo de piel morena por encima del pantalón.
El borde negro del pantalón, apretado en la cintura.
Una gota de sudor que le baja despacio por el centro de la espalda y se le mete por debajo de la camiseta.
La sigo con los ojos hasta que desaparece. Y sigo mirando ahí.
—¡Ferrer!
Suena el silbato. Ya han sacado y yo no sé cómo vamos a bloquear, porque no he visto la seña. Me muevo por instinto. Tami saca una pelota imposible, Yaiza va a buscarla, se gira y me la pone.
Me la pone como solo me la pone ella: alta, por la derecha, separada de la red para que salte desde atrás, quieta arriba un instante. El balón que llevo seis años rematando con los ojos cerrados.
Salto. Armo el brazo. Le pego.
Y la mando fuera. No un poco fuera. Fuera de verdad, medio metro más allá de la línea de fondo, contra la lona que tapa las gradas. El balón más fácil de la mañana.
Se hace un silencio. En el otro campo, una de las del filial se ríe y se tapa la boca.
Massimo se acerca. Me mira.
—Ferrer.
Solo eso.
—Ya.
—¿Dónde estás?
Antes de que pueda contestar, contesta Yaiza desde la red, sin darse la vuelta:
—Está en Valencia, eligiendo el menú de la boda.
Se ríen todas. Tami la que más. Massimo no se ríe, pero algo se le mueve en la comisura. Yo también me río, porque es lo que hay que hacer. Me noto la cara caliente. Me noto la cadena contra el esternón, el anillo pegado a la piel, empapado de sudor.
Yaiza se gira por fin y me mira. Tiene los ojos casi negros, muy grandes, y una manera de mirar que no se decide nunca entre la burla y otra cosa.
—La próxima te la pongo más baja, a ver si así te enteras —dice.
—Me la has puesto perfecta.
—Ya lo sé.
Se da la vuelta. Se agacha otra vez en la red. Se lleva la mano a la espalda: dos dedos. Diagonal.
Esta vez sí miro la mano. La miro tanto que me duelen los ojos. Y aun así veo, al borde de la mano, la franja de piel.
* * *
El vestuario del Alisio tiene azulejos blancos, bancos de madera y doce duchas sin cortina, en fila.
Cuando llevas desde los catorce años en vestuarios de chicas, dejas de ver los cuerpos de las demás.
Las cicatrices, los moratones, las tetas de Chus, el culo de Thaís, del que Tami dice que es una injusticia. Está todo ahí y nadie mira a nadie.
Me meto debajo de la ducha con la cadena puesta. Siempre me ducho con ella. El agua sale primero fría y luego demasiado caliente, porque las tuberías de San Benito tienen la edad del mural de la fachada. Cierro los ojos. Me apoyo con una mano en el azulejo.
A mi lado, en la ducha de siempre, la tercera empezando por la izquierda, está Yaiza.
No la miro. Pero sé que está ahí porque la oigo: tararea. Siempre tararea en la ducha, una canción de Rosana o de alguna de esas cantantes canarias que a mí no me dicen nada. Desafina en los agudos.
—Ferrer.
—Qué.
—Pásame el champú. Se me ha acabado.
Tiene los ojos cerrados y la mano tendida hacia mí, con la palma abierta y el agua cayéndole por el brazo.
Cojo mi bote del suelo. Se lo pongo en la mano.
Sus dedos se cierran sobre el bote y sobre los míos al mismo tiempo, porque no ve y tantea, y durante un segundo tengo su mano agarrada a la mía, mojada, caliente, con los nudillos marcados de seis años de colocar.
No es nada. Me ha tocado mil veces. Me ata las zapatillas antes de cada partido.
—Gracias, mi niña.
Suelta. Se echa champú en la palma y se frota el pelo con las dos manos, fuerte, con la cabeza hacia atrás.
Y yo la miro.
No sé por qué la miro. Llevo seis años sin mirarla. Pero el agua le cae por la cara y por el cuello, la espuma le baja por el pecho. Tiene las tetas pequeñas y los pezones duros por el frío del vestuario. La tripa plana y dura. Y la espuma le sigue bajando hasta la cadera.
En la cadera izquierda, justo encima del hueso, Yaiza tiene tatuado un drago pequeño, el árbol de aquí, solo con líneas negras. Se lo hizo a los dieciocho, en Icod, una noche que se escapó de casa. Me lo ha contado. Lo he visto mil veces.
No lo he visto nunca.
