30 Mason
TREINTA
MASON
—Mabel, date prisa.
—Mason, soy una niña. No ando tan rápido como tú —se queja ella.
—Pues no haber venido. —Me pongo a la par de los perros, que tiran de la correa porque tienen casi las mismas ganas que yo de ver a Grant. O no, pero les encanta salir.
—¡Cómo no iba a venir si soy el plan B!
—Lo cierto es que espero que el plan A funcione —digo más para mí que para ella, porque estoy acojonado y lo único que quiero es volver a verlo y que sepa que lo quiero, que tenía que haber hablado con él, que no lo pensé y fui un cobarde y…
Vale, si tengo tanto que decir, va a ser una declaración de amor larga de cojones.
—Star, Wars y Chumi están muy grandes —comenta cuando estamos a punto de llegar al restaurante.
Ya veo el cartel con una ballena blanca que sobresale de la fachada.
Hace un día estupendo, el sol se cuela entre los árboles y, a pesar de que el cielo no está despejado, el tono azul y anaranjado que lo baña todo es digno de fotografiar.
Lo haría si no supiera que, al sacarme el móvil del bolsillo, me temblaría el pulso.
Si pudiera hacer una foto de este momento, inmortalizaría la especie de punto de inflexión en el que me encuentro, ese limbo entre la posibilidad de una vida solitaria y una vida completa junto al amor de mi vida.
—Pero Wars tiene las uñas superlargas, ¿no? Parece un leopardo, hay que cortárselas.
—¿De qué me estás hablando, Mabel?
—De los gatos de Leia.
—¿Y cómo dices que se llaman?
—La gata Star y los gatitos machos Wars y Chumi.
—Y luego dices que yo pongo mal los nombres. Star y Wars, vale; mis siameses se llaman Cole y Dylan por los gemelos Sprouse, pero ¿Chumi? ¿Por qué Chumi?
—Porque era uno de los ewoks de El retorno del Jedi.
—Hum, no lo creo, cielo.
—Me lo dijo mi madre.
—Pues no creo que sea verdad.
—Hum… Me lo dijo cuando ya le había preguntado no sé cuántas veces cómo se llamaba cada uno de los ewoks que salían.
—Y seguro que te lo dijo para que la dejaras en paz.
A ver, que me puedo estar equivocando y haber un ewok que se llama Chumi, pero lo dudo.
A mí de pequeño me encantaban, para mí eran animalitos a los que cuidar; antes de dormir, me imaginaba aldeas enteras de ellos y me daba paz.
Pero no creo que hubiera ningún Chumi en la película.
Mabel me sonríe. Mucho.
—¿Y esa sonrisa?
Es tan grande y me recuerda tanto a la de su padre… Tanto que el naranja del sol es más naranja y el azul más intenso. Hasta las hojas de los árboles parecen brillar más.
—Sonrío por ti —me contesta—. Porque me tratas como si fuera mayor. Siempre me dices la verdad, aunque suene fatal.
¿Eso hago? ¿Le digo cosas que suenan fatal? A ver si Grant no me va a dejar acercarme a ella. Mi recién descubierto amor por este ser extraño no quiere decir que la entienda ni que sepa tratarla, así que a lo mejor lo estoy haciendo muy muy mal.
—¿Y eso es bueno? —le pregunto, un poco desconcertado—. Porque no sé si a tus padres les gustará.
—Es muy bueno. Es lo que más me gusta de ti. Bueno —añade tras una breve pausa—, lo que más me gusta es tu trabajo. Pero luego, esto. Y no te preocupes por mis padres, les diremos que creemos que Chumi es un ewok y aquí no ha pasado nada.
—Ya estamos —digo en un susurro e inmediatamente siento que me ahogo.
—Pues venga, entra —contesta ella cogiendo las correas de los perros y pegando mucho la cara al cristal.
Llegar a donde he llegado —al centro del restaurante— ha sido todo un reto.
Aunque socialmente inepto, no me considero una persona torpe; pero, aun así, me he chocado contra el cristal de la puerta y, ante la carcajada de Mabel, he intentado empujar en repetidas ocasiones antes de leer el «tirar» junto al pomo.
Nada más poner un pie en el interior, me he chocado con un camarero y se le ha caído la bandeja con dos copas de champán.
Ahora me encuentro de pie entre varias mesas en el centro del local y todo el mundo me mira esperando mi siguiente espectáculo.
Estoy por ponerme a hacer malabares y sacar la gorra, pero no tengo el material necesario.
Y, entre todas las miradas curiosas, está la más intensa y penetrante, la más preciosa, la que me corta el aliento, pero también me llena de vida: la de Grant.
Se está tapando la boca con la mano, lo que normalmente quiere decir que quiere ocultar una sonrisa. Parece… divertido; o no enfadado, al menos.
Eso me da un chute de energía y logró ponerme en marcha de nuevo y caminar en su dirección. En mi «peregrinaje» hacia él, sorteo camareros, bandejas y carritos varios y, cuando estoy frente a Grant, me agarro a la única silla de la pequeña pero preciosa mesa en la que está sentado.
Ahora que me fijo, es un sitio espectacular, en un sentido cotidiano y nada pretencioso.
La madera rústica y los tonos azules del terciopelo de sillas y paredes contrasta con los manteles blancos inmaculados; también con las bolas de luz que cuelgan del techo a distintas alturas y que parecen burbujas.
Las paredes aterciopeladas tienen adornos relacionados con el mar: anclas, barcos, peces…
También hay un mural de una ballena que ocupa todo un lateral y…
Un carraspeo me saca de mi obnubilación y devuelvo la vista al pedazo de hombre sentado frente a mí. Sigue mirándome, pero no puedo leer su expresión. «Dios, Dios, qué nervios».
—Hola —le digo, porque soy idiota.
—Hola —me contesta él, frunciendo el ceño hacia la entrada.
Me giro y veo a Mabel con las manos y la cara pegadas a la cristalera que da a la calle principal. A su lado, Mr. Gruñón lame la ventana y Toto, con la lengua fuera, está a punto de hacerlo. «Madre mía».
—¿Has traído a mi hija?
—Es mi plan B.
—¿Y cuál es tu plan A, si puede saberse?
Sí, ha sonado divertido; y curioso. Puedo abrirme paso a través de su diversión y su curiosidad. Puedo, puedo.
—Te quiero —le digo un poco más alto de lo que había pensado.
Grant se echa para atrás en la silla, se apoya en el respaldo y se cruza de brazos tras hacerme un gesto con la mano para que continúe. Un «yo también te quiero» me motivaría, pero venga, seguiré a pelo y sin anestesia.
—Hay dos cosas que nos unen, qué digo dos, hay cientos, pero dos de ellas quizá destacan sobre todas las demás: Grandes esperanzas y Perdidos. Así que te lo contaré en un lenguaje que puedas entender. No digo que seas tonto, sé que entiendes el lenguaje normal y corriente, pero… Bueno… Eh…
—Respira, Mason. Estoy deseando escucharte. —Tras una pausa, añade—: Yo y el resto de comensales.
Si solo fueran los comensales… Tras una mirada a mi alrededor, veo que los camareros —y yo diría que hasta un par de cocineros que han salido por las puertas batientes a mi derecha, que siguen moviéndose como en una cantina del Oeste— están mirándome con atención.
Les faltan las palomitas. Han quitado la música ambiente y todo.
El chico que estaba en el mostrador de la entrada adjudicando a cada reserva su mesa, ha salido a la calle con un par de cuencos de agua para los perros y está junto a Mabel mirándonos desde fuera.
Pues nada, allá voy:
—Como Pip le diría a Estella, pero en un mundo maravilloso de finales felices, por supuesto, en un mundo de almas gemelas y, bueno, en una versión un poco adaptada a nosotros…
—Cojo aire y empiezo mi declaración dickensiana, que he ensayado ante una anonadada Mabel de camino hasta aquí—: Desde que te conocí, desde que conocí todos tus «yos», has formado una parte importantísima de mí; has estado presente en cada despertar, en cada árbol trepado, en cada gatito alimentado y en cada paseo con los perros; has sido mi amigo, mi amante, mi ayudante en el día a día.
Mi salvador. Has sido el amor virtual con el que compartía tanto que no creía que hubiera un alma tan parecida a la mía en lo intrínseco, en lo que importa.
Has sido el vecino buenorro del que me he ido enamorando porque nunca jamás he conocido a nadie así; tu bondad y amabilidad no tienen límites.
Ni tu sensualidad ni tu sentido del humor ni tus dotes culinarias…
Vale…, hum. Has sido la cita a ciegas perfecta, a la que nunca quise acudir, porque ya tenía dos versiones magníficas de ti.
Te quiero conmigo, hasta el último minuto de mi vida.
No concibo que no seas parte de mí; parte de lo poco bueno que hay en mi interior, y parte de lo malo también.
Me detengo para coger aire, para mirarlo, para saber qué siente.
Grant no me hace esperar. Se levanta de la silla y, de una sola zancada, se coloca a mi lado; me pasa un brazo por la cintura, lleva la otra mano a mi cuello y me sumerge en un beso de película.
La gente aplaude y todo, y yo no me muero de vergüenza porque me muero de amor.
Cuando nos separamos y él junta su frente a la mía, me dice:
—Es la adaptación de Grandes esperanzas más libre pero más bonita del mundo.
—He querido que el final fuera literal, lo del último minuto de mi vida y eso; por si no lo pillabas.
—Lo he pillado, lo he pillado.
En esta ocasión, soy yo quien lo besa, con más intensidad, si es que eso es posible; hasta le rodeo la cadera con una pierna, que bajo de inmediato en cuanto me doy cuenta de que estamos en público.
Es Grant quien logra poner un poco de distancia entre nuestros cuerpos y, tras un mordisquito en el labio inferior, me dice:
—Tenemos que hablar, Mase. Todo ese tema de no tener familia, de…
—Grant, no estaría aquí si no lo hubiera pensado mucho. Si no lo sintiera mucho.
—Yo también siento muchas cosas. Pero me preocupa que… —Suspira—. Adoro a mi hija. Cada vez que me decías que no querías niños, cada vez que me recordabas que…
—Lo siento —lo corto—. Con toda mi alma. Y si mi alma no estuviera tan llenísima de amor ahora mismo, te demostraría lo arrepentido que estoy. Aunque…
—¿Aunque?