La espuma se le mete en el drago, lo tapa, lo destapa. Le baja por la ingle. Aparto la vista. La aparto tan rápido que me hago daño en el cuello.
Me enjabono con prisa. Me aclaro con prisa. Cierro el grifo.
En el banco, Tami ya está vestida, con el móvil en la mano y el pelo envuelto en una toalla como un turbante.
—Mendoza —grita por encima del ruido del agua—, ¿y la de esta semana?
—¿Qué de esta semana?
—La del sábado. La que te vino a buscar al Orfeo. La de los tatuajes.
Yaiza se ríe debajo del agua.
—Esa no es de esta semana, Tami. Esa es de la semana pasada.
—¿Y la de esta?
—Esta todavía no la conozco.
Se ríen todas. Chus dice algo de que ojalá ella tuviera esa vida, con dos niños y un marido que ronca.
Thaís pregunta en portugués qué es lo que pasa y alguien se lo explica con las manos.
Yaiza sale con chicas. Lo sabe el equipo, lo sabe Massimo, lo sabe la señora de la cafetería.
Lo dijo ella hace tres temporadas, en una cena de pretemporada en un guachinche de Tacoronte, con una copa de vino tinto en la mano: «Para que no haya dudas, me gustan las mujeres, y con las del equipo no, así que tranquilas».
Lo dijo mirando a la mesa entera. Recuerdo que me pareció valiente y que a la vez me hizo gracia, como si alguna de nosotras hubiera estado preocupada.
Me seco. Me pongo las bragas, los vaqueros, la camiseta. La cadena me queda fría contra el pecho.
Yaiza sale de la ducha y se seca a mi lado, de pie, sin prisa, con un pie encima del banco. No la miro. Me ato las zapatillas. Me las desato. Me las vuelvo a atar.
—Ferrer.
—Qué.
—Lo de antes era broma. Lo de la boda.
—Ya lo sé.
—Es que estabas en otro sitio.
Levanto la vista. Se está poniendo crema en las piernas, despacio, con las dos manos, desde el tobillo hasta el muslo. Tiene el pelo mojado pegado a la frente.
—Estaba aquí.
—Ya —dice, y me mira un segundo más de lo normal—. Pues aquí tienes que mirar la mano, no otra cosa.
Se me para algo dentro. Me quedo con la boca abierta. Ella ya no me mira: se ha vuelto hacia su taquilla y está buscando el sujetador, tarareando otra vez la canción desafinada.
No ha querido decir nada. Ha querido decir que estaba despistada. Que no he visto la seña. Eso es lo que ha querido decir.
* * *
Fuera ha dejado de chispear, pero la nube gris sigue ahí.
El coche de Jonay está en doble fila delante del pabellón, un Corolla blanco con una pegatina de surf en el cristal de atrás. Me ve salir, baja la ventanilla y sonríe con esa sonrisa suya, grande y sin trampa, de chico bueno que ha salido antes del trabajo para venir a buscarme.
—¿Qué tal, campeona?
—Bien. Cansada.
—He reservado en el sitio de las papas arrugadas. El de la terraza. Para celebrar.
—¿Celebrar qué?
—Que hoy hace dos meses. —Se encoge de hombros, un poco cortado—. Desde Anaga.
Me acerco a la ventanilla. Le doy un beso. Sabe a café y a la menta de los chicles que masca en el puerto para no fumar. Es un beso bueno. Es el beso de siempre.
Me meto la mano por el cuello de la camiseta y saco la cadena. Desabrocho el cierre, saco el anillo, me lo pongo en el dedo. El oro está caliente de haber estado contra mi piel toda la mañana.
Cuando levanto la vista, Yaiza está saliendo por la puerta del pabellón con la bolsa al hombro y las gafas de sol puestas aunque no hay sol. Pasa por detrás del coche. Levanta dos dedos hacia Jonay, como saluda a Massimo. Jonay le devuelve el saludo con la mano.
A mí no me mira.
Me subo al coche. Jonay arranca y me cuenta algo de una grúa que se ha averiado en el muelle, y yo digo «sí» y «qué fuerte» donde toca. Por el retrovisor la veo cruzar la calle, alejarse hacia la parada del tranvía con ese andar suyo, de cadera, de quien está cómoda en su cuerpo.
Dos dedos. Diagonal.
Giro el anillo en el dedo, una vuelta, otra. Lo noto un poco grande. Siempre lo he notado un poco grande